Capítulo 26 El embarque de las almas
El camino hacia Cádiz fue una transición de luces y paisajes que Thomas registró con los ojos fijos en la ventanilla, mientras sus dedos tamborileaban un ritmo nervioso sobre el mapa guardado en su regazo.
Dejaron atrás las marismas del Guadalquivir, envueltas en una bruma baja y densa que parecía flotar sobre los canales, y se internaron en los campos llanos de Jerez, donde las siluetas de las bodegas monumentales y las lomas de tierra albariza blanqueaban bajo los primeros rayos de un sol todavía pálido.
Nikolai conducía en silencio, con la mandíbula apretada, pero manteniendo esa soltura que transmitía una seguridad absoluta.
Su mano derecha, firme, buscaba de vez en cuando la nuca de Thomas, acariciando la piel suave bajo la línea del pelo para disipar la rigidez que amenazaba con apoderarse del exsacerdote.
La furgoneta se elevó sobre el asfalto flotante, ascendiendo por la rampa kilométrica que parecía conducir directamente al cielo.
A ambos lados, las torres atirantadas de más de ciento ochenta metros de altura sostenían los cables de acero que vibraban con el viento de poniente.
Desde la cumbre del puente, a sesenta y nueve metros sobre el nivel del mar, la vista era sobrecogedora: a la izquierda, los astilleros de Puerto Real con sus grúas pórtico de color amarillo chillón paradas como gigantes de hierro; a la derecha, la silueta blanca y amurallada de la ciudad de Cádiz, recortada contra la inmensidad del océano como una balsa de piedra caliza.
Abajo, el canal de navegación mostraba el tránsito de pesqueros pequeños y remolcadores que dejaban estelas de espuma blanca en el agua oscura.
—Es impresionante... —susurró Thomas, pegando casi el rostro al cristal, sobrecogido por la escala de la ingeniería y la inmensidad del mar que se abría ante ellos—. Parece que estemos volando sobre el agua, Nikolai.
—Es la última puerta, angelito —respondió el ruso, sin apartar los ojos del descenso del puente, que apuntaba directo al corazón de la zona portuaria—. Cruzamos este puente y el continente se acaba. Lo que viene después ya no tiene carreteras.
La furgoneta descendió de la estructura colosal, introduciéndose de inmediato en el laberinto de naves industriales, depósitos de contenedores y vallas de seguridad que delimitaban el acceso al muelle comercial de Cádiz.
El tráfico se volvió pesado, saturado de camiones de gran tonelaje que hacían sonar sus frenos de aire y turismos cargados hasta el techo que aguardaban el embarque hacia las islas.
Fue al aproximarse a la primera línea de control del muelle cuando el estómago de Thomas se contrajo en un nudo frío.
A unos cincuenta metros, junto a las garitas de hormigón, tres agentes de la Guardia Civil con sus chalecos reflectantes verdes y dos policías portuarios revisaban los bajos de un camión con espejos telescópicos, mientras otro anotaba las matrículas en una tableta electrónica.
El reflejo del sol en las armas cortas que llevaban al cinto hizo que a Thomas se le cortara la respiración.
Su mano comenzó a temblar sobre el cuaderno de bitácora.
—Nikolai... —la voz de Thomas sonó rota, un hilo de pánico que quebró el silencio de la cabina—. La policía. Hay controles de seguridad en la entrada del muelle. Tienen cámaras para las matrículas. Dios mío, si cruzan los datos de la furgoneta de Tesino...
Nikolai reaccionó de inmediato. Detuvo la furgoneta en la cola de acceso, echó el freno de mano y se giró por completo hacia el asiento del copiloto.
Su envergadura hercúlea llenó el habitáculo, bloqueando la visión de las garitas exteriores.
Con una ternura infinita, impropia de un hombre cuyas manos habían sido entrenadas para la violencia, acunó el rostro de Thomas entre sus palmas grandes y calientes.
Obligó al sacerdote a mirarlo fijamente a los ojos, atrapando su mirada verde con la intensidad de sus pupilas azul hielo.
—Mírame, Thomas. Mírame a mí, olvida lo que hay fuera —dijo Nikolai, con una voz baja, ronca y cargada de una dulzura absoluta—.
Esos hombres no buscan una furgoneta suiza.
Buscan camiones de contrabando. No saben quiénes somos.
Tus papeles son perfectos, mis papeles son perfectos.
Eres el señor Thomas Miller, un ciudadano suizo que va de turismo.
No eres un prófugo. Estás conmigo, ¿me oyes?
He cruzado fronteras peores con ejércitos enteros buscándome.
No voy a dejar que te toquen. Confía en mí, angelito.
Thomas clavó sus dedos en los antebrazos de Nikolai, sintiendo los tendones tensos y el calor reconfortante de su piel.
Respiró hondo, llenando sus pulmones con el aroma a tabaco y jabón que desprendía el ruso.
El pánico comenzó a remitir, cediendo ante la solidez granítica de la presencia de su compañero.
—Confío en ti —consiguió articular Thomas, tragando saliva—. Confío en ti.
—Así me gusta —Nikolai le dio un beso suave, pausado y protector en la frente, justo entre los ojos, antes de volver a colocarse frente al volante—. Ahora, pon tu mejor sonrisa de turista aburrido y déjame hablar a mí.
La aproximación a la garita fue un ejercicio de tensión contenida.
Cuando llegó su turno, un guardia civil se acercó a la ventanilla del conductor.
Nikolai bajó el cristal con una sonrisa perezosa y, utilizando ese español impecable y con deje andaluz que había perfeccionado en sus años de puerto, saludó al agente.
—Buenas tardes, agente. Vamos para el ferry de las dos. ¿Es por este carril para los billetes cerrados?
El guardia civil, fatigado por el calor que empezaba a apretar y el ruido de los motores, echó una mirada superficial al interior de la furgoneta.
Vio a Thomas, que simulaba revisar un folleto turístico con las gafas puestas, y a Nikolai, que le ofrecía los códigos de barra de los pasajes en la pantalla del teléfono con total tranquilidad.
—Sí, caballero. Siga la línea amarilla hasta el fondo del muelle cinco. Tengan los pasaportes a mano para el embarque del buque. Circule despacio —indicó el agente, dando dos golpecitos con los dedos en la chapa de la puerta antes de apartarse.
—Muchas gracias, jefe. Buen servicio —respondió Nikolai, subiendo la ventanilla mientras metía primera.
Thomas soltó un largo suspiro que había estado reteniendo en el pecho, dejando caer la cabeza en el respaldo. Nikolai estiró la mano para apretarle los dedos, soltando una risa baja y victoriosa.
El caos real comenzó al llegar a la explanada del muelle número cinco, donde el inmenso ferry Ciudad de Valencia aguardaba atracado.
El barco era una mole de acero blanco con franjas rojas de más de ciento cincuenta metros de eslora, con una rampa trasera monumental abierta que parecía la boca de un monstruo marino tragándose camiones, remolques y coches a un ritmo frenético.
El ruido en el muelle era ensordecedor: los silbatos de los oficiales de carga resonaban con fuerza, los motores de los camiones rugían al subir la rampa metálica y los estibadores, vestidos con chalecos naranjas de alta visibilidad y cascos blancos, gesticulaban de forma airada para acelerar los movimientos.
El barco ya iba con retraso en su hora de salida hacia el Atlántico, y la tripulación de cubierta trabajaba bajo una presión tremenda.
Un estibador de complexión gruesa y rostro curtido por el sol del puerto se plantó delante de la furgoneta de Nikolai, agitando los brazos con urgencia y haciendo sonar su silbato de manera repetida.
—¡Venga, vamos, el de la furgoneta! —gritó el estibador, señalando con el dedo la rampa de acceso—. ¡No se lo piensen más, que cerramos compuertas! ¡Suba por el carril izquierdo y pegado a la pared! ¡Rápido, rápido, que nos vamos!
Nikolai no se lo pensó. Pisó el acelerador y la furgoneta acometió la rampa de acero corrugado con un traqueteo violento que sacudió todo el habitáculo.
Entraron en las entrañas del barco, introduciéndose en la cubierta de carga número tres, un espacio cavernoso, oscuro y ruidoso, saturado por el olor a gases de escape, grasa industrial y pintura de barco.
Las luces de los fluorescentes del techo parpadeaban, reflejándose en el suelo metálico cubierto de cadenas y ganchos de trincaje.
Otro marinero, con el rostro cubierto de hollín y un walkie-talkie pegado a la oreja, les guio a gritos hasta dejarlos encajonados a escasos centímetros de un camión cisterna y la mampara lateral de estribor.
—¡Apague el motor! ¡Freno de mano, ponga una marcha y marchen a los salones de pasajeros! ¡No se puede permanecer en el garaje durante la navegación! —bramó el tripulante, golpeando el lateral del coche para indicarles que debían salir de inmediato.
Nikolai apagó el motor, cogió una pequeña bolsa de viaje donde llevaban lo estrictamente necesario y miró a Thomas.
El jaleo, la prisa y la brusquedad del embarque los habían empujado al interior del buque como una exhalación, sin tiempo para dudar.
Salieron de la furgoneta esquivando los cables de sujeción y subieron por las estrechas escaleras de caracol metálicas que conducían a las cubiertas superiores, siguiendo las flechas verdes que indicaban la zona de camarotes.