AMOR DIVINO Capítulo 25 Las lenguas de la tierra #2
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Capítulo 25 Las lenguas de la tierra #2

—Siete idiomas. Es una barbaridad, Nikolai. Hay filólogos en el Pontificio Instituto Oriental que no dominan tantas lenguas vivas con esa soltura. Yo me consideraba una persona culta y a tu lado parezco un principiante.

—Bueno, el cura tampoco se queda corto —dijo Nikolai, dándole un mordisco a su bocadillo de calamares—. Te he oído hablar con d'Antonio en un italiano que parecía sacado de una ópera de Verdi, y tu inglés es tan limpio que da rabia. ¿Cuántos manejas tú en esa cabeza de teólogo?

—Cuatro —respondió Thomas, con un deje de orgullo modesto, mientras cortaba un trozo de pan—.

Mi idioma materno, el inglés, con todas las variantes australianas que he intentado pulir a lo largo de los años.

El italiano, que se convirtió en mi segunda lengua desde el momento en que puse un pie en el seminario de Roma y pasé a formar parte de la administración de la curia.

El alemán, que fue una imposición obligatoria para mi tesis doctoral; si quieres estudiar la teología contemporánea del siglo veinte, a Karl Rahner o a Ratzinger, tienes que leerlos en su idioma original porque las traducciones italianas o inglesas pierden todos los matices de la metafísica alemana.

Y el español, como te he dicho antes, que lo estudié por puro placer estético, para poder leer a los grandes místicos del Siglo de Oro.

Supongo que pasar quince o dieciséis horas diarias encerrado en las bibliotecas vaticanas, rodeado de códices y muros de piedra de tres metros de grosor, hace que dediques todo tu tiempo libre a estudiar.

No había mucho más que hacer en el seminario, Nikolai.

O rezabas, o estudiabas, o te volvías loco pensando en la vida que estabas perdiendo al otro lado de las verjas de hierro.

Nikolai dejó el bocadillo sobre el plato y extendió su mano grande, cubriendo por completo la de Thomas. Sus ojos azul hielo se suavizaron, perdiendo la dureza del ejecutor, inundados por esa ternura profunda que solo Thomas lograba extraer de su interior.

—Pues me alegro de que estudiaras tanto, angelito —dijo el ruso con voz queda—. Gracias a esos libros hoy puedes entenderte con este salvaje de San Petersburgo. Y tu acento me gusta. Es suave. Suena a música de iglesia, pero de la iglesia que da paz, no de la que mete miedo.

Thomas apretó los dedos de Nikolai bajo los suyos, sintiendo que el corazón le daba un vuelco reconfortante.

El almuerzo continuó entre risas, confidencias y un intercambio divertido de palabras.

Thomas intentaba repetir algunas de las expresiones populares que Nikolai le enseñaba, exagerando los modismos de los muelles de Barcelona, lo que provocaba las carcajadas sonoras del ruso, que llamaba la atención de los camioneros de las mesas vecinas.

La complicidad entre ambos era ya un tejido tupido, una red de seguridad que los sostenía a medida que avanzaban hacia el sur.

Tras pagar la cuenta y dejar una propina generosa que hizo que el camarero les deseara buen viaje con una reverencia, regresaron a la furgoneta. El viaje se reanudó bajo el sol de la tarde, que ahora caía de plano sobre las tierras de Castilla.

Nikolai condujo con una energía renovada.

La furgoneta dejó atrás el País Vasco, cruzó los túneles que perforaban la roca de las provincias norteñas y se internó en la inmensidad de la meseta castellana.

El paisaje cambió de forma drástica: las colinas verdes y los bosques húmedos del norte se transformaron en llanuras infinitas de un ocre dorado, salpicadas de campos de trigo que se balanceaban con el viento bajo un cielo azul, limpio y profundo, que parecía no tener fin.

Pasaron Burgos, donde la silueta de las agujas góticas de la catedral se recortó por un instante contra el horizonte, y continuaron devorando kilómetros por la autovía del Norte, la A-1, en dirección a Madrid.

El ambiente festivo no decayó en ningún momento.

Intercalaron canciones en la radio, discutieron sobre la geografía española y compartieron pequeños silencios cargados de una intimidad física que se manifestaba en cada roce de manos, en cada mirada cómplice en las rotondas, en la total ausencia de las defensas que habían regido sus vidas anteriores.

Bordeando la capital por las vías de circunvalación, la ruta los desvió hacia el sur, conectando con la mítica autovía del Sur, la A-4.

A medida que avanzaba la tarde, la luz del sol fue adquiriendo un tono anaranjado, casi rojizo, que encendía las tierras de La Mancha.

Los viñedos y los olivares alineados con una simetría militar comenzaron a dominar el paisaje, extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista.

El aire que entraba por las ventanillas, ligeramente bajadas, ya no traía el frío alpino ni el salitre del Cantábrico; traía el olor seco de la tierra horneada, el aroma a jara y la promesa de un sur caluroso y acogedor.

Cuando la noche comenzó a desplegar su manto estrellado sobre los campos de Andalucía, tras superar el mítico paso de Despeñaperros que abría las puertas del sur, las luces de la provincia de Jaén y Córdoba pasaron como ráfagas luminosas a los lados de la furgoneta.

El cansancio del viaje, tras casi mil kilómetros de asfalto, empezaba a hacer mella en los músculos, pero el estado de ánimo seguía siendo de una ligereza imbatible.

Ya muy cerca de Sevilla, cuando los carteles indicadores empezaban a anunciar las salidas hacia Carmona y el aeropuerto de San Pablo, Nikolai redujo ligeramente la marcha, acomodándose en el asiento con una sonrisa de satisfacción que le cruzaba el rostro curtido.

Se giró hacia el copiloto, donde Thomas guardaba el cuaderno de bitácora bien apretado contra las rodillas.

—Bueno, mi guía particular —dijo Nikolai en un español impecable, imitando el tono de un jefe exigente, pero con los ojos chispeantes de diversión—.

Ya estamos en las puertas de la capital del Guadalquivir.

El conductor ha cumplido con su parte del trato sin un solo error en los cruces.

Ahora exijo mi recompensa: un nuevo resumen completo de la ruta de hoy.

Quiero saber exactamente qué demonios hemos hecho para llegar desde el nido de águilas de San Gotardo hasta el calor de Sevilla.

Vamos, Thomas, saca el lápiz y cántame el informe.

Thomas soltó una carcajada, se acomodó las gafas sobre el puente de la nariz con un gesto teatral y abrió el cuaderno por la página del día, carraspeando antes de empezar a hablar con ese tono divertido y cariñoso que ya se había convertido en la música oficial de su viaje.

—A la orden, mi comandante de la carretera —repuso Thomas, ensanchando su sonrisa—. Prepárate, porque la jornada de hoy ha sido digna de un rally de resistencia transcontinental.

Thomas carraspeó con exageración, guiñándole un ojo a Nikolai antes de fijar la vista en su cuaderno con fingida pomposidad.

—A ver, mi querido chófer de la mafia, abre bien las orejas porque el parte de guerra de hoy es digno de enmarcar.

Oficialmente, hemos consolidado nuestra huida al sur pegándonos la paliza de asfalto más salvaje de nuestras vidas.

Tras sobrevivir al congelador del San Gotardo en los Alpes y cruzar toda Francia con el acelerador a fondo, esta mañana dejamos Bergerac con las sábanas pegadas, apuntando directamente a España con una fe que ya la quisiera el Papa.

Nikolai sonrió de lado, tamborileando los dedos sobre el volante mientras Thomas continuaba con el relato.

—El salto de frontera por los Pirineos fue de película.

Entramos en la A-8 por Guipúzcoa rezando tres avemarías para que los gendarmes no nos miraran mucho, y de ahí fuimos directos a nuestra primera parada técnica en la Estación de Servicio Kontxa, en Irún.

Un lugar estratégico donde descubrí que mi imponente compañero ruso habla un español tan perfecto que da miedo, y donde devoramos nuestro primer almuerzo ibérico real.

Casi lloro de la emoción con los calamares, Nikolai, y no precisamente por el alioli.

Thomas pasó la página del cuaderno con un gesto teatral, subiéndose las gafas.

—Desde Irún la cosa se puso empinada. Empezamos a subir hacia la Meseta por la A-1 a una velocidad que rozaba el despegue forzoso.

Dejamos atrás Burgos y Segovia, y coronamos el puerto de Somosierra bajo un sol de justicia que casi derrite la furgoneta.

Ahí fue cuando mandamos el invierno europeo oficialmente al demonio y abrimos las ventanillas para no morir asfixiados por tu calor corporal.

—O por el tuyo, angelito —le interrumpió Nikolai con una sonrisa pícara.

—No me desconcentre, conductor —replicó Thomas, aguantando la risa—.

Luego bordeamos Madrid por las circunvalaciones como si esquiváramos minas antipersona, todo para evitar que el tráfico nos atrapara, y enganchamos la A-4.

De cabeza a Castilla-La Mancha. Kilómetros y kilómetros de llanuras infinitas llenas de olivares y viñedos, con una luz de atardecer preciosa que, sinceramente, se disfrutaba mucho más con tu mano en mi rodilla.

Thomas miró a Nikolai de reojo, disfrutando del brillo divertido en los ojos del ruso antes de encarar el final del informe.

—Y para el gran final andaluz, atravesamos Despeñaperros, que tiene nombre de peli del oeste, pero nos abrió las puertas del paraíso.

A partir de ahí, la A-4 se volvió una línea recta y descendente bordeando el Guadalquivir.

Cruzamos Jaén y Córdoba en una travesía nocturna tan pacífica, tan limpia y tan ridículamente libre de policías que casi me pareció un insulto a tu reputación de criminal más buscado.

En total, mil cien kilómetros de rally para terminar aquí, con las luces de Sevilla (código postal 41000, no lo olvides) dándonos la bienvenida con un olor a azahar que te quita todas las penas y una distancia tan brutal con el Vaticano que los cardenales van a necesitar un telescopio para olernos los talones.

Thomas cerró el cuaderno con un golpe seco y miró a Nikolai con una expresión de absoluto triunfo.

—Y ese, mi querido ruso de siete idiomas, es el mapa de nuestro pequeño milagro de hoy. Mil cien kilómetros sin que nadie nos haya disparado, sin que ninguna patrulla nos haya dado el alto y con el depósito casi vacío, pero con el corazón lleno. ¿Qué nota le pones a tu guía?

Nikolai detuvo la furgoneta en un semáforo de la avenida de entrada a la ciudad, donde las palmeras se recortaban contra el cielo estrellado de Sevilla.

Apagó la música, se soltó el cinturón de seguridad y se inclinó por completo sobre el asiento de Thomas, atrapando su rostro entre sus manos grandes, rudas y calientes.

Sus ojos azul hielo brillaban con una devoción que borraba cualquier rastro del asesino que una vez fue.

—Le pongo un sobresaliente, angelito —susurró Nikolai en un español perfecto, rozando sus labios con los del sacerdote—. Un sobresaliente con derecho a premio. Bien venido al sur, Thomas.

El beso que selló la jornada fue largo, pausado y cargado de la certeza absoluta de que el mundo exterior ya no tenía poder sobre ellos. Bajo la noche de Sevilla, los dos huérfanos habían encontrado su patria en la boca del otro.

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