AMOR DIVINO Capítulo 25 Las lenguas de la tierra
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Capítulo 25 Las lenguas de la tierra

Nikolai mantenía una postura relajada frente al volante.

Su mano izquierda descansaba en la parte superior del aro de cuero, mientras que la derecha buscaba, de manera ya casi inconsciente, la rodilla de Thomas, dándole suaves apretones rítmicos que acompasaban la música instrumental que sonaba muy bajito en los altavoces.

El estado de felicidad que se había instalado entre ambos desde su noche en el río Dordoña seguía creciendo, consolidándose no como una tregua pasajera, sino como una nueva e indestructible realidad.

Ya no parecían dos fugitivos arrastrando el peso de una condena; parecían dos hombres descubriendo el mundo juntos por primera vez.

—Necesitamos combustible, angelito —comentó Nikolai, desviando la mirada hacia el cuadro de mandos, donde la aguja del depósito rozaba el último cuarto—. Y mi estómago empieza a protestar en ruso. Ayer cenamos poco y el aire de los Pirineos abre el apetito.

Thomas levantó la vista del mapa de carreteras del norte de España, ajustándose las gafas con una sonrisa que ya no ocultaba ninguna timidez.

—Según las anotaciones, justo después de pasar la frontera, en la zona de Irún, está la Estación de Servicio Kontxa. Tiene cafetería grande. Podríamos parar allí, estirar las piernas y almorzar algo que no venga empaquetado en plástico de gasolinera francesa.

—Hecho —asintió el ruso, señalando con el intermitente la salida hacia el complejo de servicios que ya se vislumbraba a la derecha de la calzada.

La furgoneta maniobró con soltura entre los enormes camiones articulados de matrícula internacional que poblaban la zona de descanso.

Nikolai estacionó el vehículo en una zona apartada, bajo la sombra de unos chopos altos cuyas hojas jóvenes susurraban con la brisa marina del Cantábrico.

Al apagar el motor, el silencio doméstico de la cabina los envolvió durante unos segundos.

Thomas se estiró en el asiento, soltando un leve suspiro de satisfacción, y Nikolai se inclinó hacia él para darle un beso rápido, sonoro y cálido en los labios.

—Vamos, cura. Vamos a ver cómo se porta la cocina española —dijo Nikolai con un guiño.

El complejo de la Estación de Servicio Kontxa bullía con el ajetreo típico de los puntos fronterizos: conductores de camiones discutiendo en polaco, familias de turistas franceses revisando mapas y el tintineo constante de los platos y tazas detrás de la barra de la cafetería.

El aroma a café torrefacto, aceite de oliva frito y pan recién horneado inundaba el local, un olor denso y reconfortante que hizo que a ambos se les hiciera la boca agua.

Se acomodaron en una mesa de formica junto al gran ventanal que miraba hacia las montañas de la Muga. A los pocos minutos, un camarero de mediana edad, con el delantal blanco atado a la cintura y una libreta en la mano, se acercó a la mesa con el paso rápido del oficio.

—Buenas tardes, señores. ¿Qué les pongo? —preguntó el camarero con la prisa habitual de las horas del almuerzo.

Nikolai levantó la mirada, se relajó en la silla y, para sorpresa absoluta de Thomas, respondió con una fluidez y un acento que habrían engañado al mismísimo director de la Real Academia Española.

—Buenas tardes —dijo el ruso, con una calidez andariega en la voz y una perfecta pronunciación de las zetas y las erres—.

Para empezar, pónganos una ración de jamón ibérico con pan de cristal y tomate, unas patatas bravas que estén bien picantes, y dos bocadillos de calamares con un toque de alioli.

Para beber, una jarra de agua fría y dos cafés solos, pero tráiganos el café con los postres, por favor.

El camarero apuntó a toda velocidad, asintiendo con una sonrisa al escuchar el tono impecable del cliente.

—Marchando. En cinco minutos lo tienen todo en la mesa. Gracias, caballero.

Thomas se había quedado petrificado en su asiento, con la boca ligeramente abierta y los ojos verdes fijos en su compañero. Cuando el camarero se alejó, el sacerdote se inclinó sobre la mesa, bajando la voz, pero sin poder ocultar su absoluta fascinación.

—Nikolai... —susurró Thomas, asombrado—.

Eso no ha sido español de manual de supervivencia.

Has hablado como si hubieras nacido en una corrala de Madrid o en un barrio de Barcelona.

Tu acento es... es perfecto. No hay ni un solo rastro de la 'g' dura rusa, ni de las vocales arrastradas.

Si no supiera quién eres, habría jurado que eres tan español como el camarero.

Nikolai soltó una risa sorda, halagado por la reacción del clérigo. Cruzó sus brazos colosales sobre la mesa, haciendo que sus bíceps marcados tensaran las mangas de la camiseta gris.

—Te lo dije, angelito. El camuflaje no solo consiste en cambiar la matrícula de un coche o llevar un pasaporte falso con un nombre que empiece por 'V'. El verdadero camuflaje es la palabra. Si entras en un país y hablas como un turista, la policía te mira; si hablas como un nativo, eres invisible.

—Sí, pero una cosa es hablarlo y otra es dominar los modismos, las pausas, la entonación —replicó Thomas, cuyo propio español, aunque gramaticalmente perfecto debido a sus estudios eclesiásticos, arrastraba un marcado y elegante acento anglosajón, con las vocales un poco más abiertas y la 'r' suave típica de su infancia en Sídney—.

Yo pasé tres años leyendo textos de los místicos españoles en el Vaticano, a San Juan de la Cruz y a Santa Teresa, y cuando intento pedir un café aquí, parezco un diplomático de la Commonwealth que está leyendo un discurso oficial.

¿De dónde demonios has sacado ese acento?

El camarero regresó en ese momento, depositando con un golpe diestro el plato de jamón ibérico, cuyo brillo aceitoso prometía una delicia, y el pan crujiente untado con tomate.

Nikolai esperó a que el hombre se retirara antes de pinchar una loncha con el tenedor y ofrecérsela a Thomas en la boca.

El sacerdote la aceptó, saboreando el gusto intenso y salado que se derretía en el paladar, mientras el ruso comenzaba su explicación.

—Es una historia de mis primeros años en el clan, Thomas.

Cuando la Bratva de San Petersburgo se expandió por Europa a principios de los dos mil, los jefes se dieron cuenta de que las brigadas criminales locales en el extranjero desconfiaban de los rusos grandullones que solo sabían gruñir en cirílico y romper escaparates.

Así que crearon una escuela interna. Bueno, no era una escuela con pupitres y pizarras, sino una casa de campo en las afueras de Víborg donde nos encerraban durante meses con profesores que eran antiguos traductores de la KGB o lingüistas renegados de la universidad.

El método era sencillo: si cometías un error de pronunciación o te salía el acento de la madre Rusia, el instructor no te ponía un suspenso; te ganabas diez flexiones sobre los nudillos en el suelo de cemento o te quedabas sin cenar.

Thomas tragó el pan, horrorizado y fascinado a partes iguales por los métodos pedagógicos de la mafia rusa.

—Dios mío... Un aprendizaje conductista llevado al extremo primitivo —comentó el sacerdote, negando con la cabeza—. ¿Y por qué el español en concreto?

—Porque España era el puerto de entrada de casi toda la mercancía que subía desde Sudamérica y el norte de África hacia el resto de Europa —explicó Nikolai, atacando una patata brava con entusiasmo—.

En el año 2012, el clan me envió a Barcelona.

Pasé seis meses enteros viviendo en un piso modesto en el barrio del Poblenou.

Mi trabajo oficial era ser el contable de una empresa de importación de maquinaria industrial en el puerto, pero mi trabajo real era infiltrarme en las redes locales del litoral, negociar con los clanes gallegos y los distribuidores de la Costa del Sol.

Durante esos seis meses, prohibí a mis hombres que me hablaran en ruso.

No leía prensa rusa, no escuchaba música rusa.

Solo televisión local, charlas con los mecánicos de los muelles, discusiones con los estibadores en las tabernas del puerto y noches enteras escuchando cómo hablaban las mujeres en los mercados.

Ahí es donde se aprende el idioma real, angelito.

En la calle, entre el humo del tabaco y el olor a pescado frito.

El acento español es pura música; si captas el ritmo de la frase, el resto viene solo.

Thomas lo escuchaba con los ojos brillantes, apoyando la barbilla en la mano derecha. La admiración que sentía por Nikolai ya no era solo física; el ruso resultaba ser una caja de sorpresas, una mente analítica e intuitiva oculta bajo una fisonomía de gladiador.

—Es increíble... —admitió Thomas, probando una de las patatas—. ¿Y cuántos idiomas hablas en total? Porque ya te he oído hablar ruso, italiano, un poco de francés ayer en la frontera y ahora este español de categoría.

Nikolai se encogió de hombros con una naturalidad casi insultante, como si estuviera enumerando las piezas de un motor.

—Siete, Thomas. Hablo ruso, por supuesto.

Ucraniano, porque pasé dos años en Odesa controlando las rutas del mar Negro.

Inglés, que es el idioma del negocio internacional y de la violencia global.

Español, italiano... alemán, que lo aprendí durante una estancia forzosa de ocho meses en una prisión de los suburbios de Múnich donde los guardias no eran muy pacientes.

.. y hablo un dialecto del pastún que tuve que masticar cuando estuvimos haciendo operaciones en la frontera de Tayikistán con Afganistán.

Siete herramientas de trabajo. Ni una más, ni una menos.

En mi mundo, el idioma es la diferencia entre que un socio te respete o te pegue un tiro en la nuca porque piensa que eres un extranjero estúpido al que puede engañar.

El sacerdote soltó un silbido bajo, genuinamente impresionado.