AMOR DIVINO Capítulo 24 El mapa de las palabras #2
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Capítulo 24 El mapa de las palabras #2

A medida que la tarde avanzaba, la furgoneta dejó atrás la región de Ródano-Alpes y se internó en las vastas extensiones del Macizo Central.

El paisaje cambió de nuevo: las montañas se convirtieron en mesetas altas, cubiertas de pastos amarillentos y bosques de robles que empezaban a brotar.

Cruzaron el Loira por un puente de piedra antiguo que vibró bajo los neumáticos, y el mapa de Thomas comenzó a llenarse de anotaciones a lápiz en los márgenes.

Hablaron durante horas, compartiendo anécdotas que antes habrían guardado bajo siete llaves.

Thomas le contó cómo un verano, en el seminario de Sídney, se había escapado por la ventana del dormitorio para ir a ver un partido de rugby de los Wallabies, regresando de madrugada con la sotana rota por las concertinas de la valla trasera y cómo tuvo que inventarse que un perro callejero lo había atacado para evitar la expulsión.

Nikolai, por su parte, revivió sus años de servicio militar obligatorio en los cuarteles del distrito de Leningrado, describiendo las novatadas salvajes, las patrullas nocturnas a cuarenta grados bajo cero donde el aceite de los fusiles se congelaba y cómo aprendió a destilar alcohol ilegal utilizando patatas congeladas y los tubos de cobre del sistema de refrigeración de un camión blindado.

No había rastro de la gravedad de sus pasados; las historias fluían con la ligereza de dos amigos que se redescubren tras años de separación, riendo de las tragedias antiguas porque el presente les pertenecía por completo.

La intimidad que se había encendido en el colchón de San Gotardo se consolidaba ahora en cada frase compartida, en cada mirada de reojo mientras el sol comenzaba su descenso hacia el oeste, tiñendo el horizonte de un rojo encendido que recordaba al vino de la Borgoña.

Cuando la noche cayó de forma definitiva sobre el mapa de Francia, el zumbido de los neumáticos sobre el asfalto anunció que se aproximaban a su destino.

Las señales de tráfico comenzaron a mostrar nombres que evocaban la Aquitania y el curso del río Dordoña.

Nikolai redujo la marcha, abandonando las vías rápidas para introducirse en el laberinto de carreteras comarcales que conducían al corazón del departamento 24.

Thomas encendió la pequeña luz de lectura de la cabina, ajustando sus gafas de lectura mientras repasaba el cuaderno de bitácora donde había registrado minuciosamente cada etapa de la jornada.

El viaje de hoy había sido una proeza de resistencia y compenetración, un trazado que cruzaba el corazón de la Europa occidental y que los había alejado definitivamente del radio de acción inmediato de sus perseguidores romanos.

—Hemos hecho una ruta increíble hoy, Nikolai —dijo Thomas, recorriendo con el lápiz las anotaciones del cuaderno—.

Mira todo lo que hemos dejado atrás desde que abrimos los ojos esta mañana.

Thomas cerró el cuaderno con un golpe seco, se recolocó las gafas con el dedo índice y miró a Nikolai con una ceja alzada y una sonrisa pícara que el ruso no le conocía.

—A ver, gran estratega de la Bratva, prepárate para el informe oficial de nuestro "tour vacacional" de hoy —dijo Thomas, impostando una voz de guía turístico—.

Todo empezó en el idílico cantón de Uri, donde decidiste que el mejor sitio para aparcar una furgoneta era un bosque congelado digno de una película de terror.

Salimos de allí con una llovizna helada ideal para el cutis, bajando por el valle del Reuss como si no tuviéramos un mañana, directos a Lucerna.

Nikolai soltó una carcajada baja mientras mantenía los ojos en la carretera, disfrutando del desparpajo del cura.

—Luego —continuó Thomas, gesticulando con el lápiz—, como te pareció poco trozo de hielo, decidiste hacer turismo de alta montaña por el paso de Brunig.

Pasamos por unos lagos con nombres impronunciables, Brienz e Interlaken, rodeados de unas postales preciosas del Oberland bernés que casi no pudimos ver porque ibas a velocidad de despegue.

Pero admito que esquivaste las ciudades como un auténtico profesional hasta llegar al lago Lemán.

Y el gran final suizo: Saint-Gingolph. Cruzo los dedos cada vez que pasamos una aduana, y resulta que el gendarme francés estaba demasiado ocupado intentando encender un cigarrillo como para darse cuenta de que se le colaban los dos hombres más buscados de Roma.

Nos dio paso con la mano como si fuéramos panaderos locales. ¡Un éxito rotundo!

—Te lo dije, angelito, el camuflaje perfecto —repuso Nikolai, divertido.

—Espera, que la parte francesa mejora —le interrumpió Thomas, dándole un golpecito amistoso en el brazo—.

Entramos en la Alta Saboya y nos metimos en la Autoroute des Titans.

Un nombre muy apropiado para tu ego, por cierto.

Viaductos colosales, túneles que perforaban el Jura y tú ahí, feliz, manteniendo una velocidad de crucero que rozaba lo ilegal.

Gracias a Dios rodeamos Lyon por la A46, porque si nos metemos en el tráfico de esa metrópoli, te aseguro que tus tácticas de la mafia no nos habrían salvado del colapso.

Thomas pasó la página de sus notas, contagiado por la risa contenida del ruso.

—Pasado el mediodía, entramos en lo que yo llamo 'el desierto francés': el Macizo Central por la A89.

Kilómetros y kilómetros de la nada más absoluta.

Cruzamos Auvernia e incluso te señalé unos volcanes extintos preciosos, los del Puy de Dôme, pero tú solo tenías ojos para el asfalto.

De ahí, empezamos a bajar por el Lemosín, pasamos Tulle y Brive-la-Gaillarde.

.. en serio, ¿quién les pone estos nombres a los pueblos?

—Los franceses, Thomas. Están locos —bromeó el ruso.

—Definitivamente. Y ya para rematar la gymkana, mandaste las autopistas al demonio y nos metimos por las carreteras secundarias del Périgord Blanco y el Périgord Púrpura.

Muy poético todo. Un trazado de curvas que casi me hace perder el desayuno de esta mañana, esquivando árboles de nogal y viñedos.

En resumen: ochocientos cincuenta kilómetros de rally europeo para terminar aquí, cruzando el río Dordoña, en un Bergerac idílico con el código postal 24100 bien apuntado.

Hemos pasado del invierno del polo norte a una noche de primavera templada en unas horas.

Así que, felicidades, conductor. Has sobrevivido a mi examen de ruta.

Nikolai detuvo el vehículo en un pequeño apartadero de tierra batida, oculto tras una hilera de sauces llorones que lamían las aguas oscuras del Dordoña.

Apagó el motor y las luces. El silencio que inundó la cabina ya no era el silencio tenso del búnker alpino, sino el murmullo sereno de una noche de primavera en el campo francés.

Thomas cerró el cuaderno y lo dejó sobre la consola. Miró a Nikolai en la penumbra. El ruso ya se había desabrochado el cinturón de seguridad y lo observaba con una fijeza que hacía que el pulso del exsacerdote volviera a acelerarse, aunque esta vez de una forma completamente distinta.

—Hemos llegado, angelito —susurró Nikolai, y su mano colosal subió por el cuello de Thomas, acunando su mejilla con una ternura infinita—. Francia. Estamos a un paso del océano. Nadie nos ha seguido.

—Lo sé —respondió Thomas, inclinándose hacia él, buscando el calor de su cuerpo—. Hemos dejado atrás Roma. Hemos dejado atrás todo, Nikolai.

—No todo —dijo el ruso con una sonrisa lobuna, acortando los últimos centímetros que los separaban—. Nos queda esto.

El beso que siguió no tuvo nada de la timidez del amanecer, ni de la urgencia temerosa de su desahogo sexual.

Fue un encuentro deliberado, maduro y cargado de un deseo sexual que había madurado a lo largo de los ochocientos kilómetros de carretera y confidencias.

Las lenguas se buscaron con una confianza nueva, reconociendo el terreno conquistado.

Las manos de Nikolai se deslizaron bajo la sudadera de Thomas, recorriendo la piel cálida de su torso, mientras el sacerdote se sentaba prácticamente sobre el regazo del ruso en el estrecho espacio de la cabina, arqueando la espalda ante el contacto abrasador de sus pelvis que reclamaban, una vez más, la inercia definitiva de sus cuerpos.

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