Capítulo 24 El mapa de las palabras
El limpiaparabrisas de la furgoneta batía con un ritmo metódico y pacífico, barriendo las últimas gotas de una nube rezagada que subía desde los valles inferiores del cantón de Vaud.
A través de la gran luna delantera, el paisaje alpino comenzaba a suavizarse, transformando los picos escarpados e intimidantes de la noche anterior en colinas onduladas de un verde tierno, salpicadas de viñedos en terraza que se reflejaban en las aguas mansas del lago Lemán.
La luz del mediodía era limpia, casi dorada, un cambio drástico tras el encierro grisáceo del bosque de Uri.
En la cabina, la atmósfera se había transformado por completo.
La tensión paranoica que solía tensar los hombros de Nikolai parecía haberse disuelto en el calor de la cama que compartieron horas atrás.
Su mano derecha descansaba sobre el volante con una soltura inédita, mientras que la izquierda, relajada, buscaba intermitentemente la rodilla de Thomas, que viajaba en el asiento del copiloto con las piernas estiradas y un mapa de carreteras de Francia desplegado sobre el regazo.
No había prisa en sus movimientos, ni ese escrutinio constante de los espejos retrovisores en busca de luces policiales.
El miedo a la persecución había sido sustituido por una ligereza compartida, una especie de burbuja doméstica sobre ruedas que avanzaba a ochenta kilómetros por hora.
—Si seguimos a este ritmo, cruzaremos la frontera francesa por Saint-Gingolph en menos de veinte minutos —dijo Thomas, repasando la línea azul del lago con la yema del dedo.
Había una nota de serenidad en su voz, un brillo en los ojos verdes que no estaba allí cuando salieron de Roma—.
Mira el agua, Nikolai. Parece un espejo de plata.
Nikolai desvió la mirada de la carretera un instante para observar el lago y luego se detuvo en el rostro del exsacerdote. Una sonrisa mansa, ajena a la rigidez del ejecutor, se dibujó en sus labios.
—Es bonito, angelito. Pero más bonito es verte sonreír. En el Vaticano parecías un fantasma atrapado en un mausoleo. Ahora tienes color en las mejillas.
Thomas sintió un calor súbito en el cuello, pero ya no era el rubor de la timidez o la culpa dogmática, sino el pulso limpio de una felicidad que apenas estaba aprendiendo a nombrar. Estiró su propia mano y la colocó sobre la de Nikolai, entrelazando los dedos justo encima de la palanca de cambios.
—Es porque he descubierto que el mundo no se acaba donde terminan los muros de la biblioteca —respondió Thomas, apretando el agarre—.
Durante quince años pensé que el aire de fuera era peligroso, que estaba lleno de pecado y de ruido.
Pero contigo... contigo el aire es limpio.
Aunque estemos huyendo en una furgoneta de contrabando.
—No es de contrabando —corrigió Nikolai con un deje de humor en su voz ronca—.
Finjamos que está registrada a nombre de una empresa constructora fantasma en el cantón de Tesino y que hemos pagamos el alquiler de tres meses por adelantado.
Técnicamente, somos turistas con un gusto excelente por los caminos secundarios.
Thomas soltó una carcajada limpia, un sonido que sorprendió al propio ruso por su espontaneidad. Era la primera vez que escuchaba a Thomas reír de esa manera, sin reservas, sin el peso del decoro eclesiástico.
—Un ejecutor de la Bratva y un teólogo prófugo de turismo por Suiza. Si se lo contara a mi antiguo confesor, pensaría que el demonio me ha trastornado el juicio.
—El demonio no prepara un café tan bueno como el de esta mañana —replicó Nikolai, acercando la mano entrelazada de Thomas a sus labios para besarle los nudillos con una delicadeza asombrosa—.
Tu confesor no sabía nada de la vida real, Thomas.
La mitad de esos hombres viven en castillos de papel.
No saben lo que es pasar frío, ni lo que es tener hambre.
.. ni lo que es la inercia del cuerpo cuando encuentra su sitio.
El coche avanzaba con suavidad por la carretera que bordeaba la orilla sur del Lemán.
A la izquierda, los chalés de madera suizos con jardines llenos de hortensias daban paso a los primeros carteles en francés que anunciaban la Alta Saboya.
El paso por la aduana de Saint-Gingolph fue casi cómico en su intrascendencia: un gendarme francés, con la chaqueta desabrochada y un cigarrillo apagado entre los labios, se limitó a indicarles con un gesto perezoso de la mano que continuaran, sin molestarse siquiera en pedir los pasaportes falsos que Nikolai guardaba en la guantera.
Al entrar en territorio francés, la carretera se ensanchó y el paisaje se abrió en una llanura majestuosa, flanqueada a lo lejos por las siluetas azuladas de las montañas del Jura.
—Cuéntame algo más de Australia, Thomas —pidió Nikolai, acomodándose en el asiento de cuero—.
Me hablaste del orfanato y del pisapeles.
Pero debe de haber algo más. ¿Cómo terminaste en un seminario?
Un chaval atlético, que sabía nadar... no sé, te imagino en las playas que salen en la televisión, no en una iglesia oscura.
Thomas apoyó la cabeza en el respaldo, mirando cómo las copas de los álamos franceses pasaban como ráfagas verdes a los lados de la ruta.
—Las playas de Sídney estaban muy lejos del hospicio del Sagrado Corazón, Nikolai —comenzó Thomas con una sonrisa melancólica—.
El orfanato estaba en un barrio industrial, cerca de los muelles de la zona oeste.
El aire olía a gasóleo, a salitre y a lana húmeda de los almacenes de exportación.
Pero las monjas tenían un acuerdo con un club de natación local.
Los domingos por la mañana, los chicos que nos portábamos bien podíamos ir a las piscinas públicas de Enfield.
Para mí, ese era el único momento de libertad de la semana.
El agua era el único lugar donde nadie me pedía explicaciones, donde no importaba que no tuviera apellidos ni una familia que viniera a visitarme los días de fiesta.
En el agua todos éramos iguales. Flotabas, y el resto del mundo desaparecía.
—Yo también sé lo que es el agua —dijo Nikolai, y sus ojos se entornaron, viajando hacia su propia juventud—.
Pero la mía no estaba templada como la tuya.
En el golfo de Finlandia, el agua es como un cuchillo de hielo que te corta las piernas.
Mi abuelo Pyotr tenía una vieja barca de madera con un motor que tosía más de lo que andaba.
Los fines de semana de junio, cuando el sol apenas se ponía en San Petersburgo, íbamos a pescar percas cerca de las islas de Kronstadt.
Él se sentaba en la popa con una gorra de plato mugrienta y una botella de kvas caliente, y me obligaba a remar para fortalecer los hombros.
"Un hombre ruso debe ser como un remolcador, Kolya", me decía.
"Pequeño, pero capaz de arrastrar un transatlántico contra la corriente".
Thomas se giró en el asiento, fascinado por la imagen de un Nikolai adolescente, remando bajo el cielo blanco del Báltico.
—¿Y le hacías caso? —preguntó el sacerdote.
—No tenía otra opción —sonrió el ruso—. Si dejaba de remar, la corriente nos llevaba hacia las aguas del puerto militar y las patrulleras nos habrían confiscado la barca.
Pero me gustaba. Mi abuelo me contaba historias de la guerra, de cuando los astilleros trabajaban día y noche bajo las bombas alemanas.
Decía que el hierro tiene memoria, que, si tratas bien a una máquina, la máquina nunca te dejará tirado en mitad de la tormenta.
Creo que por eso cuidó tanto esa vieja barca. Es mi herencia.
—Tu abuelo Pyotr parecía un buen hombre —dijo Thomas con ternura—. Un hombre que intentó darte una raíz en un mundo que se estaba desmoronando.
—Lo era —asintió Nikolai, y su rostro se ensombreció levemente, aunque la mano que sostenía la de Thomas no perdió su calidez—.
Cuando murió, el mundo se volvió completamente gris.
La Bratva no me dio raíces, Thomas. Me dio una correa.
Te enseñan a ser fiel al clan, pero es una fidelidad basada en el miedo y en el beneficio mutuo.
Si dejas de ser útil, la correa se convierte en un nudo corredizo.
Por eso, cuando te vi en Roma... vi a alguien que no tenía correa.
Eras libre, aunque vivieras en esa celda de libros.
—No era libre, Nikolai —corrigió Thomas con suavidad, acariciando el pulgar del ruso—.
Yo tenía mi propia correa, solo que la mía estaba hecha de votos, de latines y de un miedo atroz a defraudar las expectativas de unos hombres que me habían pagado los estudios.
Pensaba que le debía mi vida a la Iglesia porque me habían sacado del hospicio.
Pensaba que mi cuerpo y mi mente les pertenecían.
El secuestro... tu aparición en mi vida fue como si alguien rompiera los candados de la jaula.
Al principio te odié, ¿sabes? Pensaba que eras el fin de todo lo que había construido.
—¿Y ahora? —preguntó Nikolai, deteniendo la furgoneta ante la rotonda que enlazaba con la autopista A40 en dirección a Lyon. Sus ojos azul hielo buscaron las pupilas verdes de Thomas con una seriedad que aguardaba la respuesta como una sentencia.
Thomas se inclinó hacia él, acortando la distancia entre los asientos, y le dio un beso rápido en la mejilla, justo sobre la línea de la barba de dos días.
—Ahora sé que eres el principio de todo lo que realmente importa. El principio de mi propia vida.
Nikolai exhaló una bocanada de aire, una sonrisa ancha y luminosa iluminando sus facciones. Introdujo la furgoneta en el carril de aceleración de la autopista, y el motor turbodiésel rugió con un brío renovado, devorando los kilómetros de asfalto francés bajo un cielo que continuaba abriéndose.