AMOR DIVINO Capítulo 23 Los restos del naufragio #2
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Capítulo 23 Los restos del naufragio #2

El metal tintineó contra la madera. Thomas bajó las manos y lo reconoció de inmediato.

Era el encendedor de plata, con los bordes desgastados por el uso continuado y la figura del águila bicéfala imperial grabada en relieve sobre una de sus caras.

El mismo encendedor que Thomas había encontrado sobre la mesa de su apartamento en Roma, el objeto que le había indicado que alguien había quebrado la seguridad de su hogar antes de que las manos de Nikolai lo arrastraran hacia la libertad.

—Tú... te lo dejaste en mi mesa —dijo Thomas, frunciendo el ceño, confundido por el gesto—. Lo encontré justo antes de que me atraparas en mi apartamento. Pensé que se te había caído durante el reconocimiento del piso.

—No se me cayó, angelito —respondió Nikolai, y por primera vez, una sombra de timidez y torpeza cruzó las facciones del gigante ruso—. Te lo dejé a propósito. Quería que lo tuvieras.

—¿Por qué? —preguntó Thomas, con los ojos de par en par—. Es un objeto valioso. Es antiguo.

Nikolai extendió los dedos y acarició el relieve del águila bicéfala con una nostalgia que transformó por completo su mirada fría.

—Este encendedor perteneció a mi abuelo, Pyotr —dijo Nikolai, y su voz pareció viajar miles de kilómetros hacia el este, hacia los bloques de hormigón gris de los suburbios de San Petersburgo—.

Es lo único que conservo de mi familia. Mi padre murió en Afganistán cuando yo era un crío, sirviendo en el ejército soviético, y mi madre.

.. bueno, la pobreza y el vodka se la llevaron un invierno especialmente duro en el 98.

Mi abuelo Pyotr me crio como pudo en un apartamento miserable de dos habitaciones.

Él había sido metalúrgico en los astilleros navales de Leningrado.

Era un hombre duro, rudo, con las manos deformadas por el reumatismo y el trabajo pesado, pero tenía un corazón limpio.

Me enseñó a leer, me enseñó a pescar en el golfo de Finlandia durante los veranos cortos, y me dio este encendedor cuando cumplí diez años.

Me dijo que mientras el águila imperial estuviera conmigo, la vieja Rusia cuidaría de mi espalda.

Nikolai hizo una pausa, tragando saliva con dificultad. El recuerdo de la infancia parecía causarle un dolor físico tangible en los hombros.

—Cuando yo tenía doce años, mi abuelo enfermó de cáncer de pulmón —continuó el ruso—.

No había dinero para medicinas, ni para hospitales decentes en la Rusia de los noventa.

El sistema nos había abandonado. Murió en mis brazos, en ese apartamento frío, una noche en que la calefacción del distrito se había averiado.

Me quedé solo en el mundo. Igual que tú en los escalones de ese hospicio.

Un crío de doce años con un encendedor de plata en el bolsillo y un hambre que le roía las entrañas.

Thomas escuchaba sin respirar, conmovido por la simetría brutal de sus desdichas.

—A las pocas semanas de enterrar a mi abuelo en una fosa común, los hombres de la Bratva me encontraron robando piezas de coches en los desguaces para poder comprar pan —explicó Nikolai, y su voz se endureció, recuperando parte de su frialdad habitual—.

Vieron que era grande, que no tenía miedo y que no tenía a nadie que me reclamara si aparecía muerto en un canal.

Me captaron. Me convirtieron en lo que soy.

Me enseñaron a disparar antes de que supiera lo que era el amor de una mujer o la lealtad de un amigo.

Pero durante todos estos años, en las celdas de castigo, en las guerras de clanes en Ucrania, en los encargos más oscuros en Europa.

.. este encendedor nunca ha salido de mi bolsillo.

Siempre me ha dado suerte. Siempre me ha mantenido con vida cuando todos los que me rodeaban caían bajo las balas.

Nikolai detuvo su relato. Levantó la mirada azul y la clavó en las pupilas verdes de Thomas con una intensidad que hizo que el sacerdote experimentara una sacudida en el pecho.

—Cuando entré en tu apartamento en Roma para preparar el secuestro —dijo Nikolai con un hilo de voz ardiente—, registré tus cosas.

Vi tus libros, tus notas sobre los manuscritos, tu ropa limpia y ordenada.

Vi la pureza de tu vida. Y supe que d'Antonio te iba a mandar matar en cuanto dejaras de serle útil.

Por primera vez en mi carrera, sentí que estaba del lado equivocado.

Sentí que debía protegerte, incluso de mí mismo.

Por eso dejé el encendedor de mi abuelo sobre tu mesa de noche.

Quería darte mi suerte, Thomas. Quería que el águila de Pyotr te protegiera de la tormenta que se te venía encima, aunque tú no supieras de dónde venía.

La revelación golpeó a Thomas con la fuerza de un impacto físico.

Aquel hombre masivo, aquel ejecutor implacable que cargaba con la muerte a sus espaldas, había desprotegido su propio destino, entregando su único y más sagrado amuleto, para concederle una oportunidad de supervivencia a un sacerdote desconocido.

El detalle era de una ternura tan devastadora, tan contradictorio con la naturaleza violenta de Nikolai, que las últimas defensas racionales de Thomas se desmoronaron por completo.

Involuntariamente, impulsado por una corriente de gratitud y afecto que desbordó su timidez crónica, Thomas se levantó del banco de cuero.

Antes de que Nikolai pudiera reaccionar, el sacerdote rodeó la mesa y se arrojó sobre el ruso, pasándole los brazos alrededor del cuello imponente y hundiéndose en su pecho macizo.

Nikolai se tensó por una fracción de segundo, sorprendido por la violencia del afecto, pero de inmediato sus brazos colosales rodearon la cintura de Thomas, devolviéndole el abrazo con una fuerza sutil que pareció fusionar sus fisonomías.

Thomas escondió el rostro en el hueco del cuello del ruso, respirando el aroma limpio de su piel matutina mezclado con el recuerdo del tabaco.

Llevado por la emoción del instante, Thomas separó ligeramente el rostro y buscó los labios de Nikolai.

Fue un beso inicial casto, tembloroso, cargado de lágrimas contenidas y de un agradecimiento que no cabía en el lenguaje humano.

Los labios del ruso, habitualmente sellados por la severidad de su oficio, se abrieron con una suavidad inesperada, recibiendo el contacto con una timidez que rivalizaba con la del propio clérigo.

Sin embargo, el roce de sus bocas obró una transformación inmediata en la atmósfera del búnker sobre ruedas.

El agradecimiento y la compasión mutua por sus infancias rotas encendieron una mecha que llevaba semanas acumulando combustible en el encierro forzoso de la huida.

Ya no estaban en la frontera de Chiasso, ya no había policías a los que engañar con una puesta en escena ensayada, ni luces de aduana que los obligaran a fingir un romance ficticio para salvar la vida. Esto no era un camuflaje.

Nikolai emitió un gruñido sordo, profundo, que vibró directamente en el esternón desnudo de Thomas.

Sus manos grandes y rudas abandonaron la cintura del sacerdote y subieron hacia su nuca, enredando los dedos con una posesividad de hierro en el cabello revuelto de Thomas.

El ruso ladeó la cabeza e incrementó la presión, transformando el beso lírico en una demanda física, carnal y arrolladora.

Thomas respondió al cambio de ritmo con un jadeo que fue devorado por la boca de Nikolai.

Su timidez se evaporó, sustituida por un deseo sexual puro, agudo y largamente sepultado bajo los votos de castidad que ahora le parecían reliquias de un mundo lejano e irreal.

Se sentó a horcajadas sobre los muslos macizos del ruso, rompiendo cualquier distancia restante entre sus pelvis.

A través de la fina tela de sus pantalones de chándal y los calzoncillos de Nikolai, la evidencia de sus erecciones matutinas se manifestó con una nitidez rotunda, un contacto abrasador que hizo que Thomas arqueara la espalda con un gemido de pura necesidad.

Las manos de Nikolai descendieron por la columna de Thomas, acariciando la piel expuesta de su espalda con una urgencia que hizo crujir la madera de los muebles de la furgoneta.

Sus lenguas se buscaron y se entrelazaron con una voracidad salvaje, reclamando cada rincón de sus bocas en un pacto de sangre y deseo que borrara el pasado de ambos.

Bajo el amparo de la roca del Gotardo y el siseo del calefactor, los dos huérfanos del mundo se entregaron por fin a la única inercia que les importaba: la de sus propios cuerpos encendidos por la fiebre de la supervivencia.

El peso de Nikolai terminó por guiar la transición hacia el colchón sin romper el contacto de sus bocas.

Con una agilidad sorprendente para su imponente envergadura, el ruso se desplazó hacia la cama sobreelevada arrastrando consigo a Thomas, cuyos dedos se aferraban a los hombros del gigante como si temiera caer en un abismo si llegaba a soltarse.

Se desplomaron sobre las mantas de lana azul marino, con Thomas tendido boca arriba y Nikolai suspendido parcialmente sobre él, rompiendo la última barrera textil que los separaba.

Las manos del ruso, impacientes y torpes por la intensidad del momento, engancharon el elástico del pantalón de chándal gris de Thomas y lo deslizaron con firmeza hacia abajo, despojándolo también de los calzoncillos en un único movimiento decidido.

Thomas, respondiendo a esa misma urgencia abrasadora, empujó con sus pies la última prenda de Nikolai, hasta que la desnudez de ambos fue absoluta, un reflejo simétrico de dos anatomías limpias bajo la luz tenue que lograba filtrarse por el habitáculo.

El contraste entre ambos se acentuó de forma bellísima en la penumbra.

El torso fibroso y pálido de Thomas, esculpido por la natación, quedaba enmarcado por la inmensidad hercúlea de Nikolai, cuya piel olivácea mostraba las cicatrices que narraban su historia de violencia.

Sin embargo, no había hostilidad en el modo en que el ruso se acomodó entre las piernas del exsacerdote; sus pelvis se encontraron de inmediato, y el roce directo de sus miembros erectos arrancó un gemido ronco de la garganta de Thomas.

Estaban alineados, piel contra piel, sintiendo el calor húmedo de su propia excitación acumulada desde el amanecer.

Nikolai apoyó los antebrazos a ambos lados de la cabeza de Thomas, mirándolo fijamente a los ojos mientras descendía para besar la línea de su cuello, su clavícula y el relieve tenso de sus pectorales, provocándole espasmos involuntarios de puro placer.

—Mírate, angelito... —susurró Nikolai, con la respiración entrecortada, rozando con sus labios la oreja del clérigo—. Eres de carne. Dios no te hizo para estar encerrado en una biblioteca.

Thomas no pudo responder con palabras; se limitó a arquear la pelvis hacia arriba, buscando un contacto más sólido.

Sus manos descendieron por el abdomen imponente y musculoso del ruso, recorriendo las placas simétricas de sus músculos hasta que sus dedos encontraron finalmente la base de la anatomía de Nikolai.

Casi al mismo tiempo, la mano derecha del mafioso se cerró con firmeza alrededor del miembro de Thomas.

El inicio de la masturbación mutua transformó el ritmo del encuentro en una coreografía coordinada de fricción y gemidos ahogados.

El manejo de Nikolai era seguro, dictado por un instinto posesivo, pero increíblemente atento a las reacciones del otro.

Sus dedos largos envolvieron la longitud del sacerdote, deslizándose desde la raíz hasta el glande húmedo, aplicando una presión constante que hacía que Thomas enterrara los talones en el colchón.

Por su parte, Thomas envolvía la dureza granítica del ruso, adaptándose a la tosquedad de su anatomía y al ritmo exigente que el cuerpo de Nikolai reclamaba.

El balanceo de sus caderas acompañaba el movimiento de sus manos, creando una fricción compartida entre sus vientres que esparcía la esencia de su deseo por todo el espacio reducido de la cama.

La atmósfera se volvió densa, saturada por el sonido de las respiraciones entrecortadas, el roce rítmico de la piel y el calor sofocante que generaban sus cuerpos en contraste con el frío que imperaba al otro lado de los cristales.

Thomas sentía que cada movimiento lo alejaba más de los dogmas y las oraciones que habían regido su vida, sustituyéndolos por una fe nueva, fundamentada en la urgencia de los sentidos y en la salvación que hallaba en el pecho de aquel asesino.

Nikolai, entregado por completo a la sensación de ser tocado con esa mezcla de devoción y entrega pura, aceleró el compás de su mano, perdiendo la rigidez militar que siempre lo caracterizaba.

El punto de no retorno llegó cuando los dos movimientos se sincronizaron en una velocidad frenética y desesperada.

Nikolai hundió el rostro en el hombro de Thomas, mordiendo suavemente la piel pálida mientras sus dedos trabajaban con una precisión implacable que llevó al sacerdote al borde del abismo.

Thomas apretó el agarre sobre el miembro del ruso, sintiendo cómo los músculos de los muslos de Nikolai se tensaban como cuerdas de violín a punto de romperse.

—Nikolai... ahora —alcanzó a jadear Thomas, con los ojos entornados y la mente suspendida en un fulgor blanco.

Un último empuje de sus pelvis, acompañado por el movimiento rápido y definitivo de sus manos, desencadenó el orgasmo mutuo.

Thomas se arqueó violentamente sobre las mantas, liberando una queja aguda y rota mientras su fluido cálido alcanzaba el vientre de ambos.

En el mismo segundo, Nikolai emitió un rugido sordo y profundo que vibró en la madera de la estancia, derramándose con fuerza entre los dedos de Thomas en espasmos largos y potentes que sacudieron toda su formidable estructura.

El silencio regresó de golpe a la furgoneta, quebrado únicamente por el sonido descompasado de sus pulmones buscando aire.

Nikolai se dejó caer lentamente a un lado, con los brazos laxos y la mirada fija en el techo, mientras Thomas se acurrucaba contra su costado, uniendo sus respiraciones bajo el peso del cansancio y la absoluta certeza de que, tras ese naufragio carnal, ya no había vuelta atrás para ninguno de los dos.

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