Capítulo 23 Los restos del naufragio
El zumbido constante del calefactor de gasóleo fue sustituido por el siseo cantarín del agua al romper a hervir.
En el reducido espacio de la cocina integrada de la furgoneta, Thomas se movía con una soltura silenciosa, casi coreográfica, que delataba sus años de vida comunitaria en los seminarios y residencias eclesiásticas, donde el respeto al descanso ajeno era la primera regla de la mañana.
Vestía únicamente un pantalón de chándal gris que había rescatado de su mochila; sus pies descalzos buscaban el contacto con las lamas de madera del suelo, que ya empezaban a templarse.
Con cuidado para no golpear los utensilios de acero inoxidable, vertió el agua caliente sobre un filtro metálico cargado de café molido.
El aroma denso, amargo y reconfortante del café negro comenzó a inundar el habitáculo, disipando los últimos restos del olor a pino y encierro nocturno.
Thomas cortó unas rebanadas de pan de hogaza grueso, untó un bloque de mantequilla alpina que se derretía al contacto con la miga tostada y colocó un par de porciones de queso de la región sobre un plato de melamina.
Desde la cama doble sobreelevada, Nikolai permanecía inmóvil, pero completamente despierto.
Sus ojos azul hielo, entornados para protegerse de la cruda claridad grisácea que se filtraba por los bordes de las cortinas térmicas, seguían cada uno de los movimientos del sacerdote.
El gran ejecutor de la Bratva, el hombre entrenado para detectar una amenaza en el más leve parpadeo de una sombra se descubrió a sí mismo paralizado por una escena que su mente era incapaz de procesar con criterios tácticos.
Observó la línea curva de la espalda de Thomas, la suave inclinación de su cuello mientras vigilaba el goteo del café, la delicadeza con la que colocaba la taza de porcelana sobre la mesa plegable de la zona del comedor.
Nadie, en sus treinta y cuatro años de existencia, se había levantado antes que él para prepararle el sustento.
En el mundo de Nikolai, la mañana comenzaba con el frío de un cuartel, el rancho rancio de una prisión siberiana o el silencio paranoico de un piso franco donde cada uno consumía sus provisiones en esquinas opuestas, con el arma cargada al alcance de la mano.
La comida siempre había sido combustible, una necesidad biológica despachada con prisa.
Esto, sin embargo, era otra cosa. Era un acto de preservación voluntaria. Alguien estaba cuidando de él.
Una opresión extraña, un nudo cálido y pesado que nunca había experimentado, se le instaló en la base de la garganta.
Sintió una vulnerabilidad tan súbita que instintivamente cerró los puños bajo la manta de lana, asustado de la emoción que amenazaba con reblandecer la coraza que le había permitido sobrevivir a la miseria del este.
—No hacía falta que lo hicieras, angelito —dijo Nikolai. Su voz, rota por el sueño y por la súbita carga emocional, sonó más profunda y áspera de lo habitual en el silencio de la cabina.
Thomas se giró, sobresaltándose levemente. Una sonrisa mansa y un tanto tímida iluminó su rostro pálido al ver que el ruso lo observaba.
—Te he oído despertar hace un rato —respondió Thomas con suavidad, arrastrando una de las tazas hacia el lado de la mesa destinado a Nikolai—.
Además, dijiste que hoy nos espera una jornada dura hasta la frontera francesa.
Considera esto como una tregua necesaria. Siéntate, el café está recién hecho.
Nikolai se incorporó con lentitud, destapando su torso imponente y macizo.
Se pasó una mano por el cabello rubio y corto, alborotado por las horas de sueño compartido, y bajó de la cama con un movimiento pesado.
Se sentó en el banco de cuero frente a la mesa, sintiéndose extrañamente enorme y fuera de lugar en aquel espacio doméstico tan pulcro.
Miró el plato con el pan tostado, el queso perfectamente cortado y la taza humeante.
Luego miró a Thomas, que se sentaba frente a él, cruzando las piernas descalzas.
—Nadie me había preparado el desayuno nunca, Thomas —confesó el ruso, manteniendo los ojos fijos en la taza, como si temiera que al levantar la mirada el espejismo se disolviera—.
En San Petersburgo, si no te espabilabas, los perros de la calle desayunaban antes que tú.
Y en el clan... bueno, en el clan las debilidades se pagan caras. Esto que haces... no sé cómo tomármelo.
Thomas ensanchó su sonrisa, aunque sus ojos verdes se tiñeron de una profunda empatía. Extendió la mano por la mesa y rozó apenas los nudillos cicatrizados de Nikolai.
—No es una debilidad, Nikolai. Se llama humanidad. En mi anterior vida, preparar el desayuno para los hermanos de la congregación era una forma de oración comunitaria. Hoy, simplemente, es mi manera de darte las gracias por haberme traído hasta aquí. Come, se va a enfriar.
El ruso asintió en silencio. Tomó un trozo de pan con sus manos colosales y le dio un mordisco limpio, masticando con una parsimonia que contrastaba con su habitual velocidad operativa.
El sabor de la mantequilla salada y el calor del café negro parecieron obrar un milagro en sus facciones, relajando la tensión crónica de su mandíbula.
Mientras Nikolai comía, la mirada de Thomas se desvió por un instante hacia la pequeña repisa superior que corría sobre la mesa de la cocina.
Allí, encajado entre un cuaderno de bitácora y los pasaportes falsos, se encontraba el pequeño pisapeles de cristal que Thomas había rescatado de su despacho antes de emprender la huida.
La luz intensa de la mañana alpina atravesaba el vidrio esférico, haciendo que la silueta grabada con láser de la Ópera de Sídney resplandeciera con un halo místico casi divino.
Nikolai siguió la dirección de sus ojos.
Dejó la taza sobre la mesa, limpiándose los labios con el dorso de la mano, y alargó el brazo para tomar el objeto de cristal.
Para ser un hombre cuyas manos estaban habituadas a empuñar fusiles de asalto y romper huesos, manejó la esfera con una delicadeza asombrosa, girándola entre sus dedos largos para observar el relieve interior.
—Llevo días viéndote guardar esto con más celo que el dinero o los papeles —comentó Nikolai, rompiendo el silencio—. El perfil de Sídney. El Opera House. No parece el tipo de fetiche que un teólogo del Vaticano llevaría consigo a un destierro. ¿Qué significa para ti, Thomas?
Thomas bajó la mirada hacia su propia taza, trazando círculos en el borde de la porcelana con el dedo índice. El ambiente en la furgoneta se volvió de pronto espeso, impregnado de una melancolía que parecía descender de las cumbres nevadas que los rodeaban.
—Es lo único que me queda, Nikolai —respondió el sacerdote con un hilo de voz, desprovisto de cualquier artificio—. Lo único real que poseo de mi vida antes de que la Iglesia me absorbiera por completo. Lo único que me vincula a mi infancia.
Nikolai colocó el pisapeles de nuevo sobre la mesa, dejándolo exactamente en el centro, entre las dos tazas de café, como si fuera un tercer interlocutor en la conversación.
—¿Tu infancia en Australia? —preguntó el ruso, incitándolo a continuar con una suavidad inusual en él.
—Nací en Sídney, o al menos eso dicen los registros del hospicio del Sagrado Corazón —comenzó Thomas, forzando una sonrisa amarga—.
No tengo recuerdos de una madre, ni de un padre, ni de una casa.
Cuando tenía apenas seis años, alguien me dejó en los escalones de ese orfanato en mitad de una noche de tormenta.
Lo único que llevaba conmigo era una muda de ropa limpia dentro de una bolsa de lona y ese pisapeles de cristal apretado contra el pecho.
Nada más. Ni una nota, ni un nombre de pila completo, ni una maldita fotografía.
Nikolai escuchaba en un silencio reverencial, con el cuerpo ligeramente inclinado hacia delante, absorbiendo cada palabra.
—Las monjas me dijeron años después que pasé las primeras semanas sin soltar la esfera —continuó Thomas, y sus ojos verdes se humedecieron levemente por el peso del recuerdo—.
Dormía con ella bajo la almohada. Cuando crecí, me obsesioné con la idea de que pertenecía a mi madre.
Me gustaba imaginar que ella había caminado por la bahía de Sídney, que quizás había trabajado en el puerto o en los teatros, y que me había dejado ese objeto para que, algún día, pudiera encontrar el camino de vuelta a ella.
Es una estupidez infantil, lo sé. Un mecanismo de defensa.
Pero cuando la diócesis me seleccionó para enviarme a Roma para llevar las cuentas del Vaticano, fue lo único que metí en mi baúl.
Dejé atrás Australia, dejé atrás mi pasado, pero no pude desprenderme de ese trozo de vidrio.
Si lo pierdo, Nikolai... si lo pierdo, es como si confirmara que nunca pertenecí a ningún sitio.
Que aparecí en el mundo por generación espontánea, sin un lazo de sangre que me sostenga.
La confesión cayó en el habitáculo con el peso de una losa de mármol. Thomas se tapó el rostro con las manos por un breve segundo, avergonzado de haber mostrado una herida tan íntima, tan descarnada, ante el hombre que, semanas atrás, representaba su mayor amenaza.
Nikolai no apartó la mirada. La historia de Thomas había tocado una fibra enterrada bajo capas de hielo y sangre en su propia memoria.
El ruso metió la mano en el bolsillo de su chándal y, tras rebuscar un instante, extrajo un objeto metálico, rectangular y gastado, que depositó sobre la mesa junto al pisapeles de cristal.