AMOR DIVINO Capítulo 22 La inercia del cuerpo #2
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Capítulo 22 La inercia del cuerpo #2

—No es tan sencillo, Thomas —contestó Nikolai, con la voz más baja, resonando directamente desde el pecho—. Para mí, la relajación suele ser el preludio de un error. En mi mundo, el que se relaja amanece en una zanja.

—Aquí no hay zanjas. Solo árboles y nieve —dijo el sacerdote, deslizando su mano un par de centímetros hacia arriba, acariciando la línea del cuello del ruso—. Y me tienes a mí. No sé de qué sirve la protección de un cura prófugo, pero no voy a dejar que te pase nada mientras duermes.

Nikolai giró la cabeza hacia el lado izquierdo, quedando a escasos centímetros del rostro del clérigo. Sus alientos, templados y cargados de la intimidad forzosa del encierro, se mezclaron en el espacio vacío entre las almohadas.

—Un cura prófugo... —murmuró Nikolai, escrutando los ojos verdes de Thomas—. ¿No sientes miedo de lo que estás haciendo? Estás cruzando Europa con un asesino, durmiendo en la misma cama. Tus santos escrutinios no deben de ver esto con buenos ojos.

—Mis santos escrutinios murieron en la biblioteca vaticana cuando d'Antonio dio la orden de silenciarnos —respondió Thomas, con una seriedad que cortó el aire—.

El miedo que siento no es por mi alma, Nikolai.

Es un miedo puramente humano. Miedo a perder el coche, miedo a que nos alcancen.

.. y miedo a no saber qué pasará cuando todo esto termine.

Pero estar aquí, ahora mismo, es lo único que me hace sentir real.

Nikolai permaneció en silencio durante unos segundos, asimilando el peso de la confesión. La vulnerabilidad de Thomas, combinada con esa firmeza atlética que desafiaba su propia herencia dogmática, terminó por romper las últimas compuertas del aislamiento del ruso.

—A veces olvido que eres un hombre bajo todo ese misticismo —dijo Nikolai con un hilo de voz—. Un hombre de verdad.

—Siempre lo fui, Nikolai. Solo que el sistema se encarga de que lo olvides. Te ponen encima capas de tela, de ritos, de latines, hasta que tu propio cuerpo te parece un templo ajeno que no te pertenece.

—Yo también sé lo que es perder el cuerpo —confesó el ruso, clavando la vista en la penumbra—.

En la Bratva te enseñan que tu anatomía es un arma o una mercancía.

Te fracturan los dedos para que aprendas a disparar con dolor; te marcan la piel con tinta para saber a qué familia perteneces.

Dejas de ser tú. Te conviertes en la propiedad del clan.

—Pues esta noche no le perteneces a nadie —sentenció Thomas con suavidad—. Ni a la Bratva, ni a d'Antonio, ni a tu pasado.

Con una lentitud que contrastaba con su habitual velocidad operativa, Nikolai liberó su brazo derecho.

El frío de la noche alpina empezaba a colarse por los puentes térmicos de la furgoneta, y el ruso aprovechó esa tregua de la naturaleza como la excusa perfecta.

Giró el torso hacia el sacerdote, cuyo cuerpo percibía un tanto retraído, tenso por una timidez que no lograba ocultar bajo las mantas.

Detrás de la fría fachada del ejecutor, latía un deseo ardiente y largamente reprimido: la necesidad imperiosa de sentir la piel del clérigo, de comprobar si la calidez que emanaba de ese hombre era capaz de templar el invierno que llevaba años instalado en su propio pecho.

—Te estás congelando, angelito —susurró Nikolai, con una voz suave pero dictada por una urgencia distinta—. Deja el orgullo a un lado. En la taiga aprendes que el aislamiento mata; dos cuerpos calientan más que una manta de lana.

Thomas dudó un instante, encogiéndose levemente de hombros, pero Nikolai no esperó a que el raciocinio del cura levantara nuevas barreras.

Deslizó su brazo por debajo del cuello de Thomas y, con una firmeza que no admitía réplica, lo atrajo hacia sí.

Al no llevar más prenda que sus calzoncillos, el impacto del contacto directo fue inmediato.

El cuerpo del sacerdote se acopló con una simetría perfecta contra el flanco del ruso.

Nikolai exhaló un suspiro contenido cuando el pecho desnudo de Thomas presionó contra su propio torso, desprovisto ya de camisetas o blindajes.

Buscando ese amparo contra la corriente helada, la pierna izquierda de Thomas se entrelazó de forma natural entre los muslos de Nikolai, buscando el calor de su piel.

El contacto era total, limpio y abrumador.

La rugosidad de las manos del mafioso, llenas de cicatrices de antiguas refriegas, encontró acomodo en la zona lumbar del sacerdote, ejerciendo una presión constante que eliminaba cualquier distancia restante y sepultaba, bajo el peso de la necesidad física, los últimos vestigios de la timidez de Thomas

—¿Esto también es una orden, angelito? —preguntó Nikolai en un susurro, y Thomas pudo percibir la vibración profunda de su pecho contra su propio esternón desnudo, un eco que resonaba directamente en el espacio compartido de sus pelvis unidas en calzoncillos.

—No —respondió Thomas, acomodando la barbilla en el hueco de su hombro mientras abandonaba cualquier rastro de la timidez que lo había atenazado apenas unos segundos antes—. Esto es una necesidad. Cállate y déjate cuidar por una vez.

Al sentir cómo la respiración del ruso se acompasaba con la suya, Thomas deslizó los dedos por la nuca de Nikolai, enredándolos suavemente en su cabello corto, rindiéndose por completo a la abrumadora corriente de calor que su cercanía generaba.

Nikolai, lejos de retroceder, incrementó la presión de su agarre en la zona lumbar del sacerdote, afianzando el entrelazado de sus piernas desnudas bajo la manta.

Ya no había espacio para el frío alpino, ni para las dudas dogmáticas, solo la certeza compartida de que sus cuerpos, despojados de todas sus defensas, habían encontrado el único refugio posible en mitad de la noche.

Nikolai no replicó. El calor irradiado por la piel de Thomas comenzó a obrar un efecto de deshielo definitivo en el gigante de San Petersburgo.

No había prisa ni la urgencia violenta de la persecución; era el reconocimiento sordo de dos gravedades que habían colisionado en mitad del vacío.

Thomas escondió el rostro en el hueco del cuello de Nikolai, aspirando el olor intenso, ahora ya familiar, del ruso junto al aroma limpio del barniz de pino que envolvía la estancia.

Nikolai cerró los ojos mientras sus dedos largos trazaban círculos perezosos e inconscientes en la piel expuesta de la espalda de Thomas, relajando los nudos de tensión que el miedo de la aduana había dejado allí implantados.

Bajo el escudo de la roca del Gotardo, el movimiento del mundo exterior se detuvo por completo para ellos, sustituido por el compás compartido de sus respiraciones que subían y bajaban al unísono bajo la manta azul.

El amanecer alpino llegó varias horas después, abriéndose paso a través de las rendijas de las cortinas delanteras en forma de hilos de luz grisácea y fría que cortaron la penumbra de la madera.

El habitáculo de la furgoneta mantenía una temperatura constante gracias al zumbido insonoro del calefactor de gasóleo.

Thomas fue el primero en abrir los ojos, despertando del sueño más profundo y reparador que recordaba desde los días de su juventud en Australia.

Se descubrió completamente atrapado por la anatomía de Nikolai.

El ruso lo rodeaba con ambos brazos, bloqueándolo contra su pecho en un abrazo protector que se había profesionalizado durante las horas de inconsciencia.

La pierna de Thomas seguía enredada entre las del mafioso, sintiendo el peso y la firmeza de la estructura muscular del otro hombre.

Al intentar moverse milimétricamente para no romper el sueño de Nikolai, Thomas fue plenamente consciente de la situación física en la que se encontraban bajo la manta de lana.

El calor acumulado del descanso y la inercia biológica de la mañana habían provocado en ambos cuerpos una respuesta fisiológica rotunda e inocultable.

Dos grandes erecciones matutinas se presionaban de forma directa a través de las telas mínimas de sus prendas interiores, alineadas por el acoplamiento estrecho de sus pelvis.

La dureza del miembro de Nikolai se marcaba con una nitidez de hierro contra el muslo de Thomas, mientras que la del propio sacerdote buscaba el apoyo del vientre bajo del ruso.

Thomas contuvo la respiración, congelado por la intensidad del contacto carnal que subía de temperatura a cada segundo.

Lejos de sentir la culpa o el rechazo dogmático que su antigua vida le habría impuesto, experimentó un latido de deseo puro, una corriente cálida que le recorrió la espina dorsal.

Su respiración se volvió más corta, más audible en el silencio del bosque de Uri.

En ese mismo instante, los párpados de Nikolai se abrieron.

Sus ojos azul hielo, desprovistos de la habitual alerta defensiva de las mañanas de la Bratva, se fijaron directamente en las pupilas verdes de Thomas.

El ruso no se movió ni alivió la presión del abrazo; al contrario, apretó los brazos con una fuerza sutil, fijando la pelvis de Thomas contra la suya, permitiendo que la evidencia de sus dos erecciones matutinas dictara el inicio de una nueva realidad entre los dos en mitad de la montaña suiza.

—Buenos días, angelito —murmuró Nikolai, con una voz ronca por el sueño, áspera y cargada de una vibración que Thomas sintió directamente en su bajo vientre.

—Buenos días —alcanzó a decir Thomas, sintiendo cómo el pulso se le disparaba—. Parece que... la calefacción del coche funciona demasiado bien.

Nikolai esbozó una sonrisa auténtica, desprovista de cinismo, mientras presionaba deliberadamente su cadera hacia delante, haciendo que ambas durezas se acomodaran con mayor firmeza la una contra la otra.

—No es la calefacción, Thomas. Es la inercia del cuerpo. Y contra eso, ni tus oraciones ni mis armas pueden hacer nada.

Thomas no respondió con palabras. Un leve rubor, invisible en la penumbra del habitáculo, pero ardiente en sus mejillas, delató la timidez que aún le provocaba aquella brutal cercanía.

Con un movimiento dubitativo, casi temeroso de romper el hechizo o de revelar la magnitud de lo que sentía, se limitó a estrechar el abrazo con delicadeza, hundiendo los dedos con suavidad en la espalda del ruso.

Apoyó la frente contra el hombro de Nikolai para ocultar su rostro, abrumado por la intensidad de un deseo tan real que lo desarmaba.

En ese gesto contenido, Thomas terminó por aceptar que el viaje hacia el Atlántico ya no era solo una huida, sino el despertar definitivo y tembloroso de todo lo que había mantenido sepultado bajo el peso de su antigua fe.

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