Capítulo 22 La inercia del cuerpo
El rugido neumático y la iluminación naranja del túnel de San Gotardo cesaron de golpe al cruzar la boca norte, devolviendo a la furgoneta a la fría realidad de la noche alpina.
Nikolai redujo el régimen del motor en la bajada hacia Göschenen, buscando con la mirada fija un desvío que se apartase de la ruta principal del cantón de Uri.
El mapa militar de la consola parpadeó, sugiriendo una vía de servicio forestal, una antigua carretera de mantenimiento utilizada por los equipos de vialidad invernal, semioculta tras una barrera de abetos cargados de aguanieve.
El ruso giró el volante con suavidad, introduciendo el vehículo en la penumbra del bosque, donde los neumáticos devoraron la grava húmeda con un crujido sordo hasta detenerse en un claro protegido por la roca vertical de la montaña.
Apagó el motor y los faros de xenón. El silencio del valle suizo cayó sobre el habitáculo con la solidez de un bloque de hielo.
En la zona habitable trasera, ajeno a la maniobra de estacionamiento, Thomas terminó de despojarse de las prendas húmedas del Lacio.
Deslizó los vaqueros rígidos por las piernas y se retiró la sudadera gris, quedando únicamente en unos calzoncillos de algodón oscuro.
El aire del habitáculo, templado por la calefacción estática, rozó la piel de sus hombros y de su torso.
Thomas no poseía la corpulencia masiva de Nikolai, pero quince años de disciplina y natación matutina en los complejos deportivos privados del clero romano habían esculpido en él una fisonomía atlética, fibrosa, de líneas limpias y músculos bien definidos bajo una piel pálida que apenas había visto el sol de la costa.
Nikolai, que acababa de descorrer la cortina opaca de la cabina para pasar atrás, se detuvo en seco bajo el marco de madera de pino.
Su imponente figura llenó el pasillo central.
Durante unos segundos interminables, el ejecutor de la Bratva permaneció inmóvil, con las manos apoyadas en los perfiles de aluminio de los muebles, fijando sus ojos azul hielo en la anatomía del sacerdote.
Había una mezcla de sorpresa y muda admiración en la fijeza de su mirada.
Acostumbrado a ver a Thomas envuelto en los pliegues solemnes de la sotana o en el camuflaje improvisado de la ropa civil holgada, la realidad de su cuerpo desnudo se le presentó como una revelación geométrica, desprovista de la debilidad que el ruso solía atribuir a los hombres de la Iglesia.
La luz cenital azulada de la consola digital dibujaba sombras acusadas sobre los abdominales marcados de Thomas y el relieve de sus pectorales, confiriéndole el aspecto de una estatua de travertino clásico oculta en el vientre de una máquina de guerra.
Thomas notó la fijeza de la mirada de Nikolai y, por primera vez desde que abandonaron Roma, no apartó los ojos.
Sintió un calor repentino subirle por el cuello, pero sostuvo el pulso visual mientras se deslizaba bajo las mantas gruesas de lana azul marino de la cama doble sobreelevada. El colchón cedió bajo su peso.
Nikolai exhaló un suspiro imperceptible, rompiendo el hechizo, y se sentó en el banco de cuero marrón con la intención manifiesta de pasar la noche allí, erguido, manteniendo la guardia mecánica que su entrenamiento le imponía.
Comenzó a desabrocharse los cordones de sus botas tácticas de sustrato grueso sin quitarse la chaqueta oscura.
—No vas a quedarte ahí —dijo Thomas desde la penumbra de la cama, con una voz baja pero firme que no admitía la réplica del orgullo militar—.
Has conducido casi seiscientos kilómetros sin detenerte una sola vez, esquivando controles y con la tensión de la frontera.
Tienes que estar agotado, Nikolai. Sube aquí.
La cama es lo bastante amplia para los dos.
El ruso se detuvo con una bota a medio descalzar.
Miró el espacio del banco de cuero y luego la superficie de la cama de matrimonio.
Su pragmatismo analítico sopesó la oferta: la necesidad biológica de un descanso real para mantener los reflejos listos frente a la invasión de un espacio íntimo que nunca había compartido con nadie fuera de los códigos de la pura supervivencia.
—No es necesario, angelito —responded Nikolai, con una aspereza impostada—.
Estoy acostumbrado a dormir en las cabinas de los camiones de transporte en Ucrania.
Mi cuerpo recupera la inercia en cualquier postura.
Además, uno de los dos debe permanecer alerta.
Las fronteras suizas son tranquilas, pero no bajamos la guardia.
—No me importa a qué estés acostumbrado en el este, ni me importan tus camiones ucranianos —insistió Thomas, incorporándose ligeramente sobre un codo y retirando la manta hacia un lado, dejando libre la mitad del colchón—.
El coche está apagado, estamos ocultos en mitad de un bosque alpino y la aduana quedó atrás.
Sube. Es una orden, si es que eso significa algo para ti ahora mismo.
Necesito que descanses si queremos tener la mente despejada para cruzar Francia mañana.
No quiero un conductor infartado al volante.
Nikolai observó el hueco abierto en la cama. La firmeza pastoral de Thomas, despojada de adornos rituales pero imbuida de una autoridad humana innegable, terminó por vencer las defensas del ejecutor.
—Una orden... —repitió Nikolai, con una media sonrisa irónica que suavizó por un instante la rigidez de su mandíbula—. Curiosa palabra en la boca de un hombre que acaba de colgar los hábitos.
—Precisamente por eso —replicó Thomas, sosteniendo la mirada—. Ya no respondo ante Roma, Nikolai. Ahora mismo, mi única responsabilidad es que sigamos vivos. Y para eso te necesito entero. Deja de discutir y sube.
El ruso soltó una exhalación corta, una mezcla de cansancio vencido y capitulación.
Se despojó de la chaqueta técnica y la arrojó sobre el banco de cuero, seguida por sus pesadas botas tácticas, que impactaron contra el suelo con un golpe seco.
Pero no se detuvo ahí. Ante la mirada atenta de Thomas, Nikolai cruzó los brazos para asir el dobladillo de su camiseta negra y, con un único movimiento fluido y ascendente, se la quitó de encima.
Actualmente desinhibido por la intimidad del encierro, desabrochó el ceñidor de sus pantalones tácticos, deslizándolos hacia abajo junto con sus defensas habituales, hasta quedar únicamente en unos calzoncillos oscuros que se ajustaban con firmeza a sus caderas.
Thomas contuvo el aliento, sintiendo un vuelco súbito en el pecho que mudó por completo el ritmo de su pulsación.
Contemplar aquel cuerpo casi perfecto, despojado de la armadura textil del ejecutor, provocó en el sacerdote una mezcla de reverencia estética y un deseo primitivo, agudo, que le recorrió la espina dorsal.
No era la admiración mística que dedicaba a las deidades de los frescos vaticanos, sino la fascinación turbadora ante una fuerza de la naturaleza hecha carne; una anatomía esculpida no para la contemplación pacífica, sino para el impacto, la resistencia y la dominación.
El contraste entre la pálida pulcritud de su propia piel y la imponente estampa de Nikolai le hizo tomar conciencia, con una claridad descarnada, del peligro y la belleza de la criatura con la que compartía el destino.
Los ojos verdes de Thomas trazaron una descripción física exacta de aquella imponente fisonomía, memorizando cada relieve.
Nikolai poseía unos hombros formidables, de una anchura hercúlea que parecía ensanchar las paredes de la furgoneta, de los cuales descendían unos brazos robustos, densos de músculo y veteados por venas gruesas que se perdían en unas manos grandes y rudas.
Su torso era un mapa de violencia y disciplina: un pecho macizo, partido por un esternón firme, daba paso a un abdomen solo igual a las estatuas esculpidas por los dioses del Olimpo, tallado en placas simétricas que se hundían hacia la línea de la pelvis.
La piel del ruso, curtida y de un tono ligeramente oliváceo bajo la luz azulada de la consola, estaba jalonada por una constelación de cicatrices —líneas pálidas de antiguos cortes y marcas circulares de proyectiles— que, lejos de afearlo, acentuaban la perfección matemática de su musculatura, como si fuera un guerrero antiguo esculpido en bronce que había sobrevivido a cien asedios.
Sus piernas, largas y poderosas, mostraban la tensión de unos cuádriceps de piedra, preparados siempre para el despliegue de una fuerza brutal.
Con un movimiento pesado que hizo crujir los muelles del somier, Nikolai se introdujo finalmente bajo la manta de lana.
Al deslizarse a su lado, la inmensidad de su presencia física pareció desplazar el aire del habitáculo.
Se tumbó boca arriba, ríspido como un tablón, con los brazos pegados a los costados y la vista fija en los focos LED apagados del techo, aunque la cercanía de sus pieles desnudas ya había comenzado a irradiar un calor magnético del que ninguno de los dos podría escapar.
La cercanía en el espacio reducido de la cama alteró la atmósfera del búnker sobre ruedas.
Thomas se giró hacia él, apoyando el costado en el colchón.
La anchura de Nikolai obligaba a que sus cuerpos mantuvieran un contacto físico inevitable de arriba abajo.
Thomas extendió un brazo por encima de su torso, permitiendo que su mano rosara de forma involuntaria el pectoral izquierdo de Nikolai, sintiendo el latido potente, rítmico y acelerado del corazón del mafioso.
El contacto inicial provocó una sacudida eléctrica en la musculatura de Nikolai, que tensó los bíceps de forma regresa. Sin embargo, no se apartó.
—Estás tenso —susurró Thomas, sintiendo la dureza granítica bajo sus dedos—. El peligro inmediato ya pasó. Relájate.