AMOR DIVINO Capítulo 21 El escudo de la noche #2
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Capítulo 21 El escudo de la noche #2

Thomas cerró los ojos, pero la oscuridad interior resultó ser peor que la que se extendía al otro lado del cristal.

En su pantalla mental se reproducían los pasillos del Palacio Apostólico, el rostro desencajado de Ghiberti en el despacho y el sonido de la madera tallada cerrándose con la finalidad de una losa sepulcral.

Se dio cuenta de que el miedo que experimentaba no era únicamente el temor a la violencia física o a la muerte en un arcén de la autopista; era el pánico absoluto a la desaparición de su propósito, a descubrir que los altares ante los que había doblado la rodilla durante quince años estaban sostenidos por el mismo cableado corrupto que alimentaba las cuentas de la mafia rusa en los distritos financieros de Europa.

Cuando abrieron los ojos de nuevo, la furgoneta ya había dejado atrás la llanura de Lombardía.

El paisaje exterior se había transformado en una muralla vertical de roca negra y nieve residual que brillaba bajo la luz de las estrellas alpinas.

La temperatura en el salpicadero indicaba dos grados bajo cero.

Nikolai redujo la velocidad, aproximándose al carril de desvío que conducía hacia el puesto fronterizo secundario de Chiasso.

—Aquí es donde el juego cambia —anunció Nikolai, bajando la intensidad de las luces del cuadro de instrumentos para que sus rostros quedaran sumergidos por completo en la sombra—.

Saca el pasaporte suizo del sobre. No lo mires fijamente.

Mantén el documento sobre el muslo izquierdo, donde el aduanero pueda verlo si ilumina el interior con la linterna, pero no lo ofrezcas antes de que te lo pida.

Si te tiemblan las manos, apóyalas en el borde del salpicadero y finge que estás durmiendo.

Tu nombre actual es Thomas Miller. Eres un contable de una empresa de suministros médicos de Zúrich que regresa de pasar el fin de semana en las playas de Ostia.

No hablas italiano con soltura. Si te pregunta algo, limítate a asentir y a señalarte la garganta como si tuvieras una afección por el aire acondicionado.

Thomas sintió que el pasaporte de color rojo, con la cruz blanca grabada en la portada, pesaba en su mano como un fragmento de plomo ardiente.

Abrió el cuadernillo bajo la mínima claridad del monitor; su propia fotografía lo miraba desde la página plastificada, pero los datos alfanuméricos que la rodeaban pertenecían a un fantasma, a una invención logística de la sombra que los protegía desde la distancia.

El miedo alcanzó su punto de saturación, una presión en el pecho que le impedía expandir los pulmones por completo.

La furgoneta se detuvo al final de la línea de conos de señalización de la aduana suiza.

A través del parabrisas, Thomas pudo ver la silueta de dos agentes de la policía de fronteras, cubiertos con chaquetones de alta visibilidad y armados con subfusiles colgados del hombro en posición de patrulla.

La iluminación del puesto de control era blanca, quirúrgica, desprovista de la calidez de las luces vaticanas.

Era la frontera de un mundo ordenado, eficiente, frío, donde la menor anomalía en el perfil de un neumático o en el gesto de un conductor bastaba para activar un protocolo de inspección integral.

Uno de los agentes se separó de la cabina de hormigón y avanzó hacia el lado del conductor de la furgoneta, con la linterna táctica apagada pero sujeta en la mano derecha con el pulgar apoyado en el interruptor de presión.

Nikolai bajó la ventanilla unos centímetros, permitiendo que el aire helado de los Alpes invadiera el habitáculo con un silbido seco que hizo que Thomas se estremeciera bajo la sudadera gris.

El policía suizo observó las placas de matrícula virtuales a través del reflejo de los focos superiores y luego clavó la mirada en los ojos azul hielo de Nikolai.

El ruso mantuvo la expresión relajada, con un brazo apoyado en el marco de la puerta y una sonrisa profesional que ocultaba cualquier vestigio del ejecutor que unas horas antes limpiaba una Glock en una playa desierta.

—Guten Abend —dijo el agente, con un acento plano, desprovisto de inflexión emocional—. ¿Procedencia?

—De las playas de Ostia, agente —respondió Nikolai en un alemán perfecto, con el leve deje cantarín característico de los cantones orientales—.

El tráfico en la circunvalación de Milán estaba imposible, así que hemos decidido tomar la ruta de la montaña para evitar las retenciones antes de que empiece la jornada laboral en Zúrich.

El policía iluminó el interior de la cabina con un barrido rápido de la linterna.

El haz de luz blanca pasó sobre el salpicadero, rozó el terminal de comunicación por satélite oculto bajo una bayeta de microfibra y se detuvo durante tres segundos interminables en el rostro de Thomas.

El sacerdote mantuvo la cabeza inclinada, con la visera de la gorra tapándole la mirada y los dedos fijos en el borde del salpicadero, emulando la inmovilidad de un pasajero vencido por el sueño y el cansancio de los kilómetros.

La luz de la linterna revelaba la superficie de la camiseta gris y las costuras de la sudadera; no quedaba nada que delatase la condición clerical, pero el corazón de Thomas latía con tanta fuerza contra sus costillas que temía que el agente pudiera escuchar el impacto mecánico del músculo a través de la chapa de la portezuela.

—¿El pasaporte del acompañante? —solicitó el policía, extendiendo la mano enguantada hacia la ventanilla.

Nikolai tomó el documento rojo del muslo de Thomas con un movimiento fluido, natural, y se lo entregó al agente junto al suyo propio.

El policía pasó las páginas con el pulgar, comprobando el grosor del papel y la respuesta del holograma de seguridad bajo la luz de su linterna.

Fueron cinco segundos en los que la realidad pareció congelarse en el interior del desfiladero alpino; el tiempo suficiente para que Thomas viera pasar ante sí la posibilidad real de terminar sus días en una prisión de máxima seguridad, despojado de sus votos, de su fe y de su dignidad.

El agente juntó los dos pasaportes y los devolvió a través de la abertura de la ventanilla, dando dos golpes ligeros con los dedos en la chapa de la portezuela.

—Buen viaje, señor Meier. Mantenga la atención en las curvas del Gotardo; hay placas de hielo negro en los sectores de sombra —advirtió el policía, volviendo hacia la calidez de su cabina de control.

Nikolai subió la ventanilla con un movimiento pausado, engranó la primera marcha y aceleró de forma progresiva, dejando atrás el puesto fronterizo y adentrándose en el tramo ascendente que conducía al gran túnel transalpino.

La furgoneta se movía ahora con una fluidez renovada, como si el peso de la jurisdicción italiana hubiera quedado disuelto en el límite de la línea aduanera.

Thomas soltó el aire que contenía en los pulmones con un gemido sordo, dejando caer la cabeza hacia atrás contra el respaldo del asiento.

Las manos le temblaban de forma incontrolable, una reacción tardía al pánico que acababa de superar su capacidad de contención.

Se quitó la gorra y la dejó sobre la mesa de la zona trasera, permitiendo que el aire acondicionado le diera directamente en el rostro húmedo de sudor.

—Hemos pasado —susurró, como si temiera que el eco de sus palabras pudiera hacer que los policías suizos dieran la vuelta—. Dios mío, hemos pasado.

—Te lo he dicho, Thomas —respondió Nikolai, sin desviar la vista del asfalto que comenzaba a cubrirse de una ligera capa de aguanieve—.

El miedo es una herramienta útil para mantenerse alerta, pero si dejas que se convierta en pánico, te nubla la vista y te hace cometer errores en la entrega de los documentos.

Ahora estamos en territorio neutral. Para la policía italiana, este coche ha desaparecido en el norte del Lacio; para los suizos, somos dos ciudadanos que regresan a su casa tras un fin de semana de descanso.

La primera fase de la huida ha concluido.

La furgoneta se introdujo en la boca del túnel de San Gotardo, una galería de diecisiete kilómetros de longitud que perforaba el corazón de la roca alpina.

La temperatura exterior desapareció de la pantalla, sustituida por el calor constante de la estructura subterránea y el parpadeo infinito de las luces de emergencia que jalonaban el carril de circulación.

Nikolai buscó con la mano derecha en el hueco de la consola central y extrajo el termo metálico de café que Thomas había preparado antes de salir de Ladispoli. Lo dejó sobre la mesa de pino del habitáculo trasero con un golpe suave.

—Pásate atrás, Thomas —ordenó el ruso con un tono que ya no buscaba la disciplina militar, sino una tregua humana en mitad de la travesía—.

Cierra la cortina opaca que separa la cabina de la zona de vida.

Necesitas quitarte esa ropa húmeda y meterte en la cama.

Yo me encargaré de la conducción hasta que crucemos el cantón de Uri.

En este túnel no hay controles ni patrullas de carreteras; estamos metidos en el escudo de la montaña.

Aprovéchalo para dormir. Mañana entraremos en Francia y las reglas del juego volverán a endurecerse.

El sacerdote se soltó el cinturón de seguridad con dedos torpes y se deslizó hacia la parte trasera del habitáculo, pasando a través de la abertura de la cortina negra que Nikolai mantenía descorrida.

El espacio trasero, iluminado únicamente por el fosforito azul de los indicadores de los paneles solares, se sentía como un santuario cálido, un cubículo de pino y lona que no guardaba ninguna relación con el peligro que se extendía al otro lado de las chapas blindadas.

Thomas se sentó en el banco de cuero marrón oscuro, apoyando la espalda contra el revestimiento de los paneles de madera.

La herida de la sien de Nikolai, que había observado de cerca durante los preparativos de la aduana, estaba casi completamente cerrada, reducida a una cicatriz limpia que el tiempo terminaría por borrar antes de que alcanzaran las costas del Atlántico.

Pensó que, de la misma manera que el cuerpo del ruso eliminaba los restos de la violencia física, él tendría que encontrar el modo de eliminar el rastro del miedo que le corroía las entrañas si quería sobrevivir a los miles de kilómetros que aún los separaban de la libertad en las islas españolas.

Fuera de la furgoneta, el túnel del Gotardo seguía devorando los metros con una regularidad de metrónomo, aislando a los dos fugitivos de la realidad de una Europa que ya había comenzado a activar sus alertas para localizarlos.

Debajo de la montaña, unidos por el mismo hilo invisible de la supervivencia, el sacerdote sin sotana y el ejecutor herido compartían la primera noche de una tregua que iba a transformar sus vidas para siempre en mitad de la ruta hacia el confín del océano.

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