AMOR DIVINO Capítulo 21 El escudo de la noche
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Capítulo 21 El escudo de la noche

La oscuridad en el tramo litoral del Lacio no era un manto uniforme, sino una sucesión de sombras líquidas interrumpidas por el destello rítmico de los faros de la autopista y las luces de sodio de las zonas industriales de Civitavecchia.

Nikolai mantenía las manos fijas en el cuadrante superior del volante de la furgoneta, con la columna vertebral recta y la mirada clavada en la línea blanca que la iluminación de los faros de xenón devoraba de forma implacable.

En su rostro, la herida de la sien ya limpia de las costras iniciales y reducida a una línea rosácea bien perfilada, apenas se contraía con los cambios de marcha.

El dolor físico había desaparecido por completo de su cuerpo, dejando en su lugar una frialdad mecánica, una precisión muscular que respondía al único impulso que gobernaba su mente desde que abandonaron la arena negra de Ladispoli: la certeza absoluta de que el espacio entre ellos y sus perseguidores se estaba reduciendo.

A su lado, Thomas permanecía con la espalda hundida en el asiento del copiloto, con la visera de la gorra echada hacia delante, ocultando unos ojos que no habían dejado de parpadear con un ritmo errático.

Sus dedos, entrelazados sobre el tejido de sus vaqueros nuevos, se presionaban entre sí con tanta fuerza que los nudillos presentaban un color blanco, desprovisto de riego sanguíneo.

La sudadera gris, amplia y ajena a su anatomía habitual, parecía flotar sobre sus hombros como un disfraz mal confeccionado.

Cada vez que los neumáticos de la furgoneta pisaban una junta de dilatación del viaducto, emitiendo un golpe seco que resonaba en la chapa del habitáculo, el hombro de Thomas se sacudía de forma refleja, volviendo la cabeza hacia el espejo retrovisor exterior antes de poder controlar el impulso.

—No hay luces detrás —dijo Nikolai, sin que su tono de voz variase una sola octava—.

El último coche que nos ha adelantado era un transporte de mercancías local.

Si hubieran montado un bloqueo de carreteras en este sector, la pantalla militar ya habría registrado la saturación de los canales de la policía de tráfico.

Deja de mirar atrás, Thomas. El peligro no viene por donde ya hemos pasado.

El peligro se sitúa siempre en lo que tenemos de frente.

El sacerdote tragó saliva, sintiendo que la garganta se le cerraba como si estuviera llena de la misma arena que habían dejado en la costa.

Su mente no poseía el entrenamiento analítico del ruso; para él, la persecución no era una ecuación de vectores y frecuencias de radio, sino un animal invisible que corría a la par del vehículo, camuflado en la negrura de los campos de olivos que flanqueaban la ruta hacia el norte.

—Ghiberti conoce todas las salidas hacia la frontera —consiguió articular Thomas, con una voz que sonó extraña, despojada del timbre litúrgico que solía resonar bajo las bóvedas de la basílica—.

Tiene los recursos de la Gendarmería y las conexiones de d'Antonio.

Si han cruzado los datos de las cámaras de los peajes de la salida de Roma, sabrán que falta un vehículo verde azulado en los registros de las áreas residenciales.

Solo es cuestión de tiempo que den la orden de cierre en los pasos de montaña.

Nikolai desvió los ojos un milisegundo hacia el monitor de especificación militar integrado en la consola central.

La cascada de código verde seguía corriendo en bucle, abriendo y cerrando túneles informáticos a través de servidores proxy finlandeses para enmascarar la firma digital de la furgoneta.

El mapa de la península itálica mostraba la Autovía del Sol (A1) como una arteria saturada de tráfico pesado, pero su ruta actual los llevaba por la E35, una vía lateral que trepaba hacia la Toscana evitando los nudos de control más evidentes.

—Este coche no existe en las bases de datos de la motorización civil, Thomas —explicó el ruso, mientras reducía la marcha para abordar la subida hacia las colinas de la Umbría—.

Las placas de matrícula llevan un revestimiento químico reflectante que distorsiona el escáner infrarrojo de los pórticos de control.

Para las cámaras del Ministerio del Interior, somos una distorsión en el píxel, una sombra que se mueve a ciento diez kilómetros por hora.

Lo que debe preocuparte no es la burocracia del Estado, sino la prisa de d'Antonio.

Un hombre que ve cómo se desmorona su red de influencia no espera a que los jueces firmen un papel.

Paga a los equipos de interceptación sobre el terreno.

La palabra interceptación golpeó el interior de la furgoneta con el peso de una amenaza física.

Thomas recordó el sonido sordo del percutor en la biblioteca, la sensación de estar rodeado por paredes que ya no ofrecían santuario y la transmutación total de su vida en un objetivo a batir.

La sudadera gris, que al principio le había parecido un alivio frente a la rigidez de la sotana, se le antojaba ahora una prenda de lona de difunto, el uniforme de un hombre que huía de su propio nombre.

A medida que el vehículo dejaba atrás la llanura costera y comenzaba a adentrarse en los primeros desfiladeros que conducían hacia los Alpes, la oscuridad se volvió más compacta, aprisionada por las laderas boscosas que se alzaban a ambos lados de la calzada.

El viento del norte comenzó a golpear el frontal de la furgoneta, obligando a Nikolai a realizar pequeñas correcciones continuas en el volante.

La velocidad no disminuía; el ruso conducía con una confianza ciega en la tracción de los neumáticos y en la respuesta del motor modificado, cuya vibración grave era el único recordatorio de que seguían en movimiento.

Thomas se llevó una mano a la cabeza, retirándose la gorra por un momento para pasarse los dedos por el pelo revuelto.

El sudor frío le perlaba el nacimiento de la frente.

Miró de reojo a Nikolai; el perfil del ruso, recortado por la tenue fosforescencia verde del monitor, parecía esculpido en granito.

La cicatriz de la sien estaba limpia, una línea delgada que testificaba que su cuerpo se estaba curando a una velocidad asombrosa, mientras que el interior de Thomas se sentía cada vez más deshecho, agrietado por un pánico que no encontraba un asidero doctrinal donde calmarse.

—¿Por qué me ayudas, Nikolai? —preguntó de pronto el sacerdote, rompiendo el pacto de silencio que se había establecido desde que cruzaron el límite provincial de Viterbo—.

Podrías haber tomado el dinero de la caja estanca, los pasaportes falsos y haber cruzado la frontera solo.

Un hombre con tu entrenamiento se habría movido el doble de rápido sin alguien como yo retrasando cada decisión.

Nikolai no modificó su postura ni un solo centímetro.

Sus ojos permanecieron fijos en el asfalto que se retorcía delante de ellos, iluminado por el haz blanco de los faros.

El silencio que siguió a la pregunta fue tan prolongado que Thomas pensó que el ruso simplemente la ignoraría, tratándola como otra de las debilidades del "angelito" que no merecían una respuesta operativa.

—En Siberia —comenzó Nikolai, con una voz baja que parecía surgir de las profundidades del motor—, si un lobo se separa de la manada porque está herido o porque ha perdido el rastro, los demás no vuelven a buscarlo.

Lo dejan atrás para que el invierno termine el trabajo.

Pero nosotros no somos lobos, Thomas. Somos hombres que han visto cómo la manada se volvía loca.

Si te dejaba en esa biblioteca, d'Antonio te habría convertido en el chivo expiatorio de toda la estructura crediticia del banco vaticano.

Habrías aparecido colgado en una celda de la prisión de Regina Coeli antes del primer interrogatorio, firmando una confesión que limpiaría la púrpura de tres cardenales.

El ruso hizo una breve pausa, liberando una mano del volante para activar el sistema de calefacción del habitáculo. El aire caliente comenzó a salir por las rejillas del salpicadero, trayendo consigo el aroma balsámico de la madera de pino que panelaba la zona de vida trasera.

—Además —añadió Nikolai, volviendo a cerrar las dos manos sobre el cuero del volante—, tú viste el rostro de Grigori.

Sabes que la Bratva no opera por ideología o por beneficio comercial simple; opera por control absoluto.

Si yo salgo de este país solo, soy un desertor al que hay que cazar.

Si nos movemos juntos, somos una anomalía que d'Antonio no puede predecir.

Tú eres mi único billete de vuelta hacia una vida donde no tenga que revisar los bajos de mi coche cada mañana antes de girar la llave del contacto.

Thomas volvió a ponerse la gorra, hundiendo la visera hasta casi rozar el puente de la nariz.

Las palabras del ruso no eliminaban el miedo, pero le daban una estructura racional, una arquitectura de necesidad mutua que sustituía la orfandad espiritual en la que se encontraba.

El miedo ya no era una mancha uniforme; era el combustible que mantenía el motor en marcha y las manos del mafioso firmes sobre la dirección.

La carretera comenzó a ganar altitud de forma pronunciada a partir del kilómetro ciento cuarenta.

La furgoneta se introdujo en la red de túneles que perforaban los contrafuertes meridionales de los Alpes, una sucesión de galerías de hormigón donde la luz naranja de los focos de sodio parpadeaba sobre el techo del vehículo con la regularidad de una pantalla estroboscópica.

El ruido del motor se multiplicaba dentro de la estructura cerrada, convirtiéndose en un rugido sordo que impedía cualquier amago de conversación.