AMOR DIVINO Capítulo 20 El búnker sobre la arena #3
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Capítulo 20 El búnker sobre la arena #3

Se encaminó de nuevo a la cabina y se sentó en el asiento del conductor, que pivotaba sobre su eje para integrarse en la estancia.

Thomas se sentó enfrente, en el lugar del copiloto, observando cómo la luz del día se filtraba por las rendijas de la cortina delantera, dibujando líneas doradas sobre el salpicadero de la furgoneta.

La posición elevada de los asientos ofrecía una perspectiva periférica de la zona de conducción, manteniendo el acceso a los pedales y a la palanca de cambios despejado en caso de necesitar una salida de emergencia inmediata.

—¿Cuál es el plan ahora? —preguntó el sacerdote, cruzando las manos sobre sus vaqueros todavía húmeda.

La pregunta de Thomas flotó en el aire estancado del vehículo, demandando la dirección que su mente eclesiástica necesitaba para no perderse en las conjeturas del aislamiento.

Nikolai extendió la mano hacia la pantalla táctil militar, que emitió un leve pitido al detectar la proximidad de sus dedos.

El cursor parpadeo tres veces antes de desplegar un mapa topográfico de la península itálica, jalonado por una única línea roja que evitaba las autopistas principales, serpenteando por las carreteras secundarias de los Apeninos hacia el norte.

El mapa mostraba curvas de nivel cerradas, altitudes que superaban los mil metros sobre el nivel del mar y valles interiores desprovistos de núcleos urbanos significativos.

Era una ruta diseñada para desaparecer de los satélites ópticos convencionales aprovechando la cobertura arbórea de los bosques umbros.

—Ruta internacional —dijo Nikolai, contemplando el trazado—.

El mapa digital evita por completo las autopistas italianas y nos desvía hacia el norte, cruzando los Alpes en dirección a Suiza.

El mensaje de la sombra dice que debemos dejar el país lo antes posible.

No hay paradas en la península; el destino final marcado es el puerto de Cádiz, en España.

El dedo del ruso reseguía la línea digital, deteniéndose en los puntos de control fronterizos secundarios antes de presionar un botón del salpicadero que hizo abrirse por resorte la guantera del copiloto.

Al asomarse, Thomas descubrió un sobre de plástico hermético.

Al abrirlo, el contenido le hizo contener el aliento: dos pasaportes suizos con sus fotografías impresas bajo nombres falsos de apariencia impecable, y un billete impreso para el ferry de la naviera Armas que cubría la ruta marítima desde Cádiz hasta las Islas Canarias.

—Pasaportes suizos... —Thomas repitió las palabras, acariciando el relieve del documento—.

Y un billete de barco. Nos están enviando al Atlántico, al confín de Europa.

Es un viaje de miles de kilómetros por carretera antes de poder embarcar.

Si la Gendarmería o la policía italiana dan la alarma antes de que lleguemos a la frontera alpina, estos documentos no nos servirán de nada.

El sacerdote contemplaba las tipografías oficiales y los sellos holográficos del documento alpino; aquello significaba una renuncia total a su antigua existencia, un billete de ida hacia el anonimato absoluto en un archipiélago alejado del poder directo de d'Antonio.

—Por eso vamos a viajar de noche —sentenció el ruso, apagando la pantalla con un toque seco—.

Pasaremos el resto del día aquí, ocultos en este descampado.

Dejaremos que los paneles solares carguen las baterías al máximo y que el motor descanse.

Cuando el sol caiga y la vigilancia en las carreteras secundarias hacia el norte disminuya, nos moveremos.

La desconexión del monitor devolvió la cabina a una penumbra uniforme. Nikolai se reclinó contra el reposacabezas, cerrando los ojos para permitir que el analgésico que había ingerido comenzara a adormecer las punzadas de la herida que insistía en recordarle su fracaso protegiendo a Thomas.

Thomas se recostó en el asiento, sintiendo el cansancio acumulado de las últimas cuarenta y ocho horas caer sobre él como una losa de travertino.

El silencio que siguió no fue el silencio tenso del Alfa Romeo, sino una calma densa, compartida, donde el peligro exterior parecía rebotar contra las paredes blindadas de la furgoneta.

Observó a Nikolai, que ya había sacado una de las Glock de la caja y procedía a desmontarla sobre la mesa de pino con movimientos mecánicos, precisos, casi rítmicos.

El sonido del metal contra el metal se convirtió en la banda sonora de su tregua.

Cada pieza del arma —el muelle, la corredera, el armazón— era depositada sobre la madera con un orden absoluto. Thomas desvió la mirada hacia el pequeño souvenir de Sídney que descansaba a un lado; dos objetos radicalmente distintos que ahora compartían el mismo espacio de confinamiento.

Fuera, el sol de la mañana terminó de romper las nubes, iluminando la arena de la playa a de Ladispoli con una claridad cegadora.

El mar seguía rompiendo contra la orilla con una regularidad pacífica, ajeno a los secretos que se ocultaban en el interior de la furgoneta verde azulada.

Dos mundos irreconciliables, el de la fe y el del crimen, compartían el mismo espacio reducido, unidos por un hilo invisible de supervivencia que los empujaba a cruzar Europa desde las costas del Lacio hasta el Atlántico español.

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