AMOR DIVINO Capítulo 20 El búnker sobre la arena #2
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Capítulo 20 El búnker sobre la arena #2

La tipografía verde del código informático corría por el monitor a una velocidad vertiginosa, limpiando registros de conexión y abriendo túneles de comunicación privados que no dejaban rastro en los servidores gubernamentales.

Era la misma tecnología que los servicios de seguridad del Estado utilizaban para coordinar operaciones de infiltración en territorio hostil.

—Tiene su propio canal de datos —explicó Nikolai, pasando un dedo por el borde de la pantalla con una mezcla de respeto y recelo—.

El sistema está puenteado con la batería secundaria.

No necesita el contacto del motor para transmitir.

Quien nos vigila ha montado un nodo repetidor propio.

Si la policía intenta triangular nuestra posición mediante las antenas de telefonía móvil de la costa, este aparato desviará la señal a través de un servidor proxy en el norte de Europa.

El ruso presionó un comando en la esquina superior; la cascada de datos se detuvo para mostrar un escáner de frecuencias de radio locales.

La pantalla detectaba las señales de las patrullas de los Carabinieri que operaban en Civitavecchia y en los accesos de la autopista A12, traduciéndolas en pequeños puntos luminosos que se encendían y apagaban lejos de su posición actual.

—¿Significa que estamos a salvo aquí dentro? —preguntó Thomas, buscando los ojos del ruso.

El sacerdote formuló la pregunta con un hilo de esperanza que rozaba la candidez. Necesitaba creer que aquella estructura de metal y tecnología avanzada podía ofrecerle la inmunidad que las iglesias de Roma ya no poseían.

—Significa que somos invisibles para los Carabinieri, pero totalmente transparentes para él —replico Nikolai con dureza, aunque la vibración de pánico que antes mostraba en el Alfa Romeo se había disipado, sustituida por su pragmatismo habitual—.

Siéntate. Vamos a revisar lo que nos ha dejado en los armarios antes de ponernos en marcha.

Si vamos a cruzar el país en este maldito tanque, necesito saber con qué armas contamos.

El ejecutor de la Bratva conocía bien las reglas de la hospitalidad oculta.

En su mundo, un transporte preparado con tanto celo tecnológico nunca venía vacío; el hardware informático siempre iba acompañado de los recursos de hierro necesarios para defender la posición si el velo de invisibilidad llegaba a romperse.

El registro del vehículo confirmó que la preparación del búnker sobre ruedas rayaba en lo obsesivo.

En el gran arcón situado bajo la cama principal, Nikolai encontró dos mochilas de asalto de lona impermeable.

Al abrirlas, el contenido reveló una planificación meticulosa: cuatro mudas completas de ropa táctica oscura, dos chaquetas técnicas resistentes al viento de una marca de montaña muy cotizada, pasamontañas, guantes de nitrilo y tres pares de botas de senderismo de sustrato grueso, todo de sus tallas exactas.

Cada prenda había sido desprovista de sus etiquetas de fabricación originales con cortes limpios; no quedaba un solo código de barras, una marca de lavado o un hilo que permitiese rastrear la tienda o el almacén de procedencia.

Quien había empaquetado el equipo entendía que la identidad es el cabo suelto más peligroso de una persecución.

Sin embargo, lo que hizo que el ejecutor de la Bratva contuviera el aliento fue la caja estanca de polímero negro oculta bajo el doble fondo del armario ropero.

Al liberar los cierres a presión, el interior de espuma troquelada desveló dos pistolas semiautomáticas Glock 19 de novena generación, completamente limpias de grasa, junto a seis cargadores suplementarios y cuatro cajas de munición de nueve milímetros Parabellum con las puntas limadas para maximizar el impacto.

Junto al armamento, un fajo grueso de billetes de cien euros, agrupados en bandas elásticas, sumaba un total de veinte mil euros en efectivo.

El dinero estaba compuesto por billetes usados, desgastados por la circulación común en los comercios del centro de Europa, lo que garantizaba que no formaban parte de ninguna serie marcada por los bancos centrales.

Las armas, por su parte, carecían de números de serie; el metal del armazón de polímero mostraba las huellas del fresado químico utilizado para borrar cualquier cuño de fábrica.

—Dinero limpio, ropa sin etiquetas comerciales y fuego sin registrar —comentó Nikolai, sopesando una de las armas con la familiaridad de quien sostiene una herramienta de trabajo—.

Nuestro benefactor conoce el negocio. Esto es el equipo estándar de un grupo de operaciones encubiertas.

No hay un solo hilo del que la policía pueda tirar si nos interceptan.

El ruso deslizó la corredera de la Glock hacia atrás con un movimiento seco, comprobando el muelle recuperador y la rampa de alimentación del cañón. El sonido metálico del mecanismo encajando de nuevo resonó en el habitáculo con una finalidad sombría que hizo que Thomas apartara la vista.

Thomas observó el metal oscuro de la pistola con una mueca de desagrado, pero no dijo nada.

Se encaminó hacia la pequeña cocina y abrió los armarios superiores.

Encontró provisiones suficientes para un mes de aislamiento: latas de conserva de alta calidad, legumbres secas, pasta italiana, galletas energéticas y varias garrafas de agua destilada que se conectaban directamente al sistema de bombeo del fregadero.

En el último estante, un pequeño botiquín de primeros auxilios de campaña contenía suturas médicas, analgésicos de amplio espectro, antibióticos y vendas esterilizadas.

El sacerdote ordenó los envases con un orden casi monástico, refugiándose en las tareas rutinarias para silenciar el zumbido de sus propios pensamientos.

Cada lata de tomate y cada bolsa de arroz eran un escudo contra la necesidad de interactuar con el mundo exterior, una confirmación de que la civilización común había quedado suspendida para ellos.

—Pensó en todo —dijo Thomas, extrayendo un bote de antiséptico—. Quítate la gabardina, Nikolai. Esa herida de la sien sigue abierta y la humedad de la playa solo va a empeorarla.

La voz del clérigo recuperó por un instante el tono de autoridad pastoral que utilizaba en las misiones de apoyo de su archidiócesis, una firmeza tranquila que no aceptaba réplicas basadas en el orgullo físico.

El ruso hizo un ademán de rechazo con la mano, pero la firmeza en la mirada verde del sacerdote lo hizo desistir.

Con un suspiro pesado, se despojó de la prenda empapada, colgándola en un gancho de la entrada, y se sentó en el banco de cuero.

Thomas se situó frente a él, con los dedos firmes mientras empapaba una gasa en el líquido transparente.

Al contacto con la piel abierta, el músculo de la mandíbula de Nikolai se tensó, pero no emitió un solo sonido.

La cercanía física revelaba el desgaste real del gigante: la piel que rodeaba el corte mostraba un hematoma violento que se extendía hacia el pómulo, y el pulso en su cuello latía con una velocidad que delataba la fiebre del esfuerzo continuado.

Thomas operó con movimientos metódicos, limpiando la costra que amenazaba con infectarse por el salitre del aire.

—Tienes una resistencia inhumana —murmuró Thomas, limpiando con delicadeza los hilos de sangre reseca que se extendían hasta la patilla—. En el apartamento, pensé que te derrumbarías en cualquier momento.

El sacerdote recordaba la tensión extrema de la huida en la biblioteca, el eco de las botas persiguiéndolos por las galerías altas y la fría determinación del mafioso para mantener el control y guiarlos a través del humo sin vacilar un solo segundo.

—Los hombres de mi familia no se doblegan por la fatiga, angelito —respondió Nikolai, fijando sus ojos azules en el rostro concentrado del clérigo, a escasos centímetros del suyo—.

En las prisiones de Siberia aprendes que el cansancio y el dolor son solo información.

Te dicen qué parte de tu cuerpo sigue viva.

Lo preocupante es cuando dejas de sentirlo.

La confesión del ruso cayó en el habitáculo con la pesadez de una sentencia penal. Su mirada no buscaba compasión, sino constatar una ley biológica que había regido su existencia desde los catorce años en los barracones de castigo del este de los Urales.

Thomas detuvo el movimiento de la gasa por un segundo, afectado por la crudeza del comentario, antes de aplicar un apósito adhesivo sobre la ceja del ruso.

Los dedos del clérigo rozaron la piel áspera de la frente del ejecutor antes de retirarse con lentitud. Aquella breve interacción médica parecía el único puente humano que les quedaba en mitad del colapso de sus respectivas instituciones.

—Aquí estás a salvo de Siberia —dijo el sacerdote con suavidad, dejando los utensilios médicos sobre la mesa—. Y de Grigori. Al menos por ahora.

Thomas quería creer sus propias palabras, pero la mención del nombre del líder de la Bratva en Roma trajo de vuelta la realidad del tablero exterior, una red de alcance global que no entendía de distancias provinciales.

—Nadie está a salvo de la Bratva, Thomas.

Solo ganamos tiempo —Nikolai se levantó, estirando los brazos para comprobar que la rigidez de las costillas no limitaba sus movimientos—.

El desvío hacia Ladispoli nos ha sacado del radar inmediato, pero si las noticias de Roma llegan a los oídos de Moscú antes de que logremos cruzar la frontera y desaparecer, Grigori enviará a los liquidadores de verdad.

Hombres que no fallan como los matones de d'Antonio.

El ruso se calzó una de las chaquetas técnicas oscuras que había encontrado en la mochila; el tejido sintético se ajustó a sus hombros. Su figura recuperó la línea afilada de un agente activo listo para el despliegue.