AMOR DIVINO Capítulo 35 El laberinto de cristal
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Capítulo 35 El laberinto de cristal

El cielo sobre La Haya no conocía los matices, manifestándose como un manto espeso de un gris plomo que parecía aplastar los tejados afilados y los edificios de acero y vidrio de la zona residencial.

El contraste con la luz cegadora y mística del Valle de Aridane no era meramente térmico; constituía un golpe directo y húmedo a la línea de flotación del espíritu, de esos que calan en los huesos y despiertan los viejos dolores que uno creía sepultados.

Thomas se subió el cuello del abrigo oscuro que Agata les había proporcionado en el aeropuerto de Fráncfort, sintiendo que la neblina del mar del Norte se le colaba entre las costuras con la insistencia de un reproche.

Al lado, Nikolai caminaba con las manos metidas en los bolsillos de una chaqueta militar que le iba ligeramente estrecha de hombros, obligándole a mantener una postura rígida, casi heráldica.

Sus ojos de azul gélido no miraban el paisaje urbano ni la simetría de las avenidas, sino las esquinas oscuras, las azoteas batidas por el viento y las furgonetas de reparto estacionadas en los márgenes de la Eisenhowerlaan.

El soldado no había bajado la guardia desde que abandonaron el archipiélago canario, pues sabía que la distancia no diluye el peligro, sino que a menudo lo vuelve más invisible, más rastrero.

—Aún puedo oler el salitre de la furgoneta —murmuró Nikolai en un tono tan bajo que el viento del norte casi se lo tragó, un lamento amortiguado por la severidad del paisaje—. Se siente extraño caminar sobre este asfalto limpio, tan gris, tan carente de la vida que dejamos atrás.

Thomas suspiró, intentando alejar los fantasmas de la nostalgia que la prosa del norte parecía convocar con tanta facilidad.

—Ella cumplió su función, Nikolai —respondió forzando una sonrisa que no llegó a sus ojos, una mueca de resignación—.

Nos mantuvo a salvo cuando el mundo entero nos buscaba y las balas tenían nuestros nombres grabados.

Ahora nos toca a nosotros terminar el trabajo, cerrar el círculo antes de que el círculo nos asfixie.

Agata Vargas caminaba un par de pasos por delante de ellos, mostrando su acreditación magnética en los sucesivos filtros de seguridad que custodiaban el perímetro exterior del imponente complejo de la Europol.

Los tres cruzaron las puertas giratorias de cristal blindado y se encontraron de pronto en un vestíbulo monumental, donde el sonido de los pasos sobre el granito pulido resonaba como en una catedral laica consagrada a la información y al castigo.

El bullicio era constante, un runrún de colmena humana donde analistas de una veintena de nacionalidades pasaban con carpetas digitales, oficiales de enlace con uniformes impecables cruzaban palabras en idiomas que se mezclaban en el aire, y pantallas gigantes proyectaban mapas del flujo de criminalidad transfronteriza en tiempo real, convirtiendo el dolor y el delito en simples vectores de color sobre un lienzo virtual.

—Permaneced cerca de mí —advirtió Agata, girándose hacia ellos mientras se quitaba la bufanda con un gesto rápido, denotando la prisa que le atenazaba las entrañas—.

Las acreditaciones provisionales que lleváis solo os permiten moveros por el ala este, la zona de tránsito controlado.

Si pisáis una línea roja sin mi escolta, los sistemas automatizados bloquearán las puertas antes de que podáis parpadear, y os aseguro que las explicaciones en este lugar se dan en salas sin ventanas.

Nikolai barrió el techo abovedado con una mirada experta, midiendo los ángulos de las cámaras y los puntos de tiro ciegos con la frialdad de quien ha aprendido a sobrevivir en los márgenes.

—No me gustan los lugares con una sola entrada y una sola salida, inspectora —comentó con un desprecio sutil—. Esto es una ratonera de lujo, un matadero revestido de policarbonato y buenas intenciones.

—Es la ratonera más segura del planeta, Nikolai —replicó una voz a sus espaldas, modulada en un inglés británico perfecto, aristocrático y desprovisto de cualquier inflexión emocional, una voz que recordaba al crujido de las hojas secas en un cementerio de la alta sociedad.

Los tres se giraron al unísono, arrastrados por el magnetismo de esa presencia que parecía enfriar aún más el ambiente.

Frente a ellos, emergiendo de un pasillo lateral restringido, se encontraba el hombre que había movido los hilos de su destino sin mostrar jamás el rostro.

El operativo anónimo, el titiritero de las sombras al que le debían la vida y la furgoneta que ahora añoraban, no vestía uniforme ni gabardina de espía decimonónico.

Llevaba un traje de tres piezas gris marengo, cortado a medida en Savile Row, que se ceñía con precisión a una estructura física robusta y disciplinada, delatando los años de un riguroso entrenamiento militar que la mediana edad no había conseguido doblegar.

Su caminar era firme, elástico, con la contundencia de quien está acostumbrado a ocupar el espacio con autoridad y sin vacilaciones.

Un cabello rubio, salpicado de sutiles hilos plateados en las sienes, enmarcaba unas facciones angulosas, duras y curtidas; tras unas gafas de montura de carey, sus ojos azules, afilados y despiertos, analizaron a los dos recién llegados con la frialdad de un cirujano examinando una herida que ya sabe que es mortal.

El encuentro fue gélido, un choque de silencios donde no hubo espacio para apretones de manos ni fórmulas de cortesía protocolarias.

Durante un prolongado minuto, la tensión en el vestíbulo se volvió tan densa que incluso los funcionarios que pasaban a su lado parecieron desviar la mirada y acelerar el paso de forma instintiva, intuyendo que allí se estaba tasando el precio de la traición.

—Debo admitir que en más de una ocasión temí que vuestra estancia en las Islas Canarias os hubiera ablandado el juicio —dijo el británico, dedicándoles una levísima inclinación de cabeza que parecía más una concesión que un saludo—.

Me alegra ver que la inspectora Vargas posee dotes de persuasión más eficaces que mis propios análisis de contingencia, aunque supongo que el peso de la realidad siempre termina por imponerse al encanto de los plátanos y el océano.

Nikolai dio un paso al frente, la mandíbula tan apretada que los músculos del cuello se le marcaron como cuerdas bajo la piel, rompiendo la distancia de seguridad que el británico intentaba mantener.

—Tú eres el que nos puso una diana en la espalda desde el momento en que nos diste las llaves de Miss Libertad —soltó el ruso, clavando sus ojos de azul gélido en los del fornido operativo—.

Sabías que d'Antonio no se quedaría quieto rezando en su altar, sabías que movería el cielo y la tierra.

Nos usaste como un maldito anzuelo en mitad del Atlántico para ver hacia dónde se movía el dinero de la Bratva, para que tus pantallas se encendieran con sus errores.

El viejo espía no se inmutó ante la hostilidad física que Nikolai desprendía, una violencia latente que habría hecho retroceder a cualquier otro hombre.

Apoyó el peso del cuerpo sobre su pierna derecha y esbozó una sonrisa desvaída que apenas alteró las líneas de su rostro surcado por años de secretos.

—El uso de anzuelos es una necesidad imperiosa cuando el peón que se intenta capturar maneja los hilos del mismísimo Banco Vaticano, señor Nikolai —respondió con una tranquilidad exasperante, la tranquilidad de quien ha visto caer imperios desde la comodidad de un despacho bien ventilado—.

Si os hubiera dejado en Italia, hoy seríais dos cadáveres anónimos flotando en el Tíber o sepultados bajo el hormigón de un suburbio romano, pasto de las ratas y del olvido.

Os di una furgoneta, os di fondos suficientes para vivir como reyes del anonimato y os di un mes entero de aire limpio.

Creo que el precio de la entrada que os cobro hoy es bastante razonable, casi una ganga en el mercado de la supervivencia.

Pero no hemos venido aquí a discutir sobre mi moralidad, que les aseguro es un terreno estéril y aburrido.

El tiempo corre en nuestra contra y el dinero no duerme.

—¿Qué tan grave es la situación en Roma? —intervino Thomas, interponiéndose sutilmente entre Nikolai y el británico para evitar que el ruso cometiera una locura que los condenara a todos antes de empezar.

El contable mantenía la cabeza fría, el único reducto de orden en mitad de aquel caos de sospechas. El británico miró a Thomas, y su expresión se tornó un poco más seria, casi respetuosa, reconociendo en el australiano la mente técnica que realmente necesitaba para ganar la guerra.

—D'Antonio ha consolidado el desvío de una manera que ni nuestros analistas más pesimistas previeron, Sheehan —explicó el operativo—.

Los trescientos millones iniciales de la fundación de la Santa Faz han sido solo el catalizador, la llave para abrir un torrente.

Ha abierto las compuertas de un entramado de lavado que la Bratva mantenía latente en los bancos suizos desde la caída del bloque soviético, un gigante dormido que ahora ha despertado hambriento.

Si no intervenimos cuanto antes, los fondos se fragmentarán en miles de cuentas fantasma en Asia y el Caribe, volviéndose tan incorpóreos como el humo.

Síganme. Tenemos una oficina habilitada para vosotros en el sótano tres.

No figura en los planos públicos del edificio, un lugar donde los satélites no pueden mirar.