Capítulo 19 El peso de la púrpura #2
—No me interesan tus circunstancias ni tus excusas de perdedor —le cortó d'Antonio, alzando sutilmente el dedo índice de la mano derecha.
El gesto, mínimo, pero imbuido de un poder absoluto, bastó para congelar las palabras en la garganta del inspector—.
Has agotado por completo mi paciencia y, lo que es infinitamente peor para ti, has agotado tu utilidad en esta casa.
Pero no voy a permitir que tus torpezas de policía de barrio destruyan el trabajo de toda mi vida y el equilibrio de las cuentas que sostienen esta institución.
D'Antonio se acercó lentamente a su escritorio de caoba, apoyando las yemas de los dedos sobre la superficie pulida con una suavidad calculada. Su mirada se volvió felina, cargada de una malicia inteligente que operaba con la precisión y la frialdad de un bisturí forense.
—A partir de este preciso instante, inspector, tus credenciales de la Gendarmería quedan suspendidas de facto.
Ya no manejas este caso, ya no das órdenes en los patios ni tienes acceso a las patrullas, pero no vayas a pensar que vas a irte a tu casa a descansar.
La caza de Thomas Sheehan acaba de cambiar de escala, y tú vas a ser el peón que sostenga el peso de la tormenta que tú mismo has provocado.
El Monseñor tomó una carpeta de piel roja que descansaba sobre el centro de la mesa y, con un movimiento seco de la muñeca, la deslizó por la madera pulida hasta que se detuvo justo frente al pecho de Ghiberti.
—He enviado un despacho urgente y directo a la central de la Interpol y a las jefaturas de las fuerzas de seguridad del gobierno italiano.
Desde hace exactamente diez minutos, Thomas Sheehan es, de forma pública y oficial, un terrorista internacional.
Un infiltrado peligroso que ha sustraído secretos de alta seguridad del Estado Vaticano y que ha asesinado a sangre fría a dos de tus propios agentes para consumar su huida de esta mañana.
Su fotografía está ahora mismo en las pantallas de cada aeropuerto, estación de tren y puesto fronterizo del país.
Italia entera se va a convertir en su jaula.
Ghiberti parpadeó repetidamente, asimilando la magnitud del tablero geopolítico que d'Antonio acababa de desplegar con un par de firmas.
El Monseñor estaba incendiando el puente detrás de ellos, obligando a todo el aparato policial de una nación a trabajar para sus propios fines bajo la bandera de la seguridad nacional.
—Pero... Monseñor —tartamudeó Ghiberti, sintiendo cómo una nueva capa de terror, más sutil y destructiva, se abría paso en su mente—. Si la policía italiana lo captura vivo en la carretera... si Sheehan llega a un tribunal de Roma defendido por abogados públicos y decide hablar ante un juez...
—Ahí es donde entras tú, inspector —d'Antonio se inclinó hacia delante, apoyando ambos puños en la mesa, y su rostro quedó a escasos centímetros del de Ghiberti, permitiéndole oler el perfume rancio y seco a incienso y cera vieja que emanaba de los pliegues de su ropa de gala—.
Si Thomas Sheehan habla, si tus antiguos compañeros los inspectores Ágata o Valenti consiguen ponerle la mano encima antes de que sea silenciado, yo entregaré un segundo expediente que ya está preparado y lacrado en mi caja fuerte privada.
Un expediente que te señala a ti, Ghiberti, como el único oficial corrupto que vendía información a la mafia rusa y que facilitó la fuga del contable de la biblioteca.
Te convertiré en el único chivo expiatorio de esta Iglesia.
Caerás tú solo, inspector, y te aseguro que las prisiones del Estado italiano no son lugares amables para los policías que caen en desgracia con el Vaticano.
El pánico de Ghiberti alcanzó su cénit. El suelo de mármol pareció abrirse bajo sus pies como las fauces de un foso común.
Comprendió, con la claridad terrible de una ejecución, que d'Antonio lo había atrapado en una tela de araña perfecta.
Ya no perseguía a Thomas por deber, ni por ambición, ni por la lealtad ciega al Monseñor; ahora lo perseguía porque la supervivencia del sacerdote significaba su propia destrucción absoluta, la pérdida de su nombre, su libertad y su vida.
—Tienes exactamente cuarenta y ocho horas para encontrar el rastro de Sheehan desde las sombras de la calle y asegurarte de que no llegue vivo a testificar ante ninguna comisaría —sentenció d'Antonio, dándole la espalda de nuevo con una indiferencia soberana y regresando a la contemplación fija del ventanal—.
Si fracasas, inspector, tu nota de suicidio ya está redactada en mi mente y colgará de la lámpara de tu propio salón.
Sal de mi despacho. Y reza para que el ruso no te encuentre a ti primero.
Ghiberti cruzó el umbral del despacho con las piernas convertidas en plomo, cerrando la madera tallada a sus espaldas con la extrema delicadeza de quien clausura un nicho funerario.
La carpeta de piel roja pesaba bajo su brazo como si estuviera rellena de gravilla.
En el pasillo, el silencio litúrgico del Palacio Apostólico continuaba imperturbable, pero para él se había transformado en la antesala de una ejecución.
Se aflojó el nudo de la corbata con un tirón torpe que descosió el primer botón de la camisa.
Tenía que salir de allí. Tenía que descender a las cloacas del asfalto romano antes de que el ultimátum de d'Antonio le apretara la soga definitivamente.
Mientras la exinspectora de la Gendarmería se hundía en su propia desgracia, la realidad de la investigación seguía su curso legal e imperfecto a menos de tres kilómetros de los muros vaticanos.
En un desguace policial de la periferia este de Roma, encajonado entre el nudo ferroviario de la estación Tiburtina y los muros de ladrillo visto de unos almacenes industriales abandonados, la atmósfera era radicalmente distinta.
El aire allí apestaba a fluido de frenos, a caucho quemado y al óxido denso de cientos de vehículos amontonados bajo el sol.
En mitad del recinto, sobre una plataforma de hormigón agrietada por las malas hierbas, descansaba el FIAT Punto que Thomas y Nikolai habían utilizado en su huida inicial desde el apartamento de Trastévere, rescatado por una grúa municipal tras ser hallado en un callejón ciego de la Borgo Pio.
El inspector Valenti, con las mangas de su camisa blanca remangadas hasta los codos y un par de guantes de látex azul tensados en sus manos, emergió del hueco del motor con una expresión de profunda amargura.
Su rostro, habitualmente jovial, aparecía surcado por estrías de hollín y grasa mecánica.
Se limpió el sudor de la frente con el antebrazo, dejando una mancha oscura cerca del nacimiento del pelo.
—Nada, Agata. Absolutamente nada —gruñó Valenti, golpeando el capó de chapa abollada con la palma de la mano—.
Estos tipos no son aficionados. Quienquiera que haya limpiado este motor sabía exactamente dónde se acumula el rastro genético.
No hay una sola huella dactilar en los bornes de la batería, ni un cabello atascado en las correas, ni un miserable resto de barro que nos dé una pista sobre el terreno que pisaron antes de abandonar el vehículo.
Está estéril. Limpiado con alcohol isopropílico de especificación industrial.
A unos metros, arrodillada sobre el suelo del habitáculo con medio cuerpo metido bajo el salpicadero del lado del copiloto, la inspectora Agata Varga emitió un soplido de frustración que hizo oscilar los mechones oscuros de su flequillo.
Tenía una linterna táctica sujeta entre los dientes, cuya luz blanca barría la alfombrilla deshilachada y el cableado expuesto del sistema eléctrico.
—No te adelantes, Valenti —dijo Agata, con la voz distorsionada por la presión de la linterna—.
El metal exterior se puede limpiar con productos químicos, pero el pánico siempre deja una rendija.
Nadie limpia un coche a conciencia mientras tiene a la mitad de las patrullas del Lacio pisándole los talones.
El ruso es meticuloso, de acuerdo, pero el sacerdote.
.. el sacerdote estaba aterrorizado. Su cuerpo tuvo que reaccionar.
Agata se extrajo la linterna de la boca y pasó el dedo índice por la ranura del carril del asiento del copiloto, extrayendo una pizca diminuta de un polvo blanco y pastoso que examinó bajo la luz directa.
Lo frotó entre las yemas de los guantes de látex, escuchando el leve crujido del material antes de dejar caer los hombros con desaliento.
—¿Qué es? ¿Cal del sótano de la biblioteca? —preguntó Valenti, apoyándose en la ventanilla rota de la portezuela.
—Travertino molido mezclado con cemento rápido.
Polvo de obra común —respondió ella, arrojando la gasa contaminada a una bolsa de plástico para evidencias—.
Roma entera está construida sobre esa porquería.
No nos sirve para acotar un solo barrio.
Podrían haberlo recogido en cualquier esquina de la periferia donde haya una zanja abierta.
Estamos dando palos de ciego mientras el tiempo corre en nuestra contra.
La inspectora se enderezó, saliendo del habitáculo con un movimiento felino pero cargado de la fatiga que dan las noches en vela.
Se quitó los guantes de látex con un chasquido seco y los arrojó al contenedor de residuos biológicos.
Su chaqueta azul oscuro, la misma que llevaba en la noche del tiroteo en el Salón Vanvitelliano, mostraba cercos de polvo blanco en los puños.
Se cruzó de brazos, clavando la mirada en el parabrisas astillado del FIAT Punto.