AMOR DIVINO Capítulo 19 El peso de la púrpura
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Capítulo 19 El peso de la púrpura

El aire en el interior del Palacio Apostólico parecía haber perdido todo su oxígeno.

El inspector Ghiberti sentía que el cuello de la camisa de reglamento, húmedo por un sudor frío y rancio, se ceñía en torno a su garganta como una soga de cáñamo.

A su alrededor, el murmullo de los Museos Vaticanos se había extinguido por completo, sustituido por el eco cortante de las botas de la Gendarmería sobre el mármol y las órdenes distorsionadas que crujían en los radiotransmisores.

La megafonía del complejo acababa de escupir un mensaje ensayado sobre una "avería técnica en el sistema de climatización" para evacuar a las masas, pero la realidad era una mancha de humillación que le emponzoñaba la sangre: Thomas Sheehan y el ejecutor ruso habían caminado entre los turistas, utilizando el arte milenario como una capa de invisibilidad, y se les habían escapado de las manos a menos de diez metros de distancia.

Ghiberti apoyó las manos temblorosas sobre la barandilla de la escalinata que conducía a la Capilla Sixtina. Sus ojos, inyectados en sangre y desencajados por la falta de sueño, contemplaban la marea de uniformes que peinaba la sala.

—¡Quiero las grabaciones de la Galería de los Mapas otra vez! —rugió, y su propia voz le sonó extraña, desprovista de la autoridad habitual, quebrada por un deje de histeria—. ¡Revisad las cámaras perimetrales de la Pinacoteca! No pueden haberse esfumado. ¡Nadie se evapora en este maldito Estado!

Pero los analistas informáticos no devolvían más que silencios y cabezas gachas.

La verdad de la huida era un abismo negro.

Ghiberti no tenía la menor idea de cómo habían salido del complejo ni en qué clase de vehículo se movían.

Podían estar en un camión de reparto, en el maletero de un coche diplomático o corriendo a pie por los callejones de la capital italiana.

Estaba buscando a dos fantasmas en mitad de un océano de cemento llamado Roma, y cada minuto que marcaba el reloj de su muñeca recortaba su propia esperanza de vida.

La parálisis de los técnicos informáticos avivó una ira ciega en el pecho del inspector.

Empujó a uno de los operadores de las pantallas de control, obligándole a apartarse para golpear él mismo el teclado con rabia.

En los monitores de alta definición, los rostros pixelados de la multitud de turistas se sucedían en un bucle grotesco de sonrisas, cámaras fotográficas y mochilas de colores.

Era una burla visual; el pasillo barroco por el que hacía apenas una hora caminaba el conocimiento más peligroso del Vaticano ahora aparecía completamente desierto, liso y limpio como el pasillo de un hospital.

El vacío de las pantallas no hacía más que proyectar su propia incompetencia en alta definición ante los ojos de los agentes que esperaban sus órdenes.

Sintiendo que las paredes de la sala de seguridad se estrechaban sobre él, Ghiberti comenzó a descender a los sótanos con una premura errática, casi animal.

Bajó las escaleras de servicio a trompicones, la mano derecha firmemente apoyada en la culata de su arma para calmar el temblor que le sacudía el brazo.

El subsuelo del palacio lo recibió con su habitual olor a humedad vieja, a tuberías oxidadas y a la cal descorchada de los muros que sostenían el peso de los siglos de la Iglesia.

Cada rincón oscuro le parecía una emboscada potencial; el recuerdo de la brutalidad del ruso en la biblioteca flotaba en su mente como una advertencia de que un paso en falso en la penumbra se pagaría con el cuello roto.

Recorrió los almacenes periféricos a zancadas ciegas, empujando él mismo las pesadas puertas de contrachapado que daban acceso a las calderas y a los antiguos depósitos de combustible.

Su respiración, pesada e irregular, resonaba en las bóvedas de crucería de los túneles inferiores como el fuelle gastado de una máquina a punto de romperse.

Detrás de él, dos gendarmes de rostro pálido intentaban mantener el ritmo, apuntando con las linternas tácticas hacia los recovecos donde las sombras se volvían más densas.

Ghiberti registraba los contenedores de escombros de las obras de restauración y los conductos de ventilación con una desesperación física que rozaba la locura, metiendo las manos entre el polvo y la grava sin importarle destrozarse las uñas de los dedos.

La confirmación definitiva del desastre aguardaba al final del corredor técnico del ala oeste.

Cuando sus hombres iluminaron la reja de mantenimiento entornada, el corazón de Ghiberti pareció detenerse.

Se arrodilló sobre el cemento frío de la salida, observando las marcas negras y profundas que unos neumáticos habían impreso con violencia sobre el asfalto del callejón exterior en su aceleración salvaje.

Los restos de goma quemada flotaban todavía en el aire estancado de la callejuela como un reproche silencioso.

El vacío de la calle le devolvió el reflejo de su propio fin.

Ya no había margen para la mentira ni espacio para inventar informes falsos; Thomas Sheehan estaba fuera de los muros leoninos y él se había quedado completamente desnudo en mitad del temporal.

El trayecto de regreso hacia la superficie fue un calvario de lucidez y terror.

Mientras cruzaba los patios interiores del palacio, la luz del día le pareció una agresión directa, un foco implacable que ponía al descubierto la mediocridad de sus métodos.

Ghiberti miró de reojo a las ventanas altas del Palacio Apostólico, cuyas molduras de mármol brillaban con una soberbia indiferente al dolor humano.

Sabía perfectamente que el verdadero peligro no se escondía en los callejones de Roma, ni en las pistolas de la Bratva; el monstruo que dictaba su destino vestía de seda púrpura y gobernaba los hilos del dinero vaticano desde una oficina donde la piedad jamás había sido invitada.

Subió la majestuosa escalinata que conducía a los salones privados de Monseñor d'Antonio con el paso vacilante de un condenado que avanza hacia el patíbulo.

Cada escalón de travertino blanco parecía pesar una tonelada bajo la suela de sus botas; el silencio sepulcral de los pasillos superiores, decorados con tapices flamencos que narraban con crudeza los martirios de los primeros santos, se le metía en los oídos como un pitido ensordecedor y doloroso.

Ghiberti se detuvo ante la imponente puerta de nogal macizo del despacho privado del Monseñor, cerró los ojos con fuerza y apretó los dientes, tratando en vano de controlar el espasmo involuntario que le recorría los párpados.

Sabía que retrasar la confesión solo serviría para que d'Antonio disfrutara más con su caída.

Empujó la madera con la punta de los dedos y cruzó el umbral, conteniendo el aliento.

El despacho de d'Antonio estaba sumido en una calma glacial, casi litúrgica.

El Monseñor permanecía de espaldas a la entrada, con las manos firmemente entrelazadas tras la rabadilla, observando la panorámica de Roma que se abría inmensa y ajena más allá del inmenso ventanal.

La luz limpia del día recortaba su silueta con una nitidez quirúrgica, tiñendo los bordes de su capa de un tono violeta encendido que recordaba a la sangre arterial.

El silencio en la estancia era tan denso, tan carente de cualquier vibración humana, que Ghiberti pudo escuchar con nitidez el rítmico y metálico balanceo del péndulo del reloj de pared que marcaba los segundos hacia su propia destrucción.

—Monseñor... —la voz del inspector no fue más que un susurro pastoso, desprovisto de aire, una súplica ahogada que apenas logró romper la quietud de la sala—. Se han... se han ido. Lograron sortear el bloqueo utilizando el sector de los museos. Estábamos allí, a unos metros, pero la multitud...

D'Antonio no se movió un solo milímetro.

No hubo un estallido de ira ruidosa, ni un puñetazo dramático sobre la mesa de caoba, ni un grito que rompiera la pompa y el decoro del palacio.

Aquella ausencia absoluta de ruido, aquella contención inhumana, fue mil veces más terrorífica para Ghiberti que cualquier agresión física que pudiera haber imaginado.

El Monseñor simplemente exhaló un suspiro pausado, hondo, un aire que pareció enfriar la habitación un par de grados, y se giró despacio.

Clavó sus ojos oscuros, fijos y completamente carentes de toda empatía o compasión, en el rostro descompuesto y sudoroso del policía.

—Eres un hombre profundamente decepcionante, inspector —dijo d'Antonio.

Su voz era un hilo de seda negra, un susurro perfectamente modulado que poseía la propiedad de helar la sangre de quien lo escuchaba—.

Te di los recursos que me pediste, te otorgué la autoridad absoluta sobre este Estado y te entregué en bandeja la oportunidad de asegurar tu futuro y el de tu familia.

Y a cambio de mi generosidad, me devuelves una incompetencia de aficionado.

Has permitido que un contable insignificante y un despojo proscrito de la Bratva jueguen en mis pasillos como si esto fuera un teatro de variedades de vía estrecha.

—Monseñor, dadas las circunstancias, debe comprender que el ruso es un profesional entrenado en la infiltración militar... —intentó justificarse Ghiberti, dando un paso atrás por puro instinto de supervivencia, sintiendo que el pecho le ardía por una ansiedad galopante.