AMOR DIVINO Capítulo 18 La ruta de la sal #3
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Capítulo 18 La ruta de la sal #3

—Pensó en todo —dijo Thomas, extrayendo un bote de antiséptico—. Quítate la gabardina, Nikolai. Esa herida de la sien sigue abierta y la humedad de la playa solo va a empeorarla.

El ruso hizo un ademán de rechazo con la mano, pero la firmeza en la mirada verde del sacerdote lo hizo desistir.

Con un suspiro pesado, se despojó de la prenda empapada, colgándola en un gancho de la entrada, y se sentó en el banco de cuero.

Thomas se situó frente a él, con los dedos firmes mientras empapaba una gasa en el líquido transparente.

Al contacto con la piel abierta, el músculo de la mandíbula de Nikolai se tensó, pero no emitió un solo sonido.

—Tienes una resistencia inhumana —murmuró Thomas, limpiando con delicadeza los hilos de sangre reseca que se extendían hasta la patilla—. En la biblioteca pensé que te derrumbarías en cualquier momento.

—Los hombres de mi familia no se derrumban por un golpe de culata, angelito —respondió Nikolai, fijando sus ojos azules en el rostro concentrado del clérigo, a escasos centímetros del suyo—.

En las prisiones de Siberia aprendes que el dolor es solo información.

Te dice qué parte de tu cuerpo sigue viva.

Lo preocupante es cuando dejas de sentirlo.

Thomas detuvo el movimiento de la gasa por un segundo, afectado por la crudeza del comentario, antes de aplicar un apósito adhesivo sobre la ceja del ruso.

—Aquí estás a salvo de Siberia —dijo el sacerdote con suavidad, dejando los utensilios médicos sobre la mesa—. Y de Grigori. Al menos por ahora.

—Nadie está a salvo de la Bratva, Thomas.

Solo ganamos tiempo —Nikolai se levantó, estirando los brazos para comprobar que la rigidez de las costillas no limitaba sus movimientos—.

El desvío hacia Ladispoli nos ha sacado del radar inmediato, pero si las noticias de Roma llegan a los oídos de Moscú antes de que descifremos lo que contiene ese pisapapeles, Grigori enviará a los liquidadores de verdad.

Hombres que no fallan como los matones de d'Antonio.

Se encaminó de nuevo a la cabina y se sentó en el asiento del conductor, que pivotaba sobre su eje para integrarse en la estancia.

Thomas se sentó enfrente, en el lugar del copiloto, observando cómo la luz matinal se filtraba por las rendijas de la cortina delantera, dibujando líneas doradas sobre el salpicadero de la furgoneta.

—¿Cuál es el plan ahora? —preguntó el sacerdote, cruzando las manos sobre la sotana todavía húmeda.

Nikolai extendió la mano hacia la pantalla táctil militar, que emitió un leve pitido al detectar la proximidad de sus dedos.

El cursor parpadeó tres veces antes de desplegar un mapa topográfico de la península itálica, jalonado por una única línea roja que evitaba las autopistas principales, serpenteando por las carreteras secundarias de los Apeninos hacia el norte.

—La Vía de la Sal —dijo Nikolai, contemplando el trazado—.

Una ruta comercial que utilizaban los romanos para transportar el mineral desde el Adriático.

El mensaje de la sombra dice que debemos seguir este camino hasta los valles de Umbría.

Hay un antiguo monasterio abandonado cerca de Norcia donde se supone que encontraremos el equipo informático necesario para abrir la memoria del cristal sin levantar alertas en el Vaticano.

—Norcia... —Thomas repitió el nombre con un deje de nostalgia—.

Es la tierra de San Benito. El patrón de Europa.

Una fortaleza de piedra en mitad de la montaña.

Es un buen sitio para esconderse, pero las carreteras son estrechas, llenas de curvas y desfiladeros.

Si nos acorralan allí arriba, no tendremos escapatoria.

—Por eso vamos a viajar de noche —sentenció el ruso, apagando la pantalla con un toque seco—.

Pasaremos el resto del día aquí, ocultos en este descampado.

Dejaremos que los paneles solares carguen las baterías al máximo y que el motor descanse.

Cuando el sol caiga y el tráfico de los camiones de reparto disminuya, nos moveremos hacia el interior.

Thomas se recostó en el asiento, sintiendo el cansancio acumulado de las últimas cuarenta y ocho horas caer sobre él como una losa de travertino.

El silencio que siguió no fue el silencio tenso del Alfa Romeo, sino una calma densa, compartida, donde el peligro exterior parecía rebotar contra las paredes blindadas de la furgoneta.

Observó a Nikolai, que ya había sacado una de las Glock de la caja y procedía a desmontarla sobre la mesa de pino con movimientos mecánicos, precisos, casi rítmicos.

El sonido del metal contra el metal se convirtió en la banda sonora de su tregua.

Fuera, el sol de la mañana terminó de romper las nubes, iluminando la playa de arena negra de Ladispoli con una claridad cegadora.

El mar seguía rompiendo contra la orilla con una regularidad pacífica, ajeno a los secretos que se ocultaban en el interior de la furgoneta verde azulada.

Dos mundos irreconciliables, el de la fe y el del crimen, compartían el mismo espacio reducido, unidos por un hilo invisible de supervivencia que los empujaba hacia las alturas frías de los Apeninos, a lo largo de la vieja ruta de la sal.

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