AMOR DIVINO Capítulo 18 La ruta de la sal #2
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Capítulo 18 La ruta de la sal #2

Siguieron las instrucciones de la sombra sin desviar una sola línea.

Nikolai estacionó el Alfa Romeo rojo en el fondo de un descampado de tierra batida, oculto tras una cortina de maleza densa y matorrales espinosos, justo a la espalda de los cobertizos de la estación de tren.

Continuaron el trayecto a pie, avanzando con paso firme pero natural, las cabezas guarecidas bajo las viseras de las gorras, cruzando el entramado de calles residenciales que morían en el extremo norte del litoral, donde el cemento cedía el paso a un paisaje virgen de dunas movedizas y juncos marinos.

Al final del sendero de tierra batida, donde el mar se abría en toda su inmensidad herida de luz, sus ojos la encontraron.

Aparcada de perfil a las olas, mimetizada a la perfección con la soledad salvaje de la playa, los esperaba su nueva libertad.

Era una furgoneta caravana de gran volumen, una Volkswagen Crafter del año 2009, pero su aspecto distaba mucho de ser el de un vehículo viejo o abandonado.

Su carrocería lucía un tono verde azulado metalizado que brillaba de forma impecable bajo el sol de la mañana, reflejando el destello del mar; alguien la había lavado, pulido y cuidado con un esmero casi obsesivo para que pareciera recién salida del concesionario.

Las mejoras exteriores delataban una preparación de alta gama: sobre el techo, perfectamente integrados, se alineaban varios paneles solares monocristalinos de última generación y el perfil aerodinámico de un moderno sistema de aire acondicionado independiente.

Los cristales traseros, tintados en un negro opaco e impenetrable, garantizaban una privacidad absoluta, mientras que las llantas de aleación relucientes reforzaban esa estampa de turismo premium y respetable, ideal para cruzar cualquier control policial sin levantar la más mínima sospecha.

El viaje no había terminado, pero al mirar aquel santuario sobre ruedas, sofisticado y listo para resistir semanas de autonomía, supieron que la sombra misteriosa les había entregado un auténtico búnker de alta tecnología.

Nikolai aceleró el paso, arrastrando los restos de su fatiga sobre la arena compacta de la duna.

Al llegar a la altura de la furgoneta, se detuvo frente a la puerta del conductor, con la espalda pegada a la chapa verde azulada mientras escaneaba el horizonte por encima del hombro.

La playa norte de Ladispoli estaba desierta, pero la escuela de la Bratva dictaba que la calma aparente era la antesala más común de una emboscada.

Metió la mano en el bolsillo de su gabardina, esperando un nuevo mensaje, pero el teléfono permaneció mudo.

—No hay llaves en las cerraduras exteriores —observó Thomas, dando un paso hacia el lateral del habitáculo. Sus dedos rozaron el marco de la ventanilla, limpio de polvo—. Quien haya dejado esto aquí no quería que cualquiera pudiera forzarla.

Nikolai no respondió. Se agachó junto a la rueda delantera izquierda, metiendo el brazo por encima de la llanta de aleación hasta alcanzar la parte superior del paso de rueda.

Sus dedos tantearon el metal rugoso del chasis hasta que toparon con una pequeña caja plástica, adherida mediante un imán de alta potencia.

Con un tirón seco, la despegó. Al abrirla, dos juegos de llaves con el logotipo de la marca alemana y un pequeño mando a distancia cayeron sobre su palma.

—El truco más viejo del mundo —murmuró el ruso, poniéndose en pie con un leve quejido que delató el dolor de sus costillas—. Pero efectivo si nadie te está mirando desde la distancia. Sube por detrás. No quiero que nos vean desde el paseo marítimo.

Thomas asintió y se dirigió a la parte posterior.

Nikolai pulsó el botón del mando; los cierres centralizados de la furgoneta cedieron con un chasquido sordo, un sonido limpio que apenas compitió con el graznido de una gaviota que sobrevolaba el agua.

El sacerdote tiró de la maneta de la doble puerta trasera y se deslizó hacia el interior del habitáculo.

El espacio que lo recibió no se parecía en nada al transporte austero o descuidado que habría esperado de un prófugo.

Era un búnker de diseño compacto, un milagro de la ingeniería de habitabilidad sobre ruedas.

Las paredes estaban paneladas con láminas de madera de pino claro, tratadas con un barniz mate que neutralizaba el olor a humedad típico de la costa, sustituyéndolo por un aroma limpio, casi balsámico.

A la izquierda, un bloque de cocina de acero inoxidable albergaba dos fogones de inducción y un fregadero encastrado, bajo el cual zumbaba con suavidad una nevera de compresor de alta eficiencia.

Frente a la cocina, un banco corrido tapizado en cuero de un color marrón oscuro flanqueaba una mesa de comedor extensible.

Al fondo, sobreelevada para optimizar el almacenamiento inferior, una cama doble de matrimonio se presentaba con mantas gruesas de lana azul marino, perfectamente estiradas.

En el techo, empotrados en el revestimiento de madera, varios focos LED apagados jalonaban el pasillo central, flanqueando la consola digital que controlaba el sistema de los paneles solares y la carga de las baterías de litio.

—Esto no es un coche de huida, Nikolai —dijo Thomas, dejando caer el pisapapeles de cristal sobre la mesa de comedor con un impacto sordo—. Es una casa. Alguien ha invertido una fortuna aquí para asegurarse de que no tengamos que pisar un hotel ni una estación de servicio en semanas.

Nikolai entró por la puerta lateral corredera, cerrándola a su espalda con un golpe firme que selló el habitáculo, aislando el rumor del mar.

Su imponente envergadura física pareció llenar la estancia por completo, obligándolo a inclinar ligeramente la cabeza para no rozar el guarnecido del techo.

Avanzó directamente hacia la cabina de conducción, separada de la zona de vida por una cortina opaca de color negro que descorrió con un ademán seco.

—Mira esto —dijo el ruso, señalando el salpicadero.

Thomas se asomó por encima de su hombro.

En el centro de la consola central, donde habitualmente se alojaría el sistema de radio de fábrica, se abría una pantalla táctil de nueve pulgadas de especificación militar.

No mostraba mapas comerciales ni interfaces de navegación estándar; en su lugar, una línea de comandos sobre fondo negro ejecutaba un protocolo de encriptación en bucle.

Junto al cambio de marchas, conectado por un cable trenzado, descansaba un terminal de comunicación por satélite con antena retráctil.

—Tiene su propio canal de datos —explicó Nikolai, pasando un dedo por el borde de la pantalla con una mezcla de respeto y recelo—.

El sistema está puenteado con la batería secundaria.

No necesita el contacto del motor para transmitir.

Quien nos vigila ha montado un nodo repetidor propio.

Si la policía intenta triangular nuestra posición mediante las antenas de telefonía móvil de la costa, este aparato desviará la señal a través de un servidor proxy en el norte de Europa.

—¿Significa que estamos a salvo aquí dentro? —preguntó Thomas, buscando los ojos del ruso.

—Significa que somos invisibles para los Carabinieri, pero totalmente transparentes para él —replicó Nikolai con dureza, aunque la vibración de pánico que antes mostraba en el Alfa Romeo se había disipado, sustituida por su pragmatismo habitual—.

Siéntate. Vamos a revisar lo que nos ha dejado en los armarios antes de ponernos en marcha.

Si vamos a cruzar el país en este maldito tanque, necesito saber con qué armas contamos.

El registro del vehículo confirmó que la preparación del búnker sobre ruedas rayaba en lo obsesivo.

En el gran arcón situado bajo la cama principal, Nikolai encontró dos mochilas de asalto de lona impermeable.

Al abrirlas, el contenido reveló una planificación meticulosa: cuatro mudas completas de ropa táctica oscura, dos chaquetas técnicas resistentes al viento de una marca de montaña muy cotizada, pasamontañas, guantes de nitrilo y tres pares de botas de senderismo de sustrato grueso, todo de sus tallas exactas.

Sin embargo, lo que hizo que el ejecutor de la Bratva contuviera el aliento fue la caja estanca de polímero negro oculta bajo el doble fondo del armario ropero.

Al liberar los cierres a presión, el interior de espuma troquelada desveló dos pistolas semiautomáticas Glock 19 de novena generación, completamente limpias de grasa, junto a seis cargadores suplementarios y cuatro cajas de munición de nueve milímetros Parabellum con las puntas limadas para maximizar el impacto.

Junto al armamento, un fajo grueso de billetes de cien euros, agrupados en bandas elásticas, sumaba un total de veinte mil euros en efectivo.

—Dinero limpio, ropa sin etiquetas comerciales y fuego sin registrar —comentó Nikolai, sopesando una de las armas con la familiaridad de quien sostiene una herramienta de trabajo—.

Nuestro benefactor conoce el negocio. Esto es el equipo estándar de un grupo de operaciones encubiertas.

No hay un solo hilo del que la policía pueda tirar si nos interceptan.

Thomas observó el metal oscuro de la pistola con una mueca de desagrado, pero no dijo nada.

Se encaminó hacia la pequeña cocina y abrió los armarios superiores.

Encontró provisiones suficientes para un mes de aislamiento: latas de conserva de alta calidad, legumbres secas, pasta italiana, galletas energéticas y varias garrafas de agua destilada que se conectaban directamente al sistema de bombeo del fregadero.

En el último estante, un pequeño botiquín de primeros auxilios de campaña contenía suturas médicas, analgésicos de amplio espectro, antibióticos y vendas esterilizadas.