AMOR DIVINO Capítulo 18 La ruta de la sal
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Capítulo 18 La ruta de la sal

El patio de la Pinacoteca se abría ante ellos como un páramo de adoquines hostiles, sumido en la claridad cruda y desabrida de una mañana que amenazaba con cazarlos.

Nikolai forzó la ventana del ala oeste con la precisión de un cirujano del crimen; el metal crujió apenas en un suspiro antes de que su envergadura colosal se descolgara hacia el suelo exterior con la agilidad irreal de un espectro.

Thomas saltó inmediatamente detrás, con el corazón golpeándole el pecho como un animal enjaulado y sintiendo el peso muerto del pisapapeles de cristal balancearse contra sus costillas, un recordatorio helado de todo lo que dejaba atrás.

Avanzaron agachados, pegados a las cicatrices de la piedra de los muros milenarios, devorando la distancia hasta la reja de mantenimiento.

Tal y como el mensaje maldito había prometido, el candado no estaba.

La hoja de hierro cedió con un gemido sordo y asfixiado, abriéndoles las entrañas del perímetro sagrado.

Cruzaron el umbral. Estaban fuera del Vaticano, pero el aire de Roma seguía oliendo a trampa.

Al otro lado, agazapado en la penumbra de un callejón angosto y flanqueado por altísimos muros de ladrillo visto, los esperaba el vehículo.

Era una puñalada de color en mitad de la mañana: un Alfa Romeo de un rojo furioso, casi sangriento, cuyas líneas afiladas prometían una velocidad suicida.

Nikolai se arrojó sobre el asiento del conductor mientras Thomas se colaba en el espacio claustrofóbico del copiloto.

El ruso metió la mano bajo la alfombrilla con urgencia felina; sus dedos tropezaron con el metal frío de las llaves.

Al girar el contacto, el motor de seis cilindros despertó con un rugido ronco, un trueno deportivo que rebotó con violencia en las paredes del callejón.

Nikolai engranó la primera marcha sin miramientos y el coche salió disparado hacia las avenidas principales, quemando neumático justo cuando las primeras sirenas distantes de la Gendarmería comenzaban a rasgar el cielo de la capital.

El Alfa Romeo rojo devoraba los kilómetros de la Vía Aurelia con un zumbido mecánico e implacable.

Arriba, el cielo plomizo se rasgaba por fin en franjas de un azul pálido, limpio, casi insultante para dos hombres que huían de la muerte.

Roma se batía en retirada en el espejo retrovisor, reducida a una acumulación confusa de cúpulas lejanas y torres de travertino que se ahogaban en la bruma matinal.

Nikolai conducía con una furia contenida, las manos petrificadas sobre el volante de cuero, los nudillos blanqueados por la presión.

Sus ojos azul hielo, fijos en el horizonte de asfalto, bailaban con un brillo frenético, escaneando cada arcén, cada viaducto, cada silueta metálica que se aproximaba por el carril contrario en un ejercicio de paranoia absoluta.

Justo cuando el coche rebasó el límite provincial, dejando atrás los últimos bloques de hormigón de la periferia romana, el teléfono en el bolsillo del abrigo de Nikolai vibró.

Fueron dos pulsaciones secas, idénticas a una descarga eléctrica.

Un segundo SMS del número indescifrable tiñó la pantalla de una luz pálida.

Nikolai desvió la vista apenas una fracción de segundo, manteniendo el pie hundido en el acelerador.

"Tomad el desvío hacia Ladispoli. Esconded el Alfa Romeo en el descampado tras la estación de tren. Vuestro nuevo transporte os espera en el paseo marítimo, sector norte."

Un estallido de tensión mudó las facciones de Nikolai, volviéndolas de piedra.

Ladispoli. Un enclave costero a escasos cuarenta kilómetros, un laberinto de playas de arena oscura y bloques residenciales que en esa época del año permanecía sumido en un letargo absoluto.

Era el escondite perfecto precisamente porque carecía del ruido y el anonimato de las grandes masas, pero esa misma desnudez significaba que cualquier paso en falso los convertiría en blancos móviles.

El silencio dentro del Alfa Romeo se volvió denso, casi sólido, cargado de una estática que dificultaba la respiración.

Thomas, con la espalda pegada a la tapicería, observaba el perfil del ruso.

Y entonces, lo vio. Por primera vez desde que aquella pesadilla comenzara en la biblioteca, detectó una grieta insondable en la armadura del gigante.

Nikolai no solo sostenía el volante; lo estrujaba como si quisiera moler el plástico.

Había una rigidez de animal acorralado en sus hombros colosales.

El ejecutor de la Bratva estaba asustado.

Pero Thomas comprendió que Nikolai no temía a las balas ni a los uniformes; temía a lo invisible.

Temía a esa entidad sin rostro que movía los hilos de su existencia a través de una maldita pantalla táctil.

En el credo del asesino, no saber contra quién juegas el tablero es la antesala del cementerio, y la duda brutal de no saber si ese informante anónimo los guiaba hacia la redención o hacia una fosa común lo estaba devorando vivo.

Thomas sintió que una oleada de calor le subía desde el estómago, barriendo los restos del pánico que lo habían atenazado en los sótanos.

Ver flaquear al hombre que se había erigido en su escudo, al monstruo que había desafiado a su propia mafia por mantenerlo respirando, encendió en el sacerdote una valentía nueva, terrenal y feroz. Era su turno.

Se inclinó hacia el centro del habitáculo, rompiendo la distancia de seguridad que los separaba, y colocó la palma de su mano, cálida y firme, sobre el antebrazo derecho de Nikolai, justo donde la tinta oscura del tatuaje ruso se hundía bajo el puño de la camisa.

El músculo del gigante se tensó de inmediato, duro como el hierro, pero no apartó el brazo.

—Está bien tener miedo de él, Nikolai —la voz de Thomas sonó pausada, dulce, un bálsamo que cortó la vibración violenta del motor—.

Sería propio de un loco no tenerlo. Pero míranos.

Cada vez que esa sombra ha hablado, hemos seguido respirando.

Nos arrancó de las garras de la Bratva en la biblioteca y nos sacó vivos de la ratonera del Palacio Apostólico.

Nikolai no apartó los ojos de la carretera, pero la línea de su boca se suavizó imperceptiblemente. El aire atrapado en sus pulmones salió en un susurro áspero:

—En mi mundo, Thomas, nadie regala la vida gratis. El que hoy te compra un billete de huida, mañana te exige que pagues el precio con tu sangre. Odio caminar a ciegas. Odio no saber quién me maneja.

Thomas esbozó una sonrisa diminuta, impregnada de una ternura tan limpia que pareció iluminar la penumbra del habitáculo.

Deslizó sus dedos por el brazo del ruso hasta alcanzar su mano derecha, entrelazando sus dedos con una suavidad posesiva, apretando con una fuerza que buscaba transmitirle toda la fe que ya no le quedaba en los altares.

—No estamos a ciegas —le susurró Thomas, mirándolo con una intensidad que obligó a Nikolai a desviar los ojos hacia él durante un suspiro—.

Nos tenemos el uno al otro. Me dijiste en el despacho que confiaras en ti, que serías mi fuerza.

Ahora te pido que me dejes ser la tuya. Esa sombra puede saber dónde nos escondemos, pero no tiene ni la menor idea de lo que somos cuando estamos en este coche.

Deja que se encargue de las carreteras. Nosotros nos encargaremos de seguir vivos.

No estás solo en este maldito infierno, Nikolai. Ya no.

Nikolai no respondió de inmediato, pero el impacto de las palabras del sacerdote fue devastador.

Sus dedos, masivos y marcados por mil batallas, respondieron a la presión de Thomas, envolviendo su mano con una fuerza protectora, casi desesperada.

La rigidez de sus hombros cayó por completo, devorada por un calor íntimo que transformó el aire claustrofóbico del Alfa Romeo en un refugio inexpugnable.

Nikolai asintió una sola vez, despacio, y una chispa de una paz desconocida y salvaje cruzó por primera vez sus ojos azul hielo.

El Alfa Romeo rojo viró hacia el desvío de la costa y el paisaje se transformó en una sinfonía de horizontes abiertos.

El coche corría ahora flanqueado por inmensos campos de alcachofas de un verde intenso y húmedo que se prolongaban hasta perderse en el mar, rotos aquí y allá por la silueta de viejas masías de piedra de tejados descoloridos por el sol y alineaciones de cipreses que se alzaban como dagas oscuras contra la luz de la mañana.

El olor denso a gasolina y cuero viejo fue cediendo el paso a una brisa purísima, cargada de yodo, salitre y azahar, que entraba con fuerza por los difusores de aire.

Al cruzar el letrero que anunciaba la entrada a Ladispoli, una atmósfera de seguridad absoluta y casi sagrada los envolvió como un manto.

El pueblo los recibió con la cadencia lenta de un santuario olvidado por el tiempo.

Sus avenidas anchas, flanqueadas por pinos piñoneros de copas inmensas y majestuosas, proyectaban sombras mansas, pacíficas, sobre el asfalto limpio.

Aquí no había el eco histérico de las sirenas de Roma, ni miradas inquisitivas, ni la sombra asfixiante del poder de d'Antonio.

Era la Italia profunda, cotidiana y eterna: ancianos de rostros surcados por el sol que pedaleaban sin prisa en bicicletas oxidadas portando bolsas de pan, mujeres que asomaban a las terrazas para subir las persianas y dejar que la luz de la primavera inundara los salones, y un silencio protector que se rompía únicamente por el rumor lejano del mar estrellándose con suavidad perezosa contra las playas de arena negra.

Ladispoli no era un escondite; era una tregua firmada por los elementos.