Capítulo 17 El peso del cristal
Thomas cayó de rodillas sobre el suelo de mármol, sin importarle el crujido de los folios fiscales y las astillas de madera que se le clavaban en las piernas.
Sus manos, entumecidas por el pánico, escarbaron frenéticamente en la hendidura reventada del escritorio de roble.
Sus dedos golpearon una y otra vez el doble fondo secreto, buscando desesperadamente la textura ligera y crujiente del papel cebolla.
No había nada. El escondite estaba completamente vacío.
—No está... —susurró Thomas. La voz se le quebró, reducida a un hilo de aire helado—. No está, Nikolai. Se lo han llevado. Todo ha terminado.
El vacío del escondite operó en su mente como una sentencia de muerte.
Se llevó las manos a la cabeza, hundiéndolas en sus rizos castaños, mientras la culpa y el terror eclesiástico lo envolvían.
Empezó a respirar a bocanadas, rápido, superficial, sintiendo que las paredes del despacho destruido se inclinaban sobre él para sepultarlo.
Nikolai, que observaba la escena con la guardia alta cerca de la puerta, sintió que algo se quebraba dentro de su propia armadura.
Ver al sacerdote destrozado en el suelo, temblando de aquella manera, le produjo una punzada de dolor físico en el pecho que no supo cómo catalogar.
No soportaba verlo sufrir. Cruzó la estancia con zancadas rápidas y se arrodilló a su lado en el suelo.
Evitando la brusquedad habitual de sus métodos, Nikolai rodeó los hombros de Thomas con sus enormes brazos, atrayéndolo hacia su torso masivo en un intento silencioso de contener su temblor.
—Ey, mírame. Sacerdote, mírame —le pidió Nikolai, con una suavidad inédita en su ronco acento—. Respira. Estoy aquí. No se ha terminado nada. Mientras yo respire, no te va a pasar nada.
Thomas se aferró a los brazos del ruso, buscando desesperadamente un anclaje en mitad de la tormenta.
Poco a poco, el calor del cuerpo de Nikolai y la firmeza de su agarre lograron apaciguar los espasmos de su pecho.
Cuando Thomas logró estabilizar la respiración, se separó mínimamente, limpiándose el sudor de la frente.
—Si no tenemos los códigos, no podemos demostrar el blanqueo —dijo Thomas, con los ojos enrojecidos—. D'Antonio ganará y nos colgará el muerto a nosotros. No tenemos pruebas, no tenemos salida. ¿Cómo procedemos ahora? ¿Qué alternativa nos queda?
Nikolai se puso en pie, pensativo, y ayudó a Thomas a levantarse. Sus ojos azul hielo recorrieron el despacho destrozado, buscando una respuesta táctica.
—Si el papel no está, significa que las pruebas ya no son una opción de cambio —analizó el ruso, con la mandíbula tensa—.
Cambiamos de estrategia. Si no podemos destruir su imperio desde un ordenador, destruiremos su seguridad directamente.
Vamos a confrontar a d'Antonio. En su propio terreno. Lo obligaremos a darnos una salida.
Thomas abrió los ojos de par en par, retrocediendo un paso como si las palabras del ruso quemaran más que el frío del sótano. La locura de la propuesta le golpeó con la fuerza de un impacto físico.
—¿Te has vuelto completamente loco? —el susurro de Thomas ascendió, cargado de un pánico sordo—.
Su despacho está en el Palacio Apostólico, Nikolai.
En el corazón del aparato de seguridad más blindado del Estado.
Eso no es una estrategia, es un suicidio.
No somos más que un contable prófugo y un.
.. y un asesino proscrito. ¿Qué vas a hacer?
¿Entrar a punta de pistola en los salones papales?
¡Nos matarán antes de que crucemos el cortile!
—Es la única opción, Thomas —insistió Nikolai, dando un paso hacia él, intentando mantener la voz baja pero firme—.
D'Antonio tiene los hilos de la Gendarmería y el dinero de mi organización.
Si nos quedamos escondidos aquí abajo esperando un milagro, nos cazarán como a ratas.
Si huimos sin nada, la Bratva nos encontrará fuera de los muros antes del amanecer.
La única forma de frenar una bala es cortarle la mano al que aprieta el gatillo.
—¡No! ¡Yo no soy como tú! —exclamó Thomas, con la voz quebrada por la desesperación, hundiéndose de nuevo en el pozo de sus culpas—.
Yo soy un sacerdote, Nikolai... o lo era hasta que todo esto empezó.
Mi mundo son los libros, las auditorías, las leyes de la Iglesia.
No puedo presentarme ante un Monseñor y obligarlo a punta de cañón a firmar nuestra libertad.
Dios mío, si hacemos esto, si cruzamos esa línea.
.. perderé lo último que me queda de alma. No puedo. No puedo hacerlo.
Thomas se dejó caer de espaldas contra la pared, tapándose el rostro con las manos temblorosas.
El peso de la sotana que ya no vestía, el sacrilegio de su propia huida y la certeza de la muerte inminente formaban un nudo asfixiante en su garganta.
Estaba paralizado, completamente quebrado por un miedo que iba mucho más allá de lo físico.
Nikolai contempló al sacerdote. La resistencia de Thomas no era un capricho; era el terror genuino de un hombre pacífico que veía su brújula moral hecha pedazos.
Al ruso le dolió verlo así. Dio un paso lento, acortando la distancia, y con una suavidad que contradecía su envergadura, tomó las manos de Thomas, apartándolas con delicadeza de su rostro para obligarlo a mirarlo.
—Thomas. Mírame —le pidió. Sus ojos azul hielo ya no reflejaban la frialdad del ejecutor, sino una verdad desnuda, desarmada—. No te estoy pidiendo que seas como yo. No quiero que lleves un arma, ni que dispares, ni que te manches las manos de la forma en que yo lo he hecho toda mi vida.
Nikolai acunó el rostro del sacerdote entre sus manos grandes y callosas. El calor de su piel se filtró de inmediato en las mejillas heladas de Thomas, actuando como un anclaje en mitad del torbellino.
—D'Antonio te teme a ti, no a mí —continuó el ruso, con una intensidad que le vibraba en el pecho—.
Me enviaron a matarte porque tus conocimientos, tu mente y tu verdad pueden destruirlo.
Tú tienes el valor que a él le falta. Yo solo seré tu escudo, Thomas.
Seré tu sombra y tu fuerza en esos pasillos.
No dejaré que te toquen. Confía en mí. Te saqué de la biblioteca, te saqué de los túneles, y te juro por lo poco que me queda de vida que te sacaré de este palacio.
Pero necesito que des un paso al frente conmigo. No puedo salvarte si te rindes aquí.
Thomas clavó sus ojos en los de Nikolai.
El pulso desbocado de su pecho comenzó, muy lentamente, acompasarse con la respiración profunda y serena del gigante que lo sostenía.
Buscó en la mirada del ruso cualquier rastro de engaño, pero solo encontró una devoción ciega y un respeto absoluto que jamás nadie le había brindado.
Aquel asesino, el mismo que debía haber sido su verdugo, le estaba infundiendo una confianza que sus oraciones ya no alcanzaban a darle.
El miedo no desapareció, pero se transformó en una chispa de fría determinación.
Thomas exhaló un largo suspiro, asintiendo lentamente mientras colocaba sus propias manos sobre las muñecas de Nikolai.
—Está bien... —susurró, y su voz recuperó un deje de la firmeza del auditor—. Tienes razón. Es un suicidio, pero es lo único que nos queda. Vamos a por él.
Antes de encaminarse hacia la salida, Thomas se detuvo junto a una de las baldas derribadas.
Entre el desorden de carpetas, sus ojos se fijaron en un objeto concreto que milagrosamente había quedado intacto: un pesado pisapapeles de cristal macizo, tallado de forma tosca, con la imagen de la ópera de Sidney gravada en su interior.
Thomas lo tomó con ambas manos, apretándolo contra su pecho con una devoción casi mística.
Nikolai lo miró con extrañeza, pero no dijo nada; intuyó que aquel trozo de vidrio albergaba una importancia vital para el sacerdote, un secreto que tal vez algún día, el sacerdote llegara a confiar en él lo suficiente para desvelárselo.
Thomas lo deslizó con cuidado en el bolsillo interior de su chaqueta, sintiendo su frío peso contra el corazón.
Emprendieron la marcha. Para evitar los pasillos administrativos, fuertemente patrullados por la Gendarmería, Thomas guio a Nikolai a través de una red de conexiones internas y pasadizos de servicio que desembocaba directamente en los Museos Vaticanos.
Cruzar aquellas puertas a media mañana supuso un violento choque térmico y sensorial: pasaron de la penumbra y el silencio de los sótanos al estallido de luz, el murmullo incesante de miles de voces en decenas de idiomas y el roce constante de los turistas.
Era una elección lógica pero audaz; camuflarse a la vista de todos, diluyéndose en aquella marea humana, era su mejor escudo contra los uniformes que los buscaban.
Avanzaron a paso rápido pero medido, conteniendo la urgencia para no levantar sospechas, arrastrados por la corriente de visitantes a través de estancias icónicas.
Atravesaron la majestuosa Galería de los Mapas, donde la intensa luz de la mañana inundaba los ventanales altos, haciendo brillar los frescos dorados del techo y dotando de un relieve casi vivo a los gigantescos mapas topográficos de la Italia del siglo XVI que flanqueaban el pasillo.
Nikolai, con la gorra calada y la mirada gacha, escaneaba el lugar por debajo de las pestañas; el eco de sus propias botas quedaba amortiguado por el barullo general, pero la tensión de verse rodeados de tantos testigos potenciales aceleraba el pulso de la infiltración.
Cruzaron las Estancias de Rafael, sorteando a grupos que se detenían a fotografiar La escuela de Atenas, donde los filósofos pintados en el muro parecían observar su huida, y finalmente descendieron por la escalinata que conducía al corazón del recorrido: la Capilla Sixtina.
Bajo la inmensidad del Juicio Final de Miguel Ángel, el ambiente cambiaba; el murmullo de la multitud se transformaba aquí en un zumbido contenido por el respeto religioso y los avisos ocasionales de los custodios pidiendo silencio.
Thomas alzó la vista un segundo, deslumbrado por los colores vivos que la luz matinal arrancaba de la bóveda, sintiendo el peso abrumador de la institución que ahora lo perseguía.
Nikolai lo tomó sutilmente del brazo, recordándole con una leve presión que los ojos de los guardias del museo recorrían la sala.
Dejaron atrás el bullicio de la Sixtina cruzando la puerta lateral que conectaba con la Capilla Paulina y los salones privados del Palacio Apostólico.
Al cerrarse la pesada puerta de madera tras ellos, el ruido de los turistas se extinguió de golpe, devolviéndolos a la soledad de los corredores de mármol y cortinajes de terciopelo carmesí.
Un escenario sobrecogedoramente familiar, pero transformado ahora en una ratonera mortal.
Estaban a punto de alcanzar el pasillo que conducía directamente al despacho privado de Monseñor d'Antonio cuando la peor de sus pesadillas se materializó.
Al doblar una esquina ciega, iluminada apenas por un candelabro de pared, chocaron de frente con una silueta imponente. Era el inspector Ghiberti. Caminaba completamente solo, con paso firme y la vista fija en unos documentos, dirigiéndose precisamente hacia el despacho del Monseñor.
Al escuchar el eco de los pasos, Ghiberti alzó la vista. Sus ojos se cruzaron con los de Thomas y Nikolai. Durante una fracción de segundo, el tiempo se detuvo.
—¡Alto! ¡Gendarmería! —rugió Ghiberti, reaccionando con la velocidad de un resorte y echándose la mano a la cartuchera para desenfundar su arma de reglamento.
—¡Corre! —bramó Nikolai.
Dieron media vuelta y comenzaron una carrera desesperada por los pasillos del Palacio Apostólico.
El sonido de las botas de Ghiberti resonaba a sus espaldas, acompañado por sus gritos distorsionados pidiendo refuerzos por la radio.
Thomas sentía que el pisapapeles de cristal golpeaba su pecho con cada zancada, recordándole lo que estaba en juego.
Nikolai cubría la retaguardia, con la mano puesta sobre su propia pistola, listo para disparar si el inspector abría fuego.
Doblaron a la izquierda por un corredor secundario de techos bajos, luego a la derecha por una escalera de caracol que Thomas recordaba de sus años de inventario.
Bajaron los escalones de tres en tres en una caída libre hacia la penumbra.
Al llegar abajo, Nikolai empujó a Thomas detrás de un pesado tapiz flamenco que decoraba el vestíbulo inferior, pegando sus cuerpos contra la pared de piedra detrás de la tela.
Segundos después, los pasos apresurados de Ghiberti pasaron de largo por el pasillo principal, perdiéndose en dirección opuesta. Habían conseguido darle esquinazo por los pelos, pero el corazón de Thomas golpeaba sus costillas como un animal enjaulado.
Ambos se deslizaron fuera del tapiz, jadeando, buscando recuperar el aliento en la oscuridad del vestíbulo secundario. Fue en ese preciso instante de calma tensa cuando el teléfono móvil de Nikolai emitió un pitido agudo.
Nikolai extrajo el aparato con rapidez. No era una llamada.
Era un SMS misterioso. El remitente era un número de código indescifrable, exactamente el mismo que, horas atrás, le había enviado aquel mensaje crucial a la biblioteca para avisarle de que debía salvar la vida de Thomas.
La figura misteriosa, el cabo suelto que manejaba los hilos desde las sombras, volvía a manifestarse.
Nikolai abrió el mensaje y la luz de la pantalla iluminó las facciones rígidas de su rostro. Thomas se inclinó hacia él, intentando leer por encima de su hombro. El mensaje era breve, directo y quirúrgico:
"Ghiberti ha sellado las salidas principales.
D'Antonio sabe que estáis en el palacio.
No vayáis a su despacho, os espera una sección armada.
Salid por la ventana del ala oeste del patio de la Pinacoteca, la reja de mantenimiento está sin candado.
En el callejón exterior os espera un Alfa Romeo rojo con las llaves bajo la alfombrilla.
Salid de Roma por la Vía Aurelia. Moveros ya. "
Nikolai apagó la pantalla, deslizando el teléfono de vuelta a su bolsillo.
Miró a Thomas a los ojos, transmitiéndole una determinación absoluta que disipó cualquier rastro de duda.
La trampa se cerraba sobre el Palacio Apostólico, pero el informante anónimo les acababa de abrir una última y desesperada puerta hacia la libertad.
https://www.inepub.com