Capítulo 16 El latido de las piedras
El sonido de las botas del gendarme se fue apagando sobre el empedrado húmedo de Borgo Pio hasta disolverse por completo en el rumor lejano de la mañana romana.
El peligro inmediato había pasado, pero ninguno de los dos se movió.
Durante unos segundos agónicos, el callejón se sumió en un silencio absoluto, denso, roto únicamente por el sonido áspero de sus respiraciones entrecortadas.
Nikolai mantenía a Thomas atrapado contra la pared de travertino; su brazo de hierro seguía ceñido con fuerza a la cintura del sacerdote y sus dedos continuaban hundidos en los rizos castaños, sujetándole la cabeza contra la piedra fría y rugosa.
Sus bocas acaban de separarse, pero la distancia entre ellas era tan mínima que el aire cálido que exhalaban se mezclaba en el espacio que los dividía.
Los labios de ambos estaban encendidos, húmedos y todavía heridos por la urgencia salvaje del contacto.
Para Thomas, el mundo había dejado de tener coordenadas.
El impacto físico del muro en su espalda contrastaba con el calor abrasador que le recorría las venas.
Siente el pecho hundido, como si el cuerpo masivo de Nikolai le hubiera robado todo el oxígeno del aire.
Sus manos, que aún sostenían con desesperación el tejido de la chaqueta del ruso, empezaron a temblar de forma incontrolable.
No era solo el miedo a la muerte lo que le hacía flaquear las piernas; era el terror ante el abismo que acababa de abrirse en su propio interior.
Los votos de castidad, las oraciones matutinas, la sotana que había dejado atrás en el apartamento del Trastévere.
.. todo se había reducido a escombros ante la invasión carnal de ese hombre.
Siente una mezcla asfixiante de culpa eclesiástica y un deseo primitivo, violento y devastador que jamás en su vida había experimentado.
Miró los ojos azul hielo de Nikolai, buscando al verdugo que le habían enviado, pero solo encontró a un hombre que lo había conmovido hasta los cimientos.
Deseaba apartarlo para salvar su alma y, al mismo tiempo, sentía el impulso pecaminoso de volver a tirar de su chaqueta para perderse de nuevo en su boca.
Nikolai fue el primero en romper físicamente el contacto, pero no lo hizo con la fluidez habitual del asesino calculador, sino con una brusquedad que delata su propia perturbación.
Retira la mano del cabello de Thomas como si la piedra del muro quemara y dio un paso atrás, rompiendo la presión de sus cuerpos.
Se giró de inmediato hacia la esquina del callejón, dándole la espalda al sacerdote para vigilar la calle, pero sus hombros colosales subían y bajaban con violencia.
Nikolai apretó los puños hasta que los nudillos le crujieron bajo la luz desabrida del alba.
En su mente táctica, entrenada para no sentir nada, el beso debió ser una simple maniobra de distracción, un recurso de manual para engañar al guardia.
Pero su propio cuerpo lo estaba traicionando: sentía el pulso desbocado en la garganta y el sabor a Thomas impregnado en los labios.
La vulnerabilidad lo enfurecía. Haber deseado con esa ferocidad a la presa que debía liquidar era un error imperdonable en su mundo.
Su mandíbula se tensó tanto que los músculos de la cara se le marcan bajo la piel.
Cuando Nikolai habló, no se giró a mirarlo. Su voz ya no era el ronquido frío y seguro del piso franco; era un susurro sibilante, áspero, cargado de una agresividad defensiva que intentaba camuflar su propio descontrol:
—Eso ha sido camuflaje, sacerdote. Nada más. Olvídalo si quieres seguir vivo. Muévete antes de que la patrulla dé la vuelta. Si te quedas ahí paralizado, te juro que te dejaré tirado en este suelo.
Thomas, todavía apoyado contra el muro, se recolocó la gorra de lona con manos torpes.
Veía la espalda rígida del ruso, una muralla que intentaba volver a levantarse, pero notaba el temblor casi imperceptible en los hombros del gigante.
Sabe que Nikolai miente. Sabe que lo que acaba de pasar no ha sido una táctica.
La línea que separaba al ejecutor y a la víctima se había roto en el travertino de Roma, y ahora los dos estaban igual de desarmados ante la tormenta.
Sin decir una palabra, impulsado por una dignidad nueva y puramente terrenal, Thomas se separó de la pared y dio el primer paso hacia la hendidura oscura de la muralla leonina.
Se deslizaron con rapidez por la angosta fisura de piedra que Thomas recordaba de sus años de inspección patrimonial.
Al fondo del pasaje, medio oculta por el hollín acumulado y las raíces secas de una hiedra muerta, se encontraba una pesada reja de hierro forjado que daba acceso a los conductos técnicos de mantenimiento.
Thomas se limpió el sudor de la frente, obligando a su mente a apartar la marea de emociones para concentrarse en la supervivencia.
—No podemos ir directamente al nodo central de los servidores informáticos, Nikolai —susurró Thomas, arrimándose al ruso mientras este examinaba el cierre técnico—.
D'Antonio ya habrá revocado mis credenciales digitales de auditor.
Si intentamos entrar por los terminales del archivo, saltará una alarma informática en el despacho de Ghiberti antes de que podamos teclear una sola línea de código.
Nikolai se giró a medias, con los ojos entornados.
—Dijiste que tenías las claves para desencriptar las cuentas del blanqueo de la Bratva. Si no podemos usarlas, este viaje es un suicidio.
—Y las tengo. Pero d'Antonio solo puede bloquear mis claves digitales, no las de contingencia física.
Hace meses, por seguridad, copié a mano las secuencias alfanuméricas de respaldo y las escondí en un doble fondo secreto de mi escritorio, en mi antiguo despacho de la oficina de auditoría periférica.
Si conseguimos ese papel cebolla, podré puentear el sistema desde cualquier terminal secundario sin que nadie lo detecte.
Nikolai sopesó las palabras del sacerdote. Sus ojos de cazador analizaron los riesgos en una fracción de segundo. Sabía que volver al despacho era peligroso, pero avanzar a ciegas era inútil.
—Entramos, cogemos ese papel y salimos de Roma —sentenció el ruso, sacando de entre su ropa una pequeña herramienta de torsión de acero templado. Con una fuerza silenciosa y brutal, hizo palanca sobre el candado moderno que reforzaba la reja. El metal cedió con un chasquido ahogado.
Descendieron a las entrañas del subsuelo.
La luz desabrida de la mañana quedó sepultada tras ellos, sustituida por una oscuridad absoluta, compacta, que solo cedía ante los hilos mínimos de sus linternas tácticas.
El entorno se volvió asfixiante y húmedo de inmediato.
Las paredes de piedra milenaria exudaban hilos de agua freática, el suelo de cemento resbalaba y el olor rancio a moho y piedra vieja se metía en la garganta como un aire espeso.
El eco de sus pasos y de sus respiraciones se magnificaba en el espacio estrecho, recordándoles la claustrofobia de la que huían.
El conducto de drenaje era tan angosto en ciertos tramos que se veían obligados a avanzar de lado, rozándose inevitablemente. Cada contacto fortuito, cada fricción de sus hombros y de sus costados, reavivaba la quemadura del beso del callejón en esa intimidad forzada bajo la tierra.
De pronto, un sonido metálico y distorsionado reverberó desde las rejillas de ventilación superiores.
Nikolai frenó en seco, apagando su linterna con un movimiento reflejo y tapando el foco de la de Thomas con la palma de la mano.
El eco de unas radios policiales y el golpeteo rítmico de unas botas de reglamento resonaron justo encima de sus cabezas.
Eran las patrullas de la Gendarmería que Ghiberti había desplegado, cumpliendo la orden directa de d'Antonio de disparar a matar al menor indicio de ver al contable.
Por puro instinto de protección, Nikolai atrapó el cuerpo de Thomas y lo empujó contra el muro cóncavo del túnel, cubriéndolo por completo con su enorme envergadura física para ocultarlo en la zona más oscura del recodo.
Se quedaron completamente inmóviles, pecho contra pecho en la penumbra más absoluta.
Thomas sentía la dureza del torso del ruso aplastándolo con firmeza contra la piedra húmeda y el latido desbocado y violento del corazón de Nikolai golpeando contra sus propias costillas, un eco idéntico al que había sentido en Borgo Pio.
Sus respiraciones se buscaban en la oscuridad, contenidas, compartiendo el mismo aire en un silencio agónico mientras las luces de las linternas de los guardias se filtraban sutilmente por las ranuras superiores, dibujando líneas doradas en el polvo flotante del túnel.
La patrulla pasó de largo sobre ellos, ignorando que los dos fugitivos respiraban a pocos metros bajo sus pies.
Cuando el silencio regresó al subsuelo, Nikolai tardó varios segundos en apartarse, permitiendo que Thomas recuperara el aliento antes de darle la señal para continuar.
Avanzaron a paso rápido por el último tramo de pasillos técnicos y escaleras de servicio que conectaban con los sótanos de los edificios administrativos periféricos.
Thomas guiaba el camino por inercia, reconociendo cada puerta de contrachapado y cada conducto de cableado.
Subieron por la escalera de incendios trasera, esquivando las zonas principales del complejo informático, que ahora se intuía patrullado y en alerta máxima.
Finalmente, alcanzaron el pasillo lateral que conducía al despacho de Thomas.
El silencio allí arriba era sospechoso, un vacío helado que helaba la sangre.
Nikolai sacó su arma con silenciador, manteniendo el dedo índice apoyado junto al guardamonte, y avanzó en una coreografía perfecta de sombras.
Thomas lo seguía a un palmo de distancia, con el corazón golpeándole las sienes.
Al llegar frente a la puerta del despacho, ambos se detuvieron.
La cerradura de seguridad había sido reventada a palanca previamente y la madera del marco mostraba astillas vivas y recientes.
La puerta no estaba encajada; permanecía entornada unos centímetros, dejando escapar un hilo de penumbra y el rastro flotante del polvo removido en el aire.
Nikolai revisó el ángulo con la fijeza de un felino, empujó la madera con la punta de la bota y dio un paso al frente con el arma levantada, asegurando la estancia. Luego, le hizo una indicación rápida a Thomas con la cabeza para que entrara detrás de él.
Thomas Sheehan cruzó el umbral y sus ojos tardaron un instante en procesar el desastre absoluto que se abría ante él.
La oficina que había ocupado durante años estaba en ruinas.
Contempló con horror los archivadores metálicos reventados, los folios fiscales pisoteados con marcas de barro y la gran mesa de roble destrozada en el centro de la estancia.
El pánico le atenazó la garganta al comprender que la gendarmería se le había adelantado; ignoraba por completo que los dedos de la inspectora Ágata ya se habían llevado el papel cebolla de las entrañas de la madera.
Thomas dio un paso hacia el escritorio destrozado, con los ojos desorbitados, sintiendo que el último clavo de su ataúd se acababa de cerrar.
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