Capítulo 15 El rastro de la pólvora fría
El despacho de contabilidad de Thomas Sheehan no había sido registrado; había sido violado.
Ágata contuvo el aliento al cruzar el umbral, sintiendo el crujido de los cristales rotos bajo las suelas de sus botas.
El edificio administrativo, ubicado en la periferia de las propiedades de la Santa Sede, dormía en una quietud tensa, pero dentro de aquella pequeña oficina el aire aún vibraba con la violencia de los hombres de Ettore Ghiberti.
El espacio transmitía una desolación absoluta: los archivadores metálicos, reventados a palanca, mostraban sus entrañas vacías como costillas expuestas; las carpetas colgantes yacían desparramadas por el suelo, pisoteadas por pesadas botas de la gendarmería que habían dejado rastros de barro seco sobre los balances fiscales.
En el centro del caos, el escritorio de roble parecía el cadáver de un viejo testigo mudo; la torre del ordenador había sido arrancada de cuajo, dejando los cables de alimentación colgando y balanceándose en la penumbra como tendones amputados.
El olor dulce y limpio a sándalo, el aroma personal que Thomas desprendía, luchaba en una batalla perdida contra el olor acre del polvo removido y el metal oxidado.
—Esto es una locura, Ágata —susurró el inspector Valenti.
Permanecía pegado al marco de la puerta, con el cuerpo de perfil y la mano derecha rozando de manera inconsciente la culata de su Beretta reglamentaria.
Sus ojos escudriñaban el pasillo a oscuras, donde los fluorescentes apagados parpadeaban con un zumbido intermitente.
Estaban allí sin orden judicial, sin acreditación, moviéndose como ladrones en el propio territorio que se suponía debían proteger.
Si los descubrían, no sólo terminarían sus carreras, acabarían en una celda de aislamiento bajo el peso de las leyes del Estado de la Ciudad del Vaticano.
—Cierra la boca y vigila, Valenti —respondió Ágata en un siseo imperceptible.
La inspectora encendió una pequeña linterna táctica, cubriendo el foco con los dedos para proyectar apenas un hilo de luz blanca y dirigida.
Se movió entre el desastre con la ligereza de un fantasma, midiendo cada pisada.
Su mirada barrenó los destrozos, analizándolo todo para intentar reconstruir la urgencia salvaje con la que Ghiberti había intentado borrar el rastro del contable.
—La versión oficial no sostiene el peso de un folio, Valenti —continuó Ágata, arrodillándose junto a una montaña de papeles manuscritos—.
Ghiberti ha filtrado a los medios que Thomas Sheehan es un contable ambicioso que desvalijó las cuentas pías y ejecutó a sangre fría a los tres guardias en la Biblioteca Angelica para borrar sus huellas.
—Tiene el agua al cuello, inspectora. La presión de la Curia es total. A veces los hombres desesperados hacen cosas desesperadas.
Ágata se incorporó, barriendo con el haz de luz la superficie del escritorio de roble de Thomas.
En una esquina, semioculto bajo unos folios rasgados, algo atrapó el destello de la linterna.
Era un pequeño cubo de cristal macizo, un pisapapeles que la gendarmería había arrojado a un lado por considerarlo irrelevante.
En su interior, grabado con láser tridimensional, se erguía la silueta inconfundible de la Ópera de Sídney.
El objeto reflejó la luz artificial, proyectando destellos geométricos sobre las paredes desnudas.
—Mira esto —dijo Ágata, acariciando el cristal con el pulgar—.
Un trozo de nostalgia de un chico huérfano que cruzó el océano.
Alguien que ordena sus carpetas por años fiscales con etiquetas de colores, que mantiene la pulcritud absoluta en sus manuales de contabilidad y que conserva un suvenir de su hogar perdido como único anclaje en su mesa de trabajo.
.. ¿De verdad ese hombre entró en la Biblioteca Angelica y superó con precisión quirúrgica a los guardias de élite?
No me jodas, Valenti. Para matar así se necesita memoria muscular, pulso helado y años de entrenamiento militar.
Ghiberti no ha destrozado este despacho para buscar pruebas; lo ha destrozado para fabricarlas.
Al chico le han tendido una trampa y el que disparó en la biblioteca es un profesional que ni siquiera figura en nuestros archivos.
Valenti tragó saliva, moviendo el peso de su cuerpo de un pie a otro. El zumbido del pasillo se sentía más opresivo a cada segundo.
—Da igual lo que creamos, Ágata. Si Ghiberti dice que es el cura, el sistema se tragará al cura. Vámonos de aquí, no hay nada que rascar. Se lo han llevado todo.
—No todo —murmuró ella.
El instinto de Ágata, forjado en los peores suburbios de Roma, no se fijaba en lo obvio.
Ghiberti y sus hombres habían actuado con prisa, espoleados por la urgencia de d'Antonio.
Las prisas dejan puntos ciegos. La inspectora se agachó bajo el pesado faldón de madera de la mesa de roble.
Pasó los dedos por los paneles laterales, buscando irregularidades en el ensamblaje de la pieza barroca.
Al llegar a la unión del cajón inferior derecho, sus uñas tropezaron con un relieve imperceptible: una pequeña pestaña de madera que cedió con un chasquido seco.
Un doble fondo telescópico se deslizó hacia fuera.
Dentro de la ranura oculta no había fajos de billetes ni pasaportes falsos.
Había un sobre de papel manila pequeño, doblado sobre sí mismo.
Ágata lo extrajo con las puntas de los dedos para hacerlo regresar a la superficie, apoyándose contra la mesa.
Con el corazón latiéndole con fuerza en la garganta, abrió el sobre bajo el haz mínimo de la linterna.
Dentro había una sola hoja de papel cebolla, fina y translúcida.
Escritas de puño y letra por Thomas, con una caligrafía limpia y apretada, se sucedían varias columnas de secuencias alfanuméricas complejas, cadenas de caracteres que mezclaban mayúsculas, números y símbolos extraños, rematadas por fechas inconclusas.
Ágata frunció el ceño. Sus ojos recorrieron las líneas de grafito.
—¿Qué es? —preguntó Valenti, estirando el cuello sin abandonar su posición de guardia—. ¿Nombres? ¿Empresas?
—No lo sé —confesó Ágata, sintiendo una punzada de frustración—.
No son nombres. Son secuencias. Podrían ser claves de encriptación, números de ruta de cuentas numeradas, coordenadas o códigos de acceso a servidores opacos.
No entiendo qué significan ni cómo se utilizan.
.. pero mira dónde estaban, Valenti. Si Thomas Sheehan se tomó la molestia de esconder esto en la estructura de la mesa arriesgando su vida, estas cifras son la verdadera razón por la que la maquinaria del Vaticano lo quiere sepultar bajo tierra.
Ágata dobló el papel con rapidez y lo deslizó en el interior de su chaqueta de cuero, justo al lado de su placa. Su fijeza reflejaba una certeza absoluta: tenían el detonador en sus manos, aunque aún no supieran cómo estallaría la bomba.
De repente, el silencio del edificio murió.
Un impacto sordo reverberó en el extremo del pasillo principal: el eco pesado de unas botas de reglamento golpeando el suelo de terrazo, seguido por el tintineo metálico e inconfundible de un manojo de llaves maestras chocando entre sí.
Una patrulla de la gendarmería oficial o, peor aún, los hombres de confianza de Ghiberti, estaban iniciando la ronda de seguridad imprevista por el ala de contabilidad.
—¡Ágata! —susurró Valenti, con los ojos abiertos de par en par. El inspector empujó la puerta hacia dentro, cerrándola casi por completo, dejando apenas una rendija.
—Apaga —ordenó ella.
La linterna táctica murió en el acto. La oscuridad del despacho se volvió total, una negrura densa y claustrofóbica donde los sentidos se agudizaron hasta el límite del dolor.
Ágata se movió por puro instinto, arrastrando a Valenti hacia la pared trasera del despacho, ocultándose detrás de la silueta rota del armario de los archivadores.
Los pasos se acercaban. El ritmo de las botas era pausado, rítmico, implacable. El tintineo de las llaves sonaba como una cuenta atrás.
A través de la rendija inferior de la puerta del despacho, un haz de luz blanca y potente comenzó a barrer el suelo del pasillo.
La linterna del guardia jugaba con la penumbra, estirando las sombras por las paredes como líneas largas que buscaban intrusos.
El picaporte de la puerta se movió. El metal crujió bajo la presión de la mano exterior.
Ágata sintió la espalda pegada a la pared fría.
A su lado, escuchó el chasquido casi inaudible del percutor de la pistola de Valenti al ser amartillada en la oscuridad.
El inspector contenía la respiración; si la puerta se abría, la confrontación armada sería inevitable.
La luz de la linterna exterior se filtró por la rendija de la cerradura, dibujando un círculo perfecto en la pared opuesta, a escasos centímetros de donde ellos se ocultaban.
El tiempo se congeló en ese segundo eterno donde la vida y la carrera de ambos pendían del capricho de un pomo de metal.
Fuera, el guardia soltó la maneta tras comprobar que la cerradura de seguridad que ellos habían forzado con destreza seguía encajada en el marco.
—Todo cerrado en el sector tres —rezongó una voz ronca en el pasillo, seguida por la estática de un 'walkie-talkie'.
Las botas reanudaron su marcha, alejándose lentamente por el corredor hasta que el eco se disolvió en las profundidades del edificio. Valenti dejó escapar un suspiro largo y tembloroso, bajando el arma sin destensar los hombros.
—Nos vamos. Ahora mismo —siseó el inspector.
Salieron por los conductos de servicio técnicos de la planta baja, esquivando las cámaras del patio interior a través de un muelle de carga en desuso.
Cuando alcanzaron el Alfa Romeo camuflado de la jefatura, estacionado a tres calles de distancia, la luz de Roma ya no era negra.
La claridad del amanecer comenzaba a filtrarse sobre los tejados del barrio; una luz pálida, estática y limpia que teñía el travertino de las iglesias de un gris ceniza, una penumbra fría donde el sol todavía no se atrevía a proyectar sus rayos directos.
Valenti se dejó caer en el asiento del conductor y conectó de inmediato el terminal portátil acoplado al salpicadero, accediendo a la red interna de tráfico municipal a través del canal secreto que mantenían operativo.
—Mira esto —dijo Valenti, tecleando con urgencia mientras la pantalla iluminaba su rostro cansado—.
El contacto de Tráfico en la comisaría del Trastévere acaba de volcar el informe del cabo suelto que dejó la fuga de la biblioteca.
Han encontrado el sedán negro abandonado en un callejón ciego cerca del río.
Estaba limpio de huellas, pero las cámaras de la esquina registraron el transbordo una hora antes de que Ghiberti acordonara la zona.
Ágata se inclinó sobre la pantalla, con las cejas juntas.
El terminal reprodujo una secuencia de vídeo borrosa, congelada en un fotograma de alta resolución gracias al software de contraste forense.
La imagen captaba el perfil de una callejuela angosta de Trastévere.
En el centro de la toma, se distinguía la silueta de Thomas Sheehan subiendo apresuradamente al asiento del copiloto de un vehículo utilitario viejo, descolorido y con el parachoques delantero visiblemente abollado: un Fiat Punto gris que la ciudad intentaba camuflar entre su mediocridad urbana.
Pero lo que congeló la mirada de la inspectora no fue el contable.
Fue la figura que ocupaba el asiento del conductor.
Incluso a través del píxel difuso y las sombras del amanecer, la pantalla devolvía la anatomía de un gigante de hombros masivos, una mole de espaldas anchas y mandíbula de piedra que manejaba el volante con una tranquilidad glacial.
Ágata extrajo su libreta y anotó la matrícula del Fiat Punto con un trazo rápido y violento.
Luego, alzó la vista a través del parabrisas del Alfa Romeo, clavando sus ojos en las cúpulas majestuosas y las murallas colosales del Vaticano que se recortaban contra el cielo pálido e inmóvil de la mañana.
—El chico no ha huido de Roma, Valenti —dijo Ágata, y su voz sonó tan fría como la luz del alba—. Está volviendo a entrar en la boca del lobo... y va acompañado del mismísimo ejecutor de la biblioteca Angelica.
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