AMOR DIVINO Capítulo 14 El nido de la víbora
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Capítulo 14 El nido de la víbora

El despacho privado de Monseñor d'Antonio no conocía las estaciones del año; permanecía suspendido en una intemporalidad aristocrática, un espacio hermético donde el peso de los siglos se medía en el grosor del polvo dorado que flotaba en el aire.

El ambiente, impregnado de un rancio aroma a cera de abejas, maderas nobles y el vaho amargo de un café expreso recién servido, exhalaba una paz ficticia.

El animismo de la estancia era opresivo: los techos altos, decorados con frescos de ángeles cuyos rostros se habían oscurecido por el tiempo, parecían contener la respiración para no perturbar los pensamientos del prelado, mientras que las pesadas consolas barrocas y los sillones de terciopelo carmesí se asentaban sobre el suelo de mármol como guardianes mudos de secretos inconfesables.

D'Antonio, envuelto en una sotana de seda negra con botones ribeteados en hilo de púrpura, permanecía de pie frente a una moderna pantalla plana encastrada en la boiserie de nogal. En el monitor se repetía, en un bucle hipnótico, la emisión matutina de la RAI.

—...el cerebro detrás de un desfalco de millones de euros pertenecientes a las fundaciones pías —decía el busto parlante de la televisión, mientras la fotografía del expediente de Thomas Sheehan ocupaba el centro de la imagen.

El Monseñor dio un sorbo pausado a su taza de porcelana de Capodimonte.

El calor del líquido le asentó el estómago.

Una sonrisa mínima, casi imperceptible, estiró la comisura de sus labios finos.

Contemplar el linchamiento público del contable australiano le producía una satisfacción casi física.

La maquinaria del Vaticano, cuando se engrasaba con los hilos adecuados, funcionaba con la precisión implacable de una guillotina: en menos de doce horas, el chico de los ojos verdes había pasado de ser un brillante auditor a convertirse en un monstruo codicioso y un asesino prófugo ante los ojos del mundo.

Su credibilidad estaba muerta. Aunque Thomas Sheehan lograra salir vivo de los callejones de Roma, nadie escucharía la confesión de un criminal.

La falsa paz de la estancia estalló sin que mediara un solo sonido.

Las puertas laterales de la biblioteca privada, aquellas que no daban a los pasillos públicos de la Curia sino a los accesos restringidos del ascensor de servicio, se abrieron de par en par.

d'Antonio no se sobresaltó por el impacto acústico, sino por la repentina alteración en la corriente de aire de la habitación.

Entró Yuri Volkov.

El hombre enviado directamente por la cúpula de San Petersburgo para auditar la crisis de Roma no se parecía en nada a los gorilas que Nikolai solía desplegar en los muelles de Ostiense.

Yuri, a quien en los círculos financieros de la Bratva apodaban "El Tasador", rondaba los cincuenta años y poseía una delgadez fibrosa, casi ascética.

Su rostro, de facciones afiladas y pómulos prominentes, recordaba al perfil de un reptil agazapado al sol.

Vestía un impecable traje gris ceniza de sastre italiano que caía sobre sus hombros con una naturalidad aristocrática, complementado únicamente por un reloj de titanio oscuro y mate en la muñeca izquierda.

No había cadenas de oro ni tatuajes visibles, pero la violencia latía en él de una forma mucho más sofisticada: en el nudillo de su dedo índice derecho, una cicatriz transversal, pálida y rígida, delataba un viejo corte de cuchillo mal curado.

Sus ojos, de un azul translúcido y desprovisto de cualquier rastro de calor humano, barrenaron el despacho con un desprecio absoluto por la pompa de la Iglesia.

Su sola presencia contaminó la pulcritud del aire sacro con un aroma a colonia seca y cuero caro.

—Monseñor —dijo Yuri. Su italiano era perfecto, arrastrado apenas por una cadencia gélida y eslava—. Veo que disfruta del teatro matutino.

D'Antonio dejó la taza sobre la mesa con un tintineo sordo y forzó su mejor máscara de condescendencia pastoral, cruzando las manos sobre el vientre.

—Se llama control de daños, Señor Volkov.

Algo de lo que sus hombres parecen no haber oído hablar nunca.

El espectáculo de la Biblioteca Angelica fue una chapuza innecesaria.

Sangre en suelo sagrado, tiroteos a plena luz del día.

.. Casi echan a perder meses de ingeniería financiera por su falta de sutileza.

Yuri caminó hacia el centro del despacho con pasos lentos y felinos. Se detuvo a un metro del prelado, obligando a d'Antonio a sostener una mirada que se sentía como el filo de una navaja sobre la piel.

—A San Petersburgo no le importan los telediarios italianos, Monseñor.

Tampoco nos importa el suelo sagrado —replicó Yuri, con una voz matemática, desprovista de modulaciones—.

Nos importa la propiedad. Y en este momento, los archivos que demuestran el lavado de dinero de tres de nuestros principales oligarcas a través del banco del Vaticano siguen en el bolsillo de su contable. Eso es lo único real.

—Sheehan es un cadáver andante —aseguró d'Antonio, entornando los ojos—. La policía del Estado y la Gendarmería lo están buscando en cada rincón de la región. No tiene adónde ir. Vuestro hombre, Nikolai, lo tiene acorralado. Es cuestión de horas.

Yuri ladeó la cabeza. La cicatriz de su nudillo blanqueó cuando cerró levemente el puño.

—Ese es el problema, d'Antonio. Nikolai no ha reportado la baja del chico. No responde a las frecuencias de contingencia.

El Monseñor sintió un sutil pinchazo de hielo en la base de la nuca. Intentó mantener el tono firme, pero un leve parpadeo lo delató.

—¿Qué está sugiriendo? Nikolai es su mejor ejecutor. Es una máquina.

—Las máquinas se descalibran cuando encuentran la pieza equivocada —dijo Yuri, dando un paso más, invadiendo el espacio del clérigo—.

Si Nikolai tuviera al chico acorralado, Sheehan ya estaría flotando en el Tíber y las claves estarían en mi terminal.

Si ambos siguen desaparecidos, es porque Nikolai está jugando su propio juego.

O porque el santo contable ha encontrado la forma de tentar al demonio.

—Eso es absurdo —siseó d'Antonio, sintiendo que los techos altos de la habitación se le caían encima—. Nikolai odia todo lo que representa esta institución.

—Nikolai odia lo que yo le ordeno que odie —le cortó Yuri, y por primera vez, una sonrisa cruel y fría asomó en sus labios de reptil—.

Pero Nikolai es un hombre de instintos primitivos.

Si ha visto algo en el chico que le resulte útil, o si Sheehan ha aprendido a negociar por su vida.

.. estamos en un escenario muy peligroso.

Déjeme que le aclare el panorama, Monseñor.

Si esos archivos se desencriptan y llegan a la fiscalía internacional, el Vaticano perderá algunos millones y un poco de prestigio.

Usted, sin embargo, perderá la vida. La Bratva no financia los errores de los sacerdotes corruptos. Nos cobra las deudas en carne.

El silencio que siguió a las palabras del ruso fue tan denso que d'Antonio pudo escuchar el mecanismo sordo del reloj de pared. Sintió que las manos le temblaban y las ocultó apresuradamente entre las amplias mangas de su sotana.

—Encuentre al chico —concluyó Yuri, dándose la vuelta sin mostrar la menor cortesía—. Mis hombres ya están peinando el perímetro exterior. Si sus policías estorban, los apartaremos.

Cuando las puertas laterales se cerraron tras el emisario de Moscú, el despacho se transformó en una jaula dorada.

La paranoia, un veneno lento y espeso, comenzó a correr por las venas de d'Antonio.

La amenaza de la Bratva no era una hipótesis; era una soga que ya sentía rozar su garganta.

Necesitaba mover sus propias fichas antes de que los rusos decidieran que él era prescindible.

Caminó con paso rápido hacia su escritorio de caoba. De un cajón de doble fondo extrajo un teléfono móvil satelital, un terminal encriptado que no pasaba por los servidores de la Santa Sede. Marcó un número memorizado.

El tono de llamada resonó tres veces en el auricular antes de que una voz áspera y fatigada respondiera al otro lado.

—Ghiberti —dijo el Monseñor, sin preámbulos. Su voz había perdido toda la unción pastoral; era el tono de un capataz desesperado—. Necesito un informe real. Ahora mismo.

—Monseñor —la voz de Ettore Ghiberti, el corrupto enlace policial que coordinaba las operaciones entre la gendarmería y las fuerzas del Estado, sonaba distorsionada por las interferencias—.

Estamos en ello. Hemos perimetrado el Trastévere y los accesos a los puentes.

El despliegue de la RAI ha funcionado; la ciudad está llena de ojos buscando al chico.

Pero la falta de luz de la primera hora y la congestión del tráfico están ralentizando la revisión de las cámaras de seguridad en la zona de Borgo Pio.

—No tengo tiempo para sus excusas logísticas, Ettore —le interrumpió d'Antonio, apretando el terminal contra su oreja con tanta fuerza que los nudillos le quedaron blancos—.

Los rusos están perdiendo la paciencia. Tienen a sus propios perros en la calle.

Si ellos encuentran a Sheehan antes que nosotros, estamos acabados. ¿Me oye? Acabados.

—Hacemos lo que podemos, Monseñor. Si Sheehan intenta acercarse al Vaticano para buscar refugio, saltará en alguno de los controles perimetrales. Mis hombres tienen su fotografía en las tabletas.

D'Antonio se pasó la mano libre por la frente, limpiándose una fina capa de sudor frío. Su mente criminal, espoleada por el miedo, formuló la instrucción definitiva. La máscara de la Iglesia se desmoronó por completo, dejando al descubierto la vileza del nido de la víbora.

—Escúchame bien, Ghiberti. Si sus hombres localizan a Thomas Sheehan, no quiero un arresto formal. No quiero llamadas a la central, no quiero lecturas de derechos y, bajo ninguna circunstancia, quiero que ese chico pise una comisaría pública o hable con un juez independiente. ¿Está claro?

Hubo un silencio tenso al otro lado de la línea. Ghiberti comprendió el subtexto de inmediato.

—Monseñor... eso complicaría las cosas con la científica tras lo de la biblioteca...

—Provocad una situación de peligro —ordenó d'Antonio, con una frialdad asesina que le heló la sangre a él mismo—.

Resistencia a la autoridad. Un intento de fuga.

Decid que iba armado. Lo neutralizáis en el acto.

Un tiro limpio. Que parezca el trágico final de un asesino acorralado.

La Iglesia perdonará su alma, pero yo necesito su silencio eterno. Hágalo.

Sin esperar la confirmación del policía, d'Antonio colgó el teléfono, cortando la comunicación de golpe.

El despacho regresó a un silencio sepulcral, pero ya no era el silencio majestuoso del inicio de la mañana; era el silencio tenso de un patíbulo.

La tormenta de la noche anterior se había retirado, dejando paso a una atmósfera estática, limpia e inmóvil.

A través de los altos ventanales góticos del palacio, la luz del amanecer romano entraba de forma tenue y fría, una claridad pálida y aséptica que aún no calentaba el mármol, proyectando sombras alargadas que cruzaban el suelo como los barrotes de una celda.

Monseñor d'Antonio caminó lentamente hacia el ventanal principal.

Se cruzó de brazos, hundiendo las manos en la seda de sus mangas, buscando el calor de su propio cuerpo.

Desde su posición elevada, contempló los jardines inmaculados, las cúpulas menores y las colosales murallas leoninas que rodeaban la Santa Sede, recortadas con una nitidez casi quirúrgica contra el cielo grisáceo del alba.

Se obligó a respirar hondo, intentando convencerse de que se encontraba en el lugar más seguro del planeta, protegido por la inmunidad diplomática, el secreto pontificio y los muros de una fortaleza milenaria que había resistido a bárbaros y emperadores.

Sonrió para ahuyentar el miedo, ignorando por completo la ironía de su propia existencia.

d'Antonio creía que controlaba el tablero, sin saber que la soga que él mismo había ayudado a tejer ya se estaba cerrando alrededor de su cuello.

Desconocía que abajo, en la penumbra de las callejuelas empedradas que morían contra sus murallas, Thomas y Nikolai, unidos por la quemadura de aquel beso desesperado en el callejón y empujados por el puro instinto de supervivencia, ya compartían el mismo aliento.

La víbora vigilaba el cielo desde su nido, ajena a las sombras que, en ese preciso instante, se deslizaban en silencio por las venas subterráneas de su propio imperio, listas para arrastrarlo al fango.

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