AMOR DIVINO Capítulo 13 El aliento de las piedras
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Capítulo 13 El aliento de las piedras

Roma no se despertó aquella mañana; emergió del fango de la noche como una bestia de travertino y moho, estirando sus miembros de piedra bajo un cielo que amenazaba con desplomarse en una lluvia sucia.

El aire del piso franco en el Trastévere se había vuelto tan denso que parecía requerir un esfuerzo físico para ser empujado hacia los pulmones.

Thomas contemplaba las últimas pertenencias de su antigua vida esparcidas sobre la mesa de formica: el alzacuellos blanco, rígido como un hueso tallado, y la sotana negra, que ahora parecía el pellejo mudado de una criatura que ya no existía.

Nikolai entró en el salón sin hacer ruido, una sombra fluida que contradecía su envergadura de gigante.

En sus dedos huesudos bailaba un llavero de plástico barato.

El sedán negro, el vehículo que los había rescatado de la carnicería de la biblioteca, ya estaba muerto, abandonado en un callejón ciego para que la policía o los perros de d'Antonio gastaran saliva rastreándolo.

Un operativo de la Bratva nunca dejaba huellas frescas.

Nikolai había bajado a la calle antes del alba, moviéndose por las venas ocultas del barrio hasta un «buzón ciego» de la organización: un taller mecánico de persianas oxidadas donde los enlaces guardaban vehículos limpios, coches fantasmas con matrículas dobladas que el sistema era incapaz de registrar.

—Tenemos coche —dijo Nikolai. Su voz era un ronquido bajo que cortó la estática del apartamento—. Un Fiat Punto descolorido por el sol y con el parachoques abollado. El tipo de chatarra que la policía ni se molesta en mirar. Muévete, Thomas. La ciudad está empezando a abrir los ojos.

Al bajar los escalones de piedra carcomida del portal, el aire exterior golpeó el rostro de Thomas con la fuerza de un guante húmedo.

El habitáculo del Fiat era un espacio claustrofóbico, una caja de metal que olía a tapicería vieja, a humedad de garaje y a la intensa presencia física de Nikolai.

Al sentarse en el asiento del copiloto, Thomas encogió las piernas de forma instintiva; la rigidez de los vaqueros nuevos le recordaba a cada segundo su desnudez institucional.

El coche era tan pequeño que, cuando Nikolai estiró el brazo para engranar la primera marcha, el dorso de su mano rozó de forma limpia, inevitable, la rodilla de Thomas.

Fue un contacto sutil, el roce de la tela contra la tela, pero el sacerdote sintió una sacudida eléctrica que le recorrió la espina dorsal.

Contuvo el aliento, apretando la espalda contra el asiento, mientras el coche avanzaba con un traqueteo asmático por los adoquines.

El viaje comenzó, y con él, Roma cobró una vida amenazante y hostil. La ciudad histórica no era un mero escenario de postal; era un organismo milenario, un monstruo de piedra que los observaba con un rencor silencioso.

Enfilaron hacia el Ponte Sisto. Abajo, las aguas fangosas del Tíber rugían con un chapoteo espeso, como un viejo cómplice que arrastraba los secretos y los cadáveres de dos milenios de traiciones, devolviendo un reflejo grisáceo y turbio bajo los arcos de piedra.

Al cruzar al otro lado, el utilitario se internó en el laberinto de Via Giulia.

Allí, las fachadas renacentistas de los palacios, carcomidas por el hollín y la humedad, parecían inclinarse físicamente sobre el vehículo, estrechando el cielo, espiándolos con sus ventanas oscuras y simétricas como ojos ciegos que parpadeaban en la penumbra de la mañana.

Los callejones exhalaban un aliento frío a cripta y adoquín mojado.

La propia historia de la ciudad parecía haberse puesto de acuerdo con d'Antonio para cerrarse sobre ellos, atrapándolos en sus arterias de piedra.

El tráfico en el Corso Vittorio Emanuele II los engulló con la violencia de una marea de metal y humo.

Roma bosteza un torrente nervioso de vespas que zumbaban como avispas furiosas y autobuses urbanos que respiraban con estertores de diésel.

A lo lejos, la silueta de las grandes cúpulas recortaba el horizonte plomizo, alzándose como centinelas mudos, jueces de hormigón que vigilaban cada uno de sus movimientos.

De repente, el tráfico se ralentizó. A unos cincuenta metros, frente a la fachada barroca de una iglesia, el azul destellante e intermitente de una sirena cortó la luz gris del día.

Una patrulla de los Carabinieri estaba desviando los vehículos, escrutando los rostros de los conductores con una parsimonia funcionarial.

Thomas sintió que el pánico le atenazaba la garganta. Su pulso se aceleró de golpe, un tamborileo sordo que le golpeaba las sienes. Intentó encogerse en el asiento, agachando la cabeza de forma instintiva para ocultar su rostro, buscando una invisibilidad imposible.

—No te escondas —siseó Nikolai, sin desviar los ojos azul hielo del parabrisas, manteniendo una calma tan gélida que resultaba inhumana—. Si te encoges, te conviertes en una presa. Mírame.

Sin esperar respuesta, el ruso estiró la mano derecha hacia el salpicadero, cogió una gorra de béisbol vieja, de lona desgastada y oscura, y se la colocó a Thomas en la cabeza.

Los dedos de Nikolai, grandes y cálidos, se demoraron en el movimiento, rozando la frente del sacerdote y apartando con una suavidad desconcertante los mechones ondulados de su cabello castaño.

El tacto de su piel ruda contra las sienes de Thomas tuvo un efecto sedante instantáneo; el pánico se congeló, sustituido por una conciencia absoluta de la proximidad del ejecutor.

Con un movimiento preciso, Nikolai ajustó el espejo retrovisor central hacia el lado del copiloto.

—Mírate —ordenó en un susurro bajo.

Thomas elevó la vista hacia el espejo. El reflejo lo devolvió a su juventud en las playas de Sídney, a una vida anterior a los libros de contabilidad y los votos de castidad.

Con el cabello rebelde escapando por los lados de la gorra, la camiseta gris que marcaba la línea de sus hombros y la mirada limpia de quien ya no carga con el peso del alzacuellos, el fugitivo de la televisión había desaparecido.

Era un turista más, un chico australiano con aire surfero que recorría Europa con una mochila a la espalda.

La prosopopeya de la ciudad ya no podía tocarlo; el camuflaje era perfecto.

El policía de la patrulla ni siquiera miró dentro del Fiat cuando Nikolai pasó de largo en segunda marcha, dejando atrás las luces azules.

Aparcaron el coche en los límites de Borgo Pio, el antiguo barrio de calles empedradas que besa los muros colosales de la Ciudad del Vaticano.

Al bajar del vehículo, la luz desabrida de la mañana los expuso por completo.

Caminaban pegados, casi fundidos, por los callejones estrechos donde el olor a espresso de las cafeterías se mezclaba con la humedad rancia de las paredes de ladrillo.

Cada paso de Thomas, desprovisto del calzado eclesiástico, se sentía más terrenal, más pegado al suelo que d'Antonio pretendía arrebatarle.

Nikolai caminaba medio paso por detrás, con una mano oculta bajo la chaqueta, barriendo el entorno con sus ojos de cazador.

Se aproximaban al callejón ciego que custodiaba el acceso técnico de los sótanos, una hendidura oscura en la muralla leonina, cuando la fatalidad dobló la esquina.

Un agente de la Gendarmería Vaticana, reconocible por su uniforme oscuro y su porte rígido, apareció a menos de diez metros de distancia.

No estaba paseando. Llevaba una tableta digital en la mano y sus ojos iban de la pantalla a los rostros de los escasos transeúntes con una fijeza implacable.

Buscaba. Y estaba caminando directamente hacia ellos.

El callejón era demasiado estrecho para dar la vuelta sin levantar sospechas; cualquier movimiento de huida habría provocado el grito de alto y el chasquido de un arma. Thomas se quedó petrificado, sintiendo que el aliento de la piedra se volvía a congelar en sus pulmones.

Nikolai no dudó. Su mente táctica, entrenada en los callejones de Moscú para resolver crisis en fracciones de segundo, reaccionó con la velocidad de un resorte.

Antes de que Thomas pudiera procesar el peligro, Nikolai lo agarró de la cintura con un brazo de hierro, levantándolo ligeramente del suelo, y lo estampó de espaldas contra la pared de travertino del callejón.

El impacto contra la piedra rugosa y fría sacó un quejido ahogado de los labios del sacerdote, pero el sonido quedó sepultado de inmediato.

Nikolai invadió su espacio con la brutalidad de una tormenta.

Su cuerpo masivo aplastó el torso de Thomas contra el muro, anulando cualquier distancia, forzando una intimidad tan violenta que el cura pudo sentir el latido rítmico y pesado del corazón del ruso golpeando contra sus propias costillas.

Nikolai inclinó la cabeza, sus ojos azul hielo brillaron con una intensidad salvaje a milímetros de los suyos, y un segundo después, unió sus labios a los de Thomas.

El beso comenzó como una maniobra desesperada de camuflaje, la escenificación perfecta de dos turistas entregados a una pasión matutina en un rincón apartado de Roma para desviar la atención del gendarme que pasaba de largo.

Pero en el instante en que sus bocas se tocaron, la estrategia se disolvió en el fango.

Toda la electricidad estática acumulada en el piso franco, el deseo prohibido que se venía cocinando entre las sábanas viejas, el miedo cerval a la muerte y la adrenalina de la huida estallaron en un contacto abrasador.

Nikolai entreabrió los labios con una urgencia que ya no tenía nada de fingida, devorando la boca del sacerdote con un hambre primitiva, salvaje, posesiva.

Su mano libre ascendió por el cuello de Thomas, hundiendo los dedos en sus rizos ondulados para sujetarle la cabeza contra la piedra, mientras la otra presión en su cintura lo pegaba aún más a su cuerpo, obligándolo a sentir la dureza de sus muslos.

A Thomas se le abrió el cielo y el infierno al mismo tiempo.

El remordimiento, sus votos, la Iglesia, su propia identidad.

.. todo saltó por los aires, reducido a escombros ante la invasión carnal del ruso.

Su cuerpo respondió antes que su mente: sus manos, temblorosas y calientes, subieron por el pecho de Nikolai, aferrándose al tejido de su chaqueta con una desesperación agónica, devolviendo el beso con la misma intensidad hambrienta de quien se está ahogando y encuentra aire por primera vez.

Sus lenguas se encontraron en un territorio sin ley, un espacio prohibido donde el asesino y el santo se despojaban de sus máscaras para ser, únicamente, dos hombres consumiéndose en mitad de la tormenta.

A pocos pasos, las botas del gendarme resonaron sobre los adoquines mojados, deteniéndose un instante ante la silueta de la pareja abrazada contra el muro, antes de continuar su camino con un resoplido de indiferencia.

Pero ellos ya no escuchaban la ciudad. En la penumbra del callejón de Borgo Pio, el tiempo se había detenido, suspendido en el filo de un beso que era, al mismo tiempo, su salvación y su condena.

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