Capítulo 12 Despojos de la inocencia #2
Atraído por una fuerza magnética invisible pero destructiva, Nikolai acortó la distancia entre ambos con pasos lentos y felinos.
Su envergadura masiva recortó la luz cenital, envolviendo a Thomas en su sombra.
Cuando se detuvo, apenas un soplo de espacio separaba sus pechos.
Thomas contuvo la respiración, abrumado por la proximidad de ese cuerpo que exhalaba un magnetismo peligroso.
Sin desviar los ojos de los del sacerdote, Nikolai alargó la mano derecha.
Sus dedos, grandes, cubiertos de cicatrices finas y con la piel curtida del hombre que maneja el acero, rozaron los dedos de Thomas al quitarle la sotana doblada.
El contacto duró apenas un segundo, pero fue como una descarga que obligó al cura a apretar los dientes.
Nikolai dejó caer la prenda sagrada sobre la mesa auxiliar con un desprecio absoluto por el Vaticano.
Luego, la mano del ruso volvió a elevarse.
Thomas se quedó inmóvil, magnetizado, sintiendo que el pulso le restallaba en los oídos.
Nikolai no buscó su rostro. Con una parsimonia exasperante, deslizó el dorso de sus dedos índice y corazón por la piel expuesta de la clavícula de Thomas.
La piel del ruso estaba caliente, áspera, y el contraste con la suavidad del cuello del sacerdote fue tan íntimo que ambos experimentaron un sutil escalofrío.
Los dedos de Nikolai continuaron descendiendo con una suavidad imprevista, enganchando el borde elástico del escote de la camiseta gris.
Con un movimiento mínimo de la yema de su pulgar, recolocó la fina cadena de plata que Thomas llevaba, la cual se había enredado, dejando la pequeña cruz de metal apoyada sobre el relieve de su pecho.
El pulgar de Nikolai se demoró un instante extra en la base de la garganta de Thomas, justo encima de la nuez, sintiendo el galope desbocado y rítmico de la arteria carótida del cura.
—Olvídate del Padre Thomas —el susurro de Nikolai fue un raspón bronco, una exhalación cálida que golpeó directamente la boca del sacerdote, haciéndole desear un contacto que su mente aún consideraba un pecado mortal—.
D'Antonio está perdiendo el tiempo buscando a un santo en los altares de Roma.
Y lo que yo tengo delante... lo único que hay aquí dentro, es un hombre.
Thomas sintió que el mundo real se desvanecía por completo, reducido a ese centímetro de espacio que los separaba, al calor de los dedos de Nikolai en su cuello y a la brutal promesa que vibraba en sus palabras.
Sus ojos verdes bajaron de forma involuntaria hacia los labios del ruso, fijos en su forma firme, experimentando una atracción física tan violenta y primaria que le causó pánico.
Era un deseo crudo, desprovisto de teología, que le nacía desde las entrañas y le encendía la sangre.
Nikolai sostuvo la mirada, con los ojos de un azul oscurecidos por un hambre que ya no intentaba ocultar, permitiendo que la tensión sexual los consumiera en mitad de la penumbra de aquel piso abandonado.
Fue el propio Nikolai quien, tras un siglo de silencio suspendido, retiró la mano con una lentitud casi dolorosa. Dio medio paso atrás, devolviéndole a Thomas un soplo de aire, aunque sus pupilas seguían dilatadas.
—Tenemos que poner orden en los números —dijo Nikolai, forzando a su voz a recuperar una cadencia más profesional, aunque el sutil esfuerzo por estabilizar el ritmo de su propio pecho delató que la corriente lo había arrastrado a él también—. La tregua en este salón se va a terminar pronto.
Thomas parpadeó varias veces, como si regresara de un trance hipnótico, sintiendo el vacío helado que la retirada del ruso había dejado en su piel. Se frotó mecánicamente los brazos, intentando alejar los fantasmas del deseo y recuperar su mente de contable.
—Los... los archivos —consiguió decir Thomas, aunque su voz sonó un octavo más baja, arrastrando la densidad de la tensión anterior—.
Los entramados financieros de d'Antonio y la Bratva están a salvo.
Modifiqué las rutas de acceso y los subí a un servidor remoto y seguro antes de huir de la Vía de la Conciliación.
Pero el problema no es el almacenamiento.
El problema es que están blindados bajo un protocolo criptográfico que yo mismo diseñé.
Sin las claves, solo son millones de líneas de código indescifrables.
Nikolai se cruzó de brazos, apoyando la cadera contra el borde de la mesa, agradeciendo la frialdad de los datos para enfriar la habitación, aunque sus ojos no abandonaban la forma en que la camiseta gris se amoldaba al torso del australiano.
—¿Dónde están esas malditas claves?
—Dejé un duplicado físico de las matrices de desencriptación oculto en el archivo secreto de la biblioteca del Vaticano —explicó Thomas, dando un paso hacia la mesa, forzándose a concentrarse en los mapas—.
Y para usarlas, necesito un terminal que tenga un acceso limpio y directo a la red interna del Istituto per le Opere di Religione.
Si conseguimos entrar y conectar las claves, tendremos las firmas digitales, las transferencias y las cuentas de lavado de dinero que unen a d'Antonio con los oligarcas de Moscú. Es nuestra única defensa.
Nikolai soltó una risa amarga, un sonido seco que no llegó a sus ojos, y extendió con un movimiento rápido un plano físico de la ciudad de Roma sobre la madera de la mesa.
—El Vaticano ahora mismo es una puta pecera blindada, Thomas —el ruso clavó la yema de su dedo índice sobre el cuadrado que delimitaba la Plaza de San Pedro, presionando con fuerza—.
Tras esa alerta de asesinato en la televisión, cada gendarme, cada policía del Estado italiano y cada tirador de la Bratva va a tener tu foto en el bolsillo con una orden clara: disparar a matar en cuanto asomes la cabeza.
Entrar por las puertas principales es entregarte en una bandeja de plata.
Thomas se inclinó sobre el plano, acortando la distancia de nuevo de forma inconsciente.
Al apoyar los mapas, su hombro derecho rozó de manera limpia el brazo de Nikolai.
La tela de la camiseta gris frotó la camisa del ruso.
Ninguno de los dos se movió. Ninguno dio un paso atrás.
La frotación estática de sus cuerpos seguía estando presente, un cable de alta tensión que corría paralelo a la estrategia de supervivencia.
—Hay un acceso técnico —murmuró Thomas, manteniendo la vista fija en las líneas del plano para no caer otra vez en el pozo azul e impenetrable de la mirada de Nikolai—.
Una entrada de mantenimiento que conecta los sótanos de la zona perimetral con los antiguos conductos del archivo.
Si calculamos bien las patrullas, podemos entrar desde abajo.
Pero necesitamos una precisión absoluta.
Un solo error y nos encerrarán en una tumba de hormigón.
Nikolai ladeó la cabeza, observando de perfil la transformación del sacerdote: el cabello ondulado que le rozaba el cuello, la limpieza de su perfil surfero y la inesperada firmeza que empezaba a asomar en su mandíbula.
Una sonrisa mínima, casi imperceptible, estiró la comisura de los labios del ejecutor.
—Entonces nos aseguraremos de ser perfectos, Thomas —concluyó el ruso en un susurro que volvió a rozar la piel de la oreja del cura—. Ve al dormitorio. Intenta dormir lo que quede de mañana. El aire en el Trastévere se está volviendo demasiado espeso.
Thomas asintió con la cabeza, incapaz de articular palabra, sintiendo que el peso de los votos que había roto ya no le importaba en absoluto.
Al caminar hacia la habitación, arrastrando los pies descalzos, se descubrió a sí mismo deseando la llegada del peligro exterior solo para comprobar hasta dónde sería capaz de llegar Nikolai para cumplir su promesa de no dejar que nadie lo rompiera.
En mitad de la mentira del mundo, el asesino se había convertido en su única verdad.
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