Capítulo 12 Despojos de la inocencia
El amanecer en el Trastévere no trajo luz, sino una claridad cenicienta, sucia, que se filtraba a cuentagotas por las rendijas de las persianas de hierro corroídas por el salitre romano.
Thomas no había dormido un solo segundo.
Había pasado las últimas horas del revés de la noche ovillado en el suelo del dormitorio, con la espalda presionada contra la madera carcomida de la puerta, escuchando los crujidos estructurales del edificio y el zumbido sordo de sus propios pensamientos.
Su cuerpo, privado por fin de la anestesia química de la adrenalina, se había convertido en un mapa de dolores sordos: el pecho le ardía por el esfuerzo de la carrera, las rodillas le temblaban con una debilidad gelatinosa y el frío del apartamento se le había colado hasta la médula, un frío que ninguna sábana vieja lograba mitigar.
Al abrir la puerta del dormitorio, un parpadeo azulado, intermitente y fantasmal lo recibió en el salón. La quietud casi sagrada de la noche se había roto.
Nikolai estaba de pie frente a un televisor de tubo, un aparato pesado y polvoriento de los años noventa empotrado en un mueble de formica descascarillada.
El monitor emitía un zumbido agudo, el clásico llanto eléctrico de la estática de tubo, que se mezclaba con el siseo del telediario matutino de la RAI.
El ruso permanecía completamente rígido, estatuario, con los brazos cruzados sobre el pecho y las piernas ligeramente abiertas, anclado al suelo de terrazo.
No se giró al escuchar el leve arrastrar de los pasos de Thomas; simplemente tensó un músculo en la base de la mandíbula, delatando que su implacable radar corporal ya había registrado la presencia del sacerdote.
Thomas se acercó despacio, abrazándose el torso con los brazos en un intento instintivo de protegerse del resplandor catódico. Cuando sus ojos se posaron en la pantalla, el estómago se le contrajo con una violencia física que le provocó una oleada de náuseas.
—...la Gendarmería Vaticana, en estrecha colaboración con la jefatura de la policía italiana, ha emitido una orden de busca y captura internacional con la máxima prioridad contra el Padre Thomas Sheehan —la voz del locutor, distorsionada por los viejos altavoces del aparato, sonaba monocorde, desprovista de cualquier rastro de humanidad—.
El clérigo, de nacionalidad australiana y adscrito a la secretaría técnica del Instituto para las Obras de Religión, es señalado como el cerebro detrás de un desfalco de fondos a gran escala.
Asimismo, las autoridades lo consideran el autor material del brutal homicidio de dos agentes de seguridad durante el asalto perpetrado ayer en la Biblioteca Angelica.
Se advierte a la población de que se trata de un prófugo armado y de extrema peligrosidad.
Y entonces, el televisor escupió su rostro.
Era la fotografía de su expediente oficial de la Curia.
Thomas se contempló a sí mismo con el horror desapasionado de quien mira un cadáver en una morgue.
En la imagen aparecía con el cabello castaño cortado con un rigor milimétrico, engominado y aplastado contra el cráneo; llevaba las gafas de montura negra que endurecían sus facciones y el alzacuellos blanco, rígido, que le apretaba la garganta como un grillete.
Su expresión era severa, doctoral, la máscara perfecta de un contable eclesiástico que había sustituido el alma por los números.
Era la estampa exacta del chivo expiatorio perfecto.
La Iglesia, la institución que había sido su madre, su techo y su fe desde que abandonó los cielos abiertos de Australia, lo había arrojado a las vías del tren en menos de doce horas.
Lo habían borrado del plano moral para salvar el entramado corrupto de monseñor d'Antonio.
El impacto psicológico se tradujo en un colapso muscular inmediato. La realidad pesaba demasiado. El aire se le vació de los pulmones y el suelo pareció inclinarse, tragándoselo. Un gemido ahogado, un sonido animal y roto de pura indefensión, escapó de su garganta mientras sus piernas cedían.
No llegó a tocar el suelo. Unas manos masivas, ásperas y calientes lo sujetaron con una fuerza descomunal por los antebrazos.
Nikolai lo levantó casi en vilo, sin aparente esfuerzo, obligándolo a enderezarse.
El contacto físico fue un impacto en sí mismo; el ruso desprendía un calor corporal denso, un olor a lluvia evaporada sobre la piel y a desinfectante médico que invadió los sentidos de Thomas.
El sacerdote, perdiendo el decoro, se aferró con los dedos agarrotados a la tela gris de la camisa de Nikolai, buscando desesperadamente algo sólido en mitad del cataclismo.
—Mírame —la orden de Nikolai fue un susurro sordo, áspero, que vibró directamente contra el pecho de Thomas—. Thomas, mírame a mí. Apaga esa mierda de tu cabeza. El televisor no sabe quién eres.
Thomas forzó las pestañas hacia arriba, con los ojos verdes anegados en unas lágrimas calientes de rabia y desamparo que se negaba a dejar caer.
La distancia entre ambos se había reducido a nada.
Podía ver los poros de la piel de Nikolai, la pequeña cicatriz pálida que le dividía la ceja izquierda y la fijeza casi obsesiva de sus pupilas azules.
—Lo han destruido todo... —consiguió articular Thomas, en un hilo de voz que se quebró a la mitad—. Ya no existo. No tengo a dónde volver.
—Te han quitado un trozo de tela negra, no la vida —sentenció Nikolai, y por un segundo, sus dedos ejercieron una presión casi dolorosa, pero extrañamente reconfortante, en los brazos del cura—.
D'Antonio tiene miedo porque sabe que lo que guardas en tu memoria es su sentencia de muerte.
El mundo ahora busca al hombre de esa pantalla.
A un burócrata con gafas y cara de mártir.
Así que vamos a cambiar las reglas del juego.
El ruso lo soltó de manera paulatina, deslizando sus palmas por los brazos de Thomas hasta asegurarse de que el sacerdote recuperaba el equilibrio sobre sus propios pies.
Luego, caminó hacia la mesa de madera y señaló un fajo de ropa que había dejado allí tras rebuscar en el armario de contingencia de la Bratva; ropa de paisano usada por los enlaces jóvenes de la organización para mimetizarse con el ambiente civil del verano romano.
—Quítate eso —ordenó Nikolai, clavando sus ojos en la sotana de Thomas, cuyos bajos todavía ostentaban las manchas oscuras y rígidas de la sangre de Ostiense—. Lávate la cara y deshazte del fantasma.
El cuarto de baño se había transformado en un cubículo asfixiante.
El olor a jabón neutro y el vapor del agua fría con la que Thomas se frotó el rostro de manera casi obsesiva no lograban disipar la sensación de estar cometiendo una herejía contra sí mismo.
Desabrochar cada uno de los botones de la sotana fue un proceso lento, un desmantelamiento ritual de su propia identidad.
Cuando la tela pesada cayó al suelo con un rumor sordo, Thomas se miró al espejo y se sintió completamente despojado, como un molusco desprovisto de su concha protectora.
Al abrir la puerta y regresar al salón, el contraste visual fue tan violento que el propio Nikolai, que en ese momento apagaba el televisor de un manotazo, se quedó completamente paralizado en mitad del movimiento.
Thomas avanzaba descalzo, sintiendo la caricia helada y rugosa del terrazo agrietado bajo las plantas de los pies.
Llevaba la sotana doblada sobre los brazos con una timidez casi agónica, sosteniéndola como si fuera un sudario.
Los vaqueros azul claro, lavados a la piedra y ligeramente gastados en los muslos, se ceñían a su anatomía de una forma desconocida para él.
La mezclilla rígida le abrazaba las caderas con firmeza y esculpía la línea de sus piernas, obligándolo a moverse con una rigidez tímida, consciente de cada centímetro de su propia piel.
La camiseta básica de algodón gris claro, de cuello redondo y mangas cortas, se amoldaba a su torso sin holguras.
Al no tener la tela flotante de la túnica para camuflarlo, el físico de Thomas quedó al descubierto: unos hombros anchos, un pecho firme de líneas limpias y una cintura estrecha que denotaban una fuerza natural, una complexión atlética que la vida monacal no había logrado marchitar.
Pero fue el rostro lo que terminó de quebrar la compostura del ruso.
Al lavarse el pelo y dejar que se secara de forma natural en el trayecto, el cabello de Thomas había recuperado su rebeldía original.
Las ondas castañas caían desordenadas sobre su frente y sus sienes, revelando unos reflejos dorados, aclarados por un sol antiguo, que destilaban un aire surfero, indómito y puramente australiano.
Sin las gafas de montura gruesa, sus ojos verdes parecían haber duplicado su tamaño; eran dos esmeraldas desnudas, enmarcadas por pestañas claras, que miraban a Nikolai con una mezcla perfecta de terror y orgullo herido.
La mirada de Nikolai cambió. La frialdad táctica del ejecutor de la mafia se disolvió en un parpadeo, sustituida por una fijeza pesada, densa y carnal.
Sus ojos azul cielo descendieron de forma lenta, casi obscena, por la curva del cuello expuesto de Thomas, se detuvieron en el relieve de sus clavículas bajo el algodón gris, descendieron por la firmeza de su pecho y siguieron la línea de sus caderas ceñidas por los vaqueros antes de volver a anclarse en su rostro.
La manzana de Adán de Nikolai se movió en una deglución pesada.
El aire del salón se volvió espeso, cargado de una electricidad estática tan real que hacía daño en la piel.