AMOR DIVINO Capítulo 11 La anatomía de la culpa #2
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Capítulo 11 La anatomía de la culpa #2

—Sé quién es monseñor d'Antonio —soltó Thomas, rompiendo el dique en un hilo de voz apenas audible—.

Sé lo que es la Bratva y sé que esos hombres armados venían a matarme por orden suya.

Lo sé todo, Nikolai. Mi fe, mi vida... todo lo que creía proteger era una mentira.

Pero lo que no entiendo... lo que me está volviendo loco aquí dentro, es qué haces tú aquí.

Eres su ejecutor. Me perseguiste por orden suya.

¿Por qué me estás protegiendo? ¿Por qué me salvaste la vida en esa biblioteca si tu trabajo era enterrarme?

Nikolai permaneció inmóvil unos segundos, con la cabeza baja, asimilando las palabras del cura que flotaban entre las sábanas fantasmales del salón.

Luego, con una parsimonia densa, se giró en la silla.

Thomas tuvo que dar un paso atrás para no chocar con sus rodillas, pero Nikolai se incorporó a medias, obligando al sacerdote a retroceder hasta que el borde de la mesa de madera se clavó en sus muslos.

Bajo la cruda luz cenital, Nikolai lo acorraló sutilmente, eliminando cualquier espacio de seguridad. Sin embargo, su mirada ya no era la de un cazador; era una mezcla turbia de cansancio y una intensidad abrumadora que paralizó los pulmones de Thomas.

—D'Antonio me ordenó traerte, Thomas. No matarte —dijo Nikolai.

Su voz era un susurro áspero que golpeó directamente la piel del rostro del sacerdote—.

Me dijo que habías robado algo y que necesitábamos recuperarlo.

Pero cuando mandó a ese escuadrón a la biblioteca, lo hizo a mis espaldas.

No le importó que yo estuviera allí dentro contigo.

Me usó como cebo. En mi mundo, la lealtad se paga con lealtad.

Él rompió el pacto, y yo no le debo nada a un jefe que ha perdido la cabeza por la paranoia.

Thomas tragó saliva con dificultad, fascinado por la cercanía de esos labios que se movían a escasos centímetros de los suyos, exhalando un aliento cálido que sabía a puro cansancio.

—Además —continuó el ruso, dando un paso más, reduciendo la distancia hasta que el pecho de su camisa rozó la tela de la sotana de Thomas—, eres inteligente para los números, pero no tienes idea de cómo funciona la mafia.

D'Antonio está borrando huellas. Si tú mueres, la única persona que sabe demasiado sobre sus desvíos de dinero soy yo.

Tu vida es mi único seguro. Mientras tú estés vivo y tengas esas claves en tu cabeza, yo tengo una moneda de cambio para negociar con Moscú y demostrar que d'Antonio se ha vuelto loco.

Si dejo que te maten, mi cabeza será la siguiente en rodar.

Thomas asintió levemente, buscando con desesperación aferrarse a esa explicación fría, pragmática y egoísta.

Necesitaba que Nikolai fuera el criminal calculador para recordarse a sí mismo quién era el hombre que tenía enfrente.

Pero la mirada de Nikolai cambió, perdiendo la dureza de la estrategia, volviéndose sombría, casi dolorosa.

De manera pausada, el ruso alargó la mano derecha.

Sus dedos se cerraron con una suavidad imprevista alrededor de la muñeca izquierda de Thomas.

El agarre no pretendía lastimar; era firme, cálido, deteniendo de inmediato el sutil temblor del sacerdote.

Nikolai tiró levemente de él, obligándolo a mirarlo a los ojos.

—Y hay algo más, Thomas... —la voz del ruso descendió a un tono peligrosamente íntimo, rompiendo cualquier distancia profesional—.

He matado a mucha gente. Gente que vendía a sus madres por un fajo de billetes, ratas que suplicaban y me escupían.

Pero tú... tú me diste con un hierro en la nuca en Ostiense para salvar tu vida, y ahora estás aquí, temblando de miedo y de culpa, curándome la herida con manos de santo.

Thomas sintió que el corazón le daba un vuelco violento, golpeando contra sus costillas. El contacto de la mano de Nikolai en su muñeca se sentía como una marca de fuego en mitad del frío del apartamento.

— Tienes una pureza de alma inigualable, Thomas —confesó Nikolai, y por primera vez, una grieta de absoluta vulnerabilidad y verdad que desarmó los ojos del ejecutor—.

En mitad de todo este fango, eres lo único real que he visto en años.

Y me prometí a mí mismo que d'Antonio no iba a romperte como nos ha roto a todos los demás.

El aire entre los dos se volvió denso, casi eléctrico.

Thomas se quedó sin respiración, atrapado en una red invisible entre el pánico racional a la figura del asesino y el súbito, arrollador e incontrolable deseo de acortar el último milímetro que separaba sus cuerpos.

Sus ojos verdes bajaron por un instante imperceptible hacia los labios de Nikolai, sintiendo una atracción física que lo asustaba más que las armas de la Bratva.

Nikolai no lo soltó; sus dedos en la muñeca del cura transmitían una necesidad silenciosa, un ancla mutua en mitad del naufragio.

Habían dejado de ser el lobo y la presa. En la penumbra de aquel piso abandonado del Trastévere, aislados del mundo por persianas encadenadas, la anatomía de sus culpas y un hilo invisible de ternura inesperada los había unido de una forma irreversible.

El silencio que siguió a la confesión de Nikolai se volvió tan pesado que el propio aire parecía vibrar entre sus rostros.

Thomas sentía el calor del cuerpo del ruso pegado al suyo, y la presión de sus dedos en la muñeca era un ancla que lo mantenía firmemente atado a la realidad del suelo del Trastévere.

Sus ojos verdes seguían fijos en los labios de Nikolai, atrapados en un magnetismo prohibido que hacía que cada uno de sus principios eclesiásticos se tambaleara.

Un segundo más en esa posición y la distancia se habría desvanecido por completo.

Fue Nikolai quien, con una delicadeza desconcertante, rompió el hechizo.

El ruso aflojó el agarre de su mano despacio, deslizando los dedos por la piel de Thomas antes de soltarlo por completo.

Dio un paso atrás, regresando a la zona de sombra fuera del halo de la bombilla desnuda.

El vacío físico que dejó su ausencia golpeó al sacerdote como una ráfaga de viento helado.

—Termina de vendarme —dijo Nikolai. Su voz había recuperado esa cadencia baja y contenida, pero el sutil esfuerzo por estabilizar su propia respiración delató que el momento también lo había sacudido a él.

Thomas parpadeó varias veces, como si despertara de un trance hipnótico.

El pecho le subía y bajaba con agitación, delatando el ritmo desbocado de su corazón.

Con las manos todavía hormigueantes por el contacto, asintió mecánicamente y regresó a su posición detrás de la silla.

Le costó encajar los dedos en el rollo de gasa estéril, pero se obligó a concentrarse en la tarea física para no desmoronarse en mitad del salón.

Colocó el vendaje sobre la nuca de Nikolai con movimientos rápidos y sutiles, asegurando los extremos con esparadrapo.

Cada vez que sus dedos rozaban accidentalmente la piel del cuello del ruso, una descarga eléctrica le recorría la columna, pero ambos mantuvieron la vista al frente, fingiendo que la atmósfera no estaba a punto de estallar.

—Ya está —susurró Thomas una vez terminó, dando dos pasos atrás para recuperar su espacio de seguridad. Su voz aún temblaba.

Nikolai se puso en pie sin prisa, estirando los hombros.

Se volvió hacia la mesa y se vistió bajo la mirada fija del sacerdote, que parecía incapaz de apartar los ojos de su silueta en la penumbra.

El ruso caminó hacia la ventana, apartó un milímetro la persiana encadenada para observar el callejón oscuro y luego la soltó.

El apartamento recuperó su aislamiento total.

No se dijeron nada más. No hacía falta. Las cartas estaban sobre la mesa y el aire seguía cargado de una electricidad peligrosa.

Nikolai caminó hacia el sofá, retiró la sábana blanca que lo cubría con un movimiento seco y se sentó, apoyando la espalda contra el respaldo.

Cerró los ojos, indicando que la interacción había terminado por esa noche, pero su postura ya no reflejaba la tensión de un captor vigilando a su presa.

Era la guardia silenciosa de un protector.

Thomas se quedó de pie unos instantes bajo la luz de la bombilla, con el cuerpo todavía encendido por la cercanía del ejecutor. Caminó hacia el pequeño dormitorio del fondo, arrastrando los pies por el terrazo agrietado como si caminara en sueños.

Al cerrar la puerta tras de sí y quedar en la completa oscuridad de la estancia, el sacerdote se deslizó de espaldas contra la madera hasta sentarse en el suelo.

Se abrazó las rodillas, tiritando no de frío, sino por la intensidad de lo que acababa de ocurrir.

Se llevó los dedos de la mano derecha a los labios, reviviendo la proximidad del aliento de Nikolai y el calor de su mano en la muñeca.

Sabía que estaba cruzando una línea sin retorno, que se estaba entregando espiritualmente al hombre que representaba todo lo que él había jurado rechazar.

Pero en mitad de ese piso franco de la mafia, rodeado de polvo y fantasmas del pasado, Thomas se acurrucó contra el suelo y, por primera vez desde que comenzó la pesadilla, no sintió miedo.

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