Capítulo 11 La anatomía de la culpa
El silencio que habitaba en el piso franco del Trastévere era un bloque macizo, denso, interrumpido únicamente por el zumbido eléctrico de una nevera vieja y el rumor amortiguado del tráfico nocturno de Roma.
No quedaban rastros de sirenas ni de los estallidos de subfusiles de la Biblioteca Angelica.
Solo las paredes desnudas de un apartamento de techos altísimos, cruzados por pesadas vigas de madera oscura que crujían con los cambios de temperatura.
El lugar apestaba a abandono: una mezcla rancia de humedad atrapada en el papel tapiz descolorido, polvo acumulado en los muebles tapizados de terciopelo gastado y el olor químico del linóleo del suelo.
Las persianas de madera exterior estaban completamente bajadas y encadenadas por dentro, bloqueando cualquier contacto con el mundo exterior.
Solo unos hilos delgados de luz anaranjada, provenientes de las farolas de la calle, lograban filtrarse por las rendijas, proyectando líneas afiladas como cuchillas sobre el suelo de terrazo agrietado.
Era un espacio diseñado para no existir, una celda de paso donde el tiempo parecía congelado.
Thomas estaba de pie ante el espejo del cuarto de baño, un espacio minúsculo iluminado por un fluorescente parpadeante que emitía un zumbido desquiciante.
El lavabo de porcelana amarillenta tenía los grifos oxidados por el desuso.
Abrió la llave del agua fría y se frotó las palmas con una violencia casi litúrgica, buscando un alivio que no llegaba.
Fue en ese instante, bajo el chorro helado, cuando el cuerpo empezó a pasarle factura.
La adrenalina, ese combustible ardiente que lo había mantenido corriendo por los adoquines de Roma sin mirar atrás y que le había entumecido los sentidos en la biblioteca, comenzó a retirarse de su sistema de golpe, dejándole una debilidad temblorosa en las rodillas y un frío hueco en el estómago.
El bajón de energía fue físico, pero la resaca psicológica resultó devastadora.
Con el cese de la urgencia por sobrevivir, los remordimientos resurgieron de entre las sombras con una violencia salvaje.
Las yemas de sus dedos estaban limpias, pero en su memoria seguía grabado a fuego el peso del ángulo de hierro de la nave industrial de Ostiense; el impacto seco contra el cráneo de Nikolai, el crujido del tejido al abrirse y la viscosidad de la sangre que había manchado el suelo de cemento.
Había golpeado a un hombre. Había infligido dolor de manera consciente y desesperada para salvar su propia piel. No había sido un accidente; había sido una elección guiada por la rabia y el pánico.
Para un sacerdote que había entregado cada hora de su existencia a los votos de no violencia, que se había educado en la idea de que cada ser humano es portador de una chispa divina que debe ser respetada, descubrir que albergaba ese instinto primario, animal y brutal era un pecado que le quemaba las entrañas.
Se desconocía a sí mismo. ¿En qué clase de monstruo se estaba convirtiendo por culpa de esta huida?
Thomas cerró el grifo con manos torpes, apoyó la frente fría contra el cristal manchado del espejo y ahogó un sollozo que le desgarró la garganta.
Su mundo espiritual se había desintegrado por completo, dejándolo desnudo y quebrado en mitad del fango de ese apartamento anónimo.
Al salir al salón, la penumbra lo recibió con una quietud pesada.
El espacio, atestado de muebles de los años setenta cubiertos con sábanas blancas que semejaban formas espectrales en la oscuridad, parecían congelado en el tiempo.
Sin embargo, toda la atención de Thomas se desvió de inmediato hacia la única fuente de luz: una bombilla desnuda que colgaba de un cable trenzado en el centro del techo.
Bajo su halo amarillento, Nikolai se veía desarmado por primera vez.
Se había despojado de la gabardina y la chaqueta, dejándolas caer al suelo en un descuido impropio de él, y vestía únicamente una camisa gris de hilos abiertos en el cuello.
Sentado en una silla de madera de respaldo recto, el ruso sostenía una gasa con dedos torpes, intentando alcanzar a ciegas la parte posterior de su cabeza.
El esfuerzo de la carrera por los callejones empinados del Trastévere había reabierto la brecha de Ostiense de forma limpia; un hilo de sangre fresca y brillante zigzagueaba por su nuca, perdiéndose bajo la tela gris que ya empezaba a oscurecerse por la humedad.
No había frialdad calculada en sus movimientos, sino el desgaste real de un hombre al límite de sus fuerzas.
Thomas se detuvo en el umbral al ver cómo a Nikolai se le escapaba un suspiro ronco, casi imperceptible, mientras dejaba caer los hombros, vencido por la frustración de no alcanzar la herida con un ángulo correcto.
Su mandíbula, habitualmente rígida como el mármol, tembló apenas un milímetro por el escozor.
Ese destello de vulnerabilidad humana en mitad de la penumbra conmovió algo profundo en el pecho del sacerdote.
El monstruo peligroso que lo había perseguido horas antes parecía haber desaparecido, dejando en su lugar a un hombre cansado, herido y dolorosamente solo en aquel salón abandonado.
A Thomas ya no le pareció una figura aterradora; le pareció alguien que, a su manera brusca, necesitaba ayuda.
Y ese descubrimiento mitigó el pánico, transformándolo en una timidez extrañamente cálida y protectora.
El silencio del apartamento se llenó entonces con el sonido suave de los pasos de Thomas sobre el terrazo.
Avanzó despacio, como si temiera romper el frágil velo de humanidad que acababa de descubrir en el ruso.
Nikolai no se tensó al escucharlo; simplemente ladeó un poco la cabeza, manteniendo los ojos entornados, fijos en algún punto borroso del suelo, exhausto.
Thomas se acercó a la mesa auxiliar. Con manos que aún conservaban el temblor de la resaca de adrenalina, pero guiadas ahora por una urgencia mucho más compasiva, abrió el botiquín metálico.
El olor a alcohol, yodo y gasas estériles inundó el pequeño espacio bajo la bombilla, solapándose por un instante con el olor a humo y lluvia que ambos traían de la calle.
—Déjame... Déjame hacerlo a mí —susurró Thomas. Su voz, rota por el llanto contenido en el lavabo, sonó extrañamente dulce en la inmensidad vacía del salón—. Fui yo quien te hizo eso. Déjame arreglarlo.
Nikolai bajó lentamente la mano que sostenía la gasa ensangrentada.
Sus ojos grises se elevaron hacia el sacerdote, desprovistos de la habitual opacidad criminal.
Había una fatiga densa en su mirada, un reconocimiento silencioso del dolor físico que por fin se permitía sentir.
No hubo orgullo, ni sospecha. Con un suspiro imperceptible, el ruso inclinó la cabeza hacia delante, exponiendo la línea de su cuello y la herida abierta.
Ese simple gesto de entrega, viniendo de un hombre adiestrado para no bajar jamás la guardia, golpeó el pecho de Thomas con la fuerza de un impacto.
El sacerdote recortó la distancia. Al quedar justo detrás de él, el calor que desprendía el cuerpo de Nikolai lo envolvió por completo.
Era una presencia masiva, un contraste absoluto con la fragilidad de su postura actual.
Thomas tomó unas pinzas, empapó una gasa limpia en antiséptico y, conteniendo la respiración, acercó los dedos a la nuca del ruso.
Cuando la yema de su dedo índice rozó la piel expuesta de Nikolai para apartar un mechón de pelo oscuro y apelmazado por la sangre, ambos experimentaron un sutil escalofrío.
La piel de Nikolai estaba caliente, curtida por el sol y el invierno, sembrada de sutiles cicatrices que Thomas recorrió con la mirada, sintiendo una punzada de dolor ajeno.
En comparación, las manos de Thomas eran suaves, dedos que solo habían conocido el tacto del papel de los libros sagrados y el metal de los cálices, moviéndose ahora con una delicadeza extrema, casi terapéutica.
—Va a escocer —advirtió Thomas en un murmullo, inclinándose tanto que sus labios quedaron a escasos centímetros del oído de Nikolai.
—Hazlo —respondió el ruso. Su voz fue un raspón bajo, una vibración que Thomas sintió en la boca del estómago.
Thomas presionó la gasa con cuidado sobre la brecha.
Nikolai apretó los dientes, y el sacerdote vio cómo los poderosos músculos de sus hombros y de su espalda se contraían con fuerza bajo la camisa gris, absorbiendo el latigazo del desinfectante.
Thomas no se retiró; al contrario, con una paciencia infinita, comenzó a limpiar los bordes de la herida, retirando los rastros de sangre seca con toques meticulosos y suaves.
La intimidad del momento se volvió tan espesa como el aire del apartamento.
Thomas podía oír la respiración pesada de Nikolai, sentir el ritmo de su corazón en la vibración de su espalda, y se descubrió a sí mismo fascinado por la anatomía de aquel hombre.
Había una belleza trágica y descarnada en él.
Cada roce de sus dedos sobre la carne lastimada del ejecutor enviaba una corriente nueva y confusa por las venas del sacerdote, una calidez desconocida que desafiaba cualquier lógica de su antigua vida.
El remordimiento de haberle causado ese daño se mezclaba ahora con una necesidad imperiosa de aliviarlo, de protegerlo de su propio dolor.
El silencio se prolongó, suspendido únicamente por el roce de las gasas, hasta que el peso de las revelaciones de la biblioteca se volvió demasiado grande para que Thomas lo cargara a solas.
Detuvo la mano un segundo, dejando los dedos suspendidos a un milímetro de la piel de Nikolai. Su pecho subía y bajaba con agitación.