Capítulo 10 La doctrina del shock
El silencio que siguió a la última ráfaga de subfusil fue más ensordecedor que el propio tiroteo.
El Salón Vanvitelliano de la Biblioteca Angelica había quedado sepultado bajo una niebla densa de pólvora, humo y polvo de yeso.
Millones de fragmentos de páginas calcinadas flotaban en el aire como una nieve negra y fúnebre, posándose sobre los cuerpos de los Carabinieri que gemían en el suelo.
La inspectora Agata Varga soltó el aire que contenía en los pulmones, apoyando la espalda contra la base de una de las monumentales columnas de mármol.
Tenía las manos manchadas de hollín y el cañón de su Beretta reglamentaria aún desprendía un hilo de calor.
A su lado, el inspector jefe Marco Valenti se incorporó despacio, limpiándose la sangre que le corría por la mejilla debido al roce de una astilla de madera.
—¿Estás entera? —preguntó Valenti. Su voz era un gruñido ronco, alterado por la adrenalina.
—Sí —respondió Agata, tragando saliva con dificultad—. Se han ido.
Valenti asomó la cabeza por encima de la mesa de lectura destrozada que les había servido de parapeto.
El pasillo trasero estaba desierto. Los tres hombres de las gabardinas oscuras se habían replegado con una precisión milimétrica en cuanto sonaron las primeras sirenas exteriores.
No eran pandilleros ni criminales comunes; se habían movido con la disciplina de un equipo de operaciones especiales, cubriéndose los ángulos y disparando a ráfagas cortas, directas a matar.
—No buscaban un enfrentamiento prolongado —analizó Valenti, guardando su arma mientras caminaba hacia el agente uniformado que sangraba por un impacto en el muslo—. Vinieron a limpiar el lugar. Alguien sabía que el padre Thomas estaba aquí y quería borrarlo del mapa.
Agata no contestó. Caminó con paso rápido hacia las escaleras de caracol que subían a las galerías superiores, siguiendo el rastro de agua que denunciaba la huida del sacerdote.
Cuando llegó al tercer nivel, solo encontró un charco junto a una vitrina rota y las huellas de dos calzados diferentes que se dirigían hacia la salida de servicio del sótano.
Thomas no estaba. Y el hombre que se lo había llevado antes del tiroteo tampoco parecía formar parte del grupo de asaltantes.
Agata bajó las escaleras con las piernas temblando por la tensión contenida, deteniéndose a mitad de la nave central para asimilar el desastre.
La Biblioteca Angelica, un templo de conocimiento que había resistido intacto durante siglos, ofrecía ahora una estampa dantesca.
El olor dulzón del papel antiguo había sido devorado por el hedor acre de la cordita y el azufre.
Los majestuosos estantes de nogal estaban astillados por los impactos de las balas, y cientos de manuscritos incunables yacían desparramados por los pasillos, destrozados y ensangrentados, sirviendo de improvisados vendajes para los heridos.
El llanto contenido de un bibliotecario que se ocultaba bajo una mesa se mezclaba con el eco sordo de las sirenas exteriores, componiendo una sinfonía de horror que helaba la sangre.
Valenti se movía entre los escombros con el rostro demudado, ayudando a presionar la herida del agente Rossi mientras la primera oleada de paramédicos irrumpía por la puerta principal.
El inspector jefe compartía con Agata esa mirada de incredulidad y rabia que solo tienen los policías que acaban de sobrevivir a una trampa mortal; la sensación de vulnerabilidad era total.
No se enfrentaban a ladrones corrientes de los callejones de Roma, sino a una fuerza profesional capaz de profanar un santuario nacional y masacrar a las fuerzas del orden sin parpadear.
El pánico flotaba en el aire, pero en el pecho de ambos inspectores empezaba a fraguarse una sed ciega de respuestas.
Una hora más tarde, la Jefatura de Policía de los Carabinieri en la Piazza Venezia era un hervidero del que salían llamadas cruzadas y rostros sombríos.
El despacho de Valenti se había convertido en el centro de mando provisional.
Las luces fluorescentes del techo titilaban, arrojando una claridad implacable sobre los dos inspectores, que seguían con la ropa húmeda por la tormenta y el olor a pólvora impregnado en la piel.
Valenti arrojó una carpeta con los primeros informes sobre la mesa de madera.
—Las cámaras de la plaza están ciegas por culpa del aguacero, pero un testigo vio un sedán negro salir a toda velocidad por el callejón de servicio justo antes de que llegaran nuestros refuerzos —dijo, cruzándose de brazos—.
Coincide con el tipo de vehículo que los testigos describieron merodeando por la Via della Conciliazione esta tarde.
El mismo conductor que asaltó el apartamento del contable lo tiene, Agata.
Lo sacó de la biblioteca justo a tiempo.
Agata se pasó una mano por el pelo, frustrada, esparciendo una fina capa de polvo gris sobre su frente.
Se apoyó en el borde del escritorio de Valenti, rompiendo la distancia de cortesía profesional.
La cercanía física entre ambos, amplificada por la energía residual del tiroteo, se volvió densa, casi eléctrica.
El cansancio y la consciencia exacta de haber estado a punto de morir diez minutos antes flotaban entre los dos como una corriente estática.
—Ese conductor no fue el que abrió fuego, Marco —susurró Agata, mirándolo fijamente—.
Los que entraron después a sangre y fuego llevaban armamento de uso militar exclusivo.
La Iglesia acusa a Thomas de malversación, pero esto no tiene sentido.
¿Quién querría desplegar un equipo de ejecución paramilitar en pleno centro de Roma para matar a un simple contable del Vaticano?
Hay algo enorme que se nos está escapando.
Valenti sostuvo la mirada, acortando el espacio que los separaba. Su mano rozó levemente el antebrazo de Agata al apoyarse también en la mesa.
—Si las altas esferas están implicadas a ese nivel, esto ya no es una investigación por un asalto en la Via della Conciliazione, Agata. Esto es—
La frase quedó suspendida en el aire. La puerta del despacho se abrió de golpe, golpeando contra el tope de la pared con un impacto seco que rompió el magnetismo del momento.
Un hombre de mediana edad, de porte aristocrático y vestido con un uniforme impecable de la Gendarmería Vaticana que no presentaba una sola arruga, entró en la habitación.
Llevaba las insignias de Comandante. Era Ettore Ghiberti, el brazo ejecutor de los asuntos internos de la Curia y el hombre que respondía directamente ante monseñor d'Antonio.
Detrás de él, dos guardaespaldas de paisano flanquearon la entrada.
—Inspectora Varga —dijo Ghiberti. Su voz era un bloque de hielo pulido, desprovista de cualquier empatía por el desastre que acababa de ocurrir—. Traigo órdenes directas de la Secretaría de Estado.
Agata se incorporó de inmediato, recuperando su postura rígida, con el orgullo herido por la interrupción y la actitud del militar.
—Comandante Ghiberti. Si viene a interesarse por el estado de los agentes italianos heridos en suelo soberano por culpa de los asuntos turbios de su Curia, el hospital está a tres distritos de aquí.
Ghiberti no pestañeó. Dio un paso al frente y colocó un documento oficial con el sello de la Santa Sede y la firma del Ministerio del Interior italiano sobre la mesa, justo encima de los informes de Valenti.
—Vengo a relevarla, inspectora. A partir de este preciso instante, el caso del prófugo Thomas es competencia exclusiva de la Gendarmería Vaticana bajo el amparo de los Pactos de Letrán. Queda usted apartada de cualquier línea de investigación relacionada con este asunto.
Agata sintió un latigazo de calor en las mejillas. El ego profesional, esculpido a base de años de disciplina y menosprecios en un cuerpo predominantemente masculino, se rebeló ante la frialdad del comandante.
—¿Relevada? ¿Bajo qué concepto? —exigió, dando un paso hacia él—. Un escuadrón armado ha destrozado una biblioteca nacional y ha tiroteado a mis hombres. ¡Esto es jurisdicción italiana!
Ghiberti sonrió de una manera imperceptible, una mueca de desdén que no llegó a sus ojos.
—Jurisdicción que usted ha demostrado no saber gestionar, inspectora Varga.
Lo que ha ocurrido en la Biblioteca Angelica ha sido una chapuza negligente.
Una incompetencia flagrante por su parte.
Tenían al sospechoso localizado y su falta de previsión provocó un tiroteo masivo, la destrucción de patrimonio histórico y la fuga del objetivo.
Su carrera en el cuerpo central depende de que guarde silencio y regrese a su despacho a rellenar informes de tráfico.
Las palabras de Ghiberti cayeron como bofetadas en el rostro de Agata. La acusación de incompetencia hizo que se le tensara la mandíbula hasta el límite del dolor. Quiso gritar, pero la mano implacable de Valenti se posó en su hongo, ejerciendo una presión firme para detenerla.
—El Comandante tiene los papeles en regla, Agata —dijo Valenti con voz neutra, aunque sus ojos reflejaban una furia idéntica a la de su compañera—. No podemos oponernos a una orden ministerial.
Ghiberti asintió, satisfecho con la sumisión del inspector jefe. Hizo una señal a sus hombres, quienes recogieron de la mesa la carpeta con las notas de campo de la biblioteca y las pocas muestras físicas que habían alcanzado a traer.
—Buenas noches, inspectores. Procuren que el informe de transferencia esté en mi mesa antes de medianoche —sentenció Ghiberti antes de dar media vuelta y abandonar el despacho, seguido por su escolta.
El silencio volvió a instalarse en la habitación, pero esta vez estaba cargado de veneno. Agata se soltó del agarre de Valenti con un movimiento brusco, dándole la espalda y golpeando el escritorio con el puño cerrado.
—Ese hijo de perra... —siseó entre dientes, temblando de rabia—.
d'Antonio ha movido sus hilos. Ha enviado a la Gendarmería a confiscar los servidores para tapar lo que sea que Thomas ha descubierto y, de paso, colgarme a mí la medalla de la incompetencia ante el Ministerio.
Están usando su poder político para silenciarnos.
Valenti caminó hacia la puerta, la cerró con llave y pasó el cerrojo. Luego se giró hacia ella, con una calma que contrastaba con la tormenta exterior.
—Ghiberti tiene los documentos oficiales, Agata. Pero no tiene esto —dijo, metiendo la mano en el bolsillo interior de su chaqueta.
El inspector jefe sacó una pequeña tarjeta de memoria digital, envuelta en un pañuelo de papel para protegerla de la humedad.
—¿Qué es eso? —preguntó Agata, conteniendo la respiración.
—El volcado directo de las cámaras de seguridad internas de la biblioteca antes de que el equipo de Ghiberti confiscase los servidores —explicó Valenti con una sonrisa torcida—.
Conseguí que el técnico de guardia me lo pasara al disco duro local antes de que llegaran los jefes.
Si la Curia quiere que esto parezca una chapuza tuya y nos echa encima a la Gendarmería, es porque lo que ocultan vale más que nuestras placas.
Agata miró la tarjeta de memoria digital y luego a Valenti. El insulto a su orgullo y la evidencia de que las altas esferas querían enterrar el caso habían terminado de romper las reglas del juego para ella. Ya no se trataba solo de cumplir con su deber; se trataba de una cuenta personal.
—Si cruzamos esa línea, Marco, estamos fuera de la ley. Nos jugamos la carrera.
Valenti dio un paso al frente, conectando la tarjeta al terminal de su ordenador portátil, fuera de la red de la comisaría.
—Llevo diez años viendo cómo se ocultan los secretos bajo las alfombras de esta ciudad, Agata. Esta vez no. Vamos a averiguar qué asustó tanto a ese cura y quién demonios mandó a esos asesinos.
Agata se acercó al monitor, observando cómo las primeras imágenes borrosas del Salón Vanvitelliano comenzaban a cargarse en la pantalla. La investigación clandestina acababa de comenzar.
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