Capítulo 9 Laberinto de papel
Roma. Piazza de Sant'Agostino.
El sedán negro frenó en seco sobre los adoquines inundados de la plaza, haciendo saltar una cortina de agua sucia contra los muros de la iglesia de Sant'Agostino.
Nikolai apagó los faros delanteros, pero dejó el motor en marcha, vibrando como un animal herido en la penumbra.
Se presionó la sien derecha; el dolor de la conmoción cerebral era un latido sordo que amenazaba con nublarle la vista en cualquier momento, y el sudor frío le empapaba la nuca bajo la gabardina.
Las luces de los Carabinieri, a lo lejos, cortaban la cortina de agua con destellos intermitentes que agudizaban su migraña.
Quedaban menos de ocho minutos en el temporizador invisible de su teléfono antes de que se cumpliera el plazo de Grigori.
A través del parabrisas azotado por el aguacero, Nikolai alzó la mirada hacia la fachada barroca de la Biblioteca Angelica.
Las ventanas del segundo piso recortaban rectángulos de una luz amarilla y mortecina contra el cielo encapotado de Roma.
Abajo, en la entrada principal, la pesadilla ya había comenzado: un coche patrulla de los Carabinieri permanecía cruzado sobre la acera con las luces de posición encendidas, reflejándose en el asfalto como dos ojos fijos.
Nikolai vio la silueta inconfundible de la inspectora Agata Varga, con las solapas de su chaqueta azul oscuro levantadas contra el viento, empujando los pesados portalones de madera junto a dos agentes uniformados que ya empuñaban sus armas reglamentarias.
Thomas estaba allí dentro. Atrapado en una ratonera histórica sin saberlo, buscando un amparo celestial que la tierra estaba a punto de negarle de la forma más brutal posible.
Nikolai bajó del coche, hundiéndose en la tormenta que arreciaba con fuerza redoblada.
Ignoró la entrada principal y se deslizó por el callejón lateral, guiándose por el plano mental que todo ejecutor de la Bratva memorizaba antes de pisar el centro histórico de la ciudad.
Llegó a la puerta de servicio, una salida de carruajes condenada que comunicaba con los sótanos del edificio.
Sacó una ganzúa de acero de su bolsillo y, con los dedos entorpecidos por la fiebre y el dolor punzante, forzó la cerradura en tres movimientos secos.
El metal cedió con un chasquido sordo, devorado por el estruendo de los truenos que sacudían los antiguos tejados de Roma.
El interior de la biblioteca olía a polvo, a madera vieja y al aroma dulzón del papel envejecido durante siglos bajo el cuidado de la Iglesia.
Nikolai avanzó a oscuras por el pasadizo de servicio, conteniendo la respiración, subiendo las escaleras de caracol de hierro fundido que conducían directamente a las galerías superiores de la gran sala de lectura, el Salón Vanvitelliano.
Las suelas de sus botas dejaban un rastro húmedo sobre los peldaños, pero el estrépito de la lluvia en el exterior amortiguaba cualquier sonido incidental.
Cuando asomó la cabeza por la barandilla del segundo piso, la inmensidad del espacio lo sobrecogió, devolviendo un eco sepulcral a sus sentidos.
Miles de volúmenes encuadernados en pergamino se alineaban en estanterías que ascendían hasta un techo abovedado de proporciones catedralicias.
Y allí, al fondo del pasillo de la tercera galería, oculto entre la sombra de dos vitrinas de manuscritos medievales, lo vio.
Thomas.
El joven sacerdote estaba acurrucado contra el suelo, con las rodillas pegadas al pecho, temblando como un animal acorralado.
La sotana negra, hecha jirones en el bajo por las zarzas de la Vía Appia, goteaba agua sobre el suelo de madera noble.
Tiritaba de una forma violenta, espasmódica, con el rostro pálido y los ojos verdes desorbitados por el shock de lo que había presenciado horas antes en la villa de la Via Appia.
Tenía las manos entrelazadas sobre la nuca, como si esperara que el techo se derrumbara sobre él en cualquier momento, atrapado en el laberinto de sus propias creencias destrozadas.
Nikolai avanzó sin hacer ruido, pero el crujido de una bota sobre la tarima reseca hizo que Thomas alzara la cabeza de golpe.
El sacerdote ahogó un grito de puro terror y estiró las manos hacia delante, buscando a ciegas algo con lo que defenderse, tropezando con un pesado tomo que cayó al suelo con un golpe seco.
—Atrás... ¡Atrás! —consiguió articular en un susurro roto, con la voz quebrada por el frío—. No me toques... No des un paso más, monstruo.
Nikolai se lanzó hacia delante con una velocidad asombrosa para su imponente envergadura física.
Antes de que Thomas pudiera levantarse por completo o gritar con más fuerza, el ruso le tapó la boca con la palma de su mano enguantada y lo empujó suavemente contra la estantería, utilizando su propio cuerpo como escudo para ocultarlos de la nave central del salón.
—Cállate si quieres seguir respirando, angelito —siseó Nikolai directamente en su oído, sintiendo la respiración agitada del clérigo contra su guante.
La voz del ruso era un soplido áspero, desprovisto de la frialdad anterior, teñido por una urgencia desesperada—.
No he venido a hacerte daño. Si hubiera querido tu cabeza, ya la tendría en una bolsa.
Escúchame bien si quieres ver el amanecer.
Thomas forcejeó con desesperación, golpeando con los puños el pecho de granito de Nikolai y moviendo las piernas para zafarse, pero el agarre del mafioso era inamovible, una prensa de carne y músculo armada en la necesidad de supervivencia.
—Mira abajo —ordenó Nikolai con severidad, girando sutilmente la cabeza del sacerdote hacia la barandilla de madera calada que asomaba al vestíbulo principal de la planta baja.
A través de la madera calada de la barandilla, Thomas vio las luces blancas de las linternas de los Carabinieri barriendo las mesas de lectura de la planta baja, rompiendo la penumbra del recinto.
Escuchó la voz firme y autoritaria de la inspectora Agata Varga resonando en el vacío del edificio: «Registrad las salas laterales.
El sospechoso ha tenido que entrar aquí para cubrirse de la lluvia.
No dejen ninguna puerta sin revisar. Rossi, vigila el ala norte».
Thomas miró a Nikolai con los ojos llenos de lágrimas, profundamente confundido, balanceándose entre el terror al hombre que lo sujetaba y la esperanza del uniforme legal.
Intentó hablar bajo la mano del ruso, emitiendo un quejido sordo.
Nikolai relajó la presión un milímetro, permitiéndole hablar en un susurro apenas audible.
—Es... es la policía —susurró Thomas, con un hilo de esperanza desesperada en la mirada—.
Ellos me protegerán de ti y de tus hombres.
Tengo que bajar, tengo que decirles lo que pasa.
Monseñor d'Antonio... d'Antonio llamará al Ministerio si hace falta.
.. Él me conoce, él es mi mentor. Él me salvará de esta locura.
—d'Antonio te quiere muerto, Thomas —lo interrumpió Nikolai, apretando los dedos sobre su hombro con una rigidez militar que cortó cualquier atisbo de réplica—.
¿Es que tu mente piadosa no lo entiende?
d'Antonio maneja los hilos de esa Gendarmería y tiene contactos directos en la jefatura romana.
Si bajas y te entregas a esa inspectora, nunca llegarás a un calabozo legal.
Te sacarán por la puerta de atrás en una bolsa de lona antes de que amanezca.
d'Antonio ya sabe lo que descubriste en su villa de la Via Appia.
Sabe que eres un cabo suelto que puede destruir su imperio.
Thomas se quedó completamente rígido, con la respiración entrecortada y los labios lívidos.
El recuerdo de la huida de la Via Appia, de los rostros fríos de los hombres armados que custodiaban los despachos privados del monseñor y de los documentos contables que había alcanzado a ver antes de saltar la tapia, congeló su última pizca de fe eclesiástica.
El mundo institucional que creía sagrado e incorruptible se estaba revelando como un nido de víboras de la peor especie.
—No... —sollozó el sacerdote, negando con la cabeza mientras las lágrimas le surcaban las mejillas—. No puede ser verdad... Monseñor d'Antonio es un hombre de Dios. Me dio la bienvenida cuando llegué de Australia... Él no haría algo así.
—No es un hombre de Dios, Thomas, es un hombre de negocios. Es un Vor —sentenció Nikolai con una frialdad cortante—. Y si no me crees a mí, mira allí, en el acceso inferior. Mira a tus salvadores.
El ruso señaló con el mentón hacia la entrada del patio trasero de la biblioteca, visible desde el extremo opuesto de la galería alta en la que se ocultaban.
La puerta de seguridad de vidrio acababa de ser reventada con un golpe seco que apenas hizo ruido bajo el trueno exterior.
Tres hombres corpulentos, vestidos con gabardinas oscuras idénticas a las que Thomas había visto patrullando los jardines de la villa de d'Antonio, entraron en el edificio con movimientos tácticos coordinados.
No llevaban uniformes oficiales de las fuerzas del orden.
Llevaban subfusiles automáticos con silenciador acoplados a las bocas de fuego, listos para limpiar el lugar.
El equipo de liquidadores personales de d'Antonio había llegado para terminar el trabajo de silenciar al contable.
Thomas sintió que el suelo de la galería desaparecía bajo sus pies, dejándolo suspendido en un vacío de horror absoluto.
Al ver a los asesinos desplegarse por la planta baja con la eficiencia de un comando militar, apuntando directamente hacia las posiciones de los Carabinieri desprevenidos, comprendió con un pánico ciego que Nikolai no mentía.
La Iglesia ya no era su hogar ni su refugio; era su tumba potencial.
La policía legalista de la planta baja estaba a punto de convertirse en un simple daño colateral en una guerra que él había provocado sin saberlo.
—Vienen a por ti, Thomas —dijo Nikolai, obligándolo a mirarlo directamente a los ojos, estrechando la distancia entre ambos—.
Puedes quedarte aquí, rezar tus oraciones y esperar el disparo en la nuca, o puedes venir conmigo ahora mismo.
Yo soy el único billete que tienes para salir vivo de Roma.
Elige. Ahora. No tengo toda la noche para discutir de teología.
Thomas miró a los hombres armados que avanzaban en la oscuridad por el pasillo inferior y luego miró la mano derecha tendida de Nikolai, el mismo hombre que lo había amenazado en el callejón y que ahora mostraba un hilo de sangre corriéndole por la sien.
El instinto de supervivencia más puro y primario barrió cualquier rastro de moralidad o desconfianza.
Con los dedos tiritando por el frío y el miedo, Thomas agarró la mano del ruso con una fuerza nacida de la pura desesperación.
—Sácame de aquí —suplicó en un susurro angustiado—. Por favor.
—Muévete y no te separes de mi espalda —ordenó Nikolai, su voz recuperando el tono de mando militar.
Justo cuando Nikolai tiraba del brazo de Thomas para guiarlo hacia la estrecha escalera de caracol trasera, un estallido ensordecedor rompió la paz milenaria de la biblioteca, resonando en las altas bóvedas.
Uno de los agentes de los Carabinieri de la planta baja había interceptado a los liquidadores en el pasillo central, dando la voz de alarma antes de caer abatido.
El caos absoluto se desató en cuestión de segundos.
Una ráfaga de fuego automático iluminó el Salón Vanvitelliano con destellos intermitentes, haciendo añicos las vitrinas de cristal histórico y astillando las estanterías de madera del siglo XVIII.
Los gritos de pánico de los policías y las órdenes cruzadas de la inspectora Agata Varga se mezclaron con el tableteo seco de las armas de fuego.
Los libros históricos y los manuscritos irreemplazables, alcanzados por los proyectiles de alta velocidad, estallaban en nubes de confeti blanco y humo denso que enturbiaron el aire de inmediato.
—¡Fuego de cobertura! ¡Rossi, al suelo! ¡Disparad a las sombras! —bramó la voz de Varga abajo, su figura moviéndose con agilidad detrás de una mesa de caoba mientras respondía al fuego con su pistola reglamentaria, desafiando las ráfagas sordas de los silenciadores enemigos.
Nikolai arrastró a Thomas por los peldaños de hierro de la escalera mientras las balas perdidas impactaban contra la barandilla de la galería superior, levantando chispas y astillas de metal a escasos metros de sus cabezas.
El joven sacerdote corría tropezando con el largo bajo de su propia sotana, con el corazón golpeándole las costillas como un martillo, completamente superado por el penetrante olor a pólvora, el polvo de papel en suspensión y el estruendo de la guerra urbana que se libraba a sus espaldas en el templo del saber.
El estrépito de la madera al astillarse sonaba como huesos rotos en mitad de la noche.
Llegaron al sótano del edificio, un laberinto oscuro de tuberías de calefacción, calderas obsoletas y antiguos depósitos de almacenamiento de carbón.
El aire allí abajo era húmedo y rancio. Nikolai empujó con fuerza la pesada puerta de madera reforzada que daba al callejón lateral, abriéndola de un golpe y saliendo de nuevo a la violencia desatada de la tormenta romana.
El agua helada golpeó sus rostros de inmediato, limpiando de golpe la sangre fresca que brotaba de la frente de Nikolai debido al esfuerzo físico.
Con paso firme, manteniendo a Thomas sujeto por el cinturón para evitar que el viento o el pánico lo hicieran caer, cruzaron la plaza periférica hacia el sedán negro, que seguía ronroneando fielmente en la oscuridad del callejón.
Nikolai abrió la puerta del copiloto de un tirón y metió al sacerdote de un empujón antes de rodear el capó, con la gabardina pesada por el agua, y subirse al asiento del conductor.
Metió la primera marcha con un movimiento violento, pisó el acelerador a fondo y el coche salió disparado, haciendo derrapar las ruedas traseras antes de perderse entre los callejones sombríos de una Roma que se ahogaba bajo la lluvia torrencial.
Detrás de ellos, los ecos lejanos del tiroteo en la Biblioteca Angelica seguían resonando entre las fachadas de piedra, marcando el punto de no retorno absoluto para el sacerdote y su captor.
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