Capítulo 8 El precio de la sangre
Roma. Almacén industrial abandonado en el barrio de Ostiense.
El frío del cemento fue lo primero que devolvió a Nikolai a la realidad, seguido de un sabor ferroso y espeso que le llenaba la boca.
Intentó levantar la cabeza, pero el mundo giró violentamente sobre su eje, como si las vigas de hierro del almacén se hubieran soltado de sus cimientos.
Las sombras de la techumbre se retorcían en su mente, deformadas por la conmoción.
Un gemido sordo, un sonido animal que jamás se habría permitido emitir en público, escapó de su garganta mientras se presionaba la sien derecha con la mano enguantada.
Al retirarla, el cuero negro brillaba, empapado en una sangre pastosa que ya había comenzado a coagularse en hilos densos sobre las juntas del suelo.
El golpe. El maldito cordero australiano lo había quebrado con una barra de hierro. No se había esperado esa capacidad de reacción en un hombre acostumbrado a la quietud de los archivos vaticanos.
Nikolai se impulsó con los codos, arrastrando sus más de noventa kilos de músculo hasta apoyar la espalda contra una pila de palés de madera carcomidos.
La estructura crujió bajo su peso, levantando un polvo rancio que se mezcló con el hedor a óxido del entorno.
La conmoción cerebral le mandaba punzadas de dolor detrás de los ojos, como agujas incandescentes al ritmo de su pulso desbocado.
Miró hacia arriba, hacia la claraboya abierta de par en par por donde se colaban las primeras gotas de una tormenta de verano que ya arreciaba sobre Ostiense.
Thomas se había ido. Habían pasado casi cuatro horas desde el asalto en la Via della Conciliazione, cuatro horas de ventaja en las que el sacerdote había estado suelto por las intrincadas calles de Roma, desprotegido y cargando con un secreto que le costaría la vida.
En ese instante, el teléfono satelital que llevaba en el bolsillo interior de la chaqueta vibró, emitiendo un zumbido agudo que taladró sus oídos con la violencia de un taladro.
Nikolai tragó saliva, limpiándose la sangre de la comisura de los labios con la manga antes de activar la videollamada encriptada con dedos torpes.
En la pantalla apareció el rostro severo de Grigori, iluminado por el resplandor de un monitor oculto.
El Vor v zakone —el ladrón en ley— no estaba en Moscú; se encontraba desplegado en una base de operaciones clandestina en la propia Roma, supervisando la red.
Y su expresión denotaba una furia contenida, una frialdad capaz de helar el aire a través de la distancia.
—Nikolai —la voz de Grigori sonó cortante, desprovista de cualquier matiz de paciencia—.
d'Antonio me acaba de llamar fuera de sí.
El contable apareció en su villa privada de la Via Appia buscando refugio.
Al parecer, d'Antonio cometió el error de subestimarlo y el chico terminó descubriendo la verdad antes de lograr escapar a pie bajo la tormenta.
Una oleada de pánico, fría y visceral, le atenazó el estómago, sobreponiéndose por un instante al dolor físico de la herida.
No era el miedo a la reprimenda de sus superiores lo que alteraba su pulso; en los gulags de Siberia había aprendido a convivir con el tormento y a no temerle a la muerte.
Era una agonía personal, un terror atroz por el destino del clérigo.
Nikolai recordó las últimas palabras que Thomas le había gritado con desesperación, justo antes de descargar la barra de hierro sobre su cabeza: «¡Tengo que advertir a d'Antonio! ¡Él me protegerá!».
Thomas era un inocente, un erudito criado entre libros y dogmas de fe que todavía creía en la justicia intrínseca y en la santidad de la Iglesia.
En su ingenuidad y desesperación, el muchacho correría a buscar ayuda en la única persona que consideraba un faro moral.
Buscaría al hombre que había sido su mentor.
Caminaría directo a los brazos de monseñor d'Antonio, con la ingenuidad de creer en monseñor como la salvaguarda de la bondad y honestidad de la iglesia, sin saber que se entregaba al mismísimo verdugo.
Grigori se inclinó hacia la cámara, con los ojos fijos en la pantalla, mostrando unas líneas de expresión duras como cicatrices.
—Tienes que entender la gravedad de esto, Nikolai.
d'Antonio no es un simple cura al que pagamos para mover nuestro dinero de forma intermitente.
Es uno de los nuestros. Un Vor. Lleva veintidós años construyendo este canal financiero infiltrado en lo más profundo de la Curia.
Si ese maldito contable habla con la policía italiana o con la Gendarmería, nos hunde a todos.
Destruirá un imperio que costó dos décadas levantar.
A Nikolai se le congeló la sangre en las venas ante la confirmación de sus peores sospechas.
La revelación cayó sobre él con el peso de una losa de hormigón.
d'Antonio era un miembro de la mafia de pleno derecho, con galones dorados bajo la sotana.
Si Thomas acababa de descubrirlo antes de huir de la villa, el monseñor no se arriesgaría a un traslado ni a una negociación discreta.
El prelado ordenaría la ejecución inmediata del chico sin pestañear para proteger su identidad y su valiosa posición en el Vaticano.
Thomas estaba sentenciado a muerte por el mismo hombre que lo había guiado en su fe.
—Grigori, escucha —improvisó Nikolai, forzando una voz firme a base de pura fuerza de voluntad para salvar la vida del sacerdote, conteniendo las náuseas que la conmoción le provocaba—.
d'Antonio es un hombre de despachos y cometió un error al dejarlo ir de la villa, pero mis hombres tenían vigilados los perímetros de la Via Appia por seguridad.
Hemos interceptado al chico en la carretera hace apenas veinte minutos. Lo tengo de nuevo bajo mi custodia.
Nikolai sostuvo el pulso visual con su jefe a través de la lente, sabiendo que, si se descubría el engaño, la mafia lo ejecutaría por traición antes del amanecer. La mentira era un hilo fino del que colgaban las vidas de ambos.
—No envíes a los hombres de la célula de Nápoles —continuó Nikolai, conteniendo el aliento—.
Solo entorpecerán el rastro y llamarán la atención de los Carabinieri, seguro que ya están registrando el apartamento de la Via della Conciliazione tras el escándalo del asalto.
Yo mismo terminaré el trabajo en el almacén y le sacaré los códigos de desvío ahora que sé exactamente lo que está en juego.
Grigori guardó silencio durante tres segundos interminables, analizando la palidez de su ejecutor y buscando cualquier fisura en su relato a través de la pantalla pixelada.
—Tienes dos horas, Nikolai. Dos horas para vaciarle la cabeza a ese cura y borrar su rastro de la faz de la tierra. Si en dos horas no tengo los códigos en mi terminal, d'Antonio y yo enviaremos a los liquidadores directos a por ti. Y tú caerás con él.
La pantalla se quedó en negro, cortando la comunicación sin dar espacio a réplicas.
Nikolai dejó caer el teléfono sobre el suelo polvoriento.
Acababa de comprar un puñado de minutos al precio de su propia cabeza.
Se puso en pie tambaleándose, sintiendo que las paredes del almacén oscilaban a su alrededor, y tuvo que apoyarse con firmeza en los ladrillos desconchados para contrarrestar el vértigo de la conmoción.
Caminó hacia el pequeño aseo del almacén, un reducto mugriento donde la humedad goteaba de las tuberías expuestas.
Abrió el grifo oxidado y metió la cabeza debajo del chorro de agua helada, dejando que el torrente limpiara la sangre acumulada en su rostro y despertara sus sentidos entorpecidos.
Con las manos temblando de forma espasmódica por el choque de adrenalina, agarró una aguja de coser y un hilo de pescar de su kit de emergencia militar; frente al espejo sucio y agrietado, sin anestesia alguna, se dio tres puntos bastos en la brecha de la su cabeza, apretando los dientes hasta que las mandíbulas le dolieron y un sudor frío le cubrió la frente.
Minutos después, envuelto en una gabardina oscura que ocultaba los restos de la pelea, Nikolai subió a su coche, un sedán negro de gran cilindrada estacionado en la penumbra del callejón trasero.
El motor arrancó con un sordo ronroneo que vibró en las paredes de metal del complejo industrial.
La tormenta ya era total sobre la capital; el limpiaparabrisas apenas alcanzaba a retirar las pesadas cortinas de agua que inundaban el asfalto de Ostiense, transformando las calles en canales oscuros donde los reflejos de las farolas se disolvían como pintura.
Encendió el receptor de radio modificado oculto bajo el salpicadero, sintonizando las frecuencias internas de los Carabinieri y la Gendarmería mediante el escáner de frecuencias.
Sabía que la policía no buscaba en la periferia industrial; no tenían motivos para sospechar de los muelles de Ostiense en un caso eclesiástico.
Las alertas en los canales oficiales se concentraban exclusivamente en el área del centro histórico de Roma y en los perímetros reforzados del Vaticano, buscando testigos o cualquier rastro del coche sospechoso que huyó de la Via della Conciliazione por la tarde.
La presión en las ondas de radio era máxima: las patrullas legales estaban peinando palmo a palmo la zona céntrica donde Thomas, muy probablemente, intentaba esconderse tras escapar de la villa de la Via Appia.
Nikolai conducía con una mano fija en el volante, ignorando el dolor punzante de su cabeza mientras evaluaba los posibles escondites que un sacerdote desesperado elegiría en mitad de una noche hostil.
De repente, su teléfono personal —un terminal limpio, ajeno a los canales de la Bratva y reservado para emergencias absolutas— vibró con el tono corto de un mensaje de texto. El sonido rebotó en el habitáculo cerrado del sedán, alterando el ritmo de su respiración.
Nikolai detuvo el coche bruscamente junto a una acera inundada cerca del río Tíber, donde el agua turbia golpeaba contra los muros de contención.
Sacó el aparato del bolsillo. El mensaje procedía de un número oculto, cifrado bajo un estricto protocolo militar imposible de rastrear mediante los canales estándar de la mafia.
Al abrirlo, la pantalla reveló una fotografía tomada desde una altura considerable, como desde un ventanal elevado o una azotea opuesta, con la lente empañada por las gotas de la lluvia.
La imagen mostraba la fachada monumental de la Piazza de Sant'Agostino, recortada contra la tormenta.
A través de los altos ventanales iluminados de la Biblioteca Angelica, se alcanzaba a ver la silueta rezagada de Thomas en el interior, oculto entre las densas estanterías del segundo piso, buscando desesperadamente un lugar donde esconderse de la tormenta y del mundo que lo perseguía.
El chico creía estar a salvo allí dentro, protegido por los gruesos muros barrocos y los miles de volúmenes antiguos.
Pero lo que congeló la respiración de Nikolai fue lo que ocurría abajo, en la plaza empapada: un coche patrulla de los Carabinieri acababa de detenerse frente a la puerta principal con las luces apagadas, y la silueta nítida de la inspectora Agata Varga, envuelta en una gabardina oscura, cruzaba el umbral del edificio a paso rápido junto a dos agentes armados.
Thomas estaba atrapado en una auténtica ratonera de piedra y papel, completamente ajeno a que la policía ya estaba dentro del edificio pisándole los talones con intenciones que él no alcanzaba a comprender. El cerco sobre el erudito se cerraba por dos frentes distintos.
Junto a la fotografía, una sola línea de texto apareció en la pantalla del terminal con una tipografía nítida:
"El ángel se ha escondido en la biblioteca, pero los sabuesos ya han entrado al edificio.
Tienes diez minutos antes de que la gendarmería le ponga las esposas.
.. o antes de que el equipo enviado para eliminarlo bloquee la salida trasera para silenciarlo de forma definitiva. Elige bien tu bando, Nikolai."
Nikolai miró la pantalla con los ojos inyectados en sangre, la mente colapsada por la incertidumbre y el dolor físico de sus heridas.
El mensaje no era de d'Antonio, cuya única prioridad era la destrucción inmediata del testigo.
Tampoco era de Grigori, quien confiaba a ciegas en su informe falso.
Alguien invisible, con un acceso escalofriante a los movimientos de la policía italiana y a los tejados de Roma, estaba jugando al ajedrez con la vida de Thomas, moviendo las piezas desde una oscuridad total y absoluta, utilizándolo a él como un peón ejecutor en un tablero mucho más amplio.
El ruso apretó el teléfono entre sus dedos, sintiendo que el tiempo se desvanecía en el marcador.
Metió la primera marcha con un movimiento seco y el motor del coche rugió, patinando sobre el asfalto empapado en dirección a la Piazza de Sant'Agostino.
Las ruedas arrojaron torrentes de agua contra las paredes de los edificios antiguos mientras el sedán se abría paso por las avenidas desiertas.
La carrera contra el tiempo y contra un enemigo sin rostro acababa de comenzar, y Nikolai sabía que, si fallaba, la sangre de Thomas no sería la única que correría por los adoquines de Roma antes del alba.
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