AMOR DIVINO Capítulo 7 El eco en el tabique #2
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Capítulo 7 El eco en el tabique #2

En el rellano, la puerta del 3A se abrió apenas un palmo.

Una mujer anciana, la hermana Beatrice, asomó con cautela.

Su respiración era superficial, contenida, como si el propio edificio pudiera reaccionar a su voz y las sombras del pasillo escondieran aún a los asaltantes.

Sus manos arrugadas se aferraban al pomo de la puerta con un temblor delator.

Valenti cambió de inmediato. La dureza del policía de la capital se retiró de su rostro, sustituida por una amabilidad perfectamente modulada, un tono cálido que buscaba desarmar el pánico de la religiosa.

—Sor Beatrice —dijo, dando un paso corto hacia ella sin invadir su umbral—. Cuéntenos lo mismo que ya me ha contado antes. Está a salvo, la policía está aquí.

Agata lo observó sin intervenir, anotando la transición en su libreta mental. Ese cambio de tono no le parecía empatía sincera; le parecía una herramienta profesional muy bien pulida por los años de servicio en los barrios conflictivos de Roma.

La monja dudó un instante, clavando sus ojos descoloridos en el uniforme de Valenti antes de mirar el traje de Agata.

—Hubo un golpe… muy fuerte —susurró, bajando la vista hacia el suelo del pasillo—. Como si alguien hubiera chocado con la pared con todo el peso del cuerpo. Luego pasos. Muchos pasos rápidos por la escalera de servicio. No usaron el ascensor. El ruido del motor del montacargas nunca sonó.

El silencio posterior no fue de espera para los investigadores. Fue de interpretación táctica, un cálculo mental de los tiempos y los efectivos necesarios para someter a un hombre joven en su propio hogar.

Valenti y Agata se giraron casi al mismo tiempo hacia el pasillo interior. El espacio entre ambos se redujo hasta convertirse en una proximidad forzada, sus hombros casi rozándose bajo el dintel de la entrada.

—No es una huida voluntaria —murmuró él cerca de ella, bajando la voz para que la anciana no lo escuchara—. Es una extracción limpia. Sabían a lo que venían y sabían por dónde salir sin activar las luces del patio.

Se agachó junto al técnico forense que examinaba las marcas del suelo. Agata lo siguió, arrodillándose en el estrecho pasillo sin importarle las manchas de polvo en su traje.

En el suelo, una mancha oscura y espesa rompía la uniformidad del mármol claro, justo al pie del rodapié.

—Sangre —confirmó Valenti, extendiendo un dedo enguantado a pocos milímetros del fluido—. Muy reciente. No ha tenido tiempo de secarse del todo con esta humedad ambiental.

En la pared, una marca horizontal indicaba un impacto contundente. Algo —o alguien— había sido lanzado con fuerza suficiente como para dejar una muesca profunda en el yeso y agrietar la pintura.

—A tu contable lo empotraron aquí —añadió el carabiniere, señalando la altura del golpe—. Con violencia real. Alguien quería anularlo rápido antes de que pudiera gritar o alcanzar el teléfono.

Agata no apartó la vista de la grieta en el tabique, analizando el ángulo del golpe.

—No es mi contable —corrigió de manera automática, aunque la frialdad de sus palabras no lograba ocultar la urgencia que empezaba a tensar sus facciones—. Es un funcionario de la Prefectura de Asuntos Económicos.

Pero ya era demasiado tarde para los matices administrativos o las distinciones de organigrama. El rastro de violencia en la vivienda convertía el papeleo en una cuestión secundaria frente al peligro real que corría la vida de Ryan.

Volvió al salón principal del apartamento.

Necesitaba distancia física del inspector italiano para ordenar sus prioridades.

El escritorio de trabajo estaba intacto, demasiado ordenado y limpio para lo ocurrido en el pasillo adyacente.

Faltaba el ordenador portátil que Thomas utilizaba para los balances confidenciales.

El cargador seguía conectado a la toma de corriente de la pared, colgando sobre el suelo de madera como una frase interrumpida a la mitad.

El teléfono móvil corporativo de Agata vibró en el interior de su bolsillo, rompiendo la concentración de la sala con su zumbido metálico.

Su expresión cambió, endureciéndose notablemente antes incluso de que sus ojos recorrieran las líneas de texto en la pantalla táctil.

—¿Malas noticias desde la acera de enfrente? —preguntó Valenti, apoyado en el marco de la puerta del salón con los ojos fijos en la reacción de la inspectora.

—El Vaticano acaba de emitir un comunicado interno a la Gendarmería —respondió ella, guardando el aparato con un movimiento seco—.

Acusan formalmente al padre Thomas Ryan de malversación de fondos de la beneficencia.

El informe oficial dice que huyó hoy por la mañana para evitar el arresto de la propia comisión interna.

Valenti soltó una risa breve, un chasquido sin humor que resonó con amargura en el salón vacío del sacerdote.

—Qué rápido construyen culpables cuando les conviene limpiar la casa —murmuró, cruzando el umbral para acercarse a ella—.

Alguien con mucho peso en la Curia está escribiendo una versión oficial definitiva mientras el cuerpo de la víctima aún no ha aparecido en ningún hospital de la ciudad.

Estás jugando contra tu propio jefe, Varga.

Se acercó de nuevo, invadiendo el espacio personal de la inspectora con una naturalidad que a ella le pareció exasperante pero inevitable dadas las circunstancias.

Agata se quitó los guantes de nitrilo con un chasquido sordo, arrojándolos sobre la bolsa de evidencias que Rossi sostenía junto a la puerta.

—Quiero todas las grabaciones de las cámaras de seguridad de la zona de los puentes —ordenó, mirando fijamente a Valenti—.

Especialmente las que apuntan al puente Vittorio Emanuele II y al acceso de la margen derecha del río.

Necesito saber qué vehículos salieron de este sector en los diez minutos posteriores al aviso de la vecina.

Valenti sonrió apenas, un gesto mínimo que denotaba que apreciaba la determinación de la mujer a pesar del conflicto de banderas.

—Esto ya empieza a parecer una cooperación real —dijo, dando un paso hacia atrás para dejarla pasar—. Aunque todavía estemos muy lejos de lo que yo llamaría confianza mutua.

Pasó junto a ella al salir hacia el rellano. El roce de sus hombros fue mínimo en el pasillo estrecho, pero plenamente consciente, una demarcación de fuerzas que continuaría fuera de aquellos muros de extraterritorialidad.

—Inspectora —añadió Valenti sin girarse, deteniéndose justo ante la escalera de caracol del edificio—. Esto no es una investigación ordinaria de robo con allanamiento.

—No lo es —admitió ella, ajustándose el cuello de la gabardina húmeda—. Es una carrera contra el tiempo para encontrar a un hombre antes de que desaparezca del todo bajo el cemento de las afueras.

Valenti se detuvo en el umbral de la salida del portal, mirándola de reojo bajo el paraguas que acababa de abrir con una intensidad prometedora que cortaba el aire húmedo de la tarde romana.

—Y más vale que nos demos prisa... porque me da la impresión de que usted y yo vamos a tener que pasar muchas horas juntos en los coches patrulla a partir de hoy si queremos llegar a tiempo.

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