Capítulo 7 El eco en el tabique
Roma. Edificio de la Curia en Via della Conciliazione.
La tormenta de verano no trajo alivio a Roma; la volvió más densa, más cerrada sobre sí misma.
El aire, lejos de enfriarse, se transformó en una masa húmeda que se adhería a la piel con la persistencia de algo vivo.
La ciudad parecía respirar con dificultad, como si cada exhalación le costara siglos de historia acumulada.
Bajo las calles, el Tíber seguía su curso invisible, pero su presencia se intuía en el ambiente, en ese olor antiguo a piedra mojada y tierra removida que ascendía desde las entrañas de la urbe, impregnando los portales de travertino con una pátina de humedad milenaria.
En Via della Conciliazione, apenas media hora después de que el padre Thomas Ryan fuera sacado a la fuerza de sus habitaciones, el cielo había perdido cualquier rastro de claridad.
El cielo se encapotó con nubes pesadas, plomizas, como una cubierta baja que aplastaba la perspectiva y hacía que la monumentalidad del Vaticano pareciera más un peso que una promesa.
La avenida que conecta el Tíber con la Plaza de San Pedro se había convertido en un corredor de sombras, donde la lluvia caía sin cortes ni transición, como si alguien hubiera abierto de golpe una compuerta en el firmamento y olvidado volver a cerrarla.
El agua golpeaba los adoquines con una violencia rítmica, levantando un olor complejo: gasolina diluida, piedra caliente enfriándose de golpe, polvo antiguo que llevaba siglos asentado entre las grietas.
Los turistas, que minutos antes levantaban cámaras hacia la cúpula de Miguel Ángel con la ingenuidad de quien no entiende el peso del lugar que pisa, ahora se refugiaban bajo las columnatas, comprimidos, reducidos a figuras anónimas.
Roma, bajo la lluvia, perdía su carácter monumental y revelaba algo más primitivo, casi hostil.
Las estatuas de los santos en lo alto de la columnata parecían disolverse en el agua, desdibujadas por las cortinas de lluvia que caían sobre la plaza.
Frente al edificio residencial —una propiedad del Vaticano con estatus de extraterritorialidad, pero enclavada en pleno territorio italiano como una anomalía cuidadosamente tolerada— las luces azules de los Carabinieri se reflejaban en los charcos con una intensidad casi teatral.
Cada destello deformaba el entorno, fragmentando las fachadas húmedas en reflejos inestables, como si la realidad no terminara de fijarse del todo.
El parpadeo eléctrico de las sirenas teñía los muros de siena y ocre con una cadencia frenética, advirtiendo a los transeúntes de que la paz del recinto sagrado se había quebrado de manera irrevocable.
La inspectora Agata Varga cruzó el portal sin disminuir el paso.
La lluvia no le importó; o más bien, decidió ignorarla.
El tejido de su traje oscuro se había adherido al cuerpo, marcando la rigidez de su postura.
Llevaba el cabello recogido con precisión funcional, aunque algunos mechones habían escapado y se pegaban a su rostro.
Sus ojos no mostraban distracción alguna: eran metódicos, incisivos, incapaces de aceptar el azar como explicación suficiente.
Cada línea de su rostro reflejaba la impaciencia contenida de quien sabe que los secretos eclesiásticos tienden a sepultarse bajo capas de burocracia si no se actúa de inmediato.
Había pasado por la Squadra Mobile de Roma antes de integrarse en la Gendarmería Vaticana, y esa transición no había suavizado su forma de moverse por el mundo, sino todo lo contrario.
No negociaba espacio; lo ocupaba. Sabía que las primeras horas de una desaparición no eran simplemente importantes: eran irrepetibles.
Y también sabía que compartirlas con los Carabinieri implicaba entrar en un territorio donde la verdad competía con la burocracia y la reputación institucional.
Su doble trasfondo le permitía entender ambos lados de la moneda, pero también la convertía en una figura incómoda para ambas partes.
En el tercer piso, el aire era distinto.
Más cerrado. Más pesado. Como si el edificio estuviera conteniendo la respiración tras el asalto.
El silencio del pasillo solo se rompía por el goteo constante de las gabardinas de los forenses y el leve murmullo de las frecuencias de radio que ascendían desde el patio interior.
Las paredes, pintadas de un color crema desvaído, amplificaban el eco de los pasos sobre el suelo de granito, creando una atmósfera de expectación tensa que erizaba la piel de los recién llegados.
El inspector jefe Marco Valenti estaba apoyado contra la pared del rellano del apartamento 3B.
Alto, relajado en apariencia, pero con la tensión justa para no parecer descuidado.
Su uniforme de los Carabinieri estaba ligeramente abierto en el cuello, como si la formalidad le resultara negociable en mitad de una crisis.
Entre los dedos hacía girar una antigua moneda de plata con una destreza mecánica, casi hipnótica, como si necesitara ese movimiento constante para ordenar sus pensamientos ante el enigma que tenía enfrente.
Observaba a los técnicos forenses con una calma que rozaba la indiferencia, aunque nada en su mirada era realmente superficial.
Registraba el espacio como lo hace alguien que ya ha visto demasiadas versiones de la misma escena y sabe que el diablo siempre se esconde en los detalles que otros pasan por alto.
Sus ojos recorrieron la moldura del techo antes de fijarse en la inspectora que avanzaba por el pasillo.
—Vaya —dijo cuando la vio llegar—. La Gendarmería siempre llega rápido cuando hay algo que reclamar.
Su voz no era agresiva. Era más peligrosa que eso: controlada, con una ironía que no buscaba provocar sino medir las fuerzas de su contraparte.
Valenti guardaba la calma de los viejos sabuesos romanos que conocen perfectamente dónde terminan las competencias de la ley y dónde empiezan los privilegios divinos.
Agata no respondió de inmediato. Se detuvo frente a él con una precisión quirúrgica, reduciendo la distancia hasta convertir el espacio en una tensión tangible. El agua de su abrigo goteaba sobre el calzado pulido del carabiniere, un sutil desafío territorial que ninguno de los dos pasó por alto.
—Inspector jefe Valenti —dijo al fin, mostrando la placa sin dramatismo—. Este edificio está bajo extraterritorialidad. La jurisdicción es de la Gendarmería Vaticana.
Valenti dejó de mover la moneda. Un segundo exacto de pausa. El metal dejó de brillar bajo la luz fluorescente del rellano. Luego la guardó en el bolsillo con calma deliberada, cruzando los brazos sobre el pecho.
—El edificio, sí —admitió—. Pero la calle, el aire y todo lo que rodea esto sigue siendo Italia.
Y si lo han sacado por esa puerta, entonces ya estamos dentro de mi territorio.
No podemos pretender que las leyes del Estado italiano se detengan porque un contable con alzacuellos haya dejado de responder al teléfono.
La miró con atención real, no protocolaria. Una lectura lenta, calculada, que evaluaba la resistencia de los hombros de Agata y la fijeza de su mandíbula.
—Así que tenemos dos opciones: cooperamos… o convertimos esto en una guerra de informes hasta que ya no quede nada que investigar en los archivos de la Fiscalía.
El silencio entre ambos no fue vacío. Fue estructural, como una pieza más del edificio que sostenía el techo sobre sus cabezas. Los técnicos forenses parecieron congelarse a su alrededor, conscientes de que un paso en falso en esa frontera jurisdiccional podía arruinar las pruebas del caso.
Agata sostuvo la mirada, midiendo el alcance del orgullo del oficial italiano. Sabía que Valenti tenía contactos en el palacio de justicia y que un bloqueo por su parte ralentizaría el acceso a las cámaras de tráfico de la capital.
Valenti no cedió. Su postura seguía siendo la de un hombre que se sabe en su propio feudo, apoyado en una paciencia moldeada por años de lidiar con la burocracia ministerial.
—¿Entramos? —preguntó él al fin—. ¿O seguimos midiendo quién pisa primero el escenario?
Rossi, el joven suboficial de la Gendarmería, apareció detrás de ella como una interrupción necesaria, rompiendo la tensión sin entenderla del todo, cargando con una carpeta de notas humedecida por la tormenta.
—Entramos —respondió Agata, apartando a Rossi con un leve movimiento de mano para abrirse paso ella misma.
Dentro del apartamento de Thomas Ryan, el aire era distinto: detenido, casi sellado por las ventanas cerradas contra la lluvia.
Olía a papel, madera y a una ausencia reciente que no había terminado de asentarse en las habitaciones.
No era un desorden caótico, sino interrumpido: la sensación de una vida suspendida en el punto exacto en que alguien decidió que ya no debía continuar.
Sobre la mesa del comedor, una taza de café a medio terminar mostraba una fina película en la superficie, mudo testigo de una rutina quebrada con violencia.
El orden del sacerdote seguía presente en los objetos, pero ahora era un orden violado.
Las sillas de la cocina estaban ligeramente desplazadas, y las alfombras del pasillo central se mostraban arrugadas, con las esquinas levantadas por el arrastre de cuerpos pesados.
Era como si alguien hubiera pasado por allí sin entender del todo lo que estaba rompiendo, con la prisa tosca de los cazadores que no temen dejar huella.
El desorden se concentraba en el pasillo que llevaba al dormitorio, donde el espacio parecía haber sido arrastrado, no simplemente alterado por el registro rutinario de un ladrón común.
Las paredes mostraban rozaduras recientes a la altura de los hombros, donde el yeso desprendido formaba un fino polvo claro sobre el rodapié de madera.