Capítulo 6 El Gólgota de las sombras
El eco metálico del golpe aún vibraba en las vigas del almacén cuando Thomas soltó la barra de hierro.
El estrépito del metal contra el cemento sonó como una campana de condenación.
Frente a él, el coloso ruso seguía de rodillas, con la cabeza gacha y una mano presionando la sien, desde donde la sangre brotaba en hilos oscuros y densos que ya manchaban las juntas del suelo.
El pánico de Thomas mutó de una parálisis gélida a una urgencia animal.
No pensó. No rezó. Su cuerpo, movido por la pura adrenalina de la supervivencia, reaccionó antes de que la culpa eclesiástica pudiera frenarlo.
Miró hacia arriba. A unos tres metros de altura, una de las claraboyas de hierro del sótano industrial estaba encajada de medio lado, rota por el abandono, dejando ver un rectángulo de cielo nocturno teñido del resplandor anaranjado de Roma.
Corrió hacia una pila de palés de madera carcomidos que se apoyaban contra el muro de ladrillo visto.
Subió por ellos tropezando con los bajos de su sotana, que se rasgó con un crujido seco al engancharse en un clavo oxidado.
Sus manos, acostumbradas al tacto liso del papel vitela de las bibliotecas, se clavaron en la aspereza de la madera y el hormigón, astillándose las uñas mientras se impulsaba hacia el hueco.
Nikolai emitió un rugido sordo abajo, un intento de ponerse en pie que terminó en un tropiezo contra las cajas.
Thomas no miró atrás. Apoyó las rodillas en el marco metálico de la claraboya, sintiendo el frío del hierro en la piel, y se arrastró hacia el exterior, cayendo de malas maneras sobre un callejón trasero cubierto de grava y cristales rotos.
La huida por el barrio de Ostiense fue un descenso a un purgatorio de hormigón y herrumbre.
Thomas corría con la respiración rota, esquivando las sombras que proyectaban las colosales estructuras de los antiguos gasómetros que se alzaban contra el cielo como esqueletos de catedrales industriales.
El aire aquí abajo no olía a los cipreses ni al mármol del Vaticano; olía a gasóleo, asfalto recalentado y al agua estancada del Tíber, que corría lodoso a pocas calles de distancia.
Cruzó bajo el viaducto del ferrocarril, donde los grafitis superpuestos en las paredes de ladrillo precario parecían jeroglíficos amenazantes bajo la luz parpadeante de las farolas de vapor de sodio.
Sus zapatos de piel, diseñados para los suelos pulidos de las oficinas de la Curia, resbalaban en los charcos de aceite de los talleres mecánicos cerrados.
Con temor, revisó cada rincón oscuro en los que parecía esconderse los ojos gélidos del ruso.
Para quien había dedicado su vida a las leyes inmutables de la arquitectura sagrada, el barrio de Ostiense era un insulto a la vista.
Sus fachadas obreras y sus siluetas industriales compuestas por bloques anodinos y vehículos de carga dibujaban una geometría hostil y desquiciada.
Encontró una cabina telefónica destartalada junto a una parada de autobús desierta, cerca de la mole de cemento de la Universidad de Roma III.
El cristal de la cabina estaba cubierto de pegatinas descoloridas y el olor a rancio y humedad era casi insoportable.
Con las manos temblando de forma espasmódica, Thomas descolgó el auricular bañado en grasa.
Introdujo las monedas que conservaba en el bolsillo de la sotana con una torpeza desesperada y marcó el número privado de monseñor d'Antonio.
Cada tono de espera era un latido violento en sus oídos.
—¿D'Antonio? —susurró Thomas en cuanto escuchó el clic de la conexión, conteniendo un sollozo.
—¿Thomas? ¡Por el amor de Dios, muchacho!
¿Dónde estás? —La voz del monseñor llegó filtrada por la estática, pero cargada de una calidez paternal que casi hace que Thomas se desplome de alivio—.
Nos dijeron que habías desaparecido de tu apartamento.
Hay hombres buscándote. El Vaticano no es seguro, Thomas. Hay una filtración en la Gendarmería.
—Me secuestraron... un hombre ruso... Logré escapar, pero tuve que golpearlo.
Dios me perdone, no quería hacerlo, pero no me dejó otra salida.
.. yo... —Thomas se limpió el sudor de la frente con la manga rota y evitó levantar la mirada—.
Tengo los datos, monseñor. Lo memoricé todo. Las cuentas de desvío, las firmas...
—Escúchame bien —interrumpió d'Antonio, su tono volviéndose firme pero protector—.
No vuelvas al piso ni te acerques a la Plaza de San Pedro.
Ve de inmediato a la villa de la Via Appia Antica, la que pertenece a la congregación de San Carlo.
Está aislada. Yo mismo salgo hacia allá ahora mismo. Te pondré a salvo, hijo.
El taxi que Thomas tomó pagando con sus últimos billetes lo dejó a las puertas de la Via Appia Antica, un mundo completamente opuesto a la crudeza de Ostiense.
Al bajarse, el silencio lo envolvió como una mortaja.
Esta era la Roma arqueológica, la de los emperadores y los mártires.
Caminó sobre los enormes bloques de basalto negro, los sanpietrini originales que componían la calzada romana, desgastados por los siglos y flanqueados por muros de piedra volcánica alta que ocultaban las grandes propiedades de la élite eclesiástica y aristocrática.
A los lados del camino, las siluetas de los pinos piñoneros se retorcían hacia el cielo nocturno como figuras implorantes, y los restos de antiguas tumbas romanas y relieves de mármol incrustados en los muros le daban al lugar un aire de cementerio monumental.
Tras un portón de hierro forjado cubierto de hiedra oscura, aparecía la villa.
Era un palacete del siglo XVII, de estuco color ocre descolorido por el tiempo, con ventanas altas de madera noble y un sendero de grava blanca flanqueado por cipreses perfectamente alineados que conducía a la entrada.
El crujido de sus pasos sobre la grava era lo único que rompía la quietud de la noche.
La puerta principal se abrió antes de que Thomas pudiera llamar.
La silueta de monseñor d'Antonio se recortó contra la luz cálida del vestíbulo.
Vestía su sotana con el ribete purpurado y un fajín de seda; su rostro, surcado por las arrugas de la experiencia, desbordaba una compasión que hizo que Thomas rompiera a llorar en el acto.
—Ya pasó, Thomas. Estás en la casa del Señor —dijo d'Antonio, envolviéndolo en un abrazo firme, con olor a sándalo y a lavanda cara.
El monseñor lo guio hacia el salón principal, un espacio de techos altos cruzados por vigas de madera oscura y paredes decoradas con frescos descoloridos que representaban escenas bíblicas del Antiguo Testamento.
En el centro, una chimenea apagada de mármol de Carrara dominaba la estancia, flanqueada por sillones de terciopelo verde botella.
Sobre una mesa auxiliar de nogal, d'Antonio había dispuesto un servicio de té de porcelana fina y un plato con galletas.
—Bebe esto —ordenó d'Antonio con suavidad, ofreciéndole una taza humeante—. Te ayudará con el temblor.
Thomas se sentó en el borde del sillón, sintiéndose un despojo mugriento en mitad de tanta opulencia. Con la taza de porcelana temblando entre sus manos, empezó a desgranar la información que le abrasaba la mente, como si cada dato ocultara una amenaza imposible de ignorar.
—La contabilidad de la tercera sección es una fachada, monseñor —dijo Thomas, con los ojos verdes encendidos por la fiebre del descubrimiento—.
Hay más de cuarenta millones de euros que entran desde cuentas puente en Chipre y las Bahamas.
No son donaciones para las misiones. El patrón de transferencias coincide exactamente con el volumen de liquidación de activos de las redes de distribución en Europa del Este.
Es dinero de la Bratva. Alguien dentro del banco está validando los certificados de origen con sellos oficiales de la Prefectura.
D'Antonio escuchaba con la cabeza inclinada, manteniendo las manos unidas como si estuviera en oración.
Sin embargo, Thomas, cuya mente analítica estaba acostumbrada a buscar la anomalía en el orden, notó que el monseñor no tomaba notas.
Tampoco hacía preguntas sobre las identidades de las cuentas puente.
Su mentor simplemente asentía con una cadencia demasiado regular, demasiado tranquila.
Sus ojos, habitualmente expresivos, permanecían fijos en el suelo, evitando encontrarse con la mirada limpia y desesperada del australiano.
—Es una acusación muy grave, Thomas —dijo d'Antonio con una voz que carecía del horror que el muchacho esperaba—.
Necesito verificar estos datos en los servidores centrales antes de dar un paso en falso.
Quédate aquí, descansa. Voy a hacer unas llamadas desde el despacho para preparar tu declaración ante el Promotor de Justicia.
El monseñor se levantó, dándole una última palmadita paternal en el hombro, y salió del salón, cerrando la pesada puerta de madera tras de sí.
El silencio volvió a inundar la estancia, pero esta vez a Thomas no le pareció un santuario.
Un frío sutil, nacido del instinto y no del clima, comenzó a treparle por la espalda.
Miró la taza de té, apenas probada. Miró los frescos de la pared: una representación del sacrificio de Isaac que ahora le parecía extrañamente macabra bajo las luces de los apliques.
Se levantó sin hacer ruido. Sus pasos, descalzos tras haberse despojado de los zapatos sucios, no emitieron sonido sobre la alfombra persa que cubría el suelo.
Se acercó a la puerta y la entornó apenas un milímetro.
El pasillo exterior estaba en penumbra, iluminado solo por la línea de luz que escapaba del despacho de d'Antonio, unos metros más allá.
Thomas avanzó pegado a la pared de estuco, conteniendo la respiración, sintiendo el frío del suelo en la planta de los pies. Al llegar cerca de la puerta del despacho, que no estaba completamente cerrada, la voz de d'Antonio llegó hasta él.
Pero ya no era la voz del mentor. No era el tono dulce que lo había guiado desde su llegada a Roma. Era una voz gélida, cortante, desprovista de cualquier rastro de humanidad o fe. Una voz que hablaba en un italiano fluido pero impregnado de un pragmatismo criminal.
—Está aquí —decía d'Antonio al teléfono—.
Sí, en la villa de la Vía Appia. El chico está completamente desestabilizado, pero ha memorizado todo el entramado de las cuentas puente.
Sabe lo de las firmas de la Prefectura..
. No, no podemos arriesgarnos a un traslado.
Grigori, tu hombre fracasó en el apartamento y permitió que el contable lo hiriera.
Esto es un cabo suelto que tu organización debe resolver de inmediato.
Vengan a limpiar el desastre aquí mismo, pero que la eliminación parezca un accidente fuera de la propiedad.
Un atropello en la carretera oscura, o un asalto.
No quiero sangre dentro de la villa. Tienen una hora antes de que rinda el informe matutino.
El teléfono hizo un clic al colgar.
En el pasillo oscuro, Thomas se llevó las manos a la boca para ahogar el grito de horror que amenazaba con destruirle el pecho. El mundo, su Iglesia, su fe y el único hombre al que había amado como a un padre se derrumbaron en un segundo.
A diferencia de la primera versión de los hechos, el peligro no golpeó la puerta de inmediato.
El horror dio paso a una lucidez helada.
Thomas comprendió que no podía quedarse allí esperando a los verdugos, pero tampoco podía correr a ciegas por la Vía Appia sin un plan.
Volvió al salón flotando como un fantasma.
Con los dedos rígidos por el miedo, revisó el secreter de d'Antonio en el salón, encontró su pasaporte diplomático vaticano —que el monseñor le había retenido "por seguridad" días atrás— y un fajo de billetes sueltos en un cajón.
La trampa estaba tendida, pero d’Antonio seguía encerrado en la comodidad ciega de su poder, convencido de que la mafia haría el trabajo sucio por él.
Thomas no se permitió el lujo de esperar a comprobarlo.
Algo en el aire —una tensión casi física— le decía que el tiempo se había agotado.
Permanecer allí un segundo más era convertirse en parte del engranaje que intentaba aplastarlo.
Sin pensarlo demasiado, localizó el ventanal abierto que daba a los jardines traseros y lo cruzó con la soltura de quien ya ha asumido que no hay vuelta atrás.
Afuera, la noche romana no era simplemente oscuridad: era una presencia densa, viva, que lo observaba desde los setos de laurel y los olivos antiguos.
La tormenta de verano, aún lejana, empezaba a anunciarse en el golpe irregular de las primeras gotas sobre las hojas.
Thomas cayó sobre la hierba húmeda sin hacer ruido, pero con el pulso desbocado.
No se permitió mirar atrás. Corrió entre los cipreses como si el jardín fuera un laberinto diseñado para devorar a quien dudara.
Cada sombra parecía tener peso propio, cada rincón ocultaba la posibilidad de un disparo o de un error irreversible.
Cuando alcanzó el muro de piedra volcánica, no dudó.
Lo escaló con un movimiento seco, casi instintivo, y lo salvó como quien rompe la última línea que lo ata a un lugar condenado.
Al otro lado, la ciudad lo recibió sin promesas.
Solo quedaba Roma, vasta y despiadada, y un hombre huyendo no tanto de otros como de lo que acababa de dejar atrás.
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