Capítulo 5 Oro y ceniza
El olor a yute húmedo y a grasa de máquina industrial era lo único que quedaba vivo en el almacén de Ostiense. A través de los enormes ventanales rotos del techo, la luz del atardecer romano caía en diagonales polvorientas, tiñendo el suelo de cemento con un tono cobrizo que parecía casi herrumbre.
Nikolai se sentó en una caja de madera para transporte de mercancías, con los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas.
Su mirada no se apartaba del camastro de lona donde el padre Thomas yacía inconsciente, con la respiración lenta y acompasada de quien ha sido desconectado del mundo por la fuerza.
Por primera vez desde que había recibido el encargo de Grigori, Nikolai tenía tiempo para observar a su objetivo sin la distracción de un arma en la mano o la prisa de una huida. Y lo que veía lo desconcertaba —y lo perturbaba— profundamente.
Thomas era un hombre alto, considerablemente más alto que la media de los sacerdotes que Nikolai había cruzado en los pasillos vaticanos.
Tenía una estructura física imponente que parecía un capricho de la herencia, un desperdicio de la naturaleza; poseía la osamenta ancha, los hombros rectos y las extremidades largas del arquetipo del atleta australiano, la genética de aquellos que desafían al océano.
Sin embargo, en él no había rastro de sol ni de ejercicio.
Era una planta crecida en la sombra. Su piel tenía la palidez traslúcida y casi enferma de los archivos subterráneos, y sus músculos, aunque genéticamente densos, carecían de tono, lánguidos por una vida de quietud, oración y ayuno.
Era un gigante confinado en una sotana, un hombre bendecido con el físico de un coloso que había elegido voluntariamente encorvarse sobre manuscritos y contabilidades.
Su cabello era de un rubio cenizo, espeso pero deslucido por la falta de luz natural, y caía desordenado sobre una frente limpia, desprovista de las líneas que el cinismo graba en los hombres maduros.
En el letargo de la inconsciencia, toda la rigidez eclesiástica había desaparecido, dejando al desnudo una ingenuidad angelical que resultaba casi dolorosa de contemplar.
Había una pureza infantil en sus facciones suaves, una falta absoluta de malicia que hacía que su cuerpo grande pareciera extrañamente indefenso, como un niño atrapado en el molde de un hombre fuerte.
Al mirarlo, Nikolai no veía a un clérigo corrupto; veía a una criatura trágicamente desarmada, un cordero que había caminado directo al matadero vistiendo una sotana negra.
Esa vulnerabilidad física, ese contraste entre la fuerza que su genética le había otorgado y la indefensión que su mente proyectaba, encendió en el pecho de Nikolai un destello cálido y punzante.
Un anhelo de protección que hacía años creía extirpado de su propia naturaleza, pero que ahora mutaba en algo mucho más peligroso: una atracción física, sutil y magnética, que lo empujaba a querer acortar la distancia.
Nikolai apretó los dientes, sintiendo una repentina oleada de rabia contra sí mismo.
Se obligó a apartar la mirada y bajó la vista hacia sus propias manos, ásperas y marcadas por las cicatrices de las prisiones de los suburbios de Moscú.
¿En qué demonios estaba pensando? Aquello era un suicidio.
Había traicionado a la Bratva al no meterle un tiro al sacerdote en su apartamento; Grigori ya debía de estar oliéndose la jugada y firmando su propia sentencia de muerte.
Cada segundo que pasaba contemplando la boca entreabierta de ese clérigo era un segundo más cerca de terminar con un balazo en la nuca en un callejón romano.
Él era un profesional, un hombre pragmático que había ascendido en las filas de la mafia gracias a su eficiencia implacable, no un adolescente gobernado por un impulso ciego.
No podía permitirse el lujo de desear lo que tenía prohibido tocar.
Salvar al chico ya era un riesgo absurdo; desearlo era una condena.
Pero Nikolai no era un monstruo sin cerebro.
Detrás de sus ojos azules y gélidos habitaba una mente observadora que detestaba los cabos sueltos y, por encima de todo, la crueldad innecesaria.
Matar a un rival de la mafia era parte del negocio.
Eliminar a un contable de la Iglesia que miraba el mundo con la limpieza de un recién nacido.
.. eso dejaba un sabor amargo que su brújula interna se negaba a digerir.
Grigori le había dicho que Thomas era un peligro, un traidor.
Nikolai, al ver el informe financiero metido en el bolsillo del sacerdote, comprendió que el único pecado del australiano había sido saber sumar demasiado bien.
Se levantó de la caja de madera con un movimiento fluido y se acercó al camastro, intentando endurecer el corazón, convenciéndose de que solo era mercancía que debía mantener viva.
La luz del sol terminó de ocultarse tras las colinas de Roma, sumergiendo el almacén en una penumbra azulada y fría.
A pesar de sus advertencias mentales, Nikolai extendió la mano y, con una delicadeza extraña en sus dedos callosos, apartó un mechón de pelo rubio de los ojos de Thomas.
La piel del sacerdote estaba caliente, limpia.
—¿En qué te has metido, angelito? —susurró el ruso para sí mismo, con su acento cerrado ásperamente marcado en el silencio del lugar.
De repente, el cuerpo de Thomas experimentó una sacudida espasmódica. Un gemido ahogado, bajo y trémulo, escapó de su garganta. Nikolai dio un paso atrás, recuperando instantáneamente su postura rígida, ocultando las manos en los bolsillos de su chaqueta de cuero.
Los párpados de Thomas temblaron con fuerza antes de abrirse del todo.
Sus ojos, de un verde intenso y brillante, se enfocaron con dificultad en el techo de vigas de hierro del almacén.
Durante unos segundos, la confusión infantil reinó en su mirada; luego, el recuerdo del impacto en su cuello y la silueta del intruso regresaron como una marea violenta.
El pánico borró cualquier rastro de la languidez ascética de Thomas.
Su instinto de supervivencia, largamente sepultado bajo dogmas y rezos, se activó con una fuerza salvaje.
Thomas giró la cabeza con brusquedad y vio las pupilas gélidas de Nikolai observándolo desde la penumbra.
No hubo preguntas, ni súplicas. En la mente del sacerdote, aquel hombre era el demonio que venía a destruirlo.
Con una agilidad que ni él mismo sabía que poseía, Thomas rodó hacia el lado opuesto del camastro, cayendo de rodillas sobre el suelo de cemento.
Nikolai reaccionó al instante, dando un paso al frente para inmovilizarlo de nuevo:
—Tranquilo, padre, no voy a...
Pero no pudo terminar la frase. Al caer, la mano de Thomas tropezó con una barra de hierro corrugado, un desecho de obra de apenas cuarenta centímetros de largo que yacía entre los escombros.
Llevado por el puro pánico, Thomas la empuñó y, girándose con la fuerza bruta de su herencia australiana, descargó un golpe ascendente a ciegas.
El hierro impactó con un crujido seco directamente en el lateral de la cabeza de Nikolai, justo por encima de la oreja.
El golpe fue brutal. La violencia del impacto arrancó un gemido ahogado del ruso, cuyas piernas fallaron por primera vez en su vida.
Nikolai se tambaleó hacia atrás, chocando contra la caja de madera.
Su mano derecha subió instintivamente a su sien, y en un parpadeo, el fluido espeso y oscuro de la sangre comenzó a filtrarse con fuerza entre sus dedos callosos, empapándole el rostro y el cuello.
La vista de Nikolai se nubló, tiñéndose de hilos rojos y negros.
Intentó dar un paso hacia el sacerdote, pero el equilibrio lo traicionó por completo.
Cayó de rodillas, apoyando una mano en el cemento para no desplomarse por completo, mientras la respiración se le volvía un jadeo ronco y agónico.
La sangre goteaba rítmicamente sobre el suelo.
Thomas, jadeando, con los ojos verdes desorbitados por el terror y la barra de hierro temblando en su mano, observó al coloso herido que intentaba mantenerse en pie en mitad de la penumbra.
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