AMOR DIVINO Capítulo 4 El santuario profanado
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Capítulo 4 El santuario profanado

La puerta del dormitorio se abrió por completo con un gemido casi imperceptible de las bisagras.

Thomas se presionó contra la pared con tanta fuerza que sintió la frialdad del yeso a través de la fina tela de su camisa.

El miedo infantil que había arrastrado desde Sídney, esa parálisis que lo dominaba cuando el desorden inundaba su vida, lo mantenía congelado, con la respiración contenida y las rodillas temblando.

En su puño derecho, el encendedor de acero ruso se sentía como un pedazo de hielo.

La silueta alta y maciza cruzó el umbral.

No llevaba prisa. En la penumbra dorada y mortecina del cuarto, Thomas distinguió que el intruso no portaba armas a la vista.

Al dar un paso más, los densos haces de luz de la tarde romana —una luz de siesta, pesada y cargada de polvo en suspensión que se filtraba oblicua por las rendijas de las ventanas— recortaron sus facciones angulosas.

Era Nikolai.

El ruso se detuvo en mitad de la habitación. Su mirada recorrió el espacio vacío de la cama y, con una precisión felina, giró la cabeza hacia la esquina más sombría del cuarto, fijando esos ojos azules y gélidos directamente en Thomas. Supo dónde estaba al instante.

Thomas abrió la boca para gritar, para pedir un auxilio que sabía que tardaría en llegar en ese edificio donde los vecinos dormían la siesta, pero antes de que el primer hilo de voz escapara de su garganta, Nikolai se movió.

Fue una ráfaga de movimiento, una velocidad implacable que anuló cualquier distancia.

En un parpadeo, el cuerpo de Nikolai estaba pegado al suyo. Una mano grande, de dedos callosos y firmes, se plantó con fuerza sobre la boca de Thomas, ahogando el grito antes de que naciera. Con la otra mano, Nikolai lo aferró por el hombro, clavándolo contra la pared para inmovilizarlo.

—Silencio, otez —susurró Nikolai. Su voz era un barítono áspero que vibró directamente contra el oído de Thomas. Su aliento, cálido y cargado con el aroma denso y rudo del cuero de su chaqueta, inundó los sentidos del sacerdote—. Si gritas, nos matan a los dos.

Thomas se revolvió con una desesperación ciega, una fuerza nacida del puro pánico.

Intentó apartar la cara, golpear el pecho macizo del ruso con el puño que aún guardaba el encendedor, pero Nikolai ni siquiera se inmutó.

Era como intentar mover una roca de granito.

La abrumadora potencia física del hombre, su peso y el calor que desprendía en mitad de la habitación calurosa barrieron de golpe la poca cordura que le quedaba a Thomas.

Nunca nadie lo había tocado así. Nunca nadie lo había sometido de esa manera tan directa y brutal.

—Mírame —ordenó Nikolai, presionando un poco más la mano sobre sus labios, sin llegar a asfixiarlo, pero con una firmeza incuestionable—. Mírame a los ojos, angelito. ¿Ves un arma en mi mano? Si hubiera querido matarte, ya estarías frío en el suelo del pasillo. Así que quédate quieto.

Thomas, con los ojos muy abiertos y las lágrimas de frustración y terror agolpándose en las pestañas, fijó la vista en las pupilas del ruso.

No había malicia sádica en ellas; había una urgencia tensa, una seriedad que helaba la sangre.

Lentamente, los músculos del sacerdote dejaron de tensarse, vencidos por la extenuación y la sumisión que su mente adoptaba automáticamente ante la fuerza bruta.

Nikolai esperó un segundo más, evaluando la rendición del clérigo, y luego retiró la mano de su boca despacio, aunque sin alejarse un solo centímetro. Su cuerpo seguía siendo una barrera infranqueable.

—¿Qué... qué hace aquí? —consiguió articular Thomas en un hilo de voz, jadeando—. Has entrado en mi casa. Eres un criminal.

—He venido a sacarte de aquí —respondió Nikolai, manteniendo la voz baja mientras vigilaba de reojo la puerta del pasillo—.

Mi jefe en la Bratva ha dado la orden de limpieza.

El coche de los liquidadores viene de camino.

Tu apartamento es el primer sitio en el que te buscarán y este lugar es una trampa mortal.

—No me voy a ir con contigo —Thomas sacudió la cabeza, aferrándose desesperadamente a la única certeza que le quedaba, a la mentira que necesitaba para no desmoronarse—.

Estas mintiendo. He hablado con las autoridades del Vaticano esta mañana.

Monseñor d'Antonio ya está al corriente de todo.

Él ya está informando a la Gendarmería en este mismo momento.

Estoy bajo su protección. La Iglesia no va a permitir que me pongan una mano encima.

Nikolai soltó una risa seca, un sonido desprovisto de toda gracia que cortó el aire denso de la tarde.

—¿Tu monseñor? ¿Tus santos hombres? Despierta, padre.

No sé qué hilos has tocado en ese búnker de papel, pero mi superior directo en la mafia romana recibió la confirmación de que eres un cabo suelto hace menos de tres horas.

No sé quién los gobierna a ustedes desde arriba, pero te aseguro que llevan las mismas sotanas que tú y han decidido que estorbas.

—¡Eso es mentira! —el tono de Thomas se elevó, herido en lo más profundo de su identidad.

La sola idea de que la Iglesia estuviera implicada a ese nivel, o que d'Antonio no fuera el faro de seguridad que creía, amenazaba con destruir el orden mental que lo había salvado de la locura desde niño—.

Monseñor d'Antonio es un hombre santo. Él me salvó.

Tu... tu solo quieres manipularme para conseguir los archivos.

No me moveré de aquí. Prefiero morir antes que confiar en un monstruo de la mafia.

Nikolai frunció el ceño, y por primera vez, una chispa de genuina irritación cruzó sus ojos azules. La terquedad inocente y casi infantil del sacerdote lo estaba sacando de sus casillas.

—No tengo tiempo para tus sermones de escuela dominical —siseó el ruso.

En ese preciso instante, un eco sordo resonó desde la planta baja del edificio. El sonido inconfundible de la pesada puerta de madera del portal siendo forzada y un par de pisadas rápidas, pesadas y coordinadas que entraban en el vestíbulo, rompiendo la calma de la tarde.

Nikolai reaccionó al milisegundo. Se apartó de Thomas y se deslizó hacia la ventana, apartando apenas un milímetro la persiana para mirar hacia la calle inundada por el sol cegador.

Abajo, aparcado junto a la acera en doble fila, un Alfa Romeo negro mantenía el motor en marcha con las luces apagadas.

Dos sombras ya estaban dentro del bloque.

—Mierda —maldijo Nikolai en su idioma natal, una ráfaga de consonantes duras que Thomas no comprendió—. Ya están aquí. Grigori no ha querido esperar a la noche.

Se giró hacia Thomas y le tendió la mano con brusquedad.

—Es el último aviso, padre. Te vienes conmigo ahora o te quedas a ver lo rápido que tus oraciones detienen las balas de un calibre nueve milímetros. Muévete.

Thomas miró la mano extendida de Nikolai y luego la puerta de su dormitorio.

El pánico lo dividía en dos: por un lado, el miedo a los hombres que subían las escaleras; por el otro, el terror absoluto a Nikolai, el hombre que representaba todo lo que el padre Kenneth le había enseñado a temer del mundo exterior: la violencia, la oscuridad, el pecado físico y la pérdida de control.

Si cruzaba esa puerta con el ruso, perdería su sotana, su santuario y su vida tal como la conocía.

Se quedaría desprotegido, completamente a merced de un criminal letal.

—No —susurró Thomas, dando un paso atrás, alejándose de Nikolai—. No iré contigo. Dios me protegerá.

Nikolai lo observó durante una fracción de segundo.

Vio la rigidez infantil en la postura del sacerdote, la negativa ciega a aceptar la realidad del peligro y la devoción desesperada que lo convertía en un suicida.

No había tiempo para discutir, ni para convencerlo, ni para romper sus sagradas ilusiones.

—Lo siento, angelito —dijo Nikolai, y su voz recuperó esa frialdad profesional e implacable—. Pero yo no creo en los milagros.

Antes de que Thomas pudiera comprender el significado de esas palabras o reaccionar a la sutil alteración en el peso del aire, Nikolai dio un paso al frente.

Su mano derecha se movió en un arco corto y preciso.

No fue un golpe salvaje para romperle los huesos, sino un impacto seco, medido y profesional con el canto de la mano en el lateral del cuello de Thomas, justo en la carótida.

El dolor fue agudo y brevísimo. A Thomas se le cortó el aire de golpe. El mundo a su alrededor comenzó a dar vueltas a una velocidad de vértigo y la luz dorada del dormitorio se tiñó de un negro absoluto.

Las rodillas del sacerdote fallaron de inmediato. El encendedor de acero ruso resbaló de sus dedos flojos, cayendo sobre la alfombra sin hacer ruido.

Thomas no llegó a impactar contra el suelo.

Los brazos robustos de Nikolai lo atraparon en el aire antes de que cayera, cargando el cuerpo inconsciente y lánguido del sacerdote sobre su hombro con una facilidad pasmosa.

El ruso recogió el encendedor del suelo con un movimiento fluido, escuchó los pasos de los sicarios que ya alcanzaban el segundo piso y se dirigió hacia la ventana de la cocina que conectaba con la escalera de incendios trasera, donde el sol de la tarde empezaba a proyectar sombras alargadas.

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