Capítulo 19 El peso de la púrpura #3
—Ghiberti nos está ocultando algo gordo, Valenti —afirmó Agata en un susurro, asegurándose de que los mecánicos del desguace que operaban la prensa hidráulica a lo lejos no pudieran escucharla—.
Su comportamiento en los pasillos del Palacio Apostólico no era el de un oficial que intenta capturar a un fugitivo.
Estaba borrando pistas. Modificó los registros de entrada de la biblioteca y retiró las patrullas del perímetro de la Pinacoteca justo veinte minutos antes de que el sacerdote se esfumara.
No es incompetencia. Es complicidad de la más alta esfera.
—Si Ghiberti está metido en el ajo, significa que el Vaticano prefiere resolver esto por la vía rápida antes de que intervengamos nosotros —añadió Valenti, bajando la voz al mismo tono de conspiración—.
Ayer me llegó un soplo de la jefatura central.
d'Antonio ha movido hilos en la Interpol.
Quieren catalogar a Thomas Sheehan como terrorista armado.
Si esa orden entra en vigor en las próximas horas, cualquier agente en carretera tendrá autorización para disparar a matar al menor amago de resistencia.
Ya no será una detención; será una ejecución con cobertura legal.
Agata apretó los puños, sintiendo que la rabia le subía por el cuello. La judicatura romana se estaba convirtiendo en un mero espectador de un drama cuyos hilos se movían detrás de los altos muros de piedra del Estado soberano.
—No voy a permitir que asesinen a ese chico en un arcén para tapar las cuentas de un monseñor —declaró con una frialdad de piedra—.
Sheehan es la única clave que tenemos para destapar la red de lavado de dinero que la Bratva mantiene en el centro de la ciudad.
Si él muere, la investigación muere con él y nosotros volveremos a patrullar los muelles del Tíber buscando carteristas.
Registra el maletero otra vez, Valenti. Busca en el alojamiento de la rueda de repuesto.
Tiene que haber algo... un ticket de gasolina, un envoltorio, lo que sea.
Valenti suspiró, volviéndose hacia la parte trasera del FIAT.
Abrió el portón, que emitió un chirrido quebrado, y comenzó a retirar la moqueta mugrienta que cubría el fondo de metal.
El espacio estaba vacío, salvo por un gato mecánico oxidado y una llave de cruz que bailaba suelta en el compartimento de plástico.
Desatornilló la mariposa que sujetaba el neumático de repuesto y lo extrajo con un esfuerzo que le tensó los músculos de la espalda.
Nada. El hueco de la chapa presentaba únicamente un charco de agua estancada y condensación que reflejaba la claridad desabrida de la mañana.
—Es inútil —dijo Valenti, dejando caer la rueda con un golpe sordo sobre el hormigón—. El coche está limpio. Quien los apoya desde fuera conoce nuestros protocolos de cabo a rabo. Estamos fuera del juego, Agata.
Justo en ese instante de máxima frustración, cuando la parálisis de la investigación parecía definitiva, el teléfono móvil personal de Agata, guardado en el bolsillo interior de su chaqueta, vibró con la violencia de una descarga de alta tensión.
El zumbido seco rompió el ritmo del motor de la prensa del desguace.
Agata frunció el ceño, extrajo el terminal y activó la pantalla.
No era una llamada de la jefatura ni un aviso del centro de mando de los Carabinieri.
Era un SMS procedente de un número oculto, con la misma estructura alfanumérica encriptada que había estado saltando las alertas de los nodos de comunicación de la capital durante la última semana.
Valenti se acercó de inmediato, intentando leer por encima de su hombro mientras la inspectora mantenía el terminal bajo la luz del sol. El texto, breve y desprovisto de cualquier cortesía, decía:
"Dejadlos escapar. Si vuestras patrullas los interceptan en la Aurelia, la Gendarmería los ejecutará antes de que vuestra orden de detención llegue al juzgado.
El peón púrpura ya ha firmado la sentencia de Sheehan.
Manteneos al margen durante las próximas doce horas.
Me reuniré con vosotros esta medianoche en el muelle viejo de Fiumicino.
Os entregaré las pruebas necesarias para hundir a Ghiberti de una sola vez.
No traigáis escolta si queréis que la cita siga en pie. "
Agata se quedó de piedra, con las pupilas fijas en los caracteres de la pantalla táctil. La luz pálida del display iluminaba sus facciones rígidas, reflejando la duda brutal que acababa de dinamitar el esquema de su jornada.
—¿Es un informante anónimo? —preguntó Valenti en un susurro que denotaba una alarma genuina—.
Agata, esto es una trampa de manual. Podría ser el ruso intentando ganar espacio para salir de la región, o los propios hombres de la mafia buscando sacarnos del tablero para limpiar el terreno sin testigos policiales.
Ir a Fiumicino a medianoche sin apoyo es un suicidio.
La inspectora Varga no respondió de inmediato.
Guardó el teléfono en la chaqueta con un movimiento pausado, deliberado, mientras sus ojos escaneaban el horizonte de chatarra y vías de tren que envolvía el desguace.
El peso de la decisión que tenía entre las manos trascendía la simple disciplina del cuerpo de policía.
Si seguían los cauces oficiales, Thomas Sheehan terminaría en una morgue judicial antes del amanecer y el entramado del Vaticano permanecería intacto, protegido por el peso de su propia púrpura.
—No es el ruso, Valenti —dijo Agata, volviéndose hacia su compañero con una determinación nueva en la mirada—.
El ruso no necesita que nos mantengamos al margen; demostró en la biblioteca que puede abrirse paso a tiros a través de un pelotón entero si hace falta.
Esto viene de dentro. Alguien en el entorno de la Bratva está jugando a dos bandas y nos necesita vivos para que seamos el brazo ejecutor de la ley cuando el escándalo estalle.
—¿Entonces vamos a dejar que se vayan? —Valenti la miró, incrédulo—. Si el Ministerio se entera de que teníamos una pista en la Aurelia y no enviamos los helicópteros, perderemos la placa antes del mediodía.
—No tenemos ninguna pista oficial en la Aurelia, inspector —replicó Agata, esbozando una sonrisa amarga y carente de alegría—.
El FIAT Punto que hemos revisado está estéril y nuestros informes científicos dirán que el vehículo no ofrece ninguna línea de investigación activa.
Vamos a jugar el juego de la sombra, Valenti.
Vamos a darle a Thomas Sheehan las doce horas que necesita para poner a salvo lo que sea que se llevó del Palacio Apostólico.
Se encaminó hacia la salida del desguace, con las botas resonando sobre los adoquines húmedos de la plataforma. Antes de cruzar la verja de alambre, se detuvo y miró hacia atrás, hacia la silueta lejana de la cúpula de San Pedro que se recortaba contra el cielo plomizo de Roma.
—Prepara el equipo de asalto camuflado en el maletero de tu coche particular —ordenó Agata sin volverse—. A las once de la noche salimos hacia Fiumicino. Si esa sombra quiere entregarnos la cabeza del malhechor, más vale que tengamos las manos limpias para recogerla.
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