AMOR DIVINO Capítulo 2 Señales de humo
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Capítulo 2 Señales de humo

La luz de la mañana se filtraba de manera difusa a través de los altos ventanales de la oficina de monseñor d'Antonio, tiñendo las estanterías de madera de nogal y los antiguos óleos religiosos con un aura de paz inalterable.

Tras la noche en vela más larga de su vida, el padre Thomas sintió que el peso que le oprimía el pecho comenzaba a aligerarse.

Estar allí, en el corazón administrativo del palacio apostólico, rodeado de la familiar burocracia de la Iglesia, le devolvía la cordura.

Los altos techos artesonados y el aroma a cera de abeja y pergamino viejo funcionaban como un escudo contra los peligros de la calle.

Frente a él, sentado tras un imponente escritorio de caoba, el monseñor le escuchaba con absoluta atención.

D'Antonio era un hombre de sesenta años, de mirada paternal, hombros ligeramente cargados por la edad y una voz suave que siempre había transmitido a Thomas una profunda serenidad.

Había sido el mentor de Thomas desde que este llegó de Australia, el único que se había tomado el tiempo de guiar al joven e idealista sacerdote en los complejos engranajes de la Curia Romana, mostrándole una paciencia infinita cuando los laberintos del Vaticano abrumaban sus convicciones.

—Es una acusación de extrema gravedad, Thomas —dijo el monseñor, ajustándose las gafas para examinar las páginas de la copia del informe que Thomas le había tendido—. Desvío de fondos de la beneficencia polaca... cuentas opacas... ¿Estás completamente seguro de estos números?

—Los he revisado tres veces, Monseñor —respondió Thomas, con la voz todavía un poco ronca por la falta de sueño.

Se inclinó hacia delante, apoyando las manos en las rodillas para ocultar el leve temblor que aún lo acompañaba—.

No es un error contable. Alguien dentro de la Prefectura ha estado utilizando el sello de la fundación para blanquear capitales.

Y anoche... anoche intentaron amedrentarme para que no hablara.

El monseñor levantó la vista del papel, con los ojos abiertos por una genuina expresión de alarma.

—¿Te amenazaron? ¿Quién? ¿Dónde, hijo mío?

Thomas tragó saliva. El recuerdo de los ojos azules de Nikolai, de la presión de su cuerpo macizo contra el suyo en la penumbra del callejón y de ese perturbador perfume amargo, le provocó un escalofrío.

La brutalidad contenida del extranjero contrastaba de manera violenta con el orden sacro que ahora lo rodeaba.

—Un hombre. Un extranjero, probablemente ruso. Dijo llamarse Nikolai. Me abordó en un callejón cerca de la Vía della Conciliazione. Sabía exactamente qué archivos estaba revisando. Me advirtió que si seguía investigando... mi vida correría peligro.

Monseñor d'Antonio se levantó de su silla, visiblemente consternado.

El crujido de su sotana de seda rompió la quietud de la biblioteca privada mientras caminaba con paso lento, digiriendo la información.

Rodeó el escritorio y colocó una mano cálida y reconfortante sobre el hombro de Thomas.

El gesto, tan lleno de afecto paternal, hizo que a Thomas se le saltaran casi las lágrimas de alivio.

No estaba solo. No se había equivocado al confiar en la única figura que representaba la rectitud moral en su estructura.

—Santo Padre... Esto es preocupante —murmuró el monseñor, frunciendo el ceño—.

Que la delincuencia de esta ciudad intente amedrentar a uno de nuestros sacerdotes dentro de los límites de la Santa Sede.

.. Thomas, has hecho lo correcto al venir directamente a mí.

Me quedaré con esta copia para estudiarla con la máxima discreción.

No queremos levantar sospechas antes de tiempo si hay una filtración.

Por ahora, debes hacerme una promesa: actúa con total normalidad.

Vuelve al archivo, haz tu trabajo y déjame a mí evaluar cuál es el canal más seguro para elevar esto a la Gendarmería.

—Gracias, Monseñor. Tenía miedo de que... no sé, de que nadie me escuchara.

El monseñor le dedicó una sonrisa compasiva, una de esas sonrisas que tantas veces habían consolado a Thomas en sus momentos de duda espiritual. D'Antonio palmeó su hombro una última vez, un ademán protector que sellaba un pacto de silencio y lealtad entre el maestro y el alumno.

—La verdad siempre prevalece, Thomas. Ahora, regresa a tus labores y quédate tranquilo. Dios proveerá.

Thomas se levantó, le besó el anillo en señal de respeto y abandonó el despacho.

El frío contacto del metal eclesiástico contra sus labios le pareció, en ese instante, el ancla más firme de su existencia.

Sin embargo, al cruzar las grandes puertas de bronce hacia el patio, la sensación de alivio no duró demasiado; el sol del mediodía caía a plomo sobre las fuentes, pero una extraña corriente helada pareció erizarle la piel.

Al descender de nuevo al subsuelo del Archivo Secreto, el aire denso y el silencio centenario, que antes le daban paz, se le antojaron claustrofóbicos.

Los pasillos abovedados, flanqueados por kilómetros de estanterías que guardaban los secretos de la cristiandad, parecieron cerrarse sobre él como las paredes de una cripta.

Se sentó frente a su escritorio y encendió el ordenador, pero una extraña inquietud le recorría la nuca, un presentimiento sordo de que las sombras del búnker ya no estaban deshabitadas.

El guardia suizo que custodiaba el pasillo exterior le había devuelto el saludo con una rigidez que le pareció inusual, casi escrutadora, como si detrás de los vistosos colores del uniforme tradicional se escondiera una sospecha real.

Paranoia, se reprendió a sí mismo, frotándose las sienes con las puntas de los dedos.

Solo estás cansado. La falta de sueño te está jugando malas pasadas.

Pero la sensación empeoró al abrir su terminal de trabajo.

Thomas tenía un orden mental estrictísimo, una disciplina casi monacal para el manejo de los documentos virtuales; siempre dejaba las pestañas del navegador cerradas, las carpetas minimizadas y el historial limpio antes de marcharme.

Sin embargo, al acceder al registro del sistema, descubrió que alguien había entrado en su sesión local apenas una hora antes de que él llegara al edificio.

El historial de comandos mostraba que la búsqueda sobre la entidad Volkov era una realidad palpable que se filtraba por las rendijas de los muros sagrados, una fuerza que parecía conocer cada uno de sus movimientos con una precisión aterradora.

Al mediodía, incapaz de concentrarse en las columnas de cifras y sintiéndose observado por las propias estanterías de hierro que se alzaban hasta el techo del búnker, Thomas decidió salir a almorzar para despejar la cabeza.

Necesitaba el ruido del mundo real, la luz del sol y el desorden de la vida cotidiana para ahuyentar los fantasmas que lo acosaban bajo tierra.

La Plaza de San Pedro bullía con la marea habitual de turistas, peregrinos que alzaban banderas y vendedores de recuerdos bajo el sol romano.

Thomas caminó entre la multitud, buscando la seguridad del anonimato masivo, pero la paranoia se había convertido en una sombra física que alteraba su percepción de las cosas.

Sentía ojos en su nuca en cada esquina, en cada rostro que se cruzaba con el suyo, en cada fotógrafo que apuntaba su lente hacia las fachadas.

Al girar junto a las imponentes columnatas de Bernini, se detuvo en seco, como si hubiera chocado contra un muro invisible.

A unos cincuenta metros, recortada con nitidez contra el cielo azul y destacando sobre el flujo desordenado de turistas en pantalón corto, vio una silueta imponente que paralizó sus pulmones.

El abrigo oscuro de corte militar, el porte felino que denotaba un peligro latente y el cabello castaño muy corto, cortado casi al ras.

Era él. Nikolai estaba allí, de pie junto a una de las fuentes de mármol, observándolo fijamente con esos ojos de hielo que desafiaban la calidez y la luz del día veraniego.