AMOR DIVINO Capítulo 2 Señales de humo #2
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Capítulo 2 Señales de humo #2

Thomas parpadeó, abrumado por el pánico, sintiendo que el suelo se inclinaba bajo sus pies, y un numeroso grupo de monjas filipinas se interpuso en su línea de visión directa.

Fue un segundo apenas. Cuando el grupo pasó y Thomas volvió a mirar con los ojos desorbitados, el lugar junto a la fuente estaba completamente vacío.

El ruso había desaparecido como un fantasma entre la multitud, sin dejar rastro, como si nunca hubiera estado allí.

Thomas se llevó una mano al pecho, apretando la tela de su camisa, sintiendo que el aire le faltaba en los pulmones.

¿Se estaba volviendo loco? ¿La falta de sueño y la culpa le estaban haciendo ver almas oscuras a plena luz del día?

La figura de Nikolai parecía haberse grabado en su retina como una condena.

Asustado, sintiéndose profundamente vulnerable con el cuello clerical expuesto a las miradas del mundo y con la certeza de que el espacio público ya no era seguro, Thomas suspendió el almuerzo y decidió regresar directamente a su pequeño apartamento en la Vía della Conciliazione.

Necesitaba encerrarse tras paredes gruesas, rezar frente a su crucifijo de madera y esperar a que el monseñor d'Antonio le diera noticias o instrucciones sobre el destino de los documentos.

Subió las escaleras del viejo edificio de piedra a paso apresurado, casi corriendo, ignorando el saludo del conserje.

Entró en su vivienda, cerró de un portazo y pasó el cerrojo de la puerta principal, reforzando la seguridad con la cadena metálica.

El apartamento, apenas una sala con cocina integrada y un dormitorio austero, estaba sumido en el silencio de la tarde, un silencio que en ese momento le pareció un alivio temporal.

Thomas dejó las llaves sobre la mesa de la entrada y exhaló un largo suspiro, intentando convencerse de que allí dentro, rodeado de sus pocos libros sagrados y sus recuerdos personales, nada malo podía pasarle.

Caminó hacia el dormitorio para quitarse la ropa eclesiástica y cambiarse la camisa por ropa de civil que le permitiera mimetizarse mejor si tenía que volver a salir.

Encendió la lámpara de la mesita de noche para combatir la penumbra que proyectaban los edificios de enfrente, pero la luz dorada de la bombilla iluminó un detalle que hizo que se le congelara la sangre en las venas y el pulso se detuviera.

Sobre la madera limpia de la mesita, justo al lado de su biblia encuadernada en cuero, había un objeto que no era suyo, un elemento extraño que rompía la simetría de sus pertenencias.

Thomas se acercó muy despacio, casi sin atreverse a respirar, sintiendo que el aire se volvía denso como el plomo.

Era un encendedor de acero macizo, pesado y pulido con un brillo frío que reflejaba la luz de la lámpara.

Lo tomó con dedos trémulos, percibiendo el peso excesivo del metal, y lo giró bajo el foco dorado.

Grabado en el centro del cuerpo de acero, con una precisión quirúrgica que delataba un origen artesanal y selecto, destacaba el relieve de un águila bicéfala, el escudo de armas ruso, cuyas alas extendidas parecían una amenaza directa.

Debajo del grabado, sobre la superficie que debía estar inmaculada, había una pequeña mancha de ceniza fresca, un residuo oscuro que ensuciaba la madera de la mesita.

Alguien había estado en su casa. Alguien había burlado la cerradura del portal y la de su propia vivienda para dejarle una tarjeta de visita en su propio santuario, demostrándole que no existía un solo rincón en el mundo donde pudiera esconderse de ellos.

En ese mismo instante, como si la intrusión tuviera el poder de alterar el orden de las cosas, la bombilla de la lámpara parpadeó dos veces con un chasquido filoso y se apagó por completo.

Al mirar de reojo hacia la ventana que daba al patio interior, Thomas vio que las luces de las cocinas vecinas seguían encendidas; el corte eléctrico era exclusivo y quirúrgico de su apartamento, una desconexión intencionada desde los fusibles del pasillo.

El lugar quedó sumido de inmediato en una penumbra asfixiante, donde los muebles proyectaban formas alargadas y amenazantes.

Thomas se quedó completamente inmóvil en el centro del dormitorio, con el encendedor de acero apretado con tanta fuerza en el puño que las aristas del grabado se le clavaban en la palma, escuchando el rugido ensordecedor de su propio corazón en mitad de la oscuridad.

Cada sentido de su cuerpo se puso en alerta máxima, agudizando el oído hacia el silencio de la vivienda.

Y entonces, en mitad del silencio absoluto de la casa a oscuras, llegó el sonido que confirmó su peor pesadilla.

Desde la entrada principal, al final del corto pasillo que conectaba el dormitorio con el exterior, se escuchó el crujido sutil, metálico y deliberado de la cerradura principal al girar.

El pestillo cedió con un chasquido sordo.

Alguien estaba abriendo la puerta desde el exterior con una llave idéntica a la suya.

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