AMOR DIVINO
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Capítulo 1 Las sombras del archivo
El aire en el subsuelo del Archivo Secreto Vaticano siempre olía a papel centenario, polvo suspendido y una quietud que a muchos les habría parecido sepulcral. Para el padre Thomas Sheehan, sin embargo, aquel silencio era lo más cercano al paraíso que había encontrado en la Tierra.
Criado en el bullicio uniforme y frío de un orfanato católico en los suburbios de Sídney, desde pequeño había aprendido temprano a buscar refugio en los libros.
Ahora, a sus treinta y un años, con el cuello clerical perfectamente almidonado y las gafas de lectura descansando sobre el puente de su nariz, repasaba con dedos enguantados los balances de la Prefectura de los Asuntos Económicos.
Se frotó los ojos, cansado. La luz flexo de su escritorio apenas iluminaba el laberinto de estanterías de hierro que se perdían en la penumbra del búnker subterráneo.
—Sancta Maria, Mater Dei... —susurró para sí mismo, no como una oración, sino como un suspiro de absoluta incredulidad.
Thomas volvió a ajustar sus gafas y comparó la pantalla de su ordenador portátil con el legajo manuscrito que tenía frente a él.
Llevaba tres meses encargado de auditar los fondos de beneficencia destinados a los hospitales infantiles de Europa del Este.
Era un trabajo administrativo, tedioso para la mayoría, pero el australiano poseía una mente brillante y metódica para los números.
Para él, las matemáticas eran otra forma de la verdad divina: exactas, limpias, sin espacio para el engaño.
Pero los números que tenía delante estaban sucios.
Había una discrepancia recurrente. Millones de euros destinados a la restauración de un ala médica en Varsovia se habían desviado a través de un banco fantasma con sede en Chipre.
Al rastrear las firmas de autorización, el rastro digital moría, pero el físico —el que los burócratas del Vaticano aún se empeñaban en registrar en papel— revelaba algo peor.
El sello de agua pertenecía a una fundación gestionada por uno de los cardenales más influyentes de la curia.
Y el destino final de los fondos no eran ladrillos ni medicinas.
Era una entidad opaca llamada Volkov los pasos detrás de él hicieron lo mismo.
Sintió una punzada de alarma, un instinto primario que su educación pacífica tardó en procesar.
Aceleró el paso, apretando la carpeta de cuero contra su pecho como si fuera un escudo.
De repente, una silueta alta y robusta se materializó desde la sombra de un portal, cortándole el paso.
Se detuvo en seco, el corazón dándole un vuelco violento. Intentó retroceder, pero al girarse, descubrió que el callejón ya no tenía salida. El hombre que lo seguía se había colocado detrás. Estaba atrapado.
El hombre que le cerraba el paso avanzó lentamente hacia la escasa luz de una farola parpadeante.
Contuvo el aliento. No parecía un ladrón común de las calles de Roma.
Vestía un abrigo de corte impecable, oscuro como la boca del lobo, y su porte emanaba una autoridad fría y peligrosa.
Era un hombre joven, de unos treinta y pocos años, de facciones angulosas y severas, con el cabello castaño muy corto y unos ojos de un azul tan gélido que hicieron que al sacerdote se le helara la sangre.
Aquellos ojos no tenían un ápice de calidez. Eran los ojos de alguien que había visto el fondo del abismo y se había acomodado en él.
—Padre Sheehan —dijo el hombre. Su voz era un barítono bajo, arrastrado, con un marcado acento extranjero que Thomas identificó de inmediato como eslavo—. Camina usted muy tarde para ser un hombre de Dios.
—¿Quién es usted? —logró decir Thomas, intentando mantener la voz firme, aunque sus manos temblaban contra el cuero de la carpeta—. Si busca dinero, no llevo encima más que unos pocos euros y mi breviario.
El desconocido esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos.
Una mueca cínica, casi aburrida. Se acercó un paso más, invadiendo el espacio personal del sacerdote.
Thomas pudo olerlo: una mezcla de tabaco caro, cuero y un perfume amargo y masculino que le revolvió los sentidos de una manera que no supo catalogar.
—No me interesa su dinero, padre. Me interesa lo que guarda ahí dentro —el hombre señaló con la barbilla la carpeta que Thomas protegía—. Y me interesa aún más que conserve la vida. Aunque, por lo que veo, se está esforzando muy poco en lograrlo.
—No sé de qué me habla...
Antes de que Thomas pudiera reaccionar, el hombre se movió con una velocidad felina y letal.
Agarró a Thomas por el hombro y lo empujó con firmeza, pero sin violencia desmedida, contra la pared de piedra del callejón.
El impacto dejó al sacerdote sin aliento.
El cuerpo del desconocido, macizo y tenso como la roca, quedó a escasos centímetros del suyo.
Thomas se quedó paralizado, abrumado por la fiscalidad del hombre, por la amenaza implícita en cada uno de sus músculos.
—Escúcheme bien, angelito —susurró el ruso, acercando su rostro al de Thomas.
Su aliento cálido rozó la mejilla del sacerdote, haciéndolo estremecer—.
El Vaticano es un nido de víboras, y usted acaba de meter la mano en el agujero equivocado.
Deje de excavar en los archivos. Olvídese de las cuentas de Polonia.
Si mañana le entrega ese informe a su monseñor, no llegará a ver el amanecer del viernes.
Thomas, a pesar del terror que le atenazaba el pecho, miró fijamente aquellos ojos azules.
Buscó en ellos la chispa de malicia del criminal, pero lo que encontró fue algo distinto: una frialdad profesional, sí, pero también una advertencia genuina, casi una capa de frustración contenida.
Aquel hombre no quería matarlo. Al menos, no todavía.
—Dios ve lo que se hace en la oscuridad —consiguió articular Thomas, apelando a lo único en lo que confiaba—. El dinero de esos niños...
El ruso soltó una carcajada seca y amarga, un sonido desprovisto de toda alegría que vibró en el pecho de Thomas debido a la cercanía.
—A Dios no le importan los balances de la mafia, padre. Y a la Bratva no le importa Dios. Quédese en su altar, rece sus oraciones y deje los números a quienes sabemos cómo hacerlos desaparecer. Considere esto como su única advertencia de cortesía.
El hombre retrocedió un paso, rompiendo el contacto físico, y el repentino flujo de aire frío hizo que Thomas se diera cuenta de lo acelerado que estaba su propio pulso, de lo extrañamente consciente que había sido de la presión de ese cuerpo contra el suyo.
—¿Cómo se llama? —preguntó Thomas, impulsado por una imprudente necesidad de ponerle rostro y nombre a la oscuridad.
El desconocido lo observó durante un segundo eterno, evaluando la audacia y la desconcertante inocencia del joven sacerdote que, en lugar de suplicar, exigía respuestas. Una sombra de algo indescifrable cruzó los ojos azules del ruso antes de volver a ocultarse tras su máscara de piedra.
—Nikolai —respondió con voz gélida—. Y si vuelve a cruzarse en mi camino, padre... significará que he venido a hacer el trabajo para el que me entrenaron. Corra a casa.
Nikolai dio media vuelta y se desvaneció en las sombras del callejón con la misma rapidez con la que había aparecido. El segundo hombre que vigilaba la retaguardia lo siguió en silencio.
Thomas se quedó solo, apoyado contra la pared de piedra, abrazando su carpeta.
El corazón le golpeaba las costillas con una fuerza brutal.
Tenía miedo, un miedo real y físico que nunca había experimentado.
Pero mientras caminaba a paso apresurado hacia la seguridad de su apartamento, una idea fija y perturbadora se instaló en su mente: la certeza de que el peligro real no venía solo de los lobos que acechaban en las calles de Roma, sino de los muros sagrados que hasta ese día había considerado su hogar.
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