CAPÍTULO XX #3
Miré a Álvaro. Él hablaba con Nico mientras sostenía mi maleta. El niño gesticulaba enfadado, probablemente reprochándole algo.
—Sí.
—¿Y sabes ya dónde quieres estar?
—En varios sitios.
Don Emilio sonrió.
—Eso complica los viajes.
—Pero amplía la vida.
—Muy bien.
Nico corrió hacia mí. Se lanzó a mis brazos.
—Has vuelto.
—Te lo prometí.
—No lo prometiste. Dijiste que harías todo lo posible.
—Pues lo he hecho.
—¿Y el cuento?
—Lo terminaremos.
—Álvaro ha escrito fatal.
—Eso he visto.
—Puso tres veces «haber» sin hache.
Miré a Álvaro.
—¿Tres?
—Era un borrador.
—Eso no justifica delitos ortográficos.
—La emoción me distraía.
—Tendremos que trabajar mucho.
—Para eso he conseguido profesora particular.
Nico nos miró.
—¿Seguís siendo novios?
—Sí —respondimos a la vez.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿Os vais a casar?
—No —respondimos también a la vez.
Las trillizas, que estaban escuchando, suspiraron.
—Por ahora —añadió Álvaro.
Le di un golpe en el brazo.
—No las animes.
—Intento mantener la ilusión popular.
—Te mataré.
—Eso también es amor —dijo Remedios.
—No, eso es amenaza —aclaré.
—Después de muchos años se parecen —respondió Jacinta.
Sergio subió al escenario.
—¡Atención!
El micrófono chilló. Todos se taparon los oídos.
—¡Perdón!
—No lo golpees —gritó el concejal.
Sergio lo golpeó. El sonido empeoró. Lola se acercó, movió un cable y el micrófono funcionó.
—¿Ves? —dijo ella—. Para algo necesitas que me quede.
—Para muchas cosas.
—¿Incluido el armario entero?
Sergio respiró hondo.
—Incluido.
Lola sonrió.
—Luego firmamos.
—¿También hacéis contratos? —pregunté.
—He aprendido de vosotros.
Sergio recuperó el micrófono.
—Como decía, celebramos el regreso de nuestra profesora favorita.
—Soy la única —murmuré.
—Eso ayuda —dijo Álvaro.
—Y tenemos una noticia.
Clara subió al pequeño escenario.
—Lucía, perdona que aparezca sin avisar.
—En este pueblo es la costumbre.
—La editorial quiere hacerte una propuesta formal para desarrollar la novela.
La plaza quedó en silencio.
—¿Ya?
—La reunión fue muy positiva. Necesitamos leer el manuscrito, naturalmente, pero queremos acompañarte durante el proceso.
Sentí que me temblaban las piernas. Álvaro se colocó a mi lado. No dijo nada. Solo cogió mi mano.
—¿Eso significa que publicará un libro? —preguntó Nico.
—Significa que lo escribirá —respondió Clara—. Después veremos.
—Yo salgo.
—Eso dependerá de ella.
—Soy importante para la trama.
—Muchísimo —dije.
Nico sonrió satisfecho. El aplauso comenzó. Carmen lloró, Inés también, Lola gritó, las trillizas empezaron a discutir sobre qué ropa usarían en la presentación. Álvaro me abrazó.
—Me alegro por ti.
—¿Aunque tenga que pasar más tiempo en Sevilla?
—Aunque me duela.
—Las dos cosas.
—Estoy aprendiendo.
Me besó la frente.
—Escribe una historia bonita.
—No prometo que todos los personajes salgan bien parados.
—¿Me cambiarás el nombre?
—Quizá.
—Quiero uno elegante.
—Eustaquio.
—Retiro la petición.
El concejal subió al escenario.
—Yo también tengo un anuncio.
—¿Otro? —pregunté.
—El ayuntamiento ha aprobado una experiencia piloto para las rutas literarias marítimas.
Miré a Álvaro. Él parecía tan sorprendido como yo.
—¿Cómo?
—Don Emilio presentó la propuesta.
Me volví hacia el anciano.
—¿Usted?
—Solo entregué los papeles.
—¿Qué papeles?
—Los que dejasteis en la librería.
—Eran borradores.
—Por eso corregí las faltas.
Miré a Álvaro.
—Tres «haber» sin hache.
—Ya lo ha dicho Nico.
El concejal continuó:
—La primera ruta se realizará durante Semana Santa, siempre que los responsables acepten.
Todos nos miraron.
—¿Responsables? —preguntó Álvaro.
—Vosotros.
—Eso es muy discutible —dije.
—¿Aceptáis?
Álvaro me miró. No respondió por mí. Esperó.
—Una ruta —dije.
—Una —confirmó él.
—Tres días.
—Tres noches.
—Grupos pequeños.
—Doce personas.
—Diez.
—Once.
—Trato hecho.
El concejal aplaudió. El pueblo también.
—Ya tenemos clientes —anunció Jacinta.
—Nosotras tres —dijo Adela.
—Y ocho amigas —añadió Remedios.
—Eso son once —calculó Álvaro.
—No podemos llevar once trillizas ampliadas en el primer viaje —murmuré.
—Tarde.
Las mujeres comenzaron a repartir folletos que nadie sabía cuándo habían impreso.
La fiesta duró hasta el anochecer. Comimos, bailamos, los niños representaron el final del pulpo bibliotecario, Samuel interpretó al pulpo con ocho brazos hechos de medias rellenas, Paula hacía de sirena y llevaba una cola de cartón que le impedía caminar. Nico hizo de narrador.
—El pulpo salió de su cueva —leyó— porque comprendió que no podía amar a la sirena y seguir escondiéndose.
Samuel avanzó. Dos de sus brazos se engancharon en una silla y cayó. El público aplaudió porque creyó que formaba parte de la obra. Paula intentó ayudarlo, pero su cola se dobló. También cayó.
—Y la sirena volvió —continuó Nico sin inmutarse— porque viajar estaba muy bien, pero quería tener un lugar donde dejar la maleta.
Álvaro se inclinó hacia mí.
—Eso no estaba en el cuento.
—Es una mejora de Nico.
—Muy simbólica.
—Mucho.
Los personajes se levantaron. Samuel perdió tres brazos. Paula perdió la cola, pero Siguieron actuando.
—Desde entonces —leyó Nico— viajaron unas veces juntos y otras separados. El pulpo aprendió a leer los horarios de los trenes y la sirena dejó de hacer listas para todo.
—Eso sí es ficción —murmuré.
—Y fueron felices —concluyó—, aunque discutían mucho porque nadie puede cambiar tanto en un solo cuento.
La plaza se llenó de aplausos. Álvaro me cogió la mano.
—Un final bastante realista.
—Falta una cosa.
—¿Cuál?
—La sirena siguió haciendo listas.
—Entonces perfecto.
Cuando la gente empezó a marcharse, Álvaro me llevó hasta La Ola. La mesa habitual estaba vacía. Carmen había dejado dos platos, pan, una botella de vino y una nota: «Esta vez intentaremos no interrumpir. No prometo nada».
—¿Una cena a solas? —pregunté.
—Nuestra segunda cita oficial.
—La primera terminó con una persecución marítima.
—He confiscado las embarcaciones familiares.
—Tu padre siempre puede nadar.
—Le he dado anís.
—Entonces tardará.
Nos sentamos. El chiringuito estaba cerrado. Las luces del paseo se reflejaban sobre el mar.
—¿Dónde dormirás esta noche? —preguntó Álvaro.
—En casa de don Emilio.
Su expresión se volvió decepcionada.
—Ah.
—He dicho que acepto una llave. No que vaya a mudarme hoy.
—Claro.
—Aunque podría acompañarte un rato.
—¿Un rato?
—Depende.
—¿De qué?
—De si tienes tostadas.
—Tengo pan.
—No es lo mismo.
—Compraré una tostadora.
—Tienes una rota en una estantería.
—La he tirado para hacer sitio a tus libros.
La frase me conmovió más de lo razonable.
—Eso sí es una declaración de amor.
—También he vaciado dos cajones.
—Habíamos acordado negociarlo.
—Quería empezar con ventaja.
Cenamos, hablamos, no del futuro lejano, solo de la mañana siguiente.
Iríamos a la librería, reanudaríamos el taller, terminaríamos el cuento.
Después yo regresaría a Sevilla unos días para organizar el curso.
Él iría la semana siguiente. Nunca había estado más de una noche en la ciudad.
Ya había hecho una lista de lugares que quería visitar.
El primer punto decía: «Comprobar si todos los semáforos son necesarios».
—Lo son —dije.
—Imposible.
—También necesitas zapatos.
—Eso es discriminación urbana.
—Y una camisa que no parezca haber sobrevivido a un naufragio.
—Gonzalo me enviará una.
—¿Hablas con él?
—A veces.
—Eso sí que es un final inesperado.
—No somos amigos.
—Claro.
—Solo me ha dado el contacto de una agencia para las rutas.
—Eso es amistad.
—No exageres.
Después de cenar caminamos por la playa. Descalzos. El agua nos alcanzaba los tobillos.
—¿Eres feliz? —preguntó Álvaro.
Pensé antes de responder.
—Sí.
—¿Completamente?
—Eso no existe.
—Buena respuesta.
—Soy feliz y tengo miedo.
—Yo también.
—Estoy ilusionada y preocupada.
—También.
—Quiero escribir, trabajar, viajar y estar contigo. A veces todo será incompatible.
—Lo sé.
—Habrá días malos.
—Muchos.
—Y quizá alguno quiera rendirse.
Álvaro se detuvo.
—Entonces el otro tendrá que recordarle el cuento.
—¿El del pulpo?
—O el de la sardina.
—No habrá un cuento sobre la sardina.
—Fue nuestro origen.
—Fue una humillación pública.
—Las grandes historias empiezan así.
—Eso te lo acabas de inventar.
—Funciona.
Seguimos caminando.
—Te quiero —dije.
Álvaro me miró.
—Repítelo.
—No.
—Hace días que no lo dices en persona.
—Te lo he dicho ahora.
—Una vez es poco.
—Eres un necesitado.
—Muchísimo.
—Te quiero.
—Otra.
—No abuses.
—Solo una.
—Te quiero, Álvaro.
Sonrió.
—Yo también te quiero, Lucía.
—Eso ya lo sabía.
—Pero me gusta decirlo.
—Entonces puedes repetirlo.
—¿Cuántas veces?
—Las que quieras.
—Te quiero.
—Bien.
—Te quiero.
—Ya.
—Te quiero.
—Empieza a perder efecto.
—Te quiero.
Lo besé para callarlo. Álvaro me rodeó la cintura. El beso fue lento, familiar, sin la urgencia de los primeros, no necesitaba convencernos de nada, solo celebrar que estábamos allí, juntos, distintos y dispuestos. Una gaviota graznó sobre nuestras cabezas. Nos separamos.
—Margarita —dije.
La gaviota descendió sobre la arena. Llevaba algo brillante en el pico.
—No puede ser.
Margarita dejó caer un objeto junto a nuestros pies. Era un anillo. Álvaro lo recogió. Yo lo miré horrorizada.
—Ni se te ocurra.
—No es mío.
—Eso dicen todos.
—Tampoco es el tuyo.
Examiné la inscripción interior. Había dos nombres. Roque y Amalia.
—¿Quién es Amalia?
—La mujer de Roque.
—¿La de la pierna?
—La pierna era de él.
—Ya lo sé.
—El anillo debe de ser de ella.
—¿Por qué lo tiene Margarita?
—No quiero saberlo.
Desde el paseo llegó un grito.
—¡Mi alianza!
Una mujer avanzaba corriendo por la arena. Detrás venía Roque con su prótesis recuperada y las dos botas puestas.
—¡Esa ladrona me la ha quitado mientras dormía!
Margarita abrió las alas.
—¡No escapes! —gritó Amalia.
La gaviota salió volando. Roque llegó hasta nosotros jadeando.
—¿Tenéis el anillo?
Álvaro se lo entregó.
—Aquí.
Amalia lo cogió.
—Gracias.
Se lo colocó. Después miró nuestras manos.
—¿Y vosotros?
—¿Nosotros qué? —pregunté.
—¿Cuándo?
—No —respondí.
—Todavía no —dijo Álvaro.
Lo miré.
—¿Otra vez?
Roque rio.