Amor de verano en el sur CAPÍTULO XX #4
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CAPÍTULO XX #4

—No tengáis prisa. Nosotros tardamos siete años en casarnos.

—Y luego se dejó la pierna en un barco —añadí.

Amalia cruzó los brazos.

—Eso fue mucho después. El matrimonio no tuvo la culpa.

—Un poco sí —murmuró Roque.

Ella lo miró.

—¿Qué has dicho?

—Que te quiero.

—Mucho mejor.

Se alejaron.

Álvaro observó el anillo que Amalia llevaba en la mano.

—No voy a pedírtelo.

—Gracias.

—Hoy.

—Álvaro.

—Es una broma.

—No lo parece.

—No tengo anillo.

—Margarita puede conseguirte uno.

—No quiero empezar un matrimonio con mercancía robada.

—No vamos a empezar ningún matrimonio.

—Lo sé.

—Tenemos una ruta, dos cajones y un calendario provisional.

—Ya es mucho.

—Muchísimo.

Álvaro me abrazó por detrás. Apoyó la barbilla sobre mi hombro.

—¿Sabes una cosa?

—Varias.

—Eso lo digo yo.

—Paso demasiado tiempo contigo.

—Todavía no.

Miramos el mar. La luna trazaba un camino plateado sobre el agua.

—¿Crees que funcionará? —preguntó.

—No lo sé.

—Una respuesta poco romántica.

—La verdad suele serlo.

—¿Y qué sí sabes?

Me volví dentro de sus brazos.

—Que quiero averiguarlo contigo.

Álvaro sonrió.

—Eso me basta.

—Por ahora.

—Naturalmente.

A la mañana siguiente, a las ocho y media, el patio de El Faro de Papel estaba lleno.

Los niños ocupaban las sillas. Don Emilio ordenaba los libros.

Lola y Sergio discutían porque él había vuelto a llenar medio armario con disfraces.

Carmen repartía tostadas. Paco sostenía que no tenía hambre mientras se comía la tercera.

Las trillizas habían llevado un cuaderno nuevo para anotar «ideas útiles para la boda futura», a pesar de mis protestas.

Y Álvaro llegaba diez minutos tarde. Después de esperar horas en la estación, había recuperado su naturaleza. Entró corriendo con una caja.

—Perdón.

—Llegas tarde —dije.

—He tenido un problema.

—¿Cuál?

Abrió la caja. Dentro había una tostadora nueva.

—No sabía cuál elegir.

—¿Y por qué la has traído al taller?

—Para demostrar compromiso.

Los niños aplaudieron.

—Eso no tiene nada que ver con la literatura —dije.

Don Emilio examinó la tostadora.

—Todo objeto puede aparecer en una historia.

—¿Incluso esto?

—Sobre todo esto.

Nico levantó la mano.

—Yo sé el título.

—¿Cuál?

—«La profesora, el marinero y la tostadora del amor».

—No.

—Es bueno —dijo Álvaro.

—Es espantoso.

—Votemos.

Todos los niños levantaron la mano.

—Esto no es una democracia.

—El concejal dice que sí —respondió Nico.

—El concejal no coordina el taller.

—Pero paga.

No encontré respuesta. Álvaro dejó la caja y se acercó.

—Buenos días.

—Buenos días.

—¿Puedo besarte?

—Estamos trabajando.

—Eso nunca te ha detenido.

—Hay niños.

—Ya lo saben todo.

Nico asintió.

—Demasiado —añadí.

Álvaro me dio un beso breve. Los niños silbaron. Las trillizas aplaudieron. Carmen gritó desde el fondo:

—¡Que se enfrían las tostadas!

Margarita descendió sobre el patio. Atrapó una tostada y salió volando.

—¡Ladrona! —grité.

Álvaro me rodeó la cintura.

—Déjala.

—Era la mía.

—Te doy otra.

—Siempre empiezan así los problemas.

—También las historias.

Lo miré.

—Eso ha sido casi literario.

—Tengo profesora.

—Necesitarás muchas clases.

—Tenemos tiempo.

Aquellas palabras, que durante semanas habían parecido una amenaza, sonaron por fin como una promesa. No tiempo infinito, solo el tiempo que fuéramos capaces de construir día a día. viaje a viaje, discusión a discusión, beso a beso.

Abrí mi cuaderno. En la primera página en blanco escribí: «Vine al sur huyendo de una boda, con una maleta rota y una vida demasiado ordenada. Encontré un pueblo que opinaba de todo, una gaviota sin principios, veintinueve niños incapaces de guardar silencio y un hombre que siempre llegaba tarde.

Lo que no sabía era que algunas personas no llegan tarde. Llegan justo cuando una está preparada para cambiar de rumbo». Álvaro leyó por encima de mi hombro.

—¿Ese soy yo?

Cerré el cuaderno.

—No mires.

—Has escrito «hombre guapísimo».

—No aparece esa palabra.

—La he sentido.

—Eres incorregible.

—Y tú me quieres.

—A pesar de ello.

—¿Cómo termina?

Miré el patio. Los niños, don Emilio, Carmen y Paco, Lola y Sergio, las trillizas, Margarita sobre el tejado comiéndose mi tostada. Después miré a Álvaro.

—Finalmente felices.

—¿Para siempre?

Sonreí.

—No.

Su rostro cambió.

—¿No?

—Para siempre es demasiado tiempo para escribirlo de una vez.

Cogí su mano.

—Seremos felices hoy. Mañana volveremos a intentarlo.

Álvaro pensó unos segundos.

—Ese final me gusta.

—Es el único verdadero.

—Le falta un beso.

—Todos tus finales necesitan uno.

—Los buenos, sí.

Me besó. A nuestro alrededor, Valdearena continuó hablando, riendo, protestando y organizando una boda que ninguno había prometido.

El verano terminaría. Yo volvería a Sevilla. Álvaro seguiría junto al mar. Habría trenes perdidos, llamadas a deshora, fines de semana demasiado cortos, manuscritos llenos de tachaduras y rutas en barco que no saldrían según el plan.

También habría regresos. Dos cajones, una estantería, una llave y una brújula averiada que nunca señaló el norte, pero supo indicarnos el lugar exacto donde queríamos volver a encontrarnos.

No era una vida perfecta. Era mejor, nuestra. Y fuimos felices, pero no porque la historia hubiera terminado, sino porque, por fin, los dos habíamos decidido escribir juntos todo lo que venía después.

FIN