Amor de verano en el sur CAPÍTULO XX #2
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CAPÍTULO XX #2

—Eso suena a escritor.

—He terminado el cuento del pulpo.

—Lo terminamos los dos.

—Por eso.

Subimos a la furgoneta. Dentro había flores, cuerdas, una caja de herramientas, tres chalecos salvavidas, un remo y una bolsa llena de libros.

—¿Por qué llevas un remo?

—Por si la furgoneta se avería cerca del agua.

—No tiene ningún sentido.

—Me hace sentir preparado.

—¿Y los libros?

—Para las rutas literarias.

Lo miré.

—¿Sigues pensando en eso?

—Todos los días.

Arrancó.

—He hablado con mi padre.

—¿Y?

—Primero dijo que era una tontería.

—Eso era previsible.

—Después revisó los números.

—¿También?

—Dijo que eran una tontería mejor calculada de lo esperado.

—Eso parece un avance.

—Luego mi madre apareció con seis menús diferentes para las excursiones.

—Naturalmente.

—Don Emilio se ofreció a preparar las lecturas.

—Claro.

—Y el concejal quiere solicitar una ayuda.

—Eso ya me preocupa.

—A mí también.

—¿Habéis organizado todo sin mí?

Álvaro negó.

—Hemos preparado posibilidades.

—No es lo mismo.

—Estoy aprendiendo.

—¿Y si yo no quiero hacerlo?

—No lo haremos.

—¿Así de sencillo?

—No. Me dolerá, protestaré y probablemente me pondré insoportable. Pero no lo haremos.

Aquella respuesta me gustó.

—¿Y tú lo quieres?

—Sí.

—¿Por mí?

Miró la carretera.

—En parte.

—Quiero la verdad.

—La verdad es que llevaba años deseando algo parecido sin atreverme a pensarlo en serio. Tú no inventaste ese deseo. Solo lo despertaste.

—Eso está mejor.

—Lo he ensayado.

—Se nota.

—¿Mucho?

—Un poco.

El faro estaba vacío o parecía estarlo. No había coches, ni bicicletas, ni trillizas detrás de los arbustos.

Álvaro extendió una manta junto al mirador y abrió la caja de comida.

Nos sentamos frente al mar. Durante los primeros minutos comimos en silencio.

Resultaba extraño. Habíamos esperado tanto aquella conversación que ninguno encontraba la forma de empezarla.

—La reunión fue bien —dije finalmente.

—Lo sé.

—¿Quién te lo contó?

—Tú.

—Solo dije que querían una propuesta.

—Eso significa que fue bien.

—Sí.

—Me alegro.

—Gracias.

—De verdad.

—Lo sé.

—¿Vas a escribir la novela?

Miré el cuaderno que había llevado conmigo.

—Sí.

Álvaro sonrió.

—Bien.

—No sé si la publicarán.

—La escribirás igualmente.

—Eso creo.

—¿Sobre qué?

—Sobre un pueblo junto al mar.

—Muy original.

—Y una mujer que llega huyendo de una boda.

—Empieza a sonar conocido.

—Conoce a un hombre insoportable.

—Eso es claramente ficción.

—Él llega tarde, se come sus tostadas y utiliza libros para calzar mesas.

—Ahora sí parece un personaje excelente.

—También hay una gaviota ladrona.

—El elemento más realista.

—Y tres ancianas entrometidas.

—No te atreverás a utilizar sus nombres.

—No quiero que me denuncien.

—Te denunciarán por no hacerlo.

Sonreí.

—¿Y el instituto? —preguntó.

—He aceptado la jefatura.

Asintió.

—Bien.

—Tendré que estar en Sevilla el veinte de agosto.

La fecha seguía doliendo. Pero ya no parecía una condena. Solo un día.

—Quedan tres semanas —dijo.

—Sí.

—Poco.

—Mucho, si dejamos de desperdiciarlo discutiendo sobre el final.

—Eso nos dejaría sin conversación.

—Podemos discutir por otras cosas.

—El gazpacho.

—Los tomates deben cortarse uniformemente.

—Luego se trituran.

—Ves. Tenemos futuro.

Álvaro rio. Después su expresión volvió a volverse seria.

—¿Qué has decidido sobre nosotros?

La pregunta llegó sin rodeos.

—Que quiero seguir contigo.

Cerró los ojos un instante. Había esperado aquellas palabras sin permitirse creer que las oiría.

—Pero —añadí.

Los abrió.

—Siempre hay uno.

—Viviré en Sevilla.

—Lo sé.

—Mi trabajo estará allí. También la editorial.

—Sí.

—No podré venir todos los fines de semana.

—Yo tampoco podré ir siempre.

—Habrá días en que estemos cansados.

—Muchos.

—Y quizá discutamos por teléfono.

—Seguro.

—No quiero que cada dificultad se convierta en una señal de que debemos dejarlo.

—Yo tampoco.

—Ni que tú esperes que algún día me mude aquí.

Álvaro respiró hondo.

—No lo esperaré.

—¿De verdad?

—No puedo prometer que nunca lo desee.

—Eso es distinto.

—Y tú no puedes esperar que yo termine viviendo en Sevilla.

—No lo espero.

—La ciudad me da urticaria.

—Has pasado poco tiempo allí.

—Hay demasiados semáforos.

—Se aprende.

—No quiero.

—Entonces no.

—¿Y si dentro de un año uno de los dos cambia de opinión?

—Hablaremos dentro de un año.

—Eso suena poco planificado.

—Me estoy relajando.

—Empiezas a dar miedo.

Cogí una hoja de la carpeta.

—He preparado algo.

Álvaro sonrió.

—Sabía que habría una lista.

—No es una lista.

—Tiene números.

—Es un calendario provisional.

—Mucho mejor.

Le mostré las fechas.

—Durante el curso puedo venir dos fines de semana al mes. Tú puedes viajar a Sevilla uno. El cuarto lo dejamos libre.

—¿Para qué?

—Para descansar, trabajar o echarnos de menos.

—Prefiero las dos primeras.

—Es inevitable.

—Puedo venir dos veces.

—Tienes trabajo aquí.

—Puedo organizarme.

—No quiero que conviertas cada viaje en una obligación.

—Ni yo que tú te pases el viernes por la noche dentro de un tren después de trabajar.

—Entonces iremos ajustando.

—¿Eso figura en el calendario?

—Aquí.

Había escrito: «Modificar cuando sea necesario». Álvaro observó la frase.

—Estoy orgulloso.

—No abuses.

—¿Y las rutas?

—Podemos probar una durante Semana Santa.

—¿Solo una?

—Una.

—Dos.

—Una.

—Una larga.

—Tres días.

—Cuatro.

—Tres noches.

—Trato hecho.

Nos estrechamos la mano. Álvaro no la soltó.

—¿Eso significa que somos socios?

—No.

—¿Pareja?

—Ya lo éramos.

—Durante un tiempo no estaba seguro.

—Yo tampoco.

—¿Novios a distancia?

—Suena horrible.

—Pareja interprovincial.

—Peor.

—Amantes marítimo-literarios.

—Eso parece el título de una novela mala.

—Entonces simplemente nosotros.

Lo miré.

—Eso me gusta.

—A mí también.

Se acercó.

—¿Puedo besarte?

—Pensaba que ya habíamos superado la fase de pedir permiso cada vez.

—Después de nuestra discusión he decidido ser prudente.

—No te pega.

—Nada.

Lo besé. El beso supo a café frío, a rosquillas y a regreso.

No solucionó nada. Tampoco tenía que hacerlo.

Las soluciones ya estaban sobre el papel, imperfectas, provisionales y abiertas a cambios.

El beso solo confirmó que queríamos intentarlas.

Cuando nos separamos, Álvaro sacó algo del bolsillo. Una pequeña llave.

—¿Qué es?

—La llave de mi casa.

La observé.

—¿Me estás pidiendo que viva contigo?

—No.

—Menos mal.

—Mi madre quería que te diera una copia el primer día.

—Eso es inquietante.

—La he tenido guardada.

—¿Por qué me la das ahora?

—Para que, cuando vuelvas, no tengas que llamar.

—Siempre puedo alojarme con don Emilio.

—Lo sé.

—O en un hotel.

—También.

—Entonces.

—Quiero que tengas un lugar allí. No para siempre. No como obligación. Solo un cajón, una llave y espacio para tus libros.

—¿Un cajón?

—Dos.

—Lola consiguió medio armario.

—Lola llevó tres maletas.

—Yo tengo libros.

—Eso ocupa más.

—¿Has pensado dónde ponerlos?

—He vaciado una estantería.

—¿Qué había?

—Cosas.

—¿Qué cosas?

—Una colección de revistas, herramientas, varias redes y una tostadora rota.

—¿Tenías una tostadora rota en la estantería?

—No cabía en la cocina.

—Y dices que yo llevo demasiadas cosas.

—Por eso nos equilibramos.

Cogí la llave.

—Acepto.

Álvaro sonrió.

—¿El cajón?

—La llave.

—¿Y los dos cajones?

—Negociaremos.

—Ya estamos otra vez.

—Eso es buena señal.

Regresamos a Valdearena a primera hora de la tarde. Apenas cruzamos el cartel de entrada, sonaron varias bocinas. Miré a Álvaro.

—No puede ser.

—Yo no he organizado nada.

—¿Quién sabía que venía?

—Todo el pueblo desde que Sergio llamó desde la estación de autobuses para decir que no estabas allí.

—¿Cómo averiguaron que estaba contigo?

—Mi padre encontró la furgoneta.

—¿En el faro?

—Mi padre encuentra cualquier vehículo a diez kilómetros.

—Eso no tiene sentido.

—Fue pescador cuarenta años.

—Seguís utilizando esa explicación para todo.

Al entrar en la plaza, encontré exactamente lo que temía. Una pancarta enorme colgaba entre dos balcones: «BIENVENIDA A CASA, LUCÍA».

Debajo, alguien había añadido con pintura: «A LAS DOS CASAS».

Había mesas, Música, globos, niños, vecinos, turistas. El concejal llevaba la corbata corta.

Gonzalo aparecía en una pantalla instalada junto al escenario mediante una videollamada desde Madrid. Clara Ferrer también estaba allí. No comprendía nada.

—¿Qué hace Clara? —pregunté.

Álvaro pareció sorprendido.

—Eso sí que no lo sabía.

Lola corrió hacia la furgoneta.

Abrió mi puerta antes de que pudiera bajar.

—¡Has vuelto!

Me abrazó.

—¿Cómo sabíais que llegaba hoy?

—Nico.

—Nico no sabía nada.

—Dijo que volverías antes de que terminara el cuento.

—Eso no es una fecha.

—Las trillizas interpretaron que sería esta semana.

—¿Y habéis organizado una bienvenida cada día?

Lola se encogió de hombros.

—La comida se aprovecha.

Sergio apareció detrás.

—¿Os habéis reconciliado?

—No estábamos separados —respondí.

—Estabais en pausa dramática.

—¿Quién inventa esas expresiones?

—Gonzalo.

Desde la pantalla, él levantó una mano.

—Sigo presente.

Álvaro abrió la puerta trasera y sacó mi maleta. Carmen llegó corriendo. Me abrazó con tanta fuerza que casi me levantó del suelo.

—Sabía que volverías.

—Solo han pasado seis días.

—Muchísimos.

Paco me besó en la frente.

—Mi hijo es menos idiota.

—Un poco.

—No te confíes.

Las trillizas se acercaron vestidas las tres de verde.

—Color esperanza —explicó Jacinta.

—Lo habíamos comprado para otra ocasión —añadió Adela.

—Pero esa boda se canceló —concluyó Remedios.

—¿Qué boda?

—Una de 1987.

—¿Conservan la ropa desde entonces?

—La calidad dura.

Don Emilio esperaba junto a la puerta de la librería. No corrió ni levantó los brazos, solo sonrió. Me acerqué.

—Has vuelto.

—Sí.

—Lo sabía.

—Todos dicen lo mismo.

—Yo lo sabía mejor.

Lo abracé.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por la casa, por los talleres, por llamar a Álvaro cuando hacía falta, por no hacer demasiadas preguntas…

—He hecho muchísimas.

—Pero algunas no en voz alta.

—Son las más interesantes.

Se apartó y me observó.

—¿Estás bien?