Amor de verano en el sur CAPÍTULO XX
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CAPÍTULO XX

Donde una profesora regresa con una decisión, un marinero llega antes de tiempo y Valdearena demuestra que la felicidad también necesita sitio para atracar

Los regresos empiezan mucho antes de llegar. Empiezan al cerrar una maleta, guardar un billete en el bolso, imaginar el rostro de la persona que espera al otro lado del viaje o que quizá no espera.

Yo llevaba despierta desde las cinco y media de la mañana.

No porque el tren saliera temprano. Salía a las ocho.

Tampoco porque tuviera mucho equipaje. Solo llevaba ropa para unos días, el cuaderno que Andrés me había devuelto, la propuesta de la editorial y una carpeta llena de anotaciones para una novela que todavía no existía.

No podía dormir porque regresaba a Valdearena.

Y no sabía qué ocurriría cuando llegara.

Álvaro sabía que volvería, pero no cuándo.

No se lo había dicho, no por venganza, al menos, no únicamente.

Quería llegar sin que el pueblo organizara una recepción con música, pancartas, comida para trescientas personas y alguna representación infantil de nuestra última pelea.

También quería comprobar si Álvaro era capaz de esperarme sin conocer la hora exacta.

Era una prueba injusta, lo sabía. Las pruebas sentimentales suelen ser injustas porque quien las organiza conoce las reglas y el otro ni siquiera sabe que está participando.

Aun así, guardé silencio. Mi madre entró en la habitación mientras yo intentaba cerrar la maleta.

—Si te sientas encima será más fácil.

—No quiero volver a romperla.

—Ese hombre la arregló bien.

—Álvaro.

—Sé cómo se llama.

Mi madre se acercó y apretó la tapa.

—Ahora.

Cerré la cremallera. El asa reparada continuaba en su sitio.

—¿Estás segura? —preguntó.

—¿De qué?

—De volver.

—Sí.

—No me refiero al pueblo.

La miré.

—También.

—¿Qué vais a hacer?

—Hablar.

—Eso siempre suena peor de lo que debería.

—Tenemos que decidir cómo seguir.

—¿Y si no podéis?

La pregunta me dolió.

—Entonces al menos sabremos que lo hemos intentado de verdad.

Mi madre acarició mi cabello.

—Eso es más de lo que hace mucha gente.

—No quiero renunciar al instituto.

—Bien.

—Ni a escribir.

—Mejor.

—Ni quiero pedirle a Álvaro que deje Valdearena.

—Perfecto.

—¿Entonces por qué parece tan difícil?

Mi padre apareció en la puerta.

—Porque estáis empeñados en que la vida sea una sola cosa.

—Papá, llevas diez minutos escuchando.

—La puerta estaba abierta.

—Eso no es una invitación.

—En esta familia siempre lo ha sido.

Entró y levantó la maleta.

—Pesa demasiado.

—Llevo libros.

—Precisamente.

—¿Qué querías decir con que la vida no es una sola cosa? —pregunté.

Mi padre dejó la maleta.

—Que puedes trabajar en Sevilla y amar a alguien en Valdearena. Él puede vivir junto al mar y viajar contigo. Podéis estar juntos sin desayunar cada mañana en la misma cocina.

—Eso parece poco romántico.

—El romanticismo está muy bien para los besos. Para pagar facturas conviene algo más práctico.

Mi madre lo miró.

—Qué bonito.

—Llevamos treinta y cuatro años casados. Ya no necesito impresionarte.

—Precisamente por eso deberías esforzarte.

—Luego hablamos.

Sonreí.

—¿Y si la distancia nos cambia?

Mi padre se encogió de hombros.

—Os cambiará.

—Eso no ayuda.

—Todo cambia a las personas. Vivir juntos, vivir separados, tener hijos, no tenerlos, trabajar demasiado, quedarse sin trabajo… No se trata de evitar el cambio. Se trata de decidir si queréis seguir conociendo a la persona en que se convierte el otro.

Mi madre lo observó.

—Eso sí ha sido bonito.

—Ha sido casualidad.

Los abracé.

A los dos.

—Volveré pronto.

—Eso dijiste la última vez —respondió mi madre.

—Y he vuelto.

—Con un novio.

—No estaba previsto.

—Las mejores cosas no suelen estarlo.

Mi padre cogió la maleta.

—Vamos. Perderás el tren.

—Todavía falta una hora.

—En esta familia alguien tiene que llegar temprano.

—No soy Álvaro.

—Por eso.

El tren partió a las ocho en punto. Me senté junto a la ventana. A mi lado viajaba una señora con un canario dentro de una jaula cubierta por un pañuelo. El pájaro no dejó de cantar durante los primeros veinte minutos.

—Está nervioso —explicó ella.

—Lo comprendo.

—Es la primera vez que viaja en tren.

—Yo he viajado muchas y sigo igual.

La mujer me observó.

—¿Va a ver a alguien?

—Sí.

—Un hombre.

No era una pregunta.

—¿Cómo lo sabe?

—Lleva cinco minutos mirando el teléfono sin abrir ningún mensaje.

Bajé la vista. La pantalla mostraba la conversación con Álvaro.

El último mensaje era de la noche anterior: «Hoy Nico ha intentado vender el final del cuento por capítulos.

Dice que ha aprendido de las editoriales».

Yo había respondido: «Es un hombre de negocios».

Después él escribió: «Te echo de menos».

Mi respuesta había sido sencilla: «Yo también». No le había dicho nada más.

—¿Está enfadada con él? —preguntó la mujer.

—Un poco.

—Entonces va a verlo.

—Sí.

—Eso es buena señal.

—¿Por qué?

—Cuando una está muy enfadada, espera que venga él.

—Él quiso venir.

—¿Y usted no lo dejó?

—No.

—Entonces no está tan enfadada como cree.

El canario volvió a cantar.

—¿Y usted adónde va? —pregunté.

—A Cádiz. Mi hermana cumple ochenta años.

—¿Y el canario?

—Es suyo.

—¿Le regala un pájaro?

—No. Se lo devuelvo.

Miré la jaula.

—¿Cuánto tiempo lo ha tenido?

—Diecisiete años.

—Eso es mucho para un préstamo.

—Nos enfadamos.

—¿Durante diecisiete años?

—En mi familia somos lentos para pedir perdón.

—¿Y ahora?

—Ahora ninguna recuerda por qué discutimos.

—Podían haberse reconciliado antes.

—Podíamos.

La mujer sonrió.

—Pero las personas creen que siempre habrá otro año para arreglar las cosas.

Miré el paisaje que corría detrás del cristal.

—¿Y si después de arreglarlas vuelven a equivocarse?

—Se arreglan otra vez.

—Parece agotador.

—Mucho. Pero menos que pasar diecisiete años cuidando un canario que no era mío.

El pájaro emitió un chillido.

—Creo que la ha oído.

—Mejor. Él también tiene que aprender.

Llegué a la estación poco antes del mediodía. Bajé con la maleta, el bolso y una inquietud que llevaba horas creciendo. No esperaba encontrar a nadie. No había avisado. Aun así, miré el andén. Vacío, naturalmente. Avancé hacia la salida. Entonces escuché una voz.

—Has llegado tarde.

Me detuve. Álvaro estaba sentado sobre un banco al final del andén. Llevaba una camiseta azul, pantalones claros y la pulsera de la brújula rota enredada entre los dedos. A sus pies había una mochila, dos cafés y una caja de cartón. Lo miré sin comprender.

—¿Qué haces aquí?

Se levantó.

—Esperarte.

—No sabías cuándo llegaba.

—No.

—¿Desde qué hora estás?

Consultó el reloj.

—Las siete.

—Mi tren salía a las ocho desde Sevilla.

—No sabía cuál cogerías.

—Podía haber vuelto mañana.

—También.

—O la semana próxima.

—Habría necesitado más café.

No pude evitar sonreír.

—Eres idiota.

—Eso me han dicho mucho últimamente.

—¿Cómo sabías que regresaría en tren?

—Podías venir en autobús.

—Exacto.

—Sergio está en la estación de autobuses.

Abrí mucho los ojos.

—¿También?

—Lola vigila la carretera de Sevilla.

—No puede ser.

—Mi padre está en el puerto por si decidías volver en barco.

—No tengo barco.

—Él dijo lo mismo.

—¿Y el resto del pueblo?

—Las trillizas se han dividido.

—Son tres.

—Una está en la plaza, otra en la librería y la tercera en casa de don Emilio.

—¿Para qué?

—No lo saben. Pero querían participar.

Lo miré. Álvaro parecía cansado. Tenía el cabello revuelto, barba de varios días y una sonrisa incierta.

—Has venido —dijo.

—Sí.

—Pensaba que quizá…

—Lo sé.

Dejó la pulsera sobre su palma.

—Te la olvidaste.

La cogí.

—No la olvidé.

—Ah.

—La dejé porque estaba enfadada.

—Eso es peor.

—Mucho.

—¿La quieres?

Observé la brújula. La aguja seguía apuntando hacia ninguna parte.

—Sí.

Álvaro me la colocó alrededor de la muñeca. Sus dedos temblaron un poco.

—Sigue sin funcionar.

—No la necesito para encontrar el camino.

Levantó la vista. Nuestros ojos se encontraron.

—Lucía…

—Tenemos que hablar.

Su expresión se volvió seria.

—Sí.

—Pero antes…

Lo abracé. No había planeado hacerlo así.

Había preparado palabras durante todo el trayecto.

Un discurso razonable, ordenado, con explicaciones sobre Sevilla, la editorial, la distancia y las rutas literarias, pero, cuando tuve a Álvaro delante, las palabras parecieron menos importantes que comprobar que seguía allí.

Sus brazos me rodearon con fuerza. Hundió el rostro en mi cabello. Permanecimos abrazados en mitad del andén, sin bromas. sin público. O eso creíamos porque detrás sonó un aplauso.

La mujer del canario nos observaba junto a la puerta del vagón.

—Muy bien —dijo—. No esperéis diecisiete años.

El revisor silbó. El tren comenzó a alejarse. La mujer levantó una mano. El canario cantó.

—¿Quién era? —preguntó Álvaro.

—Una experta en reconciliaciones y pájaros prestados.

—Naturalmente.

Nos separamos.

—¿Has desayunado? —preguntó.

—Sí.

—¿Tienes hambre?

—Un poco.

Señaló la caja.

—Mi madre ha enviado comida.

—¿Cómo sabía que volvería hoy?

—No lo sabía. Cocina comida de bienvenida cada mañana desde que te fuiste.

Sentí un nudo en la garganta.

—Eso es una barbaridad.

—La estamos aprovechando.

—¿Quién?

—Todos.

Cogió mi maleta.

—El asa sigue viva.

—La arreglaste bien.

—No todo lo hago mal.

—Nunca he dicho eso.

—Lo pensaste bastante fuerte.

Caminamos hacia la salida.

—¿Qué hay en la caja? —pregunté.

—Tortilla, empanada, rosquillas, dos bocadillos y una fiambrera que no he abierto porque mi madre me hizo jurar que llegaría intacta.

—¿Has cumplido?

—He comido un bocadillo.

—Entonces no.

—Había tres.

—Has dicho dos.

—Ahora hay dos.

—Sigues siendo incapaz de respetar un desayuno.

—Te he guardado el tuyo.

—Eso es amor verdadero.

—Lo sé.

Nos detuvimos junto a la furgoneta.

—¿Vamos al pueblo? —pregunté.

Álvaro apoyó la maleta en el suelo.

—Podemos.

—Pero.

—Pero si entramos en Valdearena antes de hablar, no volveremos a estar solos hasta Navidad.

—Estamos en julio.

—Precisamente.

—¿Dónde propones ir?

—Al faro.

—Siempre terminamos allí.

—Algunas historias tienen escenarios favoritos.