CAPÍTULO XIX #4
Mi padre cogió la mano de mi madre.
—Sí.
—Entonces, ¿qué hago?
Mi madre negó.
—Eso no podemos decírtelo.
—Qué decepción.
—Solo podemos decirte que no confundas lo difícil con lo imposible.
Aquella frase me acompañó toda la noche.
Pasaron cuatro días. Álvaro no insistió. Enviaba un mensaje por la mañana. «Buenos días. No hace falta que respondas». Por la noche, otro. «El taller ha ido bien. Nico ha intentado vender entradas. Te quiero». Yo respondía a veces. «Me alegro». «Dale un abrazo a don Emilio».
No hablábamos por teléfono. Ninguno se atrevía. El quinto día recibí una fotografía. La pulsera con la brújula rota descansaba sobre el timón de La Traviesa. Debajo escribió: «Sigue sin señalar el norte. Creo que te está esperando». Lloré y después me enfadé por llorar. Guardé el teléfono.
En Valdearena, el verano había perdido el ritmo.
Los niños seguían acudiendo al taller, ahora dirigido por don Emilio y Álvaro.
Él llegaba puntual. Nadie se alegró. Carmen cocinaba demasiado.
Paco hablaba menos. Las trillizas habían cambiado el nombre del grupo.
Ahora se llamaba : «Operación regreso». Lola era administradora.
Sergio proponía planes cada vez más absurdos.
—Podemos ir a Sevilla disfrazados de piratas.
—No —respondía Carmen.
—Enviar un avión con una pancarta.
—No.
—Secuestrar a Álvaro y dejarlo en su puerta.
Paco lo pensó.
—Eso podría funcionar.
—¡Paco!
—He dicho podría.
Nico se negó a participar.
—Los adultos lo estropeáis todo cuando organizáis amor.
—¿Y tú qué propones? —preguntó Jacinta.
—Que Álvaro haga algo de verdad.
Todos miraron al hombre.
—Ya le he pedido que vuelva.
—Por mensaje.
—No podía llamarla.
—Sí podías.
—Necesitaba tiempo.
—Eso dicen las madres cuando quieren hablar sin niños delante.
Álvaro suspiró.
—¿Qué quieres que haga?
Nico señaló la librería.
—Termina el cuento.
—¿Qué cuento?
—El del pulpo bibliotecario.
—Eso lo escribía Lucía.
—Por eso.
—No sé cómo termina.
—Invéntalo.
—No soy escritor.
Don Emilio le entregó un cuaderno.
—Las historias también se arreglan trabajando.
Álvaro miró la página en blanco. Por primera vez comprendió por qué Lucía podía pasar horas delante de una frase. Y por qué, a veces, amar a alguien exigía aprender su idioma.
El sexto día, recibí un sobre en casa de mis padres. No tenía remitente. Dentro había veinte páginas manuscritas. En la primera podía leerse: «El pulpo que tenía miedo de salir de su biblioteca». La letra era de Álvaro, torcida, irregular, llena de tachones.
La historia hablaba de un pulpo que vivía rodeado de libros porque temía abandonar su cueva. Un día conocía a una sirena que deseaba recorrer todos los mares. El pulpo intentaba convencerla de que se quedara.
Ella intentaba convencerlo de que viajara. Discutían, se enfadaban, la sirena se marchaba y el pulpo descubría que su cueva no era un hogar si la utilizaba para esconderse. En la última página había escrito:
«El pulpo no sabía si la sirena regresaría. Pero salió de la biblioteca. No para perseguirla ni obligarla a volver. Salió porque había comprendido que amar a alguien no consiste en atarlo a tu orilla. Consiste en aprender a nadar a su lado».
Debajo había una nota. «El final está sin escribir. Creo que te corresponde una parte». Me senté en la cama. Leí todo otra vez. Después busqué un bolígrafo. Añadí:
«La sirena volvió. No porque el pulpo se lo pidiera, sino porque también había descubierto que recorrer el mundo no sirve de mucho si nunca encuentras un lugar al que desees regresar.
Desde entonces viajaron juntos. A veces cerca.
A veces lejos. Pero siempre sabiendo que ninguno era la jaula del otro». Firmé: «Lucía».
Fotografié la página. Se la envié. Álvaro tardó menos de un minuto en responder.
«¿Esto significa que vuelves?». Miré la maleta.
Seguía abierta sobre el suelo. La oferta del instituto estaba aceptada.
La propuesta editorial, en marcha. Mi vida en Sevilla continuaba.
Nada había desaparecido. Nada se había resuelto por arte de magia, pero yo ya sabía algo.
No quería elegir entre mi vida y Álvaro.
Quería construir una vida en la que ambos cupieran.
Respondí: «Significa que tenemos que hablar». Aparecieron los tres puntos. Desaparecieron. Volvieron. Finalmente llegó: «Voy a Sevilla». Sonreí.
Escribí: «No». Su respuesta fue inmediata. «¿No?». «Esta vez me toca a mí». Compré un billete para la mañana siguiente. Valdearena.
El último capítulo de nuestra historia aún no estaba escrito, pero, por primera vez desde que subí a aquel tren, no regresaba buscando que Álvaro resolviera mis dudas.
Volvía con una decisión. y con una pregunta que ninguno de los dos podría seguir evitando. No si nos queríamos, eso estaba claro. La pregunta era mucho más difícil: ¿Estábamos dispuestos a transformar un amor de verano en una vida que no se pareciera a los planes de ninguno?
El tren saldría a las ocho. Y, si Álvaro volvía a llegar tarde, esta vez pensaba empezar el final sin él.