CAPÍTULO XIX #3
—¿Por qué todos lo defendéis?
—No lo defiendo. Es un idiota.
—Gracias.
—Pero los idiotas también sienten.
Don Emilio me abrazó el último.
—Las historias no terminan cuando parece.
—Esta podría.
—Entonces todavía no es el final correcto.
La voz de megafonía anunció el tren. Subí y busqué mi asiento junto a la ventana.
La maleta quedó en el compartimento superior, la cesta, a mis pies.
El tren comenzó a moverse. Miré el andén.
Lola agitaba la mano, Sergio la rodeaba por los hombros, don Emilio sostenía el sombrero.
No estaba Álvaro. Hasta el último instante esperé verlo correr, llegar tarde, golpear la ventanilla, hacer una de sus bromas.
No apareció. el andén quedó atrás, después la estación, luego las primeras casas. Abrí el sobre de Nico. La carta decía:
«Querida Lucía: No te vayas triste porque los trenes se dan cuenta y corren más.
Álvaro es tonto cuando tiene miedo. Tú también.
Espero que uno de los dos deje de serlo antes que el otro.
Vuelve porque todavía no hemos terminado el cuento del pulpo bibliotecario.
Y porque aquí sonríes sin mirar la cámara. Nico».
Las lágrimas cayeron sobre el papel. No intenté detenerlas.
Álvaro llegó a la estación nueve minutos después de que partiera el tren.
Corrió hasta el andén. Todavía llevaba la camiseta de la fiesta.
Paco había conducido su furgoneta a una velocidad por la que no pensaba responder ante ningún guardia, pero fue tarde.
El panel anunciaba la salida, la vía estaba vacía.
—Se ha ido —dijo Paco.
Álvaro respiraba con dificultad.
—Ya lo veo.
—Eres idiota.
—Lo sé.
—Te lo dije.
—No me ayuda.
—Tampoco pretendía.
Álvaro miró las vías. En la mano llevaba la pulsera con la brújula rota. Lucía la había dejado sobre el banco de la plaza. Quizá por accidente, quizá no.
—¿Qué ibas a decirle? —preguntó Paco.
Álvaro cerró la mano alrededor de la pulsera.
—Que volviera.
—Pues díselo.
—Ya se ha ido.
—Los teléfonos llegan más rápido que los trenes.
Sacó el móvil. Marcó. La llamada no entró. Lo intentó otra vez. Nada.
—No tiene cobertura —dijo.
Paco se apoyó en la furgoneta.
—Entonces espera.
Álvaro lo miró.
—No sé hacerlo.
—Aprende.
Mi teléfono recuperó la cobertura casi una hora después. Aparecieron seis llamadas perdidas de Álvaro. Y un mensaje.
«He llegado tarde. No porque dudara de que quería verte.
Dudaba de si tenía derecho a pedirte que volvieras.
Lo tengo, porque no decido por ti: solo te digo lo que deseo.
Vuelve, Lucía. No por el pueblo, ni por los niños, ni por la historia.
Vuelve para que averigüemos juntos cómo hacer que esto no termine aquí. Te quiero. Y esta vez no pienso huir».
Leí el mensaje tres veces. Después una cuarta.
Mis dedos temblaron sobre la pantalla. Podía responder, decir que volvería.
que lo quería, que todo se arreglaría. Pero seguía dolida y también cansada.
Querer no borraba las palabras. ni el miedo ni aquella sensación de estar construyendo sobre arena mientras el mar se acercaba. Escribí:
«He leído tu mensaje. Necesito tiempo». Lo envié.
La respuesta llegó inmediatamente: «Lo tendrás». Nada más, sin bromas, sin insistencia, sin promesas grandilocuentes. Apoyé la cabeza contra el cristal. El paisaje corría en dirección contraria. Valdearena quedaba cada vez más lejos.
Al día siguiente me senté ante cuatro personas en una sala luminosa de Madrid. Hablaron de mi escritura, de una posible novela, de plazos, de personajes, de contratos.
Yo respondí. Tomé notas. Hice preguntas. Por momentos fui feliz. Aquello era un sueño antiguo. Mío, no compartido ni prestado. Y precisamente por eso debía vivirlo. Al terminar, Clara me acompañó hasta la puerta.
—Ha ido muy bien.
—¿De verdad?
—Sí. Quieren leer una propuesta completa.
—¿Cuándo?
—Dentro de dos meses.
Respiré aliviada.
—Pensaba que sería inmediato.
—Los libros tardan.
—Eso es nuevo para mí.
—Las buenas cosas suelen hacerlo.
Salí a la calle. Madrid estaba llena de ruido, tráfico y personas que no sabían nada sobre mi vida. Por primera vez en semanas nadie me llamó profesora. Nadie preguntó por Álvaro. Ninguna gaviota intentó robarme. Debería haberme sentido libre. Me sentí sola.
Viajé a Sevilla aquella tarde. Mis padres me esperaban. Mi madre lloró, mi padre fingió que no. Durante la cena hablamos de la editorial, del instituto, del viaje. No de Álvaro hasta que mi madre dejó el tenedor.
—¿Es serio?
—¿Qué?
—El hombre del pueblo.
—Se llama Álvaro.
—Lo sé.
—¿Cómo?
—Hay fotografías en internet.
—Naturalmente.
—¿Lo quieres?
—Sí.
La palabra salió limpia.
—¿Y él?
—También.
—Entonces, ¿cuál es el problema?
Mi padre intervino.
—Viven en lugares distintos.
—Los trenes existen —respondió mi madre.
—Los horarios también.
—Y los fines de semana.
—Y el cansancio.
—Y las vacaciones.
—Y la vida real.
Los miré.
—Gracias. Habéis resumido perfectamente nuestra discusión.
Mi madre sonrió.
—Nosotros estuvimos dos años viviendo en ciudades distintas.
—Nunca me lo habíais contado.
—Porque sobrevivimos y dejó de parecer importante.
—¿Fue fácil?
Los dos rieron.
—No —respondieron.
—¿Mereció la pena?
Se miraron.