Amor de verano en el sur CAPÍTULO XIX #2
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CAPÍTULO XIX #2

—No tardéis mucho en arreglarlo.

—No hay nada roto —dije.

El niño miró la maleta reparada que don Emilio había colocado junto al mostrador.

—Eso también dijiste de la maleta.

Por la tarde, el pueblo organizó una despedida. Yo no la había pedido, tampoco era una despedida real. Solo iba a marcharme unos días, pero en Valdearena cualquier ausencia superior a veinticuatro horas justificaba comida, música y una pancarta.

La pancarta decía: «VUELVE PRONTO, PROFESORA. ÁLVARO NO SABE LEER SOLO».

—Sé leer —protestó él.

—Tres páginas —recordé.

—La casa estaba muy descrita.

—No vuelvas a empezar.

La plaza se llenó de mesas. Carmen preparó tortilla. Mercedes llevó empanadas. Las trillizas aparecieron vestidas de negro.

—¿Por qué parecen ir a un funeral? —pregunté.

—Es una despedida —respondió Jacinta.

—No me he muerto.

—Todo se parece un poco.

—No digan esas cosas.

Don Emilio pronunció un discurso. Duró veinte minutos.

Empezó hablando de los libros. Continuó con los viajes y terminó recordando a su mujer y llorando.

Todos lloramos, incluso quienes no entendieron la relación entre Matilde y mi tren a Madrid.

Sergio tocó la guitarra. Lola cantó, mal.

Inés cantó después, peor. Los niños representaron una escena sobre mi llegada al pueblo.

Paula interpretaba mi papel. Llevaba unas gafas sin cristales, un cuaderno y una expresión severa.

Samuel hacía de Álvaro con una peluca negra y sin zapatos.

—¡Devuélvame mis maletas! —gritó Paula.

—¡No puede subirlas sola! —respondió Samuel.

—¡Soy profesora!

—¡Eso no da fuerza!

El público aplaudió.

—Yo no dije eso —comentó Álvaro.

—Podrías haberlo dicho.

—Pensé cosas peores.

Después representaron la sardina. Una sardina de cartón salió volando y golpeó al concejal.

La plaza se vino abajo de la risa. Yo también.

Durante unos minutos olvidé el viaje., la discusión, el miedo.

Álvaro reía a mi lado, nuestras manos se rozaron sobre el banco, ninguno las apartó, pero tampoco las entrelazamos.

Aquel pequeño espacio entre los dedos parecía contener todo lo que aún no habíamos sabido resolver.

Cuando terminó la representación, Clara me llamó. Me alejé de la plaza para responder.

—Lucía, siento avisarte con tan poco margen.

—¿Ocurre algo?

—La editora que iba a reunirse contigo debe viajar el lunes. Necesitamos adelantar la cita.

—¿A cuándo?

—Mañana.

Me quedé callada.

—¿Mañana?

—A primera hora de la tarde.

—Mi tren sale pasado mañana.

—Podemos enviarte un billete para esta noche.

Miré hacia la plaza. Álvaro hablaba con Nico. Sonreía.

—No sé si puedo.

—Comprendo que es precipitado, pero la oportunidad depende de esa reunión.

—¿No puede ser por videollamada?

—Preferirían conocerte personalmente y revisar contigo el proyecto.

—Claro.

—Necesito una respuesta en media hora.

—Te llamo.

Colgué. Permanecí quieta. El ruido de la fiesta llegaba desde la plaza. Mi despedida anticipada acababa de adelantarse todavía más. Aquella misma noche, no dentro de dos días ni mañana, en pocas horas. Lola apareció detrás de mí.

—¿Qué pasa?

Se lo conté.

—Tienes que ir.

—Ya lo sé.

—Entonces, ¿por qué tienes esa cara?

—Porque no puedo marcharme así.

—¿Así cómo?

Miré a Álvaro.

—Peleada con él.

—No estáis peleados.

—Estamos peor. Estamos fingiendo que no lo estamos.

Lola suspiró.

—Pues deja de fingir.

—No sé qué decirle.

—La verdad.

—La verdad es que quiero ir.

—Entonces eso.

—Y que no quiero irme esta noche.

—También.

—Y que necesito que me pida que vuelva.

—Eso no puedes exigirlo.

—Ya lo sé.

—Pero puedes decir que necesitas oírlo.

La miré.

—A veces das buenos consejos.

—Por eso me he divorciado tanto. He practicado.

Encontré a Álvaro detrás del escenario, guardando sillas.

—Necesito hablar contigo.

Dejó una silla en el suelo.

—Vale.

—Clara ha llamado.

Su expresión cambió inmediatamente.

—¿Qué ocurre?

—Han adelantado la reunión.

—¿Cuándo?

—Mañana.

—Entonces tendrás que salir temprano.

—Esta noche.

Álvaro quedó inmóvil.

—Ah.

Otra vez aquella sílaba. La odié.

—El tren sale en dos horas.

—No llegarás si no recoges.

—Ya está casi todo preparado.

—Claro.

—No digas «claro» así.

—¿Cómo quieres que lo diga?

—Como si no pensaras que lo tenía planeado.

—No pienso eso.

—Lo parece.

—Lucía, no puedo controlar la cara.

—Ni las palabras, por lo visto.

Cogió otra silla.

—Ve.

—¿Eso es todo?

—Tienes que ir.

—Ya lo sé.

—Entonces no entiendo qué esperas.

—Que me mires.

Álvaro dejó la silla. Me miró. Había tristeza. Miedo. Y algo parecido al cansancio.

—Te estoy mirando.

—No. Llevas dos días viendo una despedida, no a mí.

—Porque te marchas.

—¡Y quiero volver!

—Eso dices.

—¿Qué significa?

—Que quizá cuando estés allí cambies de opinión.

—¿Tan poco confías en mí?

—No es en ti.

—Entonces, ¿en qué?

—En esto.

Señaló la plaza, el pueblo, el verano. Nosotros.

—Todo aquí parece enorme porque estamos dentro. Pero fuera puede parecer solo una historia bonita que te ocurrió en vacaciones.

Sentí una mezcla de furia y dolor.

—¿Eso soy para ti?

—No.

—¿Entonces por qué crees que tú lo serás para mí?

—Porque tú tienes una vida real fuera.

—¡Esta también es mi vida real!

—Llevas aquí tres semanas.

—¿Y qué? ¿Los sentimientos necesitan antigüedad?

—No. Pero las vidas necesitan sitio.

—Estoy intentando hacértelo.

—Con rutas que dibujamos esta mañana y fines de semana que todavía no existen.

—Al menos lo intento.

—Yo también.

—No lo parece.

Álvaro apretó la mandíbula.

—¿Qué quieres que haga? ¿Que te pida que no vayas?

—No.

—¿Que vaya contigo?

—No puedes.

—¿Que te prometa que todo funcionará?

—Tampoco.

—Entonces dime qué quieres.

Las lágrimas empezaron a llenarme los ojos.

—Quiero que me pidas que vuelva.

El rostro de Álvaro se suavizó. Solo un instante. Después apareció el miedo.

—No puedo.

La respuesta me atravesó.

—¿Por qué?

—Porque no quiero que vuelvas por mí.

—No te estoy diciendo que renuncie a nada.

—Hoy no.

—Nunca te lo he dicho.

—Pero si te pido que vuelvas y después esto no funciona...

—¿Qué?

—Habrás tomado decisiones pensando en nosotros.

—¡Ya pienso en nosotros!

—Ese es el problema.

Di un paso atrás.

—No. El problema es que tú sigues preparándote para que fracase.

—Intento evitar que nos hagamos más daño.

—Llegas tarde.

La frase lo hirió. Lo vi, pero estaba demasiado dolida para retirarla.

—Quizá tengas razón —dijo.

—¿En qué?

—En que no sé hacer esto.

—No digas eso.

—Tú necesitas a alguien capaz de construir contigo una vida que atraviese ciudades, trabajos y planes.

—Yo te necesito a ti.

—Ahora.

—Deja de decidir qué sentiré después.

—Y tú deja de actuar como si querer bastara para todo.

El silencio se abrió entre nosotros. A nuestro alrededor seguía la fiesta. Alguien reía. Una guitarra sonaba. La pancarta se movía con la brisa. Aquella comedia continuaba mientras nosotros dejábamos de saber cómo formar parte de ella.

—Tengo que irme —dije.

Álvaro asintió.

—Sí.

—¿Vendrás a la estación?

Tardó demasiado.

—No creo que sea buena idea.

El dolor se convirtió en algo frío.

—Claro.

—Lucía...

—No. Tienes razón. Será más fácil así.

—No he dicho fácil.

—No hace falta.

Me di la vuelta.

Él no me detuvo. Quizá porque yo caminaba demasiado deprisa. Quizá porque también esperaba que me volviera. No lo hice.

El pueblo tardó cuatro minutos en enterarse. Cuando entré en casa de don Emilio, las trillizas ya estaban allí. No pregunté cómo.

—¿Te marchas hoy? —dijo Jacinta.

—Sí.

—¿Y Álvaro?

—No viene.

Las tres guardaron silencio. Eso sí era una tragedia. Lola recogía mis cosas. Don Emilio cerraba la maleta. Sergio esperaba con su coche prestado para llevarme a la estación. Carmen apareció con una cesta de comida.

—No puedes viajar sin cenar.

—El tren tiene cafetería.

—Eso no es comida.

Paco llegó detrás. Miró hacia la puerta.

—¿Dónde está mi hijo?

Nadie respondió. Paco frunció el ceño.

—Es idiota.

—Paco —lo reprendió Carmen.

—Lo es.

—Ahora no ayuda.

—Nunca ayuda llamarlo de otra forma.

Nico apareció llorando.

—No puedes irte.

Me agaché.

—Solo serán unos días.

—Eso dicen los mayores cuando no saben.

Lo abracé.

—Volveré.

—Promételo.

La palabra me dolió.

—Haré todo lo posible.

—Eso no es prometer.

—Es lo más honesto que puedo decirte.

Nico se secó los ojos.

—Álvaro también dice cosas honestas cuando tiene miedo.

—Lo sé.

—Y se equivoca.

—También.

Me entregó un sobre.

—No lo abras hasta el tren.

—¿Qué es?

—Una carta para ahora. No para dentro de cinco años.

Lo guardé. Las trillizas me abrazaron una detrás de otra. Mercedes me metió un paquete de dulces en el bolso. Inés lloró tanto que terminó consolándola don Emilio. Carmen me estrechó con fuerza.

—Volverás.

No era una pregunta.

—Quiero hacerlo.

—Entonces hazlo.

—No depende solo de mí.

Carmen me miró con tristeza.

—Casi nada depende solo de uno. Pero alguien tiene que empezar.

Paco me besó en la frente.

—Él te quiere.

—Lo sé.

—Eso no significa que sea listo.

—También lo sé.

—Dale tiempo.

—No sé si lo tenemos.

Paco miró el reloj.

—Ahora mismo, poco. Perderás el tren.

La estación estaba en el pueblo vecino. Sergio conducía.

Lola iba a mi lado en la parte trasera. Don Emilio ocupaba el asiento delantero con la cesta de Carmen sobre las rodillas.

Nadie hablaba. Aquello era insólito, el teléfono permanecía en mi mano, esperaba un mensaje, una llamada, cualquier cosa. No llegó. A mitad de camino, Lola dijo:

—Puedo decirle a Sergio que dé la vuelta.

—No.

—Podemos perder el tren.

—No.

—Los trenes salen todos los días.

—Esta reunión no.

—También puedes llamar a la editorial.

—No.

—Entonces deja de mirar el teléfono.

Lo guardé en el bolso. Duró treinta segundos. Volví a sacarlo. Nada.

Llegamos con diez minutos de margen. Sergio bajó la maleta. El asa aguantó.

—La ha arreglado bien —dijo.

No respondí. Don Emilio me entregó la cesta.

—Aquí tienes comida para cruzar Europa.

—Voy a Madrid.

—Carmen no distingue distancias cuando cocina.

Lola me abrazó.

—Llámame al llegar.

—Sí.

—Y no tomes decisiones esta noche.

—No pensaba hacerlo.

—Mientes.

—Un poco.

Sergio me dio un beso.

—No seas demasiado dura con él.