CAPÍTULO XIX
Donde un tren parte antes de tiempo, dos enamorados dicen lo contrario de lo que sienten y Valdearena descubre que hasta las comedias necesitan una noche triste
Las despedidas empiezan mucho antes de que alguien se marche.
Empiezan cuando una persona mira el reloj con demasiada frecuencia, cuando dobla la ropa que todavía va a utilizar, habla del día siguiente como si ya perteneciera al pasado, o cuando dos enamorados, en lugar de disfrutar las últimas horas juntos, comienzan a discutir para que la separación duela un poco menos. Yo hice todas esas cosas y algunas más.
Dos días antes de viajar a Madrid, saqué la maleta grande de debajo de la cama. La misma que había llegado a Valdearena con dos ruedas y había terminado sin ninguna. Don Emilio la observó desde la puerta.
—Esa maleta no puede viajar.
—Vino desde Sevilla.
—Precisamente. Ya ha cumplido.
—Solo necesito que llegue a Madrid.
—Llegará ella. Tus cosas no lo sé.
Tiré del asa. Se quedó en mi mano.
—Perfecto.
Don Emilio se agachó y examinó el lateral.
—Álvaro puede arreglarla.
—No quiero pedírselo.
—¿Por qué?
—Porque bastante tiene.
—¿Con qué?
No respondí. Llevábamos dos días intentando comportarnos con normalidad.
Álvaro acudía puntual al taller. Yo no protestaba cuando modificaba alguna actividad.
Él no mencionaba Madrid, yo tampoco. Nos besábamos, sonreíamos.
trabajábamos. Y cada gesto parecía medido para no rozar el asunto que se encontraba en medio de los dos.
La marcha, no definitiva, no necesariamente larga, pero real.
—Habéis vuelto a hacer lo mismo —dijo don Emilio.
—¿Qué?
—Callaros por educación.
—No estamos callados.
—Ayer discutisteis durante diez minutos sobre si una nube tenía forma de conejo o de zapato.
—Era un zapato.
—Eso no cuenta como conversación.
—Estamos bien.
—Claro.
—¿Qué significa ese «claro»?
—Nada.
—Ha significado algo.
—Entonces estáis perfectamente. Ya habláis igual.
Me quitó el asa rota de la mano.
—Llévasela.
—No.
—Pues mete la ropa en una bolsa de basura.
—No voy a presentarme en una editorial con una bolsa de basura.
—Podría darte personalidad.
—Ya tengo suficiente.
—Entonces llama a Álvaro.
—Puedo comprar otra maleta.
—Esta mañana.
—Sí.
—En Valdearena.
Guardé silencio. La tienda más cercana que vendía equipaje se encontraba a cuarenta kilómetros. Don Emilio sonrió.
—Te presto mi baúl.
—Pesa más que yo.
—Pero tiene ruedas.
—De madera.
—Antes se viajaba mejor.
—Antes había criados.
—Eso dijo Álvaro el primer día.
Lo miré.
—Recuerda demasiadas cosas.
—A mi edad se recuerda mejor el principio que lo que se ha desayunado.
—¿Qué ha desayunado?
—No lo sé.
Dejó el asa sobre la cama.
—Llámalo.
No tuve que hacerlo. Álvaro llegó diez minutos después con una caja de herramientas.
—Don Emilio me ha llamado.
Miré al anciano.
—Traidor.
—Intermediario sentimental —corrigió.
Se marchó por el pasillo. Álvaro examinó la maleta.
—Está muerta.
—Solo necesita un asa.
—Y dos ruedas.
—Puedo arrastrarla.
—También podrías llevar una piedra.
—No necesito tu sarcasmo.
—No era sarcasmo. Una piedra se rompería menos.
Se arrodilló y abrió la caja.
—¿Puedes arreglarla?
—Puedo intentar que llegue viva a la estación.
—Con eso basta.
—¿Y después?
La pregunta no parecía referirse únicamente a la maleta.
—Después ya veremos.
Álvaro bajó la vista.
—Claro.
Me senté en la cama.
—No empieces.
—No he dicho nada.
—Ese es el problema.
—Pensaba que te molestaba cuando hablaba.
—Me molesta cuando dices tonterías.
—Ahora no tengo ninguna.
—Podrías decir qué piensas.
—Pienso que te marchas pasado mañana.
—Y que volveré.
—No sabes cuándo.
—Tú tampoco.
—Exacto.
Apretó un tornillo con más fuerza de la necesaria.
—Vas a romperla.
—Ya está rota.
—Más.
—Entonces estará a juego con el ambiente.
—Eso sí era sarcasmo.
—Estoy recuperándome.
Me levanté.
—¿Por qué haces esto?
—Arreglar tu maleta.
—No. Fingir que estás enfadado conmigo por ir a Madrid.
Álvaro dejó la herramienta.
—No estoy enfadado porque vayas.
—Pues lo parece.
—Estoy enfadado porque no sé qué ocurrirá cuando vuelvas.
—Yo tampoco.
—Tú tendrás respuestas.
—¿Qué respuestas?
—El instituto. La editorial. Tus padres. Tu vida.
—Mi vida no es una reunión de trabajo.
—No he dicho eso.
—La tratas como si allí fueran a entregarme un plan completo y aquí solo tuviera una aventura de verano.
Su expresión se cerró.
—¿No es eso?
La pregunta me hirió.
—¿Eso crees?
—No sé qué creer.
—Pues podrías empezar por creerme a mí.
—Me dices que volverás, pero no cuándo. Que me quieres, pero no sabes cómo encajaremos. Que quieres pensar juntos, pero cada decisión importante está fuera de aquí.
—Porque mi trabajo está fuera de aquí.
—Y yo estoy aquí.
—No es culpa mía.
—Ni mía.
—Entonces deja de actuar como si tuviera que resolverlo sola.
—No puedo ir a esa reunión por ti.
—No te he pedido eso.
—¿Qué me pides?
Abrí la boca. No lo sabía. O sí. Quería que me dijera que todo iría bien. Que esperaría. Que encontraríamos una solución, que aquella distancia no modificaría nada, pero Álvaro no podía prometerlo ni yo tampoco.
—Nada —respondí.
Él soltó una risa breve.
—Eso siempre es mentira.
—Esta vez no.
—Entonces no hay mucho más que hablar.
Volvió a la maleta.
—Perfecto.
—Perfecto.
Permanecí de pie, enfadada porque no me detenía. Él siguió apretando tornillos, quizá enfadado porque yo no me quedaba. Cuando terminó, levantó la maleta.
—El asa aguantará.
—Gracias.
—No la cargues demasiado.
—Intentaré llevar solo lo necesario.
—Eso se te da regular.
—¿Perdona?
—Nada.
—Dilo.
—Siempre llevas demasiadas cosas. Ropa, libros, listas, planes...
—¿Y qué debería dejar?
Me miró.
—No lo sé.
Aquella respuesta pareció cansarlo. Cerró la caja de herramientas.
—Tengo que irme.
—Claro.
—Hay una excursión.
—Siempre hay algo.
—Es mi trabajo.
—Y huir también.
Álvaro se detuvo en la puerta.
—No estoy huyendo.
—Llevas dos días haciéndolo.
—Y tú llevas dos días esperando que diga algo que no puedo decir.
—¿Qué cosa?
—Que no importa que te marches.
Guardé silencio.
—Importa —continuó—. Muchísimo. Y no sé hacerlo bonito para que te vayas tranquila.
—No te he pedido que lo hagas bonito.
—Entonces ya lo sabes.
Se marchó. No intenté detenerlo. Otra decisión de la que me arrepentí apenas un segundo después.
El último taller antes de mi viaje se celebró en el patio de la librería. Los niños debían escribir cartas a su yo del futuro. La idea había sido mía. Aquella mañana me pareció una crueldad.
—¿Cuánto futuro? —preguntó Nico.
—El que queráis.
—¿Mañana cuenta?
—Es muy poco.
—Depende de lo que pase esta noche.
—Escribe para dentro de cinco años.
—Tendré quince.
—Exacto.
—Eso es anciano.
Don Emilio carraspeó desde el mostrador.
—Mucho cuidado.
Nico cogió un lápiz.
—¿Qué ponemos?
—Algo que esperáis haber aprendido, un deseo, una promesa o una pregunta.
Samuel levantó la mano.
—¿Puedo preguntarme si ya tengo moto?
—Sí.
—Mi madre dice que no.
—Dentro de cinco años quizá.
—Mi padre también dice que no.
—Entonces puedes preguntarlo igualmente.
Paula comenzó a escribir sobre caballos. Otros niños dibujaron sus futuras casas, trabajos y mascotas. Nico permanecía quieto.
—¿No sabes qué poner? —pregunté.
—Sí.
—Entonces escribe.
—No sé si quiero leerlo después.
—No tienes que hacerlo ahora.
—¿Y si dentro de cinco años no me gusta lo que ha pasado?
Me senté a su lado.
—Puedes escribir precisamente eso.
—¿Qué?
—Que esperas seguir siendo capaz de cambiar lo que no te guste.
Nico pensó.
—Los mayores cambiáis muy poco.
—Algunos lo intentamos.
—Tú has cambiado.
La frase me sorprendió.
—¿En qué?
—Antes decías que no a todo.
—No es verdad.
—A la playa, a los barcos, al paddle surf, al cine, a Álvaro...
—No dije que no a Álvaro.
El niño me miró.
—Muchísimas veces.
No pude evitar sonreír.
—Y después cambié de opinión.
—¿También con marcharte?
La pregunta cayó entre nosotros.
—No lo sé.
—Mi abuela dice que cuando alguien dice que no sabe es porque sabe dos cosas a la vez.
—Tu abuela debería dar clases.
—Las da, aunque nadie se apunte.
Álvaro entró en el patio con una caja de sobres. Nuestros ojos se encontraron. Nos saludamos con un gesto, nada más. Nico nos observó.
—Estáis peleados.
—No —respondí.
—Sí —dijo Álvaro.
Lo miré.
—No estamos peleados.
—Tú estás enfadada.
—Y tú.
—Entonces estamos peleados.
—Eso es simplificar.
—A veces ayuda.
Los niños habían dejado de escribir para escucharnos. Di una palmada.
—Continuad con las cartas.
Nadie obedeció.
—¿Por qué estáis peleados? —preguntó Paula.
—No es asunto vuestro —dije.
—Lucía se va a Madrid —respondió Nico.
—Solo unos días.
—¿Cuántos? —preguntó Samuel.
—No lo sé.
—Eso es lo malo —dijo Nico.
Álvaro dejó la caja sobre la mesa.
—No pasa nada.
Los niños lo miraron.
—¿Entonces por qué tienes cara triste? —preguntó Paula.
Él sonrió.
—Es la luz.
Yo bajé la vista. La misma excusa absurda que yo había utilizado tantas veces. Los pequeños no insistieron. A veces los niños comprendían cuándo una respuesta no pretendía convencerlos, sino protegerlos.
Al terminar el taller, cada niño guardó su carta en un sobre. Don Emilio las conservaría durante cinco años en una caja.
—¿Y si se pierde? —preguntó Samuel.
—No se perderá —respondió el anciano.
—¿Y si se quema la librería?
—No se quemará.
—¿Y si hay una inundación?
—Estamos en una cuesta.
—¿Y un meteorito?
—Entonces la carta será el menor de nuestros problemas.
Nico entregó su sobre. En el destinatario había escrito: «Para Nicolás, cuando sea mayor pero no demasiado».
—¿Qué has puesto? —pregunté.
—Es privado.
—Claro.
—Pero una parte habla de vosotros.
—¿Por qué?
—Porque no sé si dentro de cinco años seguiréis juntos.
Álvaro y yo quedamos inmóviles.
—Nico —dijo él—, no tienes que preocuparte por eso.
—No me preocupo. Pregunto.
—Es lo mismo.
—No.
El niño miró su sobre.
—He escrito que espero que sí. Porque cuando estáis contentos, el pueblo se ríe más.
Sentí un nudo en la garganta. Álvaro se agachó frente a él.
—Pase lo que pase, tú seguirás teniendo talleres.
—No he hablado de los talleres.
—Ya.
Nico abrazó a Álvaro. Después a mí.