Amor de verano en el sur CAPÍTULO XVIII #3
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CAPÍTULO XVIII #3

Me besó. No como una reconciliación perfecta. No lo era. Todavía quedaban miedos, distancias y decisiones, pero aquel beso decía algo importante. Seguíamos allí.

La actividad de la tarde consistió en fabricar cometas. Parecía una buena idea. El viento opinó lo contrario. La primera cometa salió disparada y aterrizó sobre el toldo de La Ola. La segunda se enganchó en la antena del ayuntamiento. La tercera arrastró a Nico tres metros por la arena.

—¡No la suelto! —gritó.

—¡Suéltala! —respondimos todos.

—¡He trabajado mucho!

—¡Te llevará al mar!

—¡Sé nadar!

Álvaro corrió y cortó la cuerda. La cometa voló hacia las dunas. Nico cayó sentado.

—La has matado.

—Era una cometa.

—Tenía nombre.

—¿Cuál?

—Todavía no lo había decidido.

—Entonces hemos evitado el duelo.

Sergio apareció buscando a Lola.

—¿Está aquí?

—En casa de don Emilio —respondí.

—¿Sigue enfadada?

—Mucho.

—¿Ha dicho algo de mí?

—Que tus camisetas deberían ser delito.

—Eso no es nuevo.

—Y que solo le ofreciste un cajón hasta final de verano.

Sergio se llevó una mano a la nuca.

—Sonó peor de lo que quería.

—Muchísimo.

—¿Qué hago?

Álvaro le entregó una cuerda.

—Empieza por no pedir consejo a quien acaba de discutir por lo mismo.

—Buen punto.

Sergio miró hacia el pueblo.

—¿Crees que debería ofrecerle dos cajones?

—Creo que deberías decirle si quieres que se quede después del verano.

—No lo sé.

—Entonces dile eso.

—Se enfadará.

—Ya está enfadada.

—También es buen punto.

—Hoy estoy brillante.

—No te acostumbres —dije.

Sergio se marchó. Una hora más tarde regresó con Lola. Ella caminaba delante. Él cargaba las tres maletas.

—¿Os habéis reconciliado? —pregunté.

—Estamos negociando —respondió Lola.

—Le he ofrecido un armario —dijo Sergio.

—Medio.

—El otro medio tiene uniformes.

—Tienes dos.

—Y disfraces.

—Eso es peor.

—Pero se queda —concluyó él.

Lola intentó ocultar una sonrisa.

—Hasta que me canse.

—Naturalmente.

Nico levantó la mano.

—¿Sois novios?

—No —respondió Lola.

—Estamos negociándolo —dijo Sergio.

El niño suspiró.

—Los adultos sois agotadores.

—Muchísimo —admití.

Al caer la tarde, Gonzalo apareció con una noticia.

—Me marcho mañana.

Todos nos volvimos.

—¿Adónde? —pregunté.

—Madrid.

—¿Por trabajo?

—Me han ofrecido dirigir una campaña nacional.

Álvaro lo miró.

—Eso suena importante.

—Lo es.

—Enhorabuena.

Gonzalo pareció sorprendido.

—Gracias.

—¿Cuánto tiempo estarás fuera?

—No lo sé. Puede que no vuelva a vivir aquí.

El silencio fue breve, pero real. Gonzalo había sido irritante. Entrometido. Demasiado pulcro, pero también formaba parte de aquellas semanas.

—¿Y el reportaje? —pregunté.

—Lo terminaré desde Madrid.

—¿Publicarás nuestra historia?

—No.

—¿Por qué?

Sonrió.

—Porque todavía no ha terminado.

Miró a Álvaro.

—Cuídala.

—Ella sabe cuidarse.

—Buena respuesta.

Después me miró a mí.

—Y tú no dejes que crea que quedarse siempre es la única forma de pertenecer.

Álvaro arqueó una ceja.

—Eso ha sonado a consejo.

—No te acostumbres.

Se estrecharon la mano. Esta vez sin tensión. Quizá los hombres también aprendían. Muy despacio, pero aprendían.

Aquella noche cenamos en la playa. Una despedida improvisada para Gonzalo.

Carmen preparó pescado. Don Emilio llevó vino.

Las trillizas dijeron que siempre supieron que se marcharía, aunque por la mañana habían afirmado que acabaría casándose con la farmacéutica.

Nico le regaló un dibujo. En él, Gonzalo aparecía con una cámara, una camisa enorme y un avión sobre la cabeza.

—¿Por qué el avión está tan bajo? —preguntó.

—Para que no olvides volver.

Gonzalo guardó el dibujo con cuidado.

—No lo haré.

Cuando la cena terminó, Álvaro y yo caminamos hasta la orilla.

—Dentro de tres días —dijo.

—Sí.

—¿Cuánto tiempo estarás fuera?

—La reunión dura una mañana.

—Eso no responde.

—Quizá me quede unos días en Sevilla.

—Ah.

—Necesito ver a mis padres. Recoger cosas. Hablar con el instituto.

—Claro.

—Pero volveré.

Álvaro miró el agua.

—¿Cuándo?

—Antes del veinte de agosto.

—Eso es un margen enorme.

—Lo sé.

—No me gusta.

—A mí tampoco.

—Pero intentaré no comportarme como un imbécil.

—Eso sí es un margen enorme.

Me miró.

—Muy graciosa.

—Un poco.

Cogí su mano.

—No me voy mañana.

—Ya lo sé.

—Ni nos estamos despidiendo.

—También.

—Entonces deja de mirar el mar como un viudo.

—No sé cómo miran los viudos.

—Como don Emilio cuando alguien habla mal de su mujer.

—Eso es furia, no tristeza.

—En él se parecen.

Álvaro sonrió.

Después apoyó la frente contra la mía.

—Te quiero.

—Yo también.

—Eso no arregla la distancia.

—No.

—Ni el miedo.

—Tampoco.

—Entonces sirve de poco.

—Sirve para querer arreglarlo.

Permanecimos abrazados mientras las voces de los demás se apagaban detrás de nosotros.

El verano seguía allí. La playa. el calor, las noches largas, pero algo había cambiado.

Ya no hablábamos de una separación lejana, Madrid tenía fecha, en concreto, tres días.

El futuro había dejado de ser una nube en el horizonte.

Ahora era un tren con hora de salida. Y por primera vez comprendí que la verdadera prueba de nuestro amor no sería decidir si queríamos seguir juntos.

Eso ya lo sabíamos. La prueba sería descubrir si sabíamos hacerlo cuando estar juntos dejara de ser lo más fácil.