Amor de verano en el sur CAPÍTULO XVII #3
81%

CAPÍTULO XVII #3

—La encontré yo.

—Porque la dejé yo.

Nico abrió los ojos y se quitó la bota de la cabeza.

—¿Esto también?

El hombre la examinó.

—¡Mi bota!

Lola se llevó las manos a la cintura.

—¿Cómo perdió usted media indumentaria corporal dentro de un barco?

Roque miró a Paco. Paco miró a Carmen. Carmen miró a don Emilio. Don Emilio sonrió.

—Fue una noche larga.

—Eso ya lo han dicho.

Roque recuperó la prótesis.

—Celebrábamos que mi hija había aprobado las oposiciones.

—¿Y se quitó la pierna? —pregunté.

—Me molestaba.

—¿Y la bota?

—Estaba dentro de la pierna.

—Eso no tiene sentido.

—En aquel momento sí.

Se colocó la prótesis con una habilidad admirable y metió el pie artificial dentro de la bota.

—Gracias, muchacho —dijo a Samuel.

El niño parecía decepcionado.

—¿No puedo quedármela?

—La necesito para andar.

—Eso es razonable —admitió.

Roque dio unos pasos.

—Me preguntaba dónde la había dejado.

—¿Desde cuándo? —preguntó Lola.

—Desde el verano pasado.

El silencio volvió a caer.

—¿Lleva un año sin esa pierna? —dije.

—Tengo otra de vestir.

Álvaro se inclinó hacia mí.

—En Valdearena todos tenemos ropa para ocasiones especiales.

—Hasta las piernas.

—Sobre todo.

Las familias recogieron a los niños. Mercedes miró la bota de Roque, luego a Nico y después a nosotros.

—No quiero saber.

—Buena decisión —respondí.

Carmen se llevó las cestas vacías. Paco y Roque entraron en el chiringuito para brindar por el reencuentro.

Don Emilio anunció que también quería escuchar la historia completa.

Lola y Sergio desaparecieron alegando cansancio, aunque ninguno parecía cansado.

Poco a poco el puerto quedó tranquilo. Álvaro y yo permanecimos junto al Esperanza.

—Tu padre se ha ido sin recoger —dije.

—Está celebrando la pierna.

—Eso no es una fiesta habitual.

—Aquí cualquier reencuentro merece bebida.

Comenzamos a guardar cuerdas y chalecos.

—Carmen ha dicho algo más —añadí.

—Temía que ocurriera.

—Que hacía años que no te veía enamorarte así.

Álvaro dejó de doblar una cuerda.

—Ah.

—¿Solo ah?

—No sé qué quieres que responda.

—Podrías negar la parte de enamorarte.

—Podría.

Esperé.

Él siguió callado.

—Pero no vas a hacerlo.

—No.

Mi corazón se aceleró.

—¿Por qué?

Álvaro dejó la cuerda. Se acercó lentamente.

—Porque sería mentira.

No fue una declaración preparada. No hubo música, ni flores, ni niños gritando que nos besáramos. Solo la luz del final de la tarde, el olor del puerto y un hombre con una mancha de grasa en la cara mirándome como si por fin hubiera decidido no esconderse detrás de ninguna broma.

—Álvaro…

—No tienes que decir nada.

—Eso no es justo.

—No intento que lo sea.

—Acabas de decir…

—He dicho que mi madre no se equivoca.

—Que estás enamorado.

—Sí.

La palabra me dejó sin aire.

—¿Desde cuándo?

—No lo sé.

—Siempre dices lo mismo.

—Porque no hay una fecha.

—Tiene que haber un momento.

—Quizá el día de la sardina.

—No puedes haberte enamorado cuando llevaba un pez dentro del vestido.

—Me impresionaste.

—Estaba gritando.

—Con mucha personalidad.

—Habla en serio.

—Hablo en serio.

Me cogió las manos.

—No sé cuándo ocurrió. Puede que fuera en el faro. O en el barco. O cuando te vi leer para los niños como si aquellas historias fueran lo más importante del mundo. Quizá ocurrió poco a poco y yo llegué tarde, como siempre.

Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.

—No llores.

—No estoy llorando.

—Tu cara…

—Tiene vida propia.

—Exacto.

Sonreí entre las lágrimas. Álvaro me acarició las mejillas.

—No te lo digo para que te quedes.

La felicidad se mezcló con el miedo.

—Lo sé.

—Ni para que rechaces nada.

—También.

—Solo quería que lo supieras.

—¿Y qué hago yo con eso?

—Lo que quieras.

—Es mucha responsabilidad.

—Puedes guardarlo.

—¿Como un anillo?

—No. Los anillos los roban las gaviotas.

—Cierto.

—Guárdalo donde no llegue Margarita.

Nos reímos. Después apoyó la frente contra la mía.

—Te quiero, Lucía.

Aquellas dos palabras fueron muy distintas de «me gustas».

Pesaban más. Llegaban más lejos. No pedían una respuesta, pero la despertaban.

Yo también lo quería. Lo supe con la misma claridad con que había sabido que no quería casarme con Andrés.

Sin listas, sin argumentos, sin necesidad de analizarlo.

—Yo también te quiero.

Álvaro cerró los ojos. Parecía haber contenido la respiración desde que empezó a hablar.

—¿De verdad?

—No pienso repetirlo si dudas.

—Repítelo.

—No.

—Una vez.

—Eres insoportable.

—Pero me quieres.

—A pesar de ello.

Me besó. El puerto entero siguió con su vida. Las cuerdas golpeaban los mástiles. Las gaviotas volaban sobre la lonja. Desde La Ola llegaban las carcajadas de Paco y Roque, que probablemente reconstruían una historia cada vez menos verdadera.

El beso fue alegre, profundo, lleno de aquella certeza nueva. Cuando nos separamos, Álvaro sonreía.

—Este ha sido el mejor día del verano.

—Nos hemos quedado sin motor.

—Lo arreglamos.

—Hemos encontrado una prótesis.

—Ha vuelto con su dueño.

—Me has arrojado al agua.

—Te has vengado.

—Y tu madre ha contado intimidades.

—Eso no tiene solución.

—Entonces quizá sí haya sido un buen día.

—¿Solo bueno?

—Muy bueno.

—¿El mejor?

—No abuses.

Me rodeó con los brazos.

—Mañana lo superaré.

—No conviertas esto en una competición.

—Todo mejora con objetivos.

—¿Qué planeas?

—Sorpresa.

Me aparté inmediatamente.

—No.

—Todavía no sabes qué es.

—Precisamente.

—Confía.

—Cada vez que dices eso termino mojada, mareada o delante de medio pueblo.

—Esta vez será diferente.

—Eso tampoco tranquiliza.

—Mañana a las siete.

—¿De la mañana?

—Sí.

—No.

—Lucía.

—Estoy de vacaciones.

—Profesora.

—Novio impuntual.

—Llegaré antes.

—Eso es imposible.

—¿Apostamos?

—¿Qué?

—Si llego tarde, puedes organizarme la agenda durante una semana.

—Eso es demasiado poder.

—¿Tienes miedo?

—No.

—Entonces acepta.

—¿Y si llegas puntual?

Pensó un instante.

—Vendrás conmigo sin hacer preguntas.

—Eso es muy peligroso.

—Muchísimo.

Le tendí la mano.

—Trato hecho.

Álvaro la estrechó.

—Mañana a las siete.

—No llegarás.

—Ya veremos.

Nos despedimos frente a casa de don Emilio. Álvaro se marchó silbando. Yo entré con una sonrisa que no conseguía ocultar. Don Emilio estaba sentado en el salón.

—Te lo ha dicho.

Me detuve.

—¿Cómo lo sabe?

—Tienes cara.

—¿Qué cara?

—La de quien acaba de recibir algo que no sabía que esperaba.

Me senté frente a él.

—Me ha dicho que me quiere.

—Ya era hora.

—Llevamos dos semanas.

—Para algunas cosas es mucho.

—¿Y para otras?

—Nada.

—Yo también se lo he dicho.

Don Emilio sonrió.

—Entonces hoy dormirás bien.

Miré hacia la ventana.

A lo lejos se escuchaba el mar.

—No estoy segura.

—¿Por qué?

—Porque ahora hay más que perder.

El anciano dejó el periódico.

—Siempre lo hubo. Solo que ahora sabes cuánto vale.

Subí a mi habitación. La carta del instituto seguía dentro del cajón. La tarjeta de Clara permanecía junto al cuaderno. El veinte de agosto no se había movido. El futuro seguía esperando, pero aquella noche, por primera vez, no miré los papeles antes de acostarme.

Observé la pulsera de la brújula rota. Recordé la sonrisa de Álvaro y me permití ser feliz sin pedir permiso al calendario.

No sabía que, mientras yo cerraba los ojos, él se encontraba en el puerto preparando una sorpresa que iba a cambiar nuestros planes.

Tampoco sabía que, aquella misma noche, Clara Ferrer enviaba un correo que exigía una respuesta inmediata.

Ni que Gonzalo había recibido una llamada desde Madrid.

Ni que el verano, después de regalarnos su día más alegre, se disponía a recordar que todas las historias necesitan una tormenta antes del final.

Pero eso ocurriría al día siguiente y aquella noche todavía nos pertenecía.